Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 4 Wren
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4 Wren

W ren Loughty sucumbió a la oscuridad y

retrocedió

en

el

tiempo…

El repiqueteo de la lluvia contra el cristal.

El chirrido de los neumáticos sobre el asfalto.

El ruido de la estática mientras en la radio también sonaba una antigua canción folk.

El dulce aroma al perfume de vainilla y los restos de licor que todavía perduraban en su boca, entremezclados con su aliento mentolado.

Wren abrió los ojos.

Estaba sentada en el asiento del copiloto del viejo Jeep Wrangler de su madre, mirándose las manos. El mundo a su alrededor se tambaleó por un momento, difuminándose y volviendo a enfocarse a medida que recobraba el sentido.

—Mamá nos va a matar.

Wren parpadeó, aturdida. Se giró hacia la izquierda y vio a su hermana en el asiento del conductor, tamborileando los dedos sobre el volante.

El cabello rubio rojizo de Maeve le caía por los hombros, formando ondas salvajes que se deslizaban por su espalda, y el flequillo recién cortado se le erizaba a la altura de las cejas.

Cientos de pecas salpicaban sus mejillas bronceadas, con las marcas que le había dejado el moreno impresas sobre los hombros.

Se habían pasado todo el verano tomando el sol junto al lago. Pidiendo deseos. Soñando.

—¿Qué has dicho? —se oyó decir Wren. Tenía la sensación de que estaba pasando algo por alto…

, que tenía algo más que hacer. Pero daba igual el ahínco con el que se devanase los sesos, la fuerza que estuviese destinando para hacer memoria o lo mucho que tratase de aferrarse a ese pensamiento escurridizo que le rondaba el subconsciente, no lograba recordarlo.

—Mamá —repitió Maeve, haciéndose oír por encima del repiqueteo de la lluvia al golpear el techo del vehículo—. Nos va a matar. Es imposible que no la hayamos despertado.

Cierto, la fiesta. Habían salido de casa a hurtadillas, en plena noche, después de que su madre se hubiese quedado dormida, escabulléndose a través de la ventana de la habitación de Wren, riéndose en susurros mientras cruzaban el jardín de puntillas y se metían al coche sin hacer ruido.

En ese momento, los truenos retumbaron con fuerza en la distancia, y una serie de rayos atravesó las oscuras nubes de tormenta que encapotaban el firmamento.

El aire húmedo se colaba en el interior del vehículo a través de la ventanilla de Wren, y el olor a tierra mojada y a salmuera le impregnaba los pulmones.

—A lo mejor deberíamos aparcar a un lado.

—Wren bajó el volumen de la radio. No podía quitarse de encima la sensación de que se le estaba escapando algo, y una punzada de pánico de la que no era capaz de deshacerse le atravesó el pecho.

Sabía que había algo de lo que se estaba olvidando… , pero ¿el qué?

Maeve soltó una carcajada amarga, restándole importancia a lo que había dicho su hermana con un gesto de la mano.

—¿Para qué? Ya te he dicho que no he bebido nada esta noche. Estoy perfectamente. Te lo prometo.

Entonces a Wren se le dispararon todas las alarmas.

Al coche le ocurría algo. O tal vez tenía que ver con la carretera tan oscura como la pizarra que se extendía frente a ellas…, con los faros que iluminaban las franjas amarillentas de la calzada…, con el frondoso bosque que las flanqueaba, y junto al que estaban pasando a toda velocidad.

—Maeve… —La voz se le fue apagando al tiempo que su corazón comenzaba a latir con fuerza en su pecho, acelerado, retumbando tanto que incluso podía sentirlo reverberándole en la garganta.

Había algo que no iba bien. Que no era normal.

Se llevó una mano al cuello y pudo notar los fuertes latidos de su corazón retumbando bajo las yemas de los dedos.

Los latidos de su corazón…, los latidos de su corazón…

De su corazón.

Mi corazón no debería poder latir.

Ese pensamiento se abrió paso a través de su mente, agudo y repentino.

—Para el coche —soltó Wren, presa del pánico.

El tiempo pareció detenerse por un momento, antes de comenzar a retorcerse y a fragmentarse.

A su alrededor, el bosque empezó a desintegrarse.

Varios rostros surgieron a su alrededor, observándola atentamente de entre las retorcidas ramas de los árboles, con sus resplandecientes ojos de zafiro.

Wren intentó ver algo a través de la neblina que se arremolinaba a su alrededor, pero todo se movía demasiado deprisa.

—¿De qué estás hablando? —le preguntó Maeve, pero su voz sonaba distorsionada, retorcida y extraña.

A Wren le entraron ganas de gritar.

No deberían estar allí. Esa noche. En ese coche. Formando parte de ese momento.

Todo iba mal, todo iba mal, todo iba…

Maeve soltó un grito ahogado cuando algo se materializó de repente en medio de la calzada, justo frente a ellas.

Unos ojos oscuros y brillantes las observaban atentamente, bajo la luz de los faros.

Un ciervo. Wren ni siquiera lo había visto salir del bosque.

En un instante, allí no había nada y de repente…

Su hermana dio un volantazo a la izquierda.

Y gritó.

Wren se lanzó sobre Maeve.

Oyó un chirrido metálico cuando el capó se dobló, se retorció y se resquebrajó.

A Wren se le dobló el cuello hacia delante, su cabeza se estrelló con fuerza contra el salpicadero, la boca se le llenó de sangre. Entonces la gravedad cambió. El coche se inclinó hacia un lado, para después dar una vuelta de campana y…

…

…

Wren se despertó entre gritos.

Abrió los ojos de golpe. Sentía la garganta en carne viva y tenía las mejillas empapadas por culpa de las lágrimas que había derramado.

Estaba sentada en una silla de madera, con los brazos y las piernas paralizados por alguna clase de hechizo.

No podía moverse. Su mente había acabado presa en la cárcel en la que se había convertido su cuerpo.

Y, de pie frente a ella, observándola con una expresión indescifrable, se encontraba Edith Hughes.

A pesar de las sombras que le corrían por las venas y de la suave oscuridad que se retorcía formando tirabuzones tras el blanco de sus ojos, la alta general de la Orden de los Demien parecía dolorosamente humana. No era más que una chica. Quizás tan solo un año o dos mayor que Wren.

Pero no era humana , ya no.

Mientras Wren recobraba el sentido, la gravedad de la situación en la que se encontraba le cayó encima como un balde de agua helada.

Ahora lo recordaba. Se acordaba de todo .

Cómo la habían secuestrado durante la última prueba del Decenio.

El momento en que Edith le había confesado que ella era, de alguna forma, la clave para destruir Blackwood.

El brillo orgulloso que había iluminado la mirada de Edith cuando le había mostrado a Wren el campamento de la Orden.

Y ahora…, allí estaba. Dondequiera que fuese ese «allí».

Después de llevar a Wren al campamento, Edith se había apresurado a reubicarla en una enorme tienda de campaña que estaba escondida en las profundidades de las cavernas laberínticas donde se escondía el campamento de la Orden de los Demien, solo para torturarla después con una magia que Wren jamás había creído posible.

De alguna forma, con la ayuda de una magia oscura y perversa, Edith estaba obligándola a revivir su muerte.

Una, y otra, y otra vez.

La misma noche. El mismo coche.

El mismo error.

Pero ¿qué era lo que pretendía? Wren no tenía ni idea.

Y, antes de que pudiese decir nada o suplicarle que le diese más información, la alta general volvía a dejar caer sus manos sobre la frente de Wren y el proceso comenzaba de nuevo.

Tan solo la dejaba descansar un par de horas por la noche, cuando se marchaba a su propia tienda a dormir un poco, aunque ni siquiera entonces Wren conseguía librarse de ese recuerdo.

Era como si lo tuviese grabado a fuego tras los párpados.

Como si se lo hubiesen tatuado en la memoria.

Entonces, Edith alejó las manos del rostro de Wren, y sus sombras desaparecieron junto con su contacto, deslizándose sobre sus brazos y regresando hacia sus venas. Wren soltó una tos ahogada. El sabor acre de la sangre le llenó la boca.

—Por favor. —La voz le salió ronca, casi irreconocible—. Ya basta .

Pero si la otra joven sintió algo parecido a la compasión al oírla, no lo pareció. Edith siguió observándola con expresión impasible, y sus ojos oscuros no abandonaron en ningún momento el rostro de Wren, como si estuviese tratando de ver algo en su interior .

—¿Cómo te sientes?

—¿Cómo me…? —Wren no pudo evitar soltar una carcajada amarga—. ¿Cómo me siento ?

A Edith se le crispó el labio.

—Responde a la pregunta.

—Ahora mismo lo único que siento son las ganas que tengo de hacerte pedazos lentamente, miembro a miembro —escupió. Intentó mover las manos, mover cualquier parte del cuerpo , pero estaba paralizada por completo. No era más que una marioneta. Un juguete a merced de los caprichos de Edith.

—Una pena —se lamentó Edith—. Supongo que tendremos que seguir intentándolo.

El terror sobrecogió a Wren, en una oleada violenta y repentina.

—No —suplicó en un jadeo—. Por favor. Solo… Solo para . ¿Es que no has tenido suficiente?

—No depende de mí —respondió, con frialdad.

—¿Qué quieres decir? —le preguntó, aborreciendo la desesperación pura que se apoderó de su tono—. Te lo suplico. Dime qué es lo que quieres de mí.

Edith ladeó la cabeza, y recorrió su rostro con la mirada.

—Qué gracioso. Nunca pensé que la catalizadora de la destrucción fuese a ser alguien dispuesto a suplicar .

Wren gimoteó con fuerza, al tiempo que luchaba contra la parálisis que se había apoderado de su cuerpo.

—Entonces, ¿alguna vez se te ha pasado por la cabeza que quizás te equivoques? ¿Que puede que yo no sea esa catalizadora de la destrucción? ¿Que no es a mí a quien habéis estado buscando?

Edith se acercó un poco más a ella, y el blanco de sus ojos se tornó negro.