7 Irene
M ateo había intentado detenerla, llamándola a gritos, pero Irene había ignorado sus suplicas desesperadas y se había marchado de su cuarto hecha una furia. Necesitaba un momento para pensar. Un segundo para asimilar lo que acababa de descubrir.
¿Wren Loughty es la destructora de la que habla la profecía de Blackwood?
La mera idea de que eso pudiese ser posible hizo que le entrasen unas ganas horribles de echarse a reír a carcajadas.
Esa princesita piadosa y santurrona ni siquiera podía soportar copiar en un examen, así que ¿cómo narices iba a estar en sus manos alterar el equilibrio del más allá?
Era imposible. No existía ninguna realidad en la que eso fuese…
—Irene.
Al oír cómo alguien la llamaba, se detuvo de golpe y casi se cayó de bruces al suelo por la sorpresa, antes de darse la vuelta para encontrarse a Samira a su espalda. ¿De qué narices iba esa chica? ¿Es que no podía dejarla en paz de una santa vez?
—Samira. —Irene carraspeó con fuerza—. Hola.
—¿Te encuentras bien? —Samira se le acercó sigilosamente, con las manos a la espalda—. Pareces un poco… nerviosa.
—Estoy bien.
—La verdad es que me alegro de haberme topado contigo. —Bajó un poco la voz y sus labios de color frambuesa se curvaron hasta formar una sonrisa pícara—. Estaba a punto de irme a la fiesta. ¿Te apetece acompañarme?
Irene se lamentó para sus adentros. Maldita sea . Había esperado poder ir sola. Aprovechar la soledad para prepararse mentalmente para lo que pudiese estarle esperando. Pero teniendo en cuenta que lo último que quería hacer era despertar las sospechas de Samira…
—¿Sabes qué te digo? —Irene suspiró y esbozó una sonrisa forzada—. A la mierda, sí, vamos.
Samira soltó un gritito emocionado y se puso a aplaudir de alegría, antes de entrelazar un brazo con el de Irene y tirar de ella.
—Luego me lo vas a agradecer tanto .
Irene ni siquiera tuvo tiempo de percatarse de que la chica estaba a punto de lanzar un hechizo de traslación. En un momento se encontraban en medio de uno de los pasillos serpenteantes de la residencia de los Ascendidos, y al siguiente estaban fuera, envueltas en la oscuridad de la noche.
Parpadeó con fuerza, tratando de acostumbrarse a la repentina oscuridad y de vislumbrar a dónde la había llevado Samira.
Parecían estar frente al cenador de metal oxidado que había cerca del Centro Elíseo, cuyos primeros escalones estaban envueltos en una niebla oscura y densa.
Una red de enredaderas serpenteantes y de raíces de árboles cubría el suelo a sus pies, trepando alrededor de la estructura metálica.
—Ya hemos llegado. —Samira señaló el cenador—. Vamos.
Con un suspiro, Irene subió los escalones. Samira la siguió de cerca, silbando con suavidad. En cuanto llegaron a lo alto de la plataforma del cenador, Samira chasqueó los dedos y una pequeña llama carmesí brotó de entre ellos.
—Esta es mi parte favorita.
Irene la observó con la cabeza ladeada, confusa.
—¿De qué estás…?
Un siseo grave la interrumpió. El sonido pareció reverberar a su alrededor, consumiendo cada partícula de aire que las rodeaba. De repente, vio como algo se movía bajo sus pies, una figura que se deslizaba entre las sombras… Y entonces Irene lo vio.
Una serpiente .
Gritó, aterrorizada, alejándose del reptil a toda prisa.
Las escamas de la serpiente eran de un ámbar intenso, debía de medir al menos metro y medio de largo, y su cuerpo escurridizo estaba cubierto por cientos de intrincados símbolos.
Sus ojos refulgían con intensidad, tanto que su resplandor dorado iluminaba la oscuridad que reinaba en el cenador.
Samira se carcajeó.
—Ay, relájate. No es real. Solo es un encantamiento.
La serpiente se deslizó entre sus pies, paseando su mirada dorada de la una a la otra.
— La contrasssssseña …
—Y habla —murmuró Irene, tragando con fuerza—. La serpiente mágica ha hablado.
Samira puso los ojos en blanco y se agachó hacia el reptil.
—Herejía celestial.
En cuanto pronunció la contraseña, la serpiente se enroscó sobre sí misma y desapareció en medio de una nube de destellos dorados.
Unos segundos más tarde, una de las baldosas que componían la plataforma del cenador comenzó a moverse, hundiéndose en el suelo y dejando al descubierto lo que parecía ser el principio de una escalera empinada y estrecha.
Irene tan solo podía ver los primeros escalones desde allí.
Los demás estaban totalmente envueltos en la oscuridad.
Apoyó la planta de sus botas de tacón en el primer escalón y comenzó a descender. Samira la siguió poco después, apagando la llama que había invocado con un chasquido.
