Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 2 Irene
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2 Irene

– T u examen comienza… ahora .

El chico que estaba de pie en el centro de la clase soltó un suspiro tembloroso.

Examinó al resto de sus compañeros con la mirada, con el miedo reflejado en su expresión, mientras se fijaba en las hileras de estudiantes sentados en sus pupitres frente a él, esperando.

El ambiente estaba plagado de tensión. Un peso horrible que parecía cernirse sobre los alumnos ansiosos, como si se tratase de una nube negra de tormenta.

Algunos querían que tuviese éxito. Pero la gran mayoría deseaba que fracasase.

Irene Manette Bamford, sin embargo, lo único que quería era que se diese prisa de una maldita vez.

Le echó un vistazo al reloj de pie que se erguía al otro lado de la estancia.

Tic. Toc. Tic. Toc. Se removió incómoda en su asiento junto a la directora Marigold, que cruzó las piernas con un suspiro impaciente.

El chico se movía a paso de tortuga, y le temblaban las manos cuando las alzó frente a su rostro.

Irene soltó un gruñido frustrado.

Sinceramente, Marigold debería suspenderlo ya y acabar con esto de una vez.

El chico cerró los ojos, hizo una mueca, y una ligera ráfaga de viento trémulo surgió de la palma de su mano, materializándose en un pequeño vórtice apenas visible.

Apretó los dientes con fuerza, al tiempo que el sudor le empapaba las sienes, y la ráfaga de viento fue cobrando lentamente intensidad, transformándose en lo que parecía casi una especie de tornado en miniatura.

Irene soltó un resoplido burlón. Marigold se volvió a mirarla de reojo, claramente conteniéndose para no esbozar una sonrisa divertida.

El chico abrió los ojos de golpe y el remolino de viento que había surcado sus palmas se desvaneció de un plumazo.

Unos cuantos de los alumnos que había sentados en primera fila se rieron con disimulo, bajando la mirada hacia sus apuntes.

Otros lo observaron con palpable compasión, con el rostro tenso, y los labios curvados en una sonrisa lastimera.

Marigold carraspeó con fuerza para aclararse la garganta.

—Suficiente, Tao.

Un intenso rubor se extendió por las mejillas pálidas del chico. Se tironeó con nerviosismo del dobladillo del jersey de lana verde oliva que llevaba puesto, con los pies aún plantados con firmeza en el suelo.

—Espere… Pu-puedo hacerlo. —Echó un vistazo a su espalda, alternando su mirada suplicante entre Irene y Marigold—. Déjeme intentarlo otra vez. Por favor.

La directora se subió las mangas de la blusa de encaje hasta los codos.

—Eso no será necesario.

—Puedo hacerlo mejor. Se lo puedo demostrar. —Alzó las manos de nuevo, y el aire a su alrededor apenas se estremeció, tan solo se alzó un suave soplo de viento, que levantó una patética y leve brisa que le recorrió la palma de la mano.

—Tao. —Marigold pronunció su nombre con un poco más de firmeza esta vez—. He dicho que ya basta. Sabes perfectamente que no puedes repetir el examen. La nota es definitiva.

Pero Tao estaba demostrando ser mucho más terco de lo que cualquiera de las dos había previsto.

— No —jadeó, con voz entrecortada, desesperado, y el rostro rojo como un tomate por el esfuerzo—.

Puedo… Puedo hacerlo. Solo necesito… unos segundos…

más. —Se le hincharon las venas del cuello a medida que lo intentaba cada vez con mayor ahínco, y todo su cuerpo s e estremeció al tiempo que la tenue brisa que había invocado comenzaba a girar más y más rápido sobre su mano.

Por el amor de Dios. Va a acabar dejándose inconsciente.

Marigold se inclinó hacia Irene y bajó un poco la voz.

—¿Te importaría ocuparte de esto?

Irene esbozó una sonrisa socarrona.

—Oh, será un placer .

Mientras Tao seguía haciendo caso omiso de las órdenes de Marigold, decidido a dejarse más y más en ridículo, Irene se levantó de su asiento, sacudiéndose el polvo de las manos sobre su vestido de seda.

Dio un paso adelante, con sus botas de tacón resonando con fuerza al golpear el suelo de madera.

En cuanto se levantó, los demás alumnos se enderezaron en sus sillas, intuyendo lo que claramente iba a suceder.

Algunos palidecieron del miedo. Otros se echaron hacia delante sobre sus pupitres, ansiosos por ser testigos de la escena que estaba a punto de desarrollarse ante sus ojos.

Tao, sin embargo, estaba demasiado ocupado lanzando el hechizo de manipulación de aire más patético del mundo como para darse cuenta de que Irene se había detenido justo a su espalda.

Aunque, por supuesto, solo hasta que ella lo mandó volando por los aires con tan solo un movimiento de muñeca.

El chico se estampó contra la pared este del aula con un golpe sordo y reverberante. Dejó escapar un grito ahogado de sorpresa, y el sonido se distorsionó al subirle por la garganta mientras se apresuraba a ponerse en pie.

