Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 7 Irene #2
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7 Irene #2

El tiempo comenzó a desdibujarse cuando perdió por completo el contacto con la realidad.

Estaba bailando, meciéndose al ritmo de la música, deslizando las manos con avidez sobre los cuerpos de aquellos que la rodeaban.

¿Cuánto tiempo llevaba así? ¿Minutos? ¿Horas?

¿Días? Era imposible saberlo. Y tampoco le importaba.

No cuando todo era tan maravilloso, tan perfectamente genial .

No cuando todo el dolor, cuando toda esa sofocante pena, había desaparecido con tan solo un trago de ese estimulante.

Irene solo existía en ese momento, en esa canción, en esa sensación de euforia desatada.

Pero entonces algo la devolvió de golpe a la realidad. Un destello en la periferia de su visión. Un rostro .

Se quedó helada. Los cuerpos a su alrededor siguieron bailando, moviéndose contra ella, pero Irene no podía apartar la mirada de lo que…

, no, de quien había visto al otro lado de la estancia.

Mantuvo la vista clavada en el rostro que le devolvía la mirada mientras se abría paso a través de la multitud, apartando a la desesperada a cualquiera que se interpusiese en su camino.

Mientras que las luces estroboscópicas titilaban a su alrededor, el rostro se fue alejando, como si cada destello estuviese abriendo más y más la brecha que las separaba, como si un conjunto de hilos invisibles estuviese tirando para alejarlas.

—¡Espera! —gritó Irene, con la voz ronca, pero su grito se perdió entre la música—. Por favor… Masika ...

Sus ruegos se vieron interrumpidos cuando alguien chocó de lleno contra ella, tirándola al suelo.

Irene cayó de rodillas, y una oleada de vértigo le nubló los sentidos.

Cuando por fin logró volver a ponerse de pie, con las piernas temblorosas, buscó frenéticamente entre el mar de cuerpos que bailaban a su alrededor, pero Masika había desaparecido.

Pues claro que ha desaparecido.

Irene tuvo ganas de vomitar. Había demasiado ruido, demasiada luz, todo era demasiado extraño .

Se abrió paso a trompicones entre la gente, apartándolos a empujones, ignorando las manos que intentaban agarrarla para llevarla de vuelta a la pista.

Pero, antes de que pudiese llegar a la entrada, alguien se interpuso en su camino.

Parpadeó, aturdida, al tiempo que trataba de comprender qué era lo que estaba viendo exactamente.

Frente a ella se encontraba una figura envuelta en una especie de sudario blanco.

¿Estaba teniendo otra alucinación? La gente a su alrededor no pareció percatarse de su presencia, porque ni siquiera esa ominosa figura habría podido aguarles la fiesta.

El estimulante seguía teniendo el control total de su cuerpo, y sus efectos vertiginosos todavía le causaban estragos, pero la figura que había ante ella tenía cierta solidez .

Como si fuese real.

No es ninguna alucinación.

Al tiempo que ese pensamiento atravesó su cabeza, la figura alargó una mano hacia ella, agarrándola de la muñeca antes de que pudiese escapar.

Y entonces, en un abrir y cerrar de ojos, Irene abandonó la fiesta de los Ascendidos.

Cuando abrió los ojos de par en par, se dio cuenta de que se encontraba en medio de una estancia tenuemente iluminada.

Había doce figuras rodeándola, y todas portaban el mismo sudario blanco que la que la había secuestrado.

Tenían la cabeza gacha y sus rostros quedaban ocultos en medio de la penumbra, y formaban un círculo perfecto a su alrededor.

Un silencio reverente reinaba en aquel espacio, e Irene incluso podía sentirlo recorriéndole la piel, como si estuviese hecho de agua tibia.

Bajo sus pies, justo en el centro del círculo, había un símbolo grabado en el suelo de madera: el emblema de la Academia Blackwood, el cadáver de un roble rodeado de fragmentos de huesos.

Cuando las botas de tacón de Irene se posaron sobre las ranuras, fue como si una corriente de aire caliente le recorriese las plantas de los pies, para después subirle por las piernas y deslizarse por el resto de su cuerpo, hasta que descubrió que esa misma corriente la había paralizado, y que daba igual lo mucho que lo desease, no podía moverse.

