Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 6 Emilio
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6 Emilio

E n cuanto a ideas horribles, esta se llevaba la palma .

Emilio Córdova ya se estaba preparando mentalmente para disculparse mientras seguía a Masika y a Olivier a regañadientes lejos de la enfermería y por los aparentemente interminables pasillos que recorrían la mansión de la Resistencia.

Tú solo actúa como si nada , se recordó mientras se tironeaba con nerviosismo del dobladillo de la camisa.

El plan es muy sencillo. Solo vamos a entrar tranquilamente en la zona más vigilada de toda la mansión. ¿Qué es lo peor que podría ocurrir?

—Emilio —le llamó Masika en un siseo—. Deja de respirar así.

—¿Así cómo? —le preguntó Emilio en un susurro, saludando con un gesto de la cabeza torpe a un estratega que pasó en ese momento a su lado, observándolos con sorpresa.

—Como si fuese a darte un ataque de pánico de un momento a otro —murmuró Olivier, antes de soltar una risita nerviosa.

Emilio soltó un gruñido.

—Eso es porque estoy a punto de sufrir un ataque de pánico.

Había miembros de la Resistencia por todas partes, recorriendo los pasillos.

La enfermería se encontraba justo en el corazón de la base de operaciones de la Resistencia, era el centro que conectaba todas las alas que componían la enorme y extensa mansión.

Emilio todavía no había podido explorar toda la base.

No solo porque se hubiese visto obligado a pasar la mayor parte de su tiempo entrenando y siguiendo la misma rigurosa rutina que se les imponía a todos los miembros de la Resistencia, sino porque, además, era prácticamente imposible explorar toda la mansión, ya que sus pasillos hechizados no parecían tener fin.

El lugar era gigantesco . Emilio no tenía ni idea de cuántas plantas había.

Hubo un día en que intentó contarlas y había acabado encerrado sin querer dentro de una despensa enorme.

Desde entonces no lo había vuelto a intentar.

—¿Te importaría recordarnos cómo has conseguido la llave del despacho de Catherine?

—preguntó Olivier en un susurro. Un par de entrenadores de combate pasaron junto a ellos, lanzándoles una mirada desconcertada.

Olivier se limitó a saludarlos con un gesto de la cabeza y a hacer como que se bajaba un sombrero invisible—.

¡Buenas tardes, camaradas! Hace un día estupendo para dar un paseo por la base, ¿no os parece?

Los entrenadores se limitaron a poner los ojos en blanco y a seguir andando.

Masika carraspeó con fuerza.

—El cómo haya conseguido la llave no importa.

A Emilio no le sorprendió demasiado su respuesta.

Masika se había mostrado tremendamente reservada con todo lo que tenía que ver con Catherine desde que se unieron a la Resistencia, sin mencionar ni una sola vez el tema de su complicado pasado.

Aunque no hacía falta ser un genio para deducir que, fuera lo que fuese que quiera que hubiese ocurrido entre ellas, estaba claro que a Masika le había dejado una cicatriz mucho más profunda que la que le cruzaba el rostro.

Y no podía culparla. Comprendía perfectamente lo que se sentía.

Él mismo se había pasado meses en Blackwood tratando de llamar la atención de Olivier como fuese.

Anhelando que llegase el día en el que se volviese a mirarlo y le confesase que sentía lo mismo.

Y, aunque casi al final del Decenio por fin se habían declarado sus sentimientos el uno al otro, Emilio seguía sin poder evitar sentirse… herido.

El que el estado de Olivier no estuviese mejorando a pesar de los intentos de los sanadores era como una enorme nube de tormenta cerniéndose sobre sus cabezas, ensombreciendo su floreciente romance.

¿Cómo podía siquiera pensar en besar a Olivier cuando cabía la posibilidad de que lo perdiese en un futuro?

Olivier le había jurado y perjurado que los sanadores estaban haciendo progresos, pero no estaba muy seguro de poder creerle.

Quizás era por la forma en que a veces lo descubría observándolo. Con un brillo triste en la mirada.

Y Emilio no sabía si el besarlo serviría para alejar esa tristeza o si tan solo les rompería a los dos aún más el corazón.

Porque la verdad era muy sencilla: Emilio estaba vergonzosa, patética y desesperadamente enamorado de Olivier.

Lo que era un problema mayúsculo.

—Vale, esperad un momento. —Masika se frenó en seco y alargó un brazo frente a ellos para obligarlos a detenerse. Emilio se tambaleó y se sonrojó mientras intentaba alejar de su cabeza la idea de besar a Olivier.

—¿Qué pasa? —preguntó Olivier en un susurro, echando un vistazo a su alrededor.

Masika señaló hacia el final del pasillo.

—La entrada al ala sur está ahí delante.

—¿En qué consiste exactamente nuestro plan?

—Emilio se estiró para tratar de ver mejor lo que había al final del pasillo.

Tal y como pensaba, había un par de guardias apostados frente a las puertas dobles arqueadas que daban al ala sur de la mansión, y cada uno portaba un arma hechizada con magia corpórea—.

¿Seducirlos con nuestro irresistible encanto?

—Querrás decir con mi irresistible encanto —le corrigió Olivier.

