6 Emilio #2
Avanzó un paso y se encaminó por el pasillo hacia la entrada del ala sur. El cachorro, que en ese momento se estaba mordisqueando la pata con parsimonia, se volvió a mirarla con una sonrisa traviesa. Y después ladró de alegría cuando ella se le acercó.
—Buen chico. —Masika lo tomó en brazos con sumo cuidado. Y después se volvió hacia ellos y los llamó—: ¡Todo despejado, chicos! ¡Podéis salir!
Se unieron a Masika frente a la entrada del ala sur, esquivando con torpeza a los guardias paralizados.
El polvo inmovilizador había hecho su trabajo de maravilla.
Desde lejos, los guardias parecían estar observándolo todo atentamente y en calma.
Pero, de cerca, sus ojos parecían ausentes , vacíos, incluso.
—¿Listos? —les preguntó Masika.
Emilio supuso que no les quedaba otra opción más que estarlo. Se volvió a mirar a Olivier, que se las apañó para asentir ligeramente con la cabeza.
—Listos.
En cuanto Masika abrió la puerta, los tres ladearon la cabeza al unísono.
Estaba claro que todos habían estado esperando encontrarse algo muy distinto al otro lado.
Todas las alas de la mansión estaban formadas a base de largos y anchos pasillos, de salas y habitaciones repartidas por las múltiples plantas.
Pero, al otro lado de la puerta que daba al ala sur, no había ningún pasillo.
Ni siquiera había un mísero descansillo.
Tan solo una sala.
Un despacho.
Se adentraron en su interior, cerrando la puerta a su espalda.
Un candelabro centelleante iluminaba la estancia, y el cálido resplandor que surgía de las llamas de las velas que sostenía proyectaba sombras difusas por las paredes.
El cachorro mutante ladró desde los brazos de Masika, retorciéndose para tratar de zafarse de su agarre.
Ella lo dejó con suavidad en el suelo, permitiendo que la criatura deambulase por la estancia con libertad.
A medida que se adentraban en el despacho, observando el espacio tenuemente iluminado, Emilio se dio cuenta de que estaba bastante vacío, ya que no había nada más que un escritorio de madera y unos cuantos diarios apilados encima.
Las paredes eran de piedra, y estaban decoradas de forma sencilla, con un par de apliques aquí y allá, y un enorme plano en el que se mostraban las distintas habitaciones de la mansión.
—No lo entiendo… —Olivier se masajeó la frente—. Creía que la llave abría el despacho de Catherine.
—Y así es —murmuró Masika—. O, al menos, así debería haber sido.
—Pero… —Emilio recorrió la pared con un dedo—. ¿Este no es su despacho?
—La llave debe de abrir otra cosa, entonces… —Masika se adentró un poco más en el despacho y se encaminó directa hacia el escritorio—. A lo mejor sirve para abrir algo que haya ocultado aquí dentro.
—¿Te refieres a ese objeto misterioso y desconocido que Birdie y Russo pueden o pueden no haber encontrado? —le preguntó Olivier con recelo.
Ella lo fulminó con la mirada y Olivier alzó una mano al instante, en señal de rendición.
—Lo siento —murmuró.
Masika puso los ojos en blanco y siguió rebuscando entre los papeles que había esparcidos sobre el escritorio, y hurgando en los distintos cajones.
—Esta es la zona más vigilada de toda la base, y tiene que haber algún motivo —farfulló—. ¿Por qué sino iba Catherine a llevar siempre esta llave encima?
Emilio no tenía ni idea. Se recostó contra la pared más cercana, cruzándose de brazos al tiempo que observaba a Masika rebuscar por todo el despacho.
—¿Has encontrado algo?
La chica soltó un gemido frustrado, antes de meterse un rizo tras la oreja.
—No. Nada. Pero tiene que estar aquí. Lo sé.
Es solo una corazonada … —Se quedó callada de repente cuando algo se movió justo detrás de Emilio, llamando su atención.
La pared en la que estaba apoyado se había movido , y un grave gruñido resonó por toda la estancia, al tiempo que el muro de piedra se deslizaba a su espalda.
Emilio se apartó de un salto, soltando un grito ahogado, y estuvo a punto de caerse hacia atrás, pero se las apañó para recuperar rápidamente el equilibrio.
Cuando se dio la vuelta, se percató de que la pared sobre la que había estado apoyado hasta hacía tan solo un momento se había abierto, revelando tras de sí una puerta oculta.
—Eh… —Olivier soltó una carcajada nerviosa—. Parece que nuestro querido Emilio ha encontrado algo.
Masika lo observó con los ojos como platos.
—¿Qué es lo que has hecho?
Levantó las manos en señal de rendición.
—¡Solo me he apoyado!
—Seguro que la llave sirve para abrir esa puerta… —murmuró Olivier, echando un vistazo con cautela por encima del hombro de Emilio.
Masika se acercó a ella a la carrera, e introdujo la llave en la cerradura. Después hizo girar el pomo, probando la llave, mordiéndose el labio inferior con nerviosismo. Emilio contuvo el aliento y aguardó…
Clic.
Los tres suspiraron con fuerza a la vez, aliviados, al tiempo que la puerta se abría de par en par.
Al otro lado tan solo había un trozo de pergamino flotando en el aire, balanceándose como si estuviese suspendido por una especie de hilos invisibles.
Masika no perdió más el tiempo. Lo tomó y lo acercó a uno de los apliques de hierro que iluminaban la estancia.
Emilio se fijó en lo que había escrito sobre aquel papel envejecido…
No eran más que símbolos y garabatos sin sentido.
Los tres se inclinaron hacia el pergamino, acercándose un poco más a él, asombrados.
—¿Qué se supone que es? —preguntó Olivier, observándolo con los ojos entrecerrados.