2 Irene #2
Cuando por fin pudo regresar a su dormitorio, después de haber terminado sus tareas como Ascendida, abrió la puerta solo para encontrarse a Mateo ahí tirado, garabateando algo en un diario encuadernado en cuero rojo, con el sello de la Orden de los Demien, tres círculos entrelazados envueltos en llamas negras, grabado en la cubierta.
Siempre estaba anotando cosas en ese cuaderno…
Escribiendo hasta bien entrada la noche.
La mayoría de las veladas en las que Irene se había unido al resto de los Ascendidos, había acabado durmiéndose después con el sonido de la punta de su pluma rasgando las hojas de pergamino y el leve crepitar de una mecha ardiente que provenía del lado de Mateo de la habitación.
—¿Qué tal te ha ido el día? —le preguntó el Demien en cuanto la vio aparecer, sin apartar la mirada de las páginas de su diario.
Irene soltó un sonoro bufido y cerró la puerta de un portazo, con tan solo un gesto de la muñeca.
—Excelentemente bien.
Atravesó la estancia con paso firme y se detuvo junto a la ventana arqueada que daba al patio central de la academia.
Los distintos alojamientos de Blackwood se alzaban en la distancia, conformando un extenso laberinto de torres puntiagudas y vidrieras.
El atardecer dio paso al familiar resplandor plateado de la noche, con su característica neblina deslizándose por el suelo, formando delicados tirabuzones por los terrenos, como si le estuviesen dando la bienvenida a la bruma del crepúsculo.
Al otro lado del campus se encontraba la casa Ivory, la residencia que Irene había considerado su hogar durante mucho tiempo.
Apenas podía verla desde allí, no era más que un oscuro y siniestro edificio, envuelta en toda una maraña de enredaderas, pero aun así… , la echaba de menos.
Aunque habían pasado varias semanas desde que se había visto obligada a abandonar su cuarto en la casa Ivory y mudarse a su nuevo dormitorio en la residencia de los Ascendidos, todavía no se había acostumbrado del todo a su nueva realidad.
Quizás debería admitir que no era la casa Ivory lo que echaba de menos, sino algo muy distinto.
A alguien muy distinto.
Un recuerdo se abrió paso a través de su memoria, afilado e inesperado.
Masika, observándola fijamente en el claro. La incredulidad que refulgió en su mirada al ver cómo Irene le daba la espalda y hacía añicos su amistad.
Se estremeció al regresar al presente. Rememorar lo que había ocurrido era inútil.
No podía cambiar lo que el destino ya se había encargado de grabar en piedra.
Masika, su única amiga, si es que podía seguir considerándola como tal, había desaparecido tras la tercera prueba del Decenio, sepultada bajo los escombros de una montaña y devorada por las rocas y el hielo.
Y después de dos semanas buscándola, dos semanas peinando los alrededores del purgatorio, todavía no habían logrado localizar su cuerpo.
No han encontrado a ninguno.
Wren. August. Emilio. Olivier. Masika. Todos ellos…
desaparecidos . Como si sus almas hubiesen sido destruidas, arrancadas de la existencia del más allá.
Deberían haber servido como sacrificios para contener el hambre insaciable del Éter, al igual que los otros seis nominados que fueron eliminados durante el Decenio, pero habían desaparecido justo al final de la última prueba.
Una punzada de dolor le atravesaba siempre el pecho a Irene cuando recordaba a los demás nominados, a aquellos que no habían corrido su misma suerte.
Nick. Liza. Georgia. Carter. Jocelyn. Tristan.
El Éter los había devorado a todos. Pero su sacrificio no había bastado para saciar su hambre voraz.
Para lograrlo, deberían haberse sacrificado once almas.
Irene podía sentir el descontento del Éter en cada aliento que tomaba, el vacío famélico que exigía ser alimentado, arañándole las entrañas como si de un niño caprichoso se tratase.
—¿Qué ha ocurrido?
No había oído cómo Mateo se le acercaba.
Pero ahí estaba, frente a ella, con sus ojos azules iluminados por un brillo preocupado.
Solía moverse como una sombra, silencioso e indetectable.
Un haz de luz plateada se filtró por la ventana, iluminando su piel bronceada y la red de venas negruzcas que se ocultaba justo debajo.
Irene cerró ambas manos en puños, flexionando los dedos una y otra vez.
—La ceremonia de selección —respondió en un susurro—. Va a tener lugar esta noche. Van a dar una estúpida fiesta para celebrarla…, y me da en la nariz que será ahí donde elijan a los iniciados del Consejo.
—Bien. —Mateo asintió, sin apartar la mirada de su rostro. Y entonces ladeó la cabeza, como si la estuviese evaluando—. ¿Y qué pasa? ¿Estás nerviosa por si no te seleccionan?
Se encogió de hombros. Aunque lo estuviese, jamás lo admitiría en voz alta.
Bajó la mirada hacia el diario que seguía teniendo en las manos.
—¿Qué estabas haciendo? —le preguntó, apresurándose en cambiar de tema.
—He estado valorando la posibilidad de que se esté formando una tercera coalición en los límites del purgatorio.
Una nueva facción, que no tenga nada que ver con Blackwood o con la Orden de los Demien.
Y me temo que podría estar en lo cierto —murmuró Mateo, golpeándose el antebrazo con el diario, antes de regresar a la cama y dejarse caer sobre el colchón—.
Al principio creía que no serían más que rumores, mentiras que Silas se había encargado de difundir por todo el purgatorio para distraernos.
Pero una serie de desapariciones recientes, de gente de dentro de la Orden, me ha hecho poner en duda la verdad tras esas afirmaciones.
Irene enarcó una ceja, sorprendida. Aquella era la primera vez que oía algo al respecto.
—¿De qué desapariciones estás hablando?