Emilio soltó una carcajada burlona.

—¿Es que no crees que yo sea lo bastante encantador?

—Oh, eres increíblemente encantador, mi amor, pero da la casualidad de que yo soy un experto en la materia.

—Oíd, los dos —espetó Masika—. Nadie va a encantar a nadie, ¿entendido?

—Entonces, ¿cuál es tu maravilloso plan? —preguntó Olivier. Al ver que Masika dudaba, la sonrisa de Olivier se apagó—. Porque tienes un plan, ¿no?

—Bueno… —Se mordió el interior de la mejilla y carraspeó con fuerza—. Sí. Bueno, algo así.

Olivier se pellizcó el puente de la nariz.

—Estamos perdidos.

Emilio estaba empezando a entrar en pánico, eso estaba claro.

—Dadme un segundo. —Masika respiró hondo y sacudió los brazos—. He estado investigando. Practicando. Y creo que tengo algo que podría funcionar.

—¿Has conseguido hacerlo bien ya alguna vez? —le preguntó Olivier.

—¿Quieres que te sea sincera?

Olivier suspiró.

—No. Probablemente no.

—Entonces, sí —respondió Masika, con una sonrisa de oreja a oreja.

Y, dicho eso, cerró los ojos e invocó su magia.

Varios zarcillos de luz amatista brotaron de las palmas de sus manos, deslizándose en silencio por el suelo.

Magia ilusoria , pensó Emilio, al tiempo que su familiar, dulce y empalagoso aroma se apoderaba de todos sus sentidos.

Algo había comenzado a formarse en el interior de la luz de los zarcillos, una masa confusa de extremidades y pelaje.

Al principio, le costó bastante discernir qué era exactamente lo que estaba viendo, como si lo estuviese observando a través de un espejo deformado.

Pero, tras unos cuantos segundos más, los rasgos de la figura comenzaron a solidificarse, y la neblina morada empezó a disiparse.

—¿Eso es…? —Emilio parpadeó con fuerza, atónito—. ¿Un cachorro?

Desde luego, lo parecía. La criatura tenía el mismo tamaño que un perro pequeño, con un pelaje de tonos dispares; marrones y negros entremezclados con algunas manchas blancas.

Pero tenía algo… raro. Poseía unas orejas puntiagudas, mucho más parecidas a las de un murciélago, y sus ojos eran tan rojos como dos rubíes.

— Técnicamente no —respondió Masika, observando su obra, claramente satisfecha—.

Es una especie de ilusión. En esencia, he creado un animal distinto con…

algo oculto en su interior. —Pasó la mirada de uno al otro antes de suspirar con fuerza—.

Digamos que es como una especie de matrioska .

La capa exterior no es más que una ilusión, pero lo verdaderamente importante se esconde en su interior.

—Rascó a la criatura entre las orejas y frunció el ceño—.

Aunque… no estoy segura de qué les ha pasado a sus orejas y a sus ojos.

Creo que puede que haya metido un poco la pata con el hechizo.

—¿Qué se esconde exactamente en su interior? —le preguntó Olivier con recelo, retrocediendo cuando el cachorro intentó morderle los tobillos.

—Un polvo inmovilizador. Al inhalarlo, te paraliza no solo el cuerpo, sino también la mente.

Te conviertes básicamente en una estatua inconsciente durante…

, no sé, ¿media hora, más o menos? —Masika debió de fijarse en las miradas confusas que le lanzaron, y se encogió de hombros antes de añadir—: He robado el polvo de los archivos de los estrategas.

—¿Y cómo se supone que va a poder soltar el polvo inmovilizador? —preguntó Emilio, agachándose para acariciar a aquella extraña criatura, que en esos momentos estaba demasiado ocupada tratando de morderse la cola.

—Le he puesto un temporizador.

Olivier la observó totalmente horrorizado.

—Por el amor de Dios. Has creado una bomba. Una bombita babosa.

—Y, respecto a eso… —Masika tomó al cachorro en brazos y lo alzó frente a su rostro—. Ha llegado el momento de ver si funcionas.

En cuanto lo volvió a dejar en el suelo, la pequeña criatura se encaminó con sorprendente seguridad hacia la entrada del ala sur.

Como era de esperar, los guardias no tardaron mucho en localizar al pequeño cachorro desconocido que merodeaba por el pasillo.

Se miraron desconcertados y ladearon la cabeza al unísono.

—¿Qué demonios…? —La guardia de la derecha desenvainó su sable, y cientos de destellos de magia corpórea iluminaron su filo a modo de advertencia.

Pero, antes de que pudiese hacer cualquier movimiento, el cachorro profirió un ladrido agudo.

Fue en ese mismo instante cuando una nube de polvo reluciente surgió de entre sus fauces, formando un nubarrón oscuro que se abalanzó sobre los guardias.

En cuanto inhalaron el polvo, ambos se quedaron rígidos y totalmente inexpresivos, observando a la criatura con la mirada vidriosa.

Emilio soltó un suspiro tembloroso.

—¿Ha…? ¿Ha funcionado?

Masika se cuadró de hombros.

—Solo hay una forma de averiguarlo.