9 August
S u hermana no se había tomado demasiado bien su llegada. No había esperado una cálida bienvenida cuando regresase al campamento, pero lo de encerrarlo en una tienda, atándolo de pies y manos, le parecía un tanto excesivo.
Tan solo unos segundos después de que hubiese hecho su gran entrada, un par de guardias lo habían detenido, para después lanzarlo al interior de una tienda cercana, antes de atarlo a una silla e inmovilizarle las muñecas con unos grilletes imbuidos de fuego.
Cada vez que se movía lo más mínimo, un calor abrasador le calcinaba la piel de las muñecas y le subía por los brazos como si sus propias venas estuviesen ardiendo.
Debía de admitir que era bastante gracioso que ahora poseyese más poder del que había tenido estando en Blackwood y que, sin embargo, siguiese pudiendo sentir dolor.
Pero aquella era la única ventaja que tenían Silas y sus Ascendidos.
El que sus receptores del dolor estuviesen adormecidos, algo que les había concedido el propio director.
Y, aunque August ahora podía curarse mucho más rápido que cualquier otro alumno, seguía pudiendo sentir dolor.
Lo cual era una debilidad bastante indeseada.
Aunque tampoco es que importase demasiado. Porque no pensaba oponer resistencia. Por eso se quedó allí sentado, esperando pacientemente. Porque llevaba mucho tiempo aguardando a tener un momento a solas con Edith.
Y sabía exactamente qué era lo que tenía que hacer para lograr lo que quería.
Echó un vistazo a su alrededor, por toda la tienda, al tiempo que se removía en su asiento, incómodo.
Inevitablemente, su mente comenzó a vagar lejos de allí.
No pudo evitar aferrarse al recuerdo del momento en el que había regresado al campamento, la imagen de Wren mirándolo fijamente.
Había esperado encontrar aunque solo fuese un mínimo destello de alegría en sus ojos al verlo, cualquier clase de señal de que se alegraba de volver a verlo, pero lo único que había visto reflejado en aquellos preciosos ojos azules había sido un miedo absoluto y desmedido por lo que había hecho. Así como una decepción desgarradora.
Él había intentado explicárselo. Comunicarse con ella mentalmente valiéndose de la conexión psíquica que compartían.
Tengo un plan. Tú sígueme la corriente. Te prometo que te lo explicaré todo más tarde .
Al principio, August había supuesto que lo estaría ignorando, o quizás que no lo había oído, porque Wren no le respondió.
Pero, cuando se acercó a ella, pudo sentir una extraña desconexión.
Un vacío. Y entonces supo lo que estaba ocurriendo en realidad.
Su magia. Edith ha bloqueado su magia .
Tendría que encontrar un momento a solas para poder hablar con ella, y rápido. No podía soportar que Wren creyese que había decidido renunciar a su humanidad por la Orden. Que de verdad estuviese dispuesto a traicionarla.
Sí, había renunciado a su humanidad. Eso era cierto. Su alma estaba perdida. Se había vinculado al purgatorio, de forma permanente , y había aceptado sus sombras. Pero aún tenía tiempo antes de que la oscuridad se apoderase de él.
El Equinoccio estaba a la vuelta de la esquina, un ritual sagrado que los Demien hacían para honrar al Desalmado y su profecía.
Pero era más que un simple ritual. Cada nuevo recluta de la Orden, todos los nuevos Demien que aún no habían sucumbido del todo a las sombras, serían llevados hasta un altar y se les pediría que realizasen el Beso del Segador.
Un hechizo antiguo de magia sombría que los llevaría al límite.
Y, una vez completado, esos nuevos reclutas se sumirían oficialmente en las sombras y se convertirían en Demien de pleno derecho.
Porque no eran más que meros peones en el juego del Desalmado.
Nada más que monstruos .
Como su hermana.
Una voz afilada se abrió paso a través de sus pensamientos, trayéndolo de vuelta al presente.
—¿Qué narices te crees que estás haciendo?
Edith se adentró en la tienda sin llamar, yendo directa hacia August. Él intentó no estremecerse cuando la vio extender la mano y ordenar a sus sombras que se enrollasen alrededor de su garganta.
Estas respondieron a su llamada encantadas, abalanzándose sobre August y enroscándose alrededor de su cuello.
Sus propias sombras gritaron desde su interior: Úsanos, úsanos, úsanos, úsanos . Pero él no respondió a sus súplicas. Tuvo que contenerse para no hacerlo. Tenía que mantener la cabeza fría y usar la menor cantidad de magia sombría que pudiese.
Esbozó una sonrisa tensa, con los labios apretados, jadeando bajo la presión asfixiante de las sombras.
—¿Así es… como saludas… a tu hermano?
Los labios de Edith se curvaron en una sonrisa perfecta.
—¿Cómo te atreves a regresar a este campamento después de traicionarnos? ¿Después de que intentases dejarnos , abandonarnos…?
