Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 8 Emilio
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8 Emilio

E milio tenía la mala manía de meterse constantemente en líos, aunque, en su defensa, casi nunca era culpa suya.

Poco después de descubrir a Emilio, Masika y Olivier en su despacho, Catherine los había arrastrado a la Sala de Batalla, flanqueados por un par de guardias armados con espadas imbuidas con magia corpórea.

Nadie había dicho ni una sola palabra, y tan solo los acompañaba el eco de sus pasos, resonando con fuerza en el interior del pasillo estrecho, mientras se encaminaban lejos del ala sur.

Y ahora, allí estaban, removiéndose incómodos en sus asientos mientras Catherine los observaba atentamente, a la espera de que alguno se dignase a hablar de una vez.

La joven estaba sentada a la cabeza de la mesa ovalada, con las manos juntas sobre la madera.

El brillo cerúleo que proyectaba la lámpara de araña bañaba sus rasgos con su luz gélida; sus ojos color avellana, entrecerrados, parecían mucho más fríos e impasibles, y sus labios en forma de pétalo estaban curvados en una mueca fruncida y enfadada.

Pero ninguno de ellos se encargó de romper el silencio tenso.

Sino que fue la pequeña criatura que se había hecho un ovillo sobre el regazo de Emilio, al emitir un repentino ladrido, quien acabó así con el silencio.

Catherine se volvió hacia ella como un resorte.

—¿Qué demonios es esa cosa?

Emilio probablemente debería haber dejado al cachorro atrás, pero no podía permitir que Masika lo destruyese, aunque el animal fuese en realidad un producto de la magia ilusoria.

Rodeó el cuello del cachorro en un abrazo protector, pegándolo a su pecho.

—Es Benji.

Catherine lo observó anonadada.

—¿Disculpa?

Olivier soltó un gruñido grave.

—Creo que quiere decir que esa criatura infernal se llama Benji. —Olivier se volvió a mirar a Emilio por un momento, antes de añadir en un susurro—: ¿Cuándo narices le has puesto nombre?

Emilio se encogió de hombros.

—¿Os habéis dado cuenta de que los tres habéis infringido la única regla que debíais seguir?

—En realidad no es culpa nuestra —recalcó Olivier con fingida inocencia—. Se nos da fatal eso de seguir las normas.

Masika puso los ojos en blanco.

—Y, de todos modos, no tendríamos por qué haber roto ninguna regla si tú hubieses sido sincera conmigo desde el principio. —Apoyó ambas manos sobre la mesa y se echó hacia delante—. El verdadero director sigue ahí fuera. Eso es lo que descubrieron Birdie y Russo, ¿verdad?

Hay que reconocer que Catherine no se molestó en negarlo.

—Sí.

Aunque ya habían descubierto la verdad que ocultaba en el ala sur, el oírla admitirlo en voz alta era completamente distinto.

A Emilio le bajó un escalofrío por la columna, una corriente eléctrica que crepitó por el aire a su alrededor.

Incluso Masika y Olivier parecieron hundirse en sus asientos, como si el peso de aquella verdad les hubiese caído encima de repente.

—Muy bien, entonces… —Olivier carraspeó con fuerza, tamborileando con los dedos sobre sus muslos—. Si este «verdadero director» sigue ahí fuera… ¿Dónde demonios se ha metido? —Levantó las manos con frustración—. ¿Por qué narices no ha salido aún de su escondite para echarnos una mano?

Catherine chasqueó la lengua.

—No es tan sencillo.

Emilio soltó un gemido grave.

—Pues claro que no…

—Cuando Silas se apoderó de Blackwood, creía que había acabado con el verdadero director —explicó Catherine, recorriéndolos a los tres con la mirada—.

Pero el verdadero director ya se había preparado para ese desenlace, para que llegase el día en el que alguien intentara arrebatarle ese poder.

Por eso dividió su alma, y escondió uno de los fragmentos en lo más profundo del purgatorio, dejando atrás también una pista para que sus seguidores pudiesen encontrarlo cuando llegase el momento.

Entregándoles una forma de hallar ese pedazo de su alma y ayudarlo a resucitar.

—El mapa —murmuró Emilio.

Catherine asintió.

—Lleva hasta la primera pista. El primer paso para encontrar el fragmento de su alma.

—Pero no lo entiendo —la interrumpió Masika, apoyando los codos sobre la mesa—. ¿Por qué tardasteis tanto en encontrar el mapa?

—Porque… —Catherine suspiró con fuerza—. Silas lo encontró primero.

Un silencio opresivo se apoderó de la sala.

Catherine se apartó de la mesa y se levantó.

—Lo escondió entre los pasillos de Blackwood.

Pasaron los años, los siglos. Y, durante todo ese tiempo, los seguidores del verdadero director, que habían sido desterrados a los límites del purgatorio, se corrompieron bajo las sombras del Desalmado.

No fue hasta que la Resistencia comenzó a formarse y empezamos a ganar seguidores que tenían acceso a Blackwood, que nos enteramos de la existencia de ese mapa.

—Birdie y Russo —comentó Masika en un susurro.

Catherine asintió con solemnidad.

