Finales decadentes (Academia Blackwood 2) 1 August
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Finales decadentes (Academia Blackwood 2)

Finales decadentes (Academia Blackwood 2)

Por I. V. Marie

© inepub.com

1 August

A ugustine Hughes se estaba volviendo loco.

El tiempo se había vuelto un ente delicado e inestable, escapándosele entre los dedos como los restos de una pesadilla.

También tenía instantes de claridad; pequeños respiros esperanzadores en medio del aliento putrefacto que le impregnaba los pulmones; pero nunca era suficiente como para arrastrarlo de vuelta a la realidad.

La oscuridad estaba demasiado hambrienta. Y su veneno era demasiado denso.

Resultaba hasta gracioso lo absurdo que era todo.

Estaba perdiendo la cabeza en el más allá.

Uno habría podido pensar que sus mayores problemas se quedarían atrás una vez muerto.

Y, sin embargo, ahí estaba él, vagando por los límites del purgatorio, con la mente fragmentada, susurrándole a la oscuridad como un loco.

Porque estaba loco, ¿no?

August se carcajeó, y el sonido de su risa hizo que se le pusiesen los pelos de punta.

Podría haber dicho casi a ciencia cierta que estaba tumbado sobre el suelo de tierra y, sin embargo, no tenía forma de estar cien por cien seguro.

Lo único que podía saber con certeza era la agonía que estaba sufriendo.

Esta se había apoderado de cada grieta desierta de su interior.

De cada ligamento y cada hueso. De cada célula de su ser.

¿Cuánto tiempo llevaba sufriendo así?

Lo último que recordaba era la voz de Wren, deslizándose en el interior de su cabeza, cálida y acogedora, y después…

, la furia. Una ira que jamás habría creído posible se había apoderado de él.

Después de aquello, todo estaba borroso y enmarañado, hasta el punto de que toda aparente realidad había perdido por completo su significado.

Y, en ese momento, lo único que podía sentir era aquella tortura… , aquel sufrimiento.

Los viejos recuerdos se deslizaron frente a sus ojos como una especie de rollo de película dañado por el sol, como si se tratasen de destellos de una vida que ya no le pertenecía.

August observó cómo un grupo de desconocidos bajaba lentamente el cuerpo de su madre al interior de la tierra.

A su lado, su hermana no dejaba de sollozar.

Lo tenía aferrado por la muñeca como si creyese que fuese a salir volando si le soltaba.

Como si él fuese lo único que la mantuviese anclada al terreno.

Tras ellos, su padre permaneció callado.

No había derramado ni una sola lágrima por su esposa, y August estaba bastante seguro de que nunca lo haría.

¿Por qué iba a hacerlo?

Al fin y al cabo, había sido él quien la había matado.

Aquel recuerdo se le escurrió entre los dedos, desvaneciéndose como la niebla matutina, viéndose reemplazado por otro distinto.

—Tenemos que hacer algo —suplicó Edith, con los ojos enrojecidos y refulgiendo con un brillo desesperado. Estaban en el jardín, escondidos entre las sombras de la noche. Justo cerniéndose sobre sus cabezas, la ventana que daba al estudio de su padre iluminaba la noche con su ambarino resplandor.

—¿Y qué sugieres que hagamos? —le preguntó August, temiéndose su respuesta.

Edith alzó la mirada hacia la ventana, con el rostro contorsionado en una mueca de tristeza y rabia.

—Podemos hacer que parezca un accidente.

—Edith —susurró—. No deberías decir esa clase de cosas… —Pero su hermana lo interrumpió antes de que pudiese acabar la frase.

—Su muerte no fue un accidente, Augustine.

Los dos lo sabemos. —Edith se acercó un paso a él, con sus ojos oscuros brillando bajo la suave luz del farol que sostenía en la mano—.

¿De verdad crees que se cayó por las escaleras así, sin más?

¿Después de todo lo que hemos visto? ¿Después de todo lo que hemos oído?

—¿Y qué nos diferenciaría de él si le hiciésemos lo mismo que le hizo a ella? —la retó August.

—Él la asesinó a sangre fría —espetó, con un candor que hizo que a August le bajase un escalofrío por la espalda—. Esto… Esto sería venganza.

—Pero… ¿y si se tuercen las cosas? —le preguntó, con voz temblorosa—. ¿Qué habrá de tu alma?

—¿De mi alma? —Edith se carcajeó, aunque su sonrisa desapareció cuando se fijó en el brillo sincero que iluminaba la mirada de su hermano—.

Ay, Augustine. No temas por mi alma. No depende de nadie más que de mí, lo que le ocurra está en mis manos.

—Al ver que August no iba a dar su brazo a torcer, Edith soltó un largo y cargado suspiro—.

Lo siento. No debería decir esa clase de cosas en voz alta. Solo necesito descansar un poco.

August se acercó un poco más a ella y la observó con atención.

—¿Estás segura?

—Sí, hermanito. —Edith, sintiendo claramente la aprensión de August, estiró los brazos hacia él y lo envolvió en un fuerte abrazo, antes de susurrarle las siguientes palabras al oído—: Te lo prometo.

Pero, cuando lo abrazó, August pudo notar cómo el corazón le latía acelerado en el pecho, cómo se le aceleraba el pulso, como si fuesen las alas nerviosas de un colibrí. Y, aunque no pudiese verle la cara a su hermana desde esa postura…, sabía perfectamente hacia dónde estaba mirando.

Sabía que sus ojos estaban clavados en la ventana del estudio de su padre.

August intentó aferrarse a aquel recuerdo a la desesperada, pero este se desvaneció antes de que pudiese ser testigo de lo que ocurrió a continuación, deshaciéndose en medio de aquella corriente invisible que conformaba su memoria.

Un nuevo recuerdo ocupó su lugar, antes de que le diese tiempo a recobrar el aliento.

Uno que había intentado fervientemente olvidar.

La puerta de la cocina estaba entreabierta.

August se adentró en su interior y echó un vistazo desde un rincón.

Al principio, su hermana no se percató de su presencia, mientras servía una taza de té con una sonrisa serena y plácida dibujada en los labios.

Cuando August se adelantó un paso más, los viejos tablones de madera del suelo crujieron bajo su peso, y entonces su hermana levantó la cabeza como un resorte, sorprendida.

—August. Pensaba que estarías durmiendo.

—Y lo estaba. —Se acercó a la encimera, frotándose los ojos para librarse de las legañas que le pegaban los párpados—. Pero te he oído bajar.

—Anda, vuelve a la cama. —Edith dejó la taza sobre una bandeja mientras revolvía el líquido que contenía con una cucharilla de plata—. Padre no está de humor esta noche, por lo que será mejor que te quedes en tu cuarto y te mantengas alejado de él.

—¿Eso es para él?

—Es una infusión de camomila con unas gotitas de cebada y un poco de valeriana. —Le guiñó un ojo antes de rodear la encimera—. Espero que sirva para calmarle un poco los nervios y ayudarlo a dormir.

—Te acompaño…

—No —lo interrumpió, deteniéndose en el umbral de la cocina—. Si esto no funciona y acaba pagando su enfado con alguien, prefiero que sea conmigo que contigo. —Le dedicó una sonrisa apenada—. Por favor, Augustine. Vuelve a la cama.

August accedió con un asentimiento y observó cómo Edith subía lentamente las escaleras, cómo sus pasos se alejaban de la cocina. Estaba a punto de regresar a su habitación a descansar cuando se fijó en el frasco vacío que había sobre la encimera.

Lo tomó y lo alzó hacia uno de los apliques de la pared. Ya casi no se podía leer lo que rezaba la etiqueta de lo emborronada que estaba, pero trató de averiguar qué ponía de todos modos. August entrecerró los ojos y leyó lo que había escrito en el vial.

«Arsénico».

Y Edith había vertido el contenido de aquel frasco en el té de su padre.

August salió corriendo de la cocina y subió las escaleras a toda prisa, tan rápido que casi se resbaló por el impulso, y tuvo que agarrarse a la barandilla a duras penas.

Aceleró el paso, jadeante, con el pánico nublándole el juicio.

Y, antes de que pudiera detenerse, antes incluso de que pudiese adivinar qué se suponía que pretendía hacer, se adentró a trompicones en el estudio de su padre.

Edith estaba de pie a su lado, apoyándole una mano en el hombro. Él se había llevado la taza de té a los labios y acababa de darle un sorbo cuando August entró en la estancia. Al verlo, se quedó helado, con el filo de la taza todavía apoyado en los labios.

—Augustine… —El rostro de Edith lo observaba confuso—.

Creía que te había dicho que… —Lo que hubiese estado a punto de decir se le quedó atorado en la garganta en cuanto su mirada se posó en el vial que llevaba su hermano en la mano.

Trató de disimular su reacción, apartando la mirada del frasco, pero ya era demasiado tarde.

Porque su padre también se había fijado en él.

—Acércate —le ordenó a August, con un gesto de la mano—. Dame eso.

August no podía recordar qué ocurrió a continuación, porque entonces fue como si el recuerdo se acelerase y ralentizase a la vez, como si se enredase en el interior de un espejo cóncavo.

La escena se desarrolló a toda velocidad, para después parecer detenerse por un segundo, con cada instante dando paso al siguiente en cuestión de tan solo un latido.

Su padre cayendo en la cuenta de lo que habían vertido en su té.

Sus manos rodeándole el cuello a Edith.

August aporreