Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 2 Irene #3
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2 Irene #3

—Llevan ocurriendo desde hace un tiempo…, de forma esporádica. No con la frecuencia suficiente como para pensar que pueden suponer una amenaza real, pero sí con la regularidad suficiente como para que hayamos detectado una especie de patrón.

—¿Y qué es lo que quiere esta tercera coalición?

—Detenernos.

—¿Qué es lo que quieren evitar que hagamos, exactamente?

—Justo después de que formulase aquella pregunta, se fijó en cómo Mateo se ponía en tensión.

Cómo su habitual expresión estoica se resquebrajaba ligeramente—.

Sé que queremos destruir Blackwood y frenar a Silas, pero todavía no me has contado cómo se supone que vamos a conseguirlo.

Pero Mateo no le respondió. Se limitó a ponerse a hojear el diario como si nada, mordiéndose el interior de la mejilla. Pues claro . Más preguntas sin respuesta. Más secretos. Irene ya debería estar acostumbrada a esas alturas a su secretismo, pero le seguía molestando su silencio.

—Oh, venga ya —se quejó—. ¿En serio? Estoy harta de tener que ir siempre a ciegas. ¡Me merezco saberlo!

Mateo suspiró con pesar y alzó la mirada hacia su rostro, observándola como si no fuese más que una cría con un estúpido berrinche.

— Sabes que no puedo contártelo. —Su voz sonaba ronca, con un deje impaciente—. Aún no. Y, de todos modos, deberías estar concentrándote solo en la fiesta de esta noche.

Irene soltó un resoplido burlón.

—Creo que soy perfectamente capaz de saber en qué y en qué no debería estar concentrándome.

No pretendía sonar así de cortante, pero la reticencia de Mateo había logrado despertar algo que llevaba tiempo dormido en su interior.

Había hecho todo lo que estaba en su mano para ganarse su favor, había sacrificado mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir y, aun así, él seguía manteniéndola al margen.

Y los secretos se seguían acumulando entre ellos sin cesar.

Al oírla así de enfadada, la expresión de Mateo cambió por completo.

Irene solía olvidarse del poder que escondía bajo esa máscara aparentemente benigna.

Era en momentos como ese, en los que el silencio reverberaba con fuerza entre ellos, en los que la tensión enrarecía el ambiente, que se veía obligada a recordar el peligro que acechaba en realidad bajo la superficie.

Pero, en vez de retractarse y retroceder, de encogerse bajo aquella comprensión, se limitó a cuadrarse de hombros y a fulminarlo con la mirada.

—¿Quieres que confíe en ti? —agregó.

Mateo se estremeció, sorprendido. Cuando la observó, fue casi como si pudiese ver a través de ella, como si estuviese examinando cada rincón de su alma con solo una mirada. Y entonces inspiró hondo, tomando un aliento tembloroso, y bajó la vista hacia el suelo, derrotado.

—Existe una profecía… —comenzó a decir, en apenas un susurro—.

El Desalmado lo predijo con su primer aliento.

La grabó en su propia alma, imprimiéndola en lo más profundo del corazón de la Orden de los Demien.

«De mi sangre ella beberá, una deuda habrá de pagar.

Una promesa de oscuridad, un último sacrificio.

Podrida y destrozada, su mentira caerá por su propio peso; cuando los dos conozcan a su creador… , se convertirán en uno».

—No lo entiendo. —Negó con la cabeza, desesperada por encontrarle sentido a sus palabras—. ¿Qué significa?

— Ella … es el catalizador que el Desalmado está buscando —le explicó Mateo.

Algo inquietante ardía con fuerza en el interior de su mirada, con una intensidad de la que Irene jamás había sido testigo—.

La mensajera de la destrucción. La que dirigirá a la Orden en la batalla y destruirá Blackwood de una vez por todas.

Así es como lo lograremos. Tenemos que encontrarla…

, y ella se encargará de desencadenar una nueva era.

—¿Y cómo se supone que vamos a averiguar quién es «ella» exactamente?

Mateo le soltó la mano y abrió el diario de nuevo.

—No tenemos que averiguar nada. Ya lo sabemos. —Pasó a la última página del diario y le dio la vuelta para mostrarle la respuesta que estaba esperando—. Y tú también la conoces.

Al principio, la página parecía estar completamente en blanco, lo que quiera que hubiese escrito en ella quedaba oculto por un encantamiento de privacidad.

Pero, a medida que pasó el tiempo, algo comenzó a tomar forma sobre el papel.

La tinta del color de la sangre empezó a deslizarse por la superficie de pergamino, formando tirabuzones que se transformaron lentamente en formas: un par de ojos…

, una nariz…, unos labios…, hasta esbozar un rostro dibujado a la perfección, bocetado con tinta roja y destellos de magia.

A Irene se le escapó un grito ahogado antes de que pudiese contenerlo.

Retrocedió un paso, esperando y rezando para que lo que acababa de ver, lo que estaba observando en ese mismo instante, no fuese real.

Que aquello no fuese más que una especie de broma sádica y retorcida.

Porque el rostro esbozado con tinta roja que le estaba devolviendo la mirada desde el interior del diario… no era otro que el de Wren Loughty .