Mientras bajaban, Irene pudo oír un ruido sordo que reverberaba en la distancia, un golpeteo rítmico que resonaba entre las paredes de la escalera. Tras unos cuantos segundos más, se dio cuenta de que no era un simple ruido…, sino música.
Cuanto más descendían, más fuerte se volvía, como una especie de bajo grave y resonante cuya melodía le retumbaba en el pecho. Los segundos se convirtieron en minutos y, justo cuando estaba empezando a perder la última pizca de paciencia que le quedaba, su pie se encontró con algo sólido.
Tras ella, Samira volvió a chasquear los dedos, iluminando el espacio estrecho con una tenue llama, y dejando así al descubierto la puerta arqueada que se alzaba ante ellas.
Rodeó a Irene, colocándose delante de ella, antes de volverse a mirarla con una sonrisa que dejó al descubierto sus dientes perlados y relucientes en medio de aquella profunda oscuridad, al tiempo que abría la puerta.
—Bienvenida al mundo de los Ascendidos.
Irene atravesó el umbral…, y se adentró en el infierno del pecado.
Toda la fiesta estaba envuelta por una luz verdosa, con luces estroboscópicas iluminando la estancia y parpadeando al ritmo de una música atronadora, y el aire apestaba al nauseabundo aroma de la magia ilusoria.
Los cuerpos de los Ascendidos, empapados en sudor, se congregaban en el centro de la sala, bailando al compás de la música, balanceándose sin descanso, apoyando los brazos sobre los hombros de los demás, y besándose entre ellos sin descanso alguno, pasando de un amante a otro con avidez.
Había docenas de bandejas hechizadas flotando por toda la sala, portando una montaña torcida de copas de cristal de las que rebosaban diversos licores y elixires sobre cada una de ellas.
Habían colocado varios sofás de terciopelo esmeralda bordeando una zona de asientos a la izquierda de Irene, en los que divisó a un trío de Ascendidos que estaban manchándose los dedos de un fino polvo negro, antes de espolvoreárselo en la boca, y lamerse los restos de los labios los unos a los otros.
—Vamos —la apremió Samira, invitándola a adentrarse un poco más en la fiesta—. No te quedes atrás.
Irene la siguió a regañadientes, abriéndose paso entre la multitud de Ascendidos ebrios que abarrotaban la sala. No podía ver bien por culpa de las luces estroboscópicas parpadeantes que colgaban de las vigas, y se sentía abrumada por los vapores nauseabundos que impregnaban el ambiente.
Al final, lograron dejar atrás a la multitud y llegar hasta una zona mucho menos concurrida. Allí había unos cuantos sofás de cuero y cheslones, con un montón de gente tumbada sobre ellos, bebiendo a la luz de las velas y hablando en susurros, entre risas inducidas por el alcohol.
—Toma. Bébete esto. —Samira le tendió una copa llena de un líquido amatista y brillante.
La verdad era que Irene ni siquiera se había dado cuenta de que la había tomado, porque estaba demasiado absorta en la caótica escena que se estaba desarrollando en ese mismo instante ante sus ojos—. Tan solo es un estimulante suave.
Olfateó la bebida y… Ah . Una mezcla de aromas agradables la envolvió de repente, como la bruma primaveral.
Madreselva. Lavanda. Gardenias. Menta.
Le dio un sorbo a su copa y el líquido le bajó por la garganta, adormeciéndole al instante las extremidades, y sumiendo su cuerpo en una arrolladora sensación de felicidad.
Parpadeó lentamente, fijándose mejor en lo que la rodeaba.
Lo que antes le había parecido una cloaca llena de idiotas borrachos, ahora se había transformado en el edén personal de Irene.
Un haz de luz reluciente inundó su campo de visión, transformándose en un deslumbrante rayo cósmico de colores.
Incluso el aire le sabía a lavanda, al dulce jarabe que le cubría la lengua.
¿Las paredes están brillando? Irene echó un vistazo a su alrededor, mareada y encantada, moviéndose como si estuviese sumida en un sueño.
—Bueno… —El rostro de Samira apareció de repente en el centro de su campo de visión…
Vaya . ¿Siempre había sido tan guapa? Sus rasgos poseían un toque casi regio, y su piel parecía tan suave como los pétalos de una flor—.
Supongo que no era un estimulante tan suave como pensaba.
Creo que Petra debe de haberle echado un poco de Aliento de ángel a las copas.
— Aliento de ángel … —repitió Irene, y se deleitó con el sabor de aquellas tres palabras.
De repente, estaba tocando algo increíblemente suave.
Tan ligero como una pluma. Y no fue hasta que Samira soltó una risita frente a su rostro que Irene se dio cuenta de que había alargado una mano hacia su cara y había comenzado a acariciarle las mejillas.
—Eres muy suave .
Samira se carcajeó y un arcoíris de colores surgió de entre sus labios.
—Ay, querida. Te lo vas a pasar genial esta noche.
Y, desde luego, así fue.