—Solo… —farfulló, luchando contra la sombra que le estaba dejando sin aliento—. Escúcha… me. —Y justo cuando estaba empezando a pensar que iba a acabar desmayándose por culpa del férreo agarre de las sombras, Edith soltó un gemido frustrado y les ordenó que se apartasen.
—¿Qué quieres, Augustine? —Pronunció su nombre completo como si fuese una maldición. Con amargura y desdén.
—He venido a unirme a vosotros —respondió él, yendo directo al grano.
Edith soltó una carcajada amarga, sin gracia.
—Y una mierda.
—Te estoy diciendo la verdad.
—¿En serio esperas que me crea esta… farsa ? —Su hermana prácticamente escupió aquella última palabra, esbozando una mueca de disgusto.
—He renunciado a mi humanidad, Edith. Lo único de lo que juré no desprenderme jamás. Lo único a lo que me estaba aferrando con todas mis fuerzas…
—¿Y qué hay de eso de que has venido a recuperar lo que es tuyo? —le interrumpió—. Me robaste la corona. Delante de todos. Pusiste en entredicho mi autoridad.
—Vamos, hermana. —August soltó una suave carcajada—.
No tengo ninguna intención de arrebatarte el puesto de alta general.
Lo hice solo porque sabía que así conseguiría llamar tu atención.
Pero, me gustaría ocupar el lugar que me corresponde dentro de la Orden, a tu lado.
Para honrar la profecía del Desalmado. —Dejó que aquellas palabras resonasen con fuerza en el interior de la tienda, antes de ladear la cabeza—. Si me aceptas.
—¿Y qué pasa con la chica? —le preguntó Edith sin vacilar.
Aquella pregunta lo tomó por sorpresa. August tragó con fuerza y notó cómo se le tensaba la mandíbula.
El solo pensar en Wren le provocaba un dolor punzante en el pecho.
Una angustia terrible. Pero si de verdad quería volver a ganarse el favor de su hermana, tenía que hacer todo lo que estuviera en su mano para sacarse a Wren de la cabeza.
Así que se encogió de hombros.
—¿Qué pasa con ella?
Edith soltó una carcajada amarga, antes de echar la cabeza hacia atrás y reírse con ganas.
—No soy idiota, Augustine. La amas . —August se estremeció ante aquella acusación—.
¿En serio pensabas que esto iba a funcionar?
¿Que ibas a poder volver al campamento así, como si nada, bajo falsos pretextos?
¿Que ibas a poder engañarme para que creyese que lo habías hecho solo porque te importaba la profecía?
August se mordió el interior de la mejilla con fuerza, tanta, que acabó haciéndose sangre, aunque la herida no permaneció mucho tiempo abierta. Estas se curaban mucho más rápido ahora, otro recordatorio constante y mordaz del daño irreparable que le había hecho a su alma.
—Tienes razón —jadeó, y la agonía que sentía hizo que le temblase la voz—.
La amo. Sí. Y me duele, Edith. Me duele muchísimo .
Porque ahora comprendo… que lo nuestro siempre ha sido imposible.
Has ganado. Wren y yo no tenemos futuro.
Y, por muy triste y patético que pueda parecer, no puedo soportar la idea de pasar el resto de la eternidad así.
Con todos estos… Estos sentimientos . Este dolor.
—Hizo una mueca y se le escapó un sollozo de entre los labios—.
No puedo seguir así. Y el Beso del Segador…
es mi única esperanza. Lo único que sé que acabará con todo esto que siento.
El silencio se apoderó de la tienda. Edith se acercó un poco más a él, observándolo con los ojos entrecerrados, evaluándolo.
—Entonces… —murmuró en voz alta, recorriendo su rostro con la mirada—. ¿Pretendes rendirte a las sombras este Equinoccio solo para librarte de esos molestos… sentimientos ?
—Si dejo que las sombras se apoderen de mí…
, si me someto al control del Desalmado…
, dejaré de sentir dolor. Y esta… debilidad desaparecerá.
Para el resto de la eternidad —explicó August, en un susurro apenas audible.
Y antes de seguir hablando, se aseguró de mirar a su hermana a los ojos—. Por eso lo hiciste tú …, ¿no?
Y ahí estaba.
Esa grieta en su fachada.
Porque, en cuanto aquella pregunta abandonó los labios de August, le pareció ver un destello de la hermana a la que había conocido en vida.
La hermana que le había sostenido la mano cuando estaba demasiado asustado como para cruzar solo el arroyo que había cerca de su casa.
La hermana que siempre estaba dispuesta a defender a su madre con vehemencia durante cada uno de los arrebatos nocturnos de su padre.
La hermana a la que, a pesar de todo, había amado.
Pero entonces las sombras volvieron a apoderarse del blanco de los ojos de Edith y aquel instante se desvaneció.
—¿Y por qué iba a concederte ese favor? —le espetó, mirándolo de arriba abajo como si no fuese más que un insecto al que estuviese deseando aplastar con la mano—.
Debería expulsarte del campamento y dejar que tu alma se marchitase, que vagases por el purgatorio con tu tormento, por toda la eternidad.
—Porque… —August alzó la barbilla, sosteniéndole la mirada desdeñosa—.
Por mucho que me detestes…, sabes que somos mucho más fuertes juntos.
Imagina lo que seríamos capaces de hacer cuando me librase de esto que siento por Wren.
Cuando la culpa y la vergüenza dejasen de atormentarme.
Cuando las sombras me arrebatasen la capacidad de amar.
—Le tembló la voz al decir aquello—. Los dos… juntos… podríamos acabar con Silas.
Edith soltó un murmullo apreciativo. La corona que llevaba en la cabeza se oscureció cuando las sombras comenzaron a girar a su alrededor con un hambre febril. August pudo sentir cómo sus propias sombras se agitaban en su interior, encantadas, deslizándose de arriba abajo por su pecho.
Sí, sí, sí , gritaron en su interior. Juntos. Juntos. Juntos.
Edith se cuadró de hombros y cruzó los brazos.
—Te permitiré quedarte. —Una oleada de alivio sobrecogió a August en cuanto aquellas tres palabras abandonaron los labios de Edith, aunque la sensación no duró demasiado, ya que se desvaneció en cuanto su hermana siguió hablando—: Bajo una condición.
August suspiró con fuerza.
—No esperaba nada menos de ti.
Los dientes blancos de Edith refulgieron en medio de la oscuridad cuando esbozó una sonrisa perversa.
—Podrás quedarte y formar parte del Equinoccio…, siempre y cuando aceptes unirte a la Unidad Ónix.
Se le revolvió el estómago. Ya se esperaba alguna clase de represalia por parte de su hermana.
Había creído que quizás lo mantendría confinado.
O que lo obligaría a participar en los entrenamientos de combate, o incluso que haría cualquier cosa por llevar su magia sombría al límite.
Pero ¿asignarlo como nuevo recluta de la Unidad Ónix?
Eso era demasiado cruel, y ningún alma se merecía tal crueldad.
La Orden de los Demien estaba organizada como una base militar, y separada en cuatro cuadrantes distintos.
Estaba la Unidad Plata, el cuadrante al que destinaban a todos los nuevos reclutas, a los Demien que habían renunciado a su humanidad pero que todavía no habían sucumbido por completo a la oscuridad.
Los nuevos reclutas todavía poseían cierto control sobre sus emociones.
Una pizca de moralidad. Aunque, en su mayoría, no eran más que una panda de capullos que lo único que buscaba era armar un poco de jaleo.
Una vez que esos nuevos reclutas participaban en el Equinoccio, cuando ya habían superado el Beso del Segador con éxito, pasaban a formar parte de la Unidad Esmeralda.
Los Demien que conformaban este cuadrante eran seres volátiles, incapaces de controlar del todo el hambre voraz de sus sombras.
Eran impredecibles. Erráticos. Como unas bombas de relojería a punto de estallar.
Pero, con el suficiente entrenamiento, esos mismos Demien acababan aprendiendo a domar sus sombras, perfeccionando sus habilidades y su crueldad hasta convertirlas en un arma perfectamente afilada.
Una vez alcanzado ese nivel de control, pasaban a la Unidad Zafiro.
Ahí era donde acababan la mayoría de los Demien tarde o temprano, donde pasaban el resto de la eternidad entrenándose y preparándose para la guerra que se avecinaba.
Pero existía un cuarto cuadrante.
Un grupo de Demien que era… distinto a los demás.
Todos los Demien que habían logrado domar por completo sus sombras eran crueles por naturaleza.
Soldados desprovistos de emoción al servicio del Desalmado.
Pero aquellos que acababan en la Unidad Ónix poseían una oscuridad en su interior, un hambre , que hacía que los demás Demien pareciesen unos malditos ángeles en comparación.
Eran despiadados. No se limitaban a complacer al Desalmado.
Anhelaban un derramamiento de sangre.
Y ahora Edith iba a obligar a August no solo a vivir con ellos, sino también a entrenar con ellos.
Porque sabía que existía el riesgo de que August no se rindiese a las sombras en el Equinoccio, por eso obligarlo a quedarse con la Unidad Ónix era su mejor opción.
Sabía que no se perdería por completo a sí mismo hasta que no hubiese pasado por el Beso del Segador, pero esos Demien podrían lograr llevarlo hasta un límite bastante parecido.
Como si intuyese por su silencio que August se había dado cuenta de lo que pretendía, Edith casqueó la lengua, antes de esbozar una sonrisa malvada.
—¿A qué viene esa cara tan larga? —se burló—. Creía que te gustaría. Ya sabes, considerando que tienes tantísimas ganas de sucumbir al poder de las sombras.
August respiró hondo, con brusquedad. No pensaba dejarse intimidar por la crueldad de su hermana.
—Muy bien —aceptó—. Lo haré.
—Bien. —Edith chasqueó los dedos y los grilletes que le esposaban las muñecas se abrieron de repente, para después precipitarse hacia el suelo—. Porque, seamos sinceros, hermanito…, no es que tuvieras otra opción .