—Se te ha acabado el tiempo. —Irene esbozó una sonrisa cruel—. Puedes irte. A menos que prefieras pasar el próximo mes encerrado en el reformatorio.

Tao vaciló por un momento, recorriendo a sus compañeros con la mirada. Pero nadie iba a acudir en su ayuda. Entonces se volvió de nuevo hacia Irene, y asintió con la cabeza, avergonzado, antes de abandonar el aula, cabizbajo.

Sinceramente, el chico debería haberle dado las gracias por no haberle roto el cuello por hacerla perder el tiempo.

—Gracias, Irene —dijo Marigold, antes de volverse hacia el resto de la clase—. Y os recuerdo a todos que en esta asignatura no existen las segundas oportunidades. Todos tenéis un solo intento para hacer el examen. Sin excepciones.

Irene estaba a punto de pedirle a la siguiente alumna, una chica que no paraba de temblar y cuyo rostro había cobrado tres tonalidades distintas de verde mientras Tao realizaba su examen, que subiese al estrado y ocupase su lugar cuando alguien llamó a la puerta, interrumpiéndola.

Esta se abrió con un chirrido, dejando entrever tras de sí a otra Ascendida a la que Irene reconoció vagamente.

Samira Heydari estaba de pie en el umbral, observando el interior del aula con sus ojos castaño oscuro y una mirada de fastidio.

—Disculpe por la interrupción, directora, pero necesito hablar con Irene un momento.

Marigold dejó escapar un suspiro comprensivo.

—Sí, sí. Adelante. Pero que sea rápido.

Irene observó a Samira perpleja antes de cruzar la habitación y seguirla hasta el pasillo.

—¿De qué va todo esto? —le preguntó Irene en cuanto la puerta se cerró tras ellas.

Samira se dio la vuelta y sus labios color frambuesa esbozaron una sonrisa divertida.

Su piel morena estaba salpicada por toda una constelación de pecas, que recorrían el puente de la nariz, para después bajarle por las mejillas.

Su cabello, negro y ondulado, con un único mechón plateado que le caía por encima del hombro, estaba recogido en una trenza y sujeto con una cinta rubí.

Era dolorosamente guapa, así como una zorra monstruosa, una combinación que Irene no podía hacer otra cosa más que respetar.

—Te traigo un regalo.

Irene le dedicó una mirada de sospecha, enarcando una sola ceja.

—¿Un regalo?

Samira se llevó una mano al bolsillo del abrigo y sacó un sobre negro de su interior, que después sacudió entre ellas. Irene puso los ojos en blanco antes de arrebatárselo y rasgarlo a toda prisa. En su interior, encontró una carta.

El placer te aguarda en el corazón de Blackwood.

Esta noche, celebra la llegada de una nueva hornada de iniciados del Consejo.

Trae tus deseos más depravados y deléitate en lo prohibido.

Una oleada de emoción la sobrecogió mientras lo que acababa de leer reverberaba en su cabeza, aunque no tenía tanto que ver con la ridícula fiesta a la que la habían invitado, como con la oportunidad que dicha fiesta le presentaba.

El Consejo, la enigmática sociedad secreta de Blackwood que estaba a cargo de la defensa de la escuela, estaba a punto de elegir a un nuevo grupo de posibles iniciados en una ceremonia de selección, que era exactamente lo que Irene había estado esperando.

Lo que Mateo y ella llevan planeando desde el principio.

Unirse a los Ascendidos.

Infiltrarse en el Consejo.

Y destruir la Academia Blackwood.

—¿Y bien?

La voz de Samira la devolvió al presente.

—¿Y bien qué ? —preguntó, con un carraspeo.

—¿Vas a ir?

Irene se encogió de hombros con indiferencia.

—Lo pensaré.

Samira se carcajeó, como si pudiese ver más allá de su fingida indolencia.

—Bueno, si me permites darte un consejo, yo que tú, iría —comentó, al tiempo que se alejaba de Irene lentamente, con una sonrisa pícara en los labios—. ¿Quién sabe? Puede que hasta te diviertas…

¿Que me divierta? Lo dudaba. Pero antes de que pudiese replicar nada, Samira se marchó, doblando una esquina con elegancia y desvaneciéndose en el interior del Centro Elíseo.

Irene aborrecía cómo los demás Ascendidos la habían tratado desde el mismo instante en que se había unido a ellos.

Como si no estuviese a su nivel por el simple hecho de ser nueva.

Como si supiesen algo que ella no. Samira no era distinta a los demás; siempre mirando a Irene por encima del hombro con una sonrisa engreída, o hablándole con deliberada condescendencia.

Aunque aquello, en realidad, le daba absolutamente igual, porque Irene tenía otros asuntos mucho más importantes de los que ocuparse.

Y, más concretamente, tenía alguien con quien hablar.

A pesar de sus circunstancias, se había acostumbrado a encontrarse a un Demien tumbado en su cama todos los días.