Y entonces, una de las figuras habló.

—Irene Manette Bamford. —No pudo distinguir cuál de todas había pronunciado su nombre, porque aquella voz resonó por toda la estancia, como si las doce hubiesen hablado a la vez.

A Irene comenzó a dolerle la cabeza. Su visión se nubló por un momento, solo para volverse a esclarecer un segundo después—.

El Consejo ha visto potencial en ti. La posibilidad de que te conviertas en alguien grande.

Y, por tanto, se te ha seleccionado como posible iniciada.

Si superas el periodo de prueba, pasarás a formar parte del Consejo, un honor que pocos llegan a obtener.

Un profundo murmullo resonó por toda la sala, e Irene habría jurado que, de alguna manera, procedía de su interior.

—El periodo de prueba acabará dentro de tres días. ¿Aceptas?

Lo había conseguido. La habían seleccionado .

Irene sintió cómo la invadía una oleada de alivio, aunque este se vio rápidamente apagado cuando fue consciente de la realidad de aquel reto.

Tres días . No tenía ni idea de cómo iba a demostrar su valía en tres míseros días, pero tendría que preocuparse por eso más tarde.

Asintió con la cabeza como respuesta.

—Acepto.

Su voz sonaba extraña. En cuanto aquella palabra abandonó sus labios, una de las figuras dio un paso adelante, mostrándole un pequeño puñal que descansaba sobre su mano enguantada. Irene se quedó mirándolo fijamente.

—¿Eso para qué es? —preguntó, paseando la mirada por toda la estancia.

—Con una ofrenda de sangre, sellarás el pacto. Tendrás que dejar que tu sangre gotee sobre el emblema.

Irene se acercó a la figura y le arrebató el puñal de las manos, antes de regresar al centro de la circunferencia.

Después se llevó la punta hacia la palma, se hizo un corte limpio y cerró la mano en un puño.

La sangre comenzó a acumulársele en la mano, antes de caer en un goteo constante sobre el emblema a sus pies.

En cuanto su sangre entró en contacto con la madera, el suelo se estremeció. La sangre comenzó a hervir y a deslizarse sobre los tablones, fluyendo como la corriente de un arroyo, hasta llenar todos los surcos del emblema, formando un río carmesí bajo sus pies.

Y entonces, como si alguien hubiese prendido una cerilla invisible, el emblema comenzó a arder.

E Irene también.

Las lenguas de fuego se abalanzaron sobre ella, envolviéndola y cubriendo cada palmo de su piel.

Pero, aunque la sangre que había dejado caer sobre el emblema se calcinó, Irene no .

Su piel permaneció ilesa. Su cuerpo salió indemne del furioso incendio que la rodeaba.

Algo despertó de repente en su interior, un hambre que no supo reconocer.

No fue más que un momento fugaz, un ligero destello, pero Irene estaba hambrienta , quería más, y esa sensación la sobrecogió con más fuerza que la euforia que había sentido antes.

En ese momento, habría estado dispuesta a casi cualquier cosa con tal de prolongar aquella sensación, de aferrarse a ese poder y reclamarlo como suyo.

—Enhorabuena —susurró una voz desde algún lugar más allá de las llamas—. Y suerte.

En cuanto dijo aquello, las llamas se disiparon, apagadas como si las hubiese barrido una fuerte ráfaga de viento. Y cuando Irene pudo volver a ver con claridad, las figuras habían desaparecido, desvaneciéndose en un abrir y cerrar de ojos.

Echó un vistazo a su alrededor, con su pecho subiendo y bajando con cada respiración acelerada.

Y entonces se echó a reír, al principio vacilante, pero no tardó mucho en doblarse por la fuerza de las carcajadas que la sacudieron, presa de un ataque de risa histérica. Fue todo un torrente de risas, un desahogo agradable.

Porque Irene Manette Bamford lo había conseguido…, la habían elegido.

Y ahora, se encargaría de acabar con todos y cada uno de ellos desde dentro .