5 Olivier
O livier Dupont estaba empezando a pensar que odiaba la magia.
De todos modos, ¿de qué le servía? Tan solo parecía traerle problemas.
Ya fuese invocando una horda furiosa de monstruos sombríos empeñados en devorarlo o una réplica sedienta de sangre de sí mismo a punto de asesinar al amor de su vida, pero lo que estaba claro es que ambos eventos habían sido igual de horribles y traumáticos.
Claro que la magia también tenía sus ventajas ( sobre todo en lo que tenía que ver con licores encantados y colocones mágicos ), pero teniéndolo todo en cuenta, la magia había resultado ser un enorme grano en el culo.
Pues claro que quizás su opinión estuviese un poco sesgada.
—¿Quieres dejar de moverte de una vez? —le pidió Analisa, antes de soltar un gruñido bastante impaciente.
Desde que la Resistencia había descubierto la…
condición … de Olivier, lo habían atendido numerosos sanadores, casi a diario, en una sucesión interminable de sonrisas forzadas y disculpas murmuradas.
Analisa, sin embargo, había sido la única presencia constante a su lado durante todas y cada una de aquellas consultas.
De todos los sanadores de la Resistencia, parecía ser la más empeñada en desentrañar el caos que reinaba en la mente de Olivier.
—Lo siento —murmuró Olivier, en un tono que distaba mucho de sonar lo bastante contrito—. Es que me haces cosquillas.
—No es verdad.
—¿En serio? —Olivier la observó con una ceja enarcada—. ¿Es que alguna vez has tenido a alguien dentro de tu cabeza revolviéndolo todo?
Analisa frunció el ceño y se cruzó de brazos, molesta.
—No. Nunca.
—Entonces, creo que no tienes ni idea de lo que se siente, ¿no te parece?
—Tú solo…, estate quieto —le espetó Analisa, acercándose un poco más a él.
Olivier estaba sentado en una de las camillas de exploración de la enfermería, con los pies apoyados en el suelo de piedra.
La sanadora se colocó justo frente a sus rodillas y le llevó las manos a la cara.
Dios, cómo odiaba esta parte. Le hacía sentir asquerosamente vulnerable, como si se estuviese abriendo en canal y ofreciendo sus órganos para que los sanadores los diseccionasen.
Pero también era su única esperanza…, y eso , tal vez, era lo que más le dolía.
A pesar de haber encontrado una salida, una forma de escapar de las garras del Decenio, y que, además, había logrado salvar a Emilio, Olivier no había conseguido hallar la forma de salvarse a sí mismo.
El Olvido . Este seguía devorando su memoria, arrebatándole más y más recuerdos a cada día que pasaba, preparándolo para su inevitable destino como segador eterno.
Los sanadores de la Resistencia se habían pasado cada hora de cada día tratando de encontrar alguna solución.
Nunca se habían topado con nadie en la misma situación que Olivier.
Todos los miembros de la Resistencia habían abandonado los muros de Blackwood antes de que el Olvido pudiese apoderarse de sus mentes.
Los sanadores habían descubierto que el Olvido no se había originado tan solo tras la traición de Silas, sino que la enfermedad se encontraba dentro de la propia academia, retenida en su interior.
Si lograbas escapar de Blackwood antes de que los efectos corrosivos del Olvido se apoderasen de tus recuerdos, estarías a salvo.
Pero si el proceso ya había comenzado antes de que pudieses marcharte, entonces daba igual lo que te alejases del perímetro de la escuela, no podrías detenerlo.
Todos ellos estaban intentando ayudarlo, Olivier lo sabía.
Pero le costaba sentirse agradecido cuando tenía que pasarse la mayor parte de sus días encerrado en la enfermería, dejando que los sanadores lo pinchasen y sometiesen a toda clase de tratamientos, como si no fuese más que un experimento científico.
Nada parecía servir para impedir que sus recuerdos se desvaneciesen. De hecho, a cada día que pasaba, Olivier podía jurar que sentía cómo su mente se iba, literalmente, fragmentando. Últimamente había estado teniendo sueños de lo más extraños. Oyendo voces por la noche.
Siendo sincero, el estar perdiendo la cabeza estaba resultando ser un soberano inconveniente.
—Pórtate bien conmigo —le pidió a la sanadora en un susurro, soltando una risita desganada.
—Lo intentaré.
Analisa cerró los ojos y se puso manos a la obra.
Olivier pudo sentirla de inmediato. Su mente se volvió maleable y fría, como si todo lo que le rodeaba se estuviese moviendo a cámara lenta, como si hubiese detenido el tiempo por un momento, solo para hacerlo avanzar después a paso de tortuga.
Varios hilos brillantes y plateados surgieron de su cabeza, solo para unirse a los dedos de la sanadora, y ella comenzó a retorcerlos y colocarlos formando distintos patrones.
Cada hilo era un recuerdo distinto. No estaba seguro de cómo lo sabía, pero, de alguna forma, lo supo.
Podía sentir todos aquellos recuerdos anidados en su interior: su padre enseñándole a montar a caballo, su madre leyéndole un cuento a la luz de las velas, la sensación de las briznas de hierba deslizándose entre sus dedos al pasear descalzo por los terrenos de la granja de su familia .
Pero también podía sentir la podredumbre inconfundible que los emponzoñaba a todos, ese oscuro vacío que los estaba devorando lentamente.
—Está empeorando, ¿verdad? —logró articular Olivier.
Analisa guardó silencio y siguió con su trabajo.
La frente se le perló de sudor, y las venas se le marcaron en las sienes.
La magia sanadora era nueva para Olivier, pero no dejaba de sorprenderle la increíble fuerza que irradiaban los sanadores con los que se había topado hasta el momento.
