Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 1 August #2
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1 August #2

La cortina más cercana se prendió. Las llamas se apresuraron a devorar la tela, centímetro a centímetro. Justo debajo de August, su padre se había quedado petrificado. Con la boca entreabierta y los ojos como platos.

August se apresuró a alejarse de él, aunque acabó derrumbándose cuando una oleada de dolor agudo le recorrió la pierna.

A su lado, tirada en el suelo, totalmente inmóvil, yacía Edith, cuyos ojos observaban el techo, vacíos por completo, y tenía una pequeña sonrisa dibujada en los labios.

August se arrastró hacia ella, gritando de agonía, mientras su pierna rota se retorcía de una forma antinatural a su paso.

El fuego se extendió a su alrededor, devorando t odo lo que se interponía en su camino: las estanterías, los montones de cuadernos y libretas, el viejo papel de pared…

El humo negro le llenó los pulmones. August tosió con fuerza, ahogándose lentamente, sin poder hacer nada para evitarlo.

Solo tenía dos opciones. Su historia solo tenía dos finales posibles.

Podía intentar escapar del estudio como fuese, arrastrarse escaleras abajo y salir de la casa.

O… podía quedarse allí. Podía ponerle fin a su historia, de una vez por todas, y dejar que el fuego lo calcinase junto con lo que quedaba de su familia.

Sin embargo, aquella decisión nunca le perteneció del todo realmente.

Fue en aquel momento, en el que el humo lo mareaba, que se dio cuenta de aquello.

Ya fuese por la impresión o por el dolor que le produjo la herida, no estaba seguro.

Lo único que sabía a ciencia cierta era que no se podía mover.

Dejó caer la cabeza contra el suelo de madera, como si un peso invisible lo hubiese derribado.

El humo le nubló la vista. A través de la neblina, podría haber jurado ver cómo alguien se ponía en pie al otro lado de la estancia…, y cómo ese alguien lo observaba con atención durante unos segundos. Pero, antes de que pudiese comprender lo que estaba presenciando, las llamas lo devoraron.

Y entonces… llegó la oscuridad.

August abrió los ojos y se percató de que estaba tumbado en una cueva.

Parpadeó con fuerza, tratando de encontrarle algo de sentido a lo que le rodeaba.

El suelo rocoso sobre el que yacía estaba surcado por diminutos riachuelos de sangre.

No fue hasta que bajó la mirada hacia sus manos, hasta que vio las ampollas abiertas que le salpicaban las palmas, las mismas que se estaban curando a toda velocidad, que comprendió que aquella sangre le pertenecía.

Debía de haber llegado hasta la cueva arrastrándose, gateando a cuatro patas, guiado tan solo por sus delirios de locura, en busca de un lugar donde poder descansar y cerrar los ojos, aunque solo fuese por un instante.

Pero ahora que se había abierto paso de vuelta a la realidad, el peso de las consecuencias de lo que había hecho le cayó encima como la afilada hoja de una guillotina.

—Mi humanidad… —jadeó August, con la voz rota y ronca después de haberse pasado días gritando, ahogándose en sus propios recuerdos.

Ahora lo recordaba.

Había sido él quien había renunciado a su humanidad.

Quien les había abierto las puertas a las sombras, invitándolas a apoderarse de lo que quedaba de su alma, sellando así su destino.

Aquella oleada de recuerdos que lo había asaltado por fin tenía sentido; recordaba haber oído que eso mismo les había sucedido a otros dentro de la Orden…

, era como una especie de purga. Se habían pasado días retorciéndose de dolor, sometidos a horribles alucinaciones después de que les arrebatasen su humanidad.

Pero, para asegurarse, August se llevó una mano temblorosa al pecho y se desabrochó lentamente la camisa, hasta que su torso desnudo quedó al descubierto.

Incluso envuelto en la oscuridad que reinaba en la cueva, no pudo evitar observar aquello que le corría por las venas como si fuese veneno.

Sombras.

Maldijo por lo bajo y dejó caer la cabeza contra la pared de la cueva.

Su pecho se estremeció con cada aliento nervioso, con el miedo calándole los huesos.

Aquello era justo lo que con tanto empeño había tratado de evitar, de lo que había estado tan desesperado por protegerse.

Las sombras habían corrompido a su hermana, convirtiéndola en alguien irreconocible, en un monstruo.

Y ahora él sucumbiría a ese mismo destino.

Al haber perdido el último resquicio de humanidad que le quedaba, August jamás podría cruzar al Otro Lado.

Y si se permitía usar la magia sombría a la que ahora tenía acceso, si sucumbía por completo a las sombras, se acabaría perdiendo a sí mismo más pronto que tarde.

Al igual que le había ocurrido a Edith. Cuanta más magia sombría usase, menos él mismo sería.

Ya era más sombra que humano.

Pero volvería a hacerlo. Volvería a usar la magia sombría diez veces más si así pudiese salvar a Wren.

Si así pudiese mantener su promesa.

«Encuéntrame. Donde quiera que estés, donde quiera que acabemos, no dejes de buscarme».

August se levantó a duras penas, apoyándose en las paredes de la cueva.

A su lado, una sombra se enroscó alrededor de su muñeca, casi con timidez.

A pesar de las náuseas que le entraron al verla, August no se apartó.

En cambio, la aceptó, dejando que vagase por su palma y se deslizase después por su brazo con deleite.

Al momento, una sensación gélida le recorrió de la cabeza a los pies. Un escalofrío inquietante.

Ahora sabía la verdad. Esa verdad ineludible que estaba grabada en su propia alma.

Al principio, había pensado que podría huir de ella, que, de alguna manera, podría engañar al destino para que creyese que era alguien digno de ser amado, que era alguien merecedor de algo más .

Pero August no era el héroe de su propia historia. Estaba roto, mancillado y condenado.

Y Wren… Wren era el cosmos. Era las propias estrellas en sí mismas.

Así que, si podía hacer algo para salvarla de la destrucción que él mismo había originado, lo haría. Incluso aunque le doliese. Incluso aunque acabase con él.

La salvaría, incluso aunque tuviese que entregar su propia alma en el proceso .