3 Masika
M asika Sallow había logrado dominar el arte de la sutileza.
Deslizarse entre las sombras sin ser vista, esbozar una sonrisa discreta…
Aquí no hay nada que ver, sigan andando .
Por ese mismo motivo la gente solía subestimarla, la veían como si no fuese más que la amiga dócil y nada pretenciosa.
Pero ella había aprendido que, a veces, ser invisible era justo lo que necesitaba.
Mientras se abría paso por los sinuosos pasillos de la mansión de la Resistencia, con la cabeza gacha y los labios curvados en una plácida sonrisa, dio gracias en silencio por poseer aquella habilidad.
Varios miembros de la Resistencia pasaron junto a ella a la carrera, llegando claramente tarde a la reunión, pero nadie se percató siquiera de su presencia.
Nadie se volvió a mirarla dos veces al pasar a su lado.
Lo que a Masika le parecía bien, sobre todo teniendo en cuenta lo que estaba a punto de hacer.
Investigar el interior de la mansión de la Resistencia le había supuesto un pequeño reto esos últimos días.
Había intentado explorar varias de sus alas, pero, de alguna forma, siempre acababa inexplicablemente perdida.
Al igual que sucedía con la residencia de los Ascendidos en Blackwood, el interior de la mansión de la Resistencia parecía estar hechizado, casi como si esta se expandiese por arte de magia para dar cabida a los aproximadamente cien miembros que deambulaban de forma constante por sus pasillos.
Había diversas pla ntas y sótanos que, junto con cientos de pasillos, conformaban todo un laberinto que a Masika le había resultado casi imposible navegar cuando llegó por primera vez aquí.
En ese momento, después de un par de semanas ( y de varias pruebas y errores ), Masika había aprendido a orientarse.
O bueno, casi.
Cuando el pasillo empezó a despejarse, Masika invocó un hechizo de camuflaje, y la magia defensiva la envolvió en una neblina de hilos azul claro y dorado.
No tendría mucho tiempo para conseguirlo. El último invitado a la reunión estaba entrando en la Sala de Batalla justo en ese mismo instante, y la puerta se estaba cerrando lentamente tras él. Masika salió corriendo hacia ahí y se adentró en la estancia con apenas un segundo de margen.
Entró a trompicones, levantó la vista y observó la escena que se abría ante sus ojos.
En el centro de la sala había una enorme mesa ovalada, hecha de madera de roble oscura, y cubierta con intrincados grabados.
Una lámpara de araña colgaba a tan solo unos cuantos metros de altura, en el centro de la mesa.
Cada brazo parecía estar hecho de corteza de árbol, y las bombillas tenían forma de gotas de agua cristalizadas.
En lugar del habitual resplandor ambarino de las llamas, cada bombilla desprendía un pálido brillo cerúleo, que bañaba la estancia con su luz azulada.
La mesa ya era enorme de por sí, lo bastante grande como para que cupiesen los veintiún líderes de la Resistencia.
Estos estaban divididos en tres grupos: entrenadores de combate, sanadores y estrategas.
Su trabajo consistía en entrenar al resto de los miembros de la Resistencia y prepararlos para la inevitable guerra que se avecinaba.
Es su trabajo asegurarse de que tengamos alguna posibilidad de ganar , pensó Masika, con un escalofrío.
Entre ellos, tan solo había dos rostros que ella reconociese: Birdie y Russo.
Birdie se encontraba en el lado derecho de la mesa, junto con los estrategas, mientras que Russo estaba sentada a la izquierda, a la cabeza de los entrenadores de combate.
Todavía le resultaba demasiado extraño verlas sin las capas de directoras de sus respectivas casas.
Al igual que los demás líderes de la Resistencia, Birdie y Russo parecían ir siempre preparadas para la batalla; con sus hombros cubiertos por relucientes hombreras de cota de malla, y gargantillas con incrustaciones de rubíes protegiendo sus cuellos.
Ambas portaban una armadura de cuero que se les ceñía al torso a la perfección; un par de dagas imbuidas de magia corpórea descansaban contra la cintura de Birdie, mientras que Russo llevaba una resplandeciente lanza atada a la espalda.
Y a la cabeza de la mesa, en el extremo opuesto de la estancia, con ambos brazos apoyados sobre el respaldo de su asiento, esperando a que los demás se acomodasen, se encontraba Catherine.
Durante un terrible y prolongado instante, Masika no pudo hacer nada más que quedarse mirándola fijamente.
Después de todo el tiempo que había transcurrido, después de todos los años que se había pasado esperando y aferrándose a la terca esperanza de que algún día volvería a verla, ahí estaba .
Pero en el corazón de Masika ya no había lugar para la alegría, no cuando la verdad le dolía muchísimo más de lo que le había dolido perderla.
Porque Catherine había escapado de la Orden de los Demien hacia años, para unirse a la Resistencia.