Había algo profundamente poderoso en tener la capacidad de sanar un alma, en vez de destruirla.
Y, a pesar del desdén que Olivier sentía por aquella rutina y las distintas sesiones de sanación a las que le sometía, no podía evitar admirar en silencio el trabajo de Analisa.
Dominar el arte de la magia sanadora no era tan sencillo como leer un simple manual de instrucciones.
Hacían falta siglos para lograrlo. Lo que significaba que los sanadores autorizados de la Resistencia también eran algunos de sus miembros fundadores.
Llevaban formando parte de la Resistencia desde antes de que esta tuviese un objetivo claro.
Cuando no era más que un grupo de almas perdidas flotando sin rumbo por los límites del purgatorio, negándose a escoger un bando en la guerra del más allá que se avecinaba.
Analisa dejó caer las manos a los lados. Los zarcillos plateados que la habían vinculado con Olivier se desvanecieron poco a poco.
—No he logrado avanzar demasiado —admitió, con un suspiro—. He conseguido frenarlo un poco, ralentizar la corrosión temporalmente, pero… da igual lo que haga, no puedo restaurar los recuerdos corruptos. Se… —Suspiró con fuerza, claramente frustrada—. Se siguen apagando.
—Entonces —dijo, apoyando las manos sobre la camilla y echándose hacia atrás—, en pocas palabras…, ¿estoy jodido?
La sanadora frunció el ceño.
—Yo no lo diría de ese modo.
—Bueno, espero que no. Porque desde luego no son formas de comunicarle un diagnóstico a tu paciente.
Analisa se cruzó de brazos, molesta.
—Olivier. Creo que ha llegado el momento de que hablemos de la posibilidad de…
—Pero sus palabras se vieron interrumpidas cuando se abrió la puerta de la enfermería de par en par, dejando al descubierto un par de rostros familiares al otro lado.
Emilio y Masika estaban allí de pie, uno al lado del otro, aguardando en el umbral.
Masika lo estaba observando con un brillo frenético en la mirada, un entusiasmo que hizo que a Olivier le entrasen ganas de bajarse de la camilla de un salto.
Emilio, en cambio, tenía aspecto de querer estar en cualquier parte menos allí.
A pesar del evidente enfado de Emilio por el motivo por el que Masika lo había arrastrado hasta allí, Olivier suspiró al verlo, profundamente aliviado.
Apenas habían pasado tiempo a solas desde que habían llegado a la mansión de la Resistencia, limitándose a intercambiar alguna que otra conversación fugaz durante los breves momentos de descanso que tenían.
Pero no era culpa suya. Emilio se había visto atrapado en la rigurosa rutina de entrenamientos a la que obligaban a someterse a todos los miembros de la Resistencia, mientras que Olivier había sido proclamado, muy a su pesar, la anomalía médica más fascinante de la enfermería.
Lo que significaba que esos pequeños momentos que compartían, por muy breves que fuesen, lo significaban todo para Olivier.
—¿Puedo ayudaros en algo? —les preguntó Analisa, observándolos con una ceja enarcada.
—Tenemos… Eh… —Masika carraspeó con fuerza antes de seguir hablando—. Nos han pedido que llevemos a Olivier a una sesión de entrenamiento de combate obligatoria.
Analisa se cruzó de brazos.
—No tiene entrenamiento hasta dentro de una hora.
Olivier observó a Masika con los ojos entrecerrados, tratando de comunicarse en silencio con ella.
«Sígueme el rollo».
Él no lo dudó. Se bajó de la camilla de un salto y le dejó caer una mano en el hombro a Analisa, como si estuviese tratando de consolarla por algo.
—Tiene razón —intervino—. Se me ha olvidado comentártelo antes.
Me lo han adelantado. —Al ver que Analisa abría la boca para decir algo, Olivier le dio una suave palmadita en el hombro y siguió hablando antes de que pudiese hacerlo—.
Te prometo que mañana llegaré a tiempo. Y después podrás seguir hurgando en mi cerebro hasta hartarte, ¿trato hecho?
Analisa frunció el ceño.
—Ni se te ocurra llegar tarde.
Olivier se llevó la mano a la frente e imitó una especie de saludo militar.
—Sí, sargento.
Pasó junto a Analisa y le guiñó un ojo antes de salir de la enfermería, con Emilio y Masika justo detrás.
Los tres recorrieron el pasillo en completo silencio, alejándose cada vez más de la enfermería.
Mientras caminaban, Olivier se volvió a mirar a Emilio de reojo, lo que hizo que el chico se sonrojase al momento.
Olivier tuvo que contenerse para no esbozar una sonrisa.
—Hola, mi amor.
Emilio se ruborizó hasta las puntas de las orejas.
—Hola, Olivier.
Masika puso los ojos en blanco, antes de agarrar a los dos chicos por las muñecas y tirar de ellos.
—Ya tendréis todo el tiempo del mundo para miraros fijamente a los ojos y admirar vuestra belleza más tarde, pero ahora, centraos, tenemos cosas que hacer.
Olivier suspiró con fuerza.
—Te escucho.
Masika echó un vistazo a su espalda, con cautela, como si estuviese esperando que alguien pudiese estar escuchándolos a escondidas. Después de unos segundos de silencio, se llevó una mano al bolsillo de su chaleco y sacó una enorme llave de hierro.
—¿Os apetece acompañarme a hacer algo indudablemente peligroso y estúpido?
—Masika, querida… —Olivier esbozó una sonrisa burlona y le pasó un brazo a Emilio por los hombros—. Me ofende que tengas que preguntarlo siquiera .