—Llevamos trabajando con ellas en secreto desde hace mucho tiempo.

Se encargaban de pasarnos toda la información que lograban averiguar tanto de la Orden de los Demien como de Blackwood y de ponernos al día de cualquier avance por parte de ambos bandos.

Pero entonces…, encontraron algo en la sección restringida de la biblioteca.

Emilio se volvió hacia Olivier como un resorte, y este lo observó con los ojos abiertos como platos. Debían de estar pensando en lo mismo. Habían visto a Birdie y a Russo merodeando por la biblioteca antes del baile del Decenio husmeando por la sección restringida de los directores de las casas.

—¿Silas sabe que el mapa ha desaparecido? —preguntó Masika.

Catherine asintió.

—Precisamente por eso Russo y Birdie tuvieron que marcharse de Blackwood a toda prisa. Sabían que, en cuanto robasen el mapa, Silas no tardaría mucho en atar cabos. —Señaló a Olivier y a Emilio—. Y fue entonces cuando os trajeron a vosotros dos aquí.

—Pero ¿hay alguna otra prueba que demuestre que el verdadero director sigue ahí fuera? —preguntó Emilio—. Aparte de este mapa, me refiero.

Catherine negó con la cabeza.

—No.

Olivier apoyó los codos sobre la mesa y hundió las manos entre sus mechones, mesándoselos con nerviosismo.

—Vale. Entonces, ¿lo que nos estás queriendo decir es que existe una manera de salvar el más allá, pero que para ello tenemos que resucitar a un ente antiguo y poderoso usando un fragmento de su alma que podría no existir siquiera?

Catherine suspiró con pesar.

—En resumen, sí.

Olivier se pasó las manos por la cara.

—Estupendo.

—¿Cuándo piensas enviar al siguiente equipo de expedición? —preguntó Masika, enderezándose en su asiento.

—Mañana por la mañana —respondió.

—Me parece un poco pronto —murmuró Emilio—. ¿No acabas de perder a todo un equipo? Masika nos ha contado que casi una docena de miembros de la Resistencia desaparecieron en una misión de reconocimiento.

—No tenemos tiempo para llorarlos —replicó Catherine, a la defensiva—. Ya no. El equilibrio del más allá está en nuestras manos. Y nos ha llegado información de que la Orden de los Demien ya ha comenzado a planear su ataque contra Blackwood. Que podría ocurrir en cualquier momento.

Olivier resopló con fuerza e hizo un gesto displicente con la mano.

—Ay, por favor. Llevo oyendo hablar del gran plan de ataque de la Orden desde hace siglos…

«¿Siglos?», articuló Masika, volviéndose hacia Emilio, que se puso rojo como un tomate y se encogió de hombros.

—Y nunca pasa nada —continuó diciendo Olivier—. Hacen todo lo que su dios imaginario les ordene y esperan que se cumpla una profecía que jamás se hará realidad. ¿Por qué estás tan segura de que esta vez será diferente?

—Por Augustine Hughes.

En aquel momento, en cuanto aquellas palabras abandonaron los labios de Catherine, toda la estancia pareció sumirse en un silencio tenso y pesado.

Emilio aún seguía sin haber asimilado del todo que August hubiese pertenecido desde el principio a la Orden de los Demien.

Cuando Masika les había contado lo que había descubierto, que August era en realidad un miembro de la Orden que se había infiltrado en la academia, una parte de él se había negado a aceptarlo, a creer que de verdad los había traicionado.

El August que Emilio había conocido había sido muchas cosas: estoico, insensible, de una belleza intimidante. Y, sin embargo, a pesar de todo, jamás se le había pasado por la cabeza pensar siquiera que August pudiese estar escondiendo un secreto aún más oscuro bajo esa fachada apuesta.

Y, a decir verdad, el hecho de que August fuese en realidad un Demien no era lo que más le había dolido.

Lo que de verdad le había roto el corazón había sido que les hubiese mentido.

Que hubiese estado conspirando en su contra desde el principio.

Cuando Olivier rompió el silencio, la voz le salió ahogada y ronca.

—¿Qué tiene August que ver con todo esto?

Emilio se estremeció al captar el deje furioso que se había apoderado de la voz de Olivier. No habían hablado mucho sobre el tema, pero Emilio sabía que la traición de August le había herido profundamente. Que Olivier, a su extraña manera, había llegado a confiar en él plenamente.

—Tiene mucho que ver —replicó Catherine—.

Su hermana, Edith, es la alta general de la Orden.

Fue él quien hizo posible que ella se infiltrase entre los muros de Blackwood.

No sabemos con exactitud con qué objetivo o en qué consistía su misión, pero tan solo podemos suponer que tuvo éxito.

Lo que significa que, si queremos tener una oportunidad de despojar a Silas de su poder y detener a la Orden de los Demien antes de que destruyan Blackwood y a todos los que se encuentren dentro de la academia, tenemos que actuar rápido.

Debemos encontrar al verdadero director.

—Quiero ir —soltó Masika, poniéndose de pie.

Catherine se volvió hacia ella, sorprendida.

—¿Disculpa?

—A la expedición —aclaró Masika, casi sin aliento—. Quiero formar parte del equipo.