4 Wren #2
—Oh, pues claro que lo eres, Wren Loughty.
Tú serás quien rompa el vínculo. Quien purifique los hilos de la corrupción.
Porque el Desalmado así lo predijo. —Cuando siguió hablando, lo hizo con una voz que no le pertenecía.
Era una voz oscura, distorsionada, que sonaba como unos clavos oxidados arañándole la piel—. Porque así está escrito.
A Wren le entraron ganas de ponerse a gritar.
La voz que surgió de entre los labios de Edith era como veneno deslizándose por sus oídos, y un dolor punzante floreció de repente en la base de su columna.
Estaba cansada de oír hablar de la maldita profecía.
De que le dijesen que no había nada que pudiese hacer para evitar lo que estaba escrito.
A la mierda la profecía. Wren no era el peón de nadie.
Puede que su cuerpo estuviese sometido a la maldición de Edith, pero su mente y su alma seguían perteneciéndole solamente a ella.
Aunque antes de que Wren pudiese siquiera abrir la boca para replicar nada, un revuelo de ruidos confusos resonó con fuerza, proveniente del exterior de la tienda, acaparando por completo su atención.
Edith parpadeó, regresando al presente, y el negro volvió a dejar paso al blanco en su mirada.
Se volvió hacia la entrada de la tienda, escuchando con atención.
Se oía un alboroto amortiguado al otro lado de la tela de lona; pero entonces las voces fueron cobrando fuerza, convirtiéndose en todo un coro de gritos y murmullos confusos.
—Ven conmigo —le ordenó, y su voz había recobrado el tono ronco de siempre—. Y ni se te ocurra intentar nada… Aunque tampoco es que te fuese a servir de mucho, la verdad.
Wren se levantó de la silla con un sobresalto, y sus extremidades comenzaron a moverse con una rígida precisión, al tiempo que seguía a Edith hacia el exterior de la tienda.
Hizo una mueca al sentir cómo la frustración le atravesaba el pecho.
Edith tenía razón. Daba igual que intentase escapar de allí, sus esfuerzos serían inútiles.
Wren observó furiosa la banda plateada que le rodeaba la muñeca.
Había aparecido la primera mañana que había pasado allí, justo cuando se había despertado tras su primera ronda de tortura.
«Un brazalete de seguridad», según Edith.
Forjado por los herreros del campamento, el brazalete metálico estaba imbuido de una magia que le impedía atravesar el perímetro del campamento de la Orden de los Demien.
Cuando Wren salió de la tienda y abandonó el oscuro túnel que conducía al corazón de la caverna, se topó con una escena caótica.
Se había formado toda una multitud al otro lado de la cueva, una especie de congregación de Demien que estaba observando algo que acababa de adentrarse en el campamento.
Wren estiró el cuello, desesperada por ver mejor, pero las docenas y docenas de Demien que estaban apiñados en aquel espacio que la rodeaba no le permitían ver nada.
Pero entonces la multitud se separó… Y de entre la gente surgió una figura.
Alta, de hombros anchos, envuelta en un manto de sombras. Con una mata de rizos oscuros y revueltos en la cabeza. Y unos ojos que parecían hechos de acero y hielo.
Wren se sintió como si alguien le hubiese disparado al corazón.
Es él .
August siguió avanzando, y la multitud se hizo a un lado, abriéndole camino, al tiempo que él seguía adentrándose en la caverna, lenta y metódicamente. Y, a pesar de todo lo que Wren había tenido que sufrir, a pesar de la tortura, el dolor y la confusión, no pudo evitar esbozar una sonrisa.
Desde que se la habían llevado a la Orden de los Demien, Wren había intentado desesperadamente olvidarse de August. Fingir que nunca había existido. Pero, aun así…, su recuerdo la había atormentado cada día.
Las últimas semanas habían sido agonizantes.
Cada vez que se encontraba a solas, cada vez que cerraba los ojos…
, ahí estaba ella de nuevo, en el Éter. El recuerdo de August arrastrándose hacia ella, retorciéndose de dolor, gritando , estaba grabado a fuego en su memoria.
Todavía podía oír la confesión que le había hecho con la voz rota por el dolor: cómo le habían encargado que se acercase a ella, cómo toda su relación, desde el principio, había estado orquestada cuidadosamente por la Orden de los Demien.
Y ahora, ahí estaba.
Pero no venía solo.
Sombras.
A medida que August avanzaba, una aureola de sombras lo seguía, aferrándose a él como si fuese un parásito hambriento.
Las sombras se deslizaban por sus brazos y sus piernas, cubriendo el mismo terreno por el que caminaba.
Llevaba la camisa blanca ligeramente desabotonada, rasgada y hecha jirones; y esa misma oscuridad voraz le corría bajo la piel, y un flujo constante de sombras le serpenteaba por las venas.
No .
La sonrisa de Wren se desvaneció.
La breve alegría que había sentido al verlo desapareció de inmediato en cuanto observó las sombras que lo envolvían. Y es que, si August ahora era capaz de usar la magia sombría por completo, eso solo podía significar una cosa.
Wren contuvo el aliento.
Ha renunciado a su humanidad.
—Augustine —llamó Edith a su hermano, con un tono inquietantemente tranquilo, sobre todo teniendo en cuenta las circunstancias—.
Suponía que a estas alturas ya habrías sucumbido a tu cobardía, y más después de nuestro último encuentro, pero ¿ahora apareces aquí?
¿Sin protección alguna? ¿Sin ejército que te acompañe?
—Señaló una de las sombras que se estaba enroscando alrededor del brazo de August, y esbozó una sonrisa tensa—.
Y, por lo que veo, con unos cuantos nuevos amigos.
—¿Qué puedo decir? —August alzó una mano y las sombras se deslizaron por su palma—. Siempre me ha gustado hacer una buena entrada triunfal.
—De eso no me cabe la menor duda. —Edith se adelantó un paso y se colocó justo delante de Wren. No tanto en una postura defensiva, sino comportándose como si fuese una niña codiciosa que no quería compartir sus juguetes—. Bueno…, ¿y te importaría explicarme a qué narices has venido?
—¿No es evidente, hermana? —Alargó una mano y una de las sombras salió disparada de la yema de sus dedos sin previo aviso, enroscándose al momento alrededor de la corona de Edith.
Entonces chasqueó los dedos y la sombra regresó a él como un bumerán, lanzándole la corona a la mano.
August la atrapó al vuelo y se puso a darle vueltas entre los dedos, al tiempo que sus labios se curvaban hasta formar una sonrisa socarrona.
Su mirada se posó entonces sobre Wren, con un destello perverso refulgiendo en sus ojos.
La oscuridad.
—He venido a recuperar lo que es mío .