Lo que, a su vez, significaba que nadie la había retenido en contra de su voluntad ni la había mantenido alejada de Masika…, había sido ella quien había elegido no regresar.
A pesar de la ira y el resentimiento que se habían apoderado de su corazón, Masika no pudo evitar maravillarse por un instante ante la belleza pura de Catherine.
Los años que habían pasado separadas la habían endurecido, y sus rasgos resplandecían con una intensidad que no había estado ahí antes, pero seguía estando, sin lugar a dudas, arrebatadora.
Llevaba el cabello cobrizo recogido en múltiples trenzas que le caían sobre los hombros cubiertos por su propia armadura de cuero, llegándole hasta la cintura.
Un corsé blindado cubría las curvas de su torso, con unas cuantas hebillas con rubíes incrustados adornando su pecho.
Lucía el rojo de la Resistencia en sus brazales, los protectores ajustados que portaba alrededor de sus antebrazos.
Le resultaba insoportable estar de nuevo tan cerca de ella.
Una avalancha de todos los recuerdos que compartían amenazaba con abrumarla; todas esas noches que se habían quedado despiertas hasta tarde, escondiéndose bajo los sinuosos pasillos de Blackwood, susurrándose secretos y compartiendo detalles de sí mismas que no le habían confesado a nadie.
Intercambiando besos a la luz de las velas.
Tomadas de la mano mientras recorrían los terrenos cubiertos de niebla de la academia.
Masika cerró los ojos con fuerza, haciendo aquellos recuerdos a un lado. No estaba allí por Catherine.
Había ido a escuchar.
A medida que se abría paso a través de la estancia, pasando frente a un pequeño espejo ovalado, captó un destello de su propio reflejo sobre la superficie plateada.
Por un momento, se quedó helada, sorprendida, asustada porque los otros también pudiesen verla, pero recordó rápidamente que el hechizo de invisibilidad la ocultaba del resto de los presentes en la Sala de Batalla.
Notó cómo se le oprimía el pecho al observar la cicatriz extraña que cruzaba su piel morena oscura, extendiéndose desde la ceja hasta el cuello.
Los sanadores habían hecho todo lo que habían podido para curarle las heridas, aunque no sabían por qué no habían podido cerrar la cicatriz de su rostro hasta hacerla desaparecer.
Pero aquello ya no le importaba.
Esa marca demostraba que había salido viva del Decenio, aunque hubiese tenido que ser a rastras. Que había vencido a Silas en su propio juego.
Masika apartó la mirada del espejo y se volvió de nuevo hacia la mesa al tiempo que una voz se abría paso a través de los murmullos que llenaban la estancia, silenciándolos a todos.
—Creo que ya hemos esperado suficiente —comentó la chica con el cabello plateado y corto que estaba sentada entre los entrenadores de combate.
Varios tatuajes florales adornaban su piel morena, subiéndole por los antebrazos hasta los hombros.
Y tenía la mirada puesta sobre Catherine—. ¿A qué viene esta reunión, Cat?
¿Cat? Masika no pudo evitar sentir una punzada de dolor al oír ese apodo.
Un recuerdo inesperado y molesto despertó su memoria.
Masika acababa de terminar las clases de la tarde. Encontró a Catherine sentada junto a la chimenea de la sala común de la casa Ivory, con las piernas cruzadas y las manos extendidas hacia las llamas crepitantes. Atravesó la estancia y se dejó caer lentamente en el suelo, a su lado.
—¿Estás bien?
Catherine parpadeó con fuerza, como si acabase de darse cuenta de que Masika estaba sentada junto a ella.
Llevaba los últimos días comportándose de una forma de lo más extraña.
Mucho más distante que nunca. Masika solía pillarla con la vista clavada en el cristal de la ventana, observando los terrenos de la academia con la mirada perdida.
—Solo estoy cansada —murmuró Catherine sin aliento, al tiempo que trataba de esbozar una pequeña sonrisa, aunque esta no se vio reflejada en su mirada.
Masika alargó una mano hacia su cabello y le metió un mechón rojizo y rebelde tras la oreja en una caricia. Sus dedos rozaron con suavidad la mejilla de la chica, y observó cómo se le erizaba la piel bajo su contacto.
—Hay algo que te preocupa, Cat. Lo noto.
Catherine se mordió el interior de la mejilla. Masika contuvo el aliento, dándole algo de tiempo. Pero entonces Catherine se limitó a entrelazar sus dedos con los de ella y a llevarse su mano a los labios, para depositar un beso suave y trémulo sobre la piel de sus nudillos.
—Estoy bien, mi pequeña paloma. Te lo prometo.
Masika se estremeció, librándose de aquel recuerdo, al tiempo que se obligaba a volver al presente. Frente a ella, Catherine respiró hondo y se echó hacia delante sobre la mesa. Tenía la mirada clavada en el rostro de la chica de cabello plateado.
—Dina…, siéntate.