8 Emilio #2
—Será arriesgado —respondió Catherine, con calma, aunque Emilio podría haber jurado ver cómo un brillo aterrado surcaba su mirada—.
Los límites del purgatorio son… peligrosos.
Hemos trazado el camino en el mapa, pero todavía hay demasiado terreno que no hemos tenido la oportunidad de explorar.
No tenemos forma de garantizar tu seguridad. Y, además, ya tenía un grupo en mente…
Masika negó con la cabeza y la interrumpió.
—Me da igual lo que tuvieses. Además, he oído lo que has dicho antes en la Sala de Batalla.
Necesitas que se quede tanta gente atrás como sea posible.
Para defender la base en caso de que fuese necesario.
Bueno, entonces, deja que me una al equipo de la expedición.
Así tendrás una persona menos de la que preocuparte.
—Masika… —le advirtió Olivier, apoyando los brazos sobre la mesa como si fuese a saltar en cualquier momento—. Espera un momento…
—Si esta es la única manera de detener a Silas y a la Orden de los Demien, entonces quiero formar parte de ello —espetó Masika, paseando la mirada por el grupo—.
No puedo quedarme aquí sentada de brazos cruzados.
Necesito actuar. Hacer algo para ayudar.
Si no es por mí, entonces por todas las almas que se han perdido en esta guerra.
Por Josie. Carter. Tristan. Liza. Nick. Wren.
A Emilio se le rompió el corazón al recordar a los nominados que habían sido sacrificados durante el Decenio.
No podía creer que ya no estuviesen allí.
Que hubiesen pasado a la historia como meros sacrificios .
Y, aunque le había desgarrado el alma haberlos perdido, debía admitir que, de entre todos ellos, el haber perdido a Wren era lo que más le había dolido.
Lo último que habían sabido de ella era que había participado en la prueba final del Decenio.
Y, aunque no estaba claro qué le había ocurrido después, teniendo en cuenta que había sido Irene a quien habían coronado como ganadora y convertido en Ascendida, tan solo les quedaba suponer que Wren no había logrado sobrevivir.
Una eternidad en el más allá sin Wren Loughty le resultaba inconcebible. Emilio siempre la había visto como una fuerza brillante e indomable. Indestructible.
Y ahora se había ido.
Así, sin más.
Olivier se removió en su asiento, inquieto, y el sonido de su voz devolvió a Emilio al presente.
—Pero ya has oído lo que ha dicho Catherine. Tu alma podría… acabar destruida. O te podrían tomar como rehén…
—No me importa —aseguró Masika.
Olivier soltó una carcajada amarga.
—Bueno, pues quizás deberías pararte a pensar aunque solo fuese durante medio segundo en que cabe la posibilidad de que haya mucha gente a la que sí que le importes.
La dureza que se había apoderado antes de la mirada de Masika se atenuó ligeramente. Y esbozó una sonrisa triste.
—No te pongas blando conmigo ahora, Olivier.
Él negó con la cabeza y soltó una carcajada amarga.
—No pienso dejar que lo hagas.
—Bueno, pues menos mal que no te estoy pidiendo permiso —replicó Masika.
Olivier se levantó de un salto, con la boca abierta, como si estuviese a punto de ponerse a protestar, pero entonces algo se quebró dentro de Emilio.
Se puso de pie y oyó cómo su propia voz resonaba por toda la estancia al pronunciar cuatro palabras que sabía perfectamente que sellarían para siempre su destino.
—Yo también quiero ir.
Olivier se quedó completamente inmóvil. Tenía las manos extendidas sobre la mesa, y sus ojos verdes estaban clavados en Emilio, desorbitados y observándolo con incredulidad.
—No. —Olivier contuvo el aliento, como si se estuviese preparando para el golpe que sabía que llegaría tarde o temprano—. Emilio. Te lo suplico …
—Masika tiene razón —lo interrumpió Emilio con dulzura—. Hemos venido para ayudar, ¿no? ¿Para salvar el más allá? —Paseó la mirada por los rostros de los tres y se encogió de hombros—. Bueno…, pues esta es la oportunidad que estábamos esperando.
Olivier tragó saliva con fuerza. No se había movido ni un ápice.
—Pero tú… Tú tienes otro tipo de habilidades mucho más útiles —comentó, con voz baja, grave incluso—. Se te da mucho mejor estar rodeado de libros en los archivos…
Emilio lo interrumpió antes de que pudiese seguir hablando, con un extraño destello de frustración prendiéndose en su pecho.
—Quiero luchar .
Olivier lo observó anonadado, parpadeando con fuerza. Emilio tenía que admitir que hasta él se había sorprendido con su arrebato. Pero no pudo hacer a un lado la idea que ya había echado raíces en su cabeza.
Quería luchar. Quería marcar la diferencia.
Por primera vez en su vida… quería no tener miedo.
Olivier también debió de percibirlo. La indignación que hasta hacía solo un segundo había iluminado sus ojos desapareció, transformándose en algo mucho más amable y angustiado, y compartieron una mirada cómplice. Después suspiró con fuerza y se pasó una mano por el pelo, rindiéndose.
—Bueno, pues supongo que entonces ya está decidido. —Se volvió hacia Catherine—. Vamos a ir los tres.
Catherine pareció vacilar por un momento. Tenía la mano derecha apoyada sobre la empuñadura de su espada, tamborileando los dedos encima. Por un momento, Emilio se preguntó si estaría a punto de rechazar su oferta.
Pero entonces la joven asintió con la cabeza, antes de encaminarse hacia la salida.
—Mañana por la mañana nos reuniremos aquí, antes de que suene la primera campanada. —No se molestó siquiera en volverse a mirarlos, y abrió las puertas dobles con una floritura—. Ni se os ocurra llegar tarde.
Y, dicho eso, se marchó antes de que pudiesen decir nada .