3 Masika #3
Mierda. Mierda, mierda, mierda.
Bueno, supuso que ya no tenía sentido seguir manteniendo aquella farsa. Así que dejó caer el hechizo de invisibilidad y la neblina de luz dorada que la había resguardado se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos.
La mirada de Catherine se encontró con la suya, sin un solo atisbo de sorpresa.
Masika soltó un suspiro exasperado.
—¿Qué demonios estás intentando encontrar ahí fuera? ¿De qué va todo esto de la expedición?
Catherine esbozó una sonrisa socarrona.
—¿Es que tengo que encerrarte en tu cuarto con llave? ¿O poner a un guardia para que siga cada uno de tus movimientos?
—Claro. —Masika se cruzó de brazos—. Estás eludiendo la pregunta. Aunque no debería sorprenderme, ¿no? Sigues siendo tan reservada como siempre.
La expresión de Catherine se endureció al tiempo que se acercó a ella. Cuando volvió a hablar, el tono burlón de su voz había desaparecido, viéndose reemplazado por ese deje autoritario que había adoptado durante la reunión.
—No deberías haber estado aquí.
—¿Por qué? —le espetó Masika sin vacilación—. ¿Qué nos estáis ocultando?
Catherine se encogió de hombros.
—Nada.
—Oh, no me vengas con eso de «nada» —se burló—. Lo he oído todo. —Se acercó un paso a ella, sin inmutarse, bajo la atenta mirada de Catherine—. Así que… responde a la pregunta.
—Estamos… —Catherine alzó la vista hacia el techo y se mordió el carrillo mientras trataba de encontrar las palabras adecuadas—. Estamos buscando algo. Algo que podría cambiar el rumbo de esta guerra. Que podría salvar el más allá.
—¿El qué?
Catherine ladeó la cabeza y esbozó una sonrisa burlona.
—Eso es confidencial.
Masika parpadeó con fuerza, y las mejillas se le encendieron de rabia.
—¿Crees que esto es gracioso ?
Catherine se acercó un paso más a ella y alargó una mano hacia su rostro.
—Oh, vamos…
—¡Me abandonaste! —le gritó Masika. No había pretendido soltarle aquello, pero no pudo contenerse. Ya no. No cuando el dolor que hasta entonces había estado adormecido en su pecho se despertó de nuevo, trayendo consigo el escozor de las viejas heridas que todavía no había logrado cerrar.
Catherine dejó caer la mano al costado, y abrió y cerró la boca en varias ocasiones, sorprendida.
—Ah —soltó, cambiando el peso de un pie a otro con torpeza—. Así que de eso se trata realmente.
—Podrías habérmelo contado —murmuró, avergonzada de lo desesperada que sonaba—. Haberme dado la oportunidad de hablar contigo. Maldita sea, Catherine…, podrías al menos haber intentado llevarme contigo.
El rostro de Catherine se ensombreció al tiempo que las palabras de Masika resonaban a su alrededor.
Se acercó un poco más a ella, lo suficiente como para que una inesperada ráfaga de deseo se enroscase alrededor del vientre de Masika.
Podía imaginar que, en otra vida, en otra versión de su historia, alargaría una mano hacia ella y entrelazaría sus dedos con los de Catherine, antes de cerrar el espacio que las separaba.
Pero en esta no. En esta versión, permaneció inmóvil, observando a Catherine con una expresión fría y controlada.
—Vamos, pequeña paloma. —Catherine le lanzó una mirada suplicante—. ¿Qué tengo que hacer para que me perdones?
A Masika se le ocurrió una idea. Algo totalmente fuera de lo normal. Supondría un riesgo, pero, teniendo en cuenta las circunstancias…, estaba dispuesta a correrlo.
—¿Por qué? —Masika se acercó un poco más a ella.
Con ese único paso, el espacio que las separaba se volvió casi inexistente, como si estuviese suplicando que lo cerrase del todo de una vez.
Catherine también debió de oír sus suplicas.
Bajó la mirada hacia los labios de Masika, antes de subirla de nuevo hacia sus ojos—. ¿Me has echado de menos?
Cuando Catherine volvió a hablar, la voz le salió grave y ronca, y Masika deseó poder disfrutar de ella de verdad.
—Más de lo que te imaginas.
—¿Te duele volver a verme? —Masika alargó una mano hacia ella y, con delicadeza, le tomó un mechón para metérselo tras la oreja en una caricia.
En el mismo instante en que las yemas de sus dedos entraron en contacto con la suave piel del cuello de Catherine, esta entrecerró los ojos y un profundo suspiro se escapó de entre sus labios—.
¿Te duele volver a estar tan cerca de mí y, sin embargo… , saber que no puedes tenerme?
Catherine cerró los ojos con fuerza.
—Es una tortura —respondió en un susurro.
Dejó que el momento se prolongase, que la expectación fuese creciendo, al tiempo que Catherine se inclinaba hacia ella, prácticamente derritiéndose bajo su contacto.
Aquello era justo lo que Masika quería…, lo que se había imaginado a lo largo de todas aquellas noches que había tenido que pasar completamente sola.
Pero entonces, Masika retrocedió, arruinando el momento con una sonrisa de satisfacción.
—Estupendo —contestó con alegría, antes de encaminarse hacia la puerta—. Unas cuantas décadas más de agonizante tortura y estaremos en paz. —Echó un vistazo a su espalda y observó encantada cómo Catherine la estaba mirando fijamente, boquiabierta—. Nos vemos, Cat .
Cualquier otro día, habría sentido una punzada de remordimiento por su pequeña actuación.
Puede que incluso se hubiese visto tentada a llevarla a cabo, incapaz de refrenar su deseo y acortar la distancia que las separaba.
Pero ahora no podía permitirse esa clase de distracciones… , no cuando su plan había funcionado.
Porque, cuando Masika abandonó la Sala de Batalla, con la felicidad de la victoria revoloteando en su pecho, Catherine estaba demasiado atónita como para fijarse en el llavero vacío que colgaba de su cinturón…, o de la llave que Masika escondía en la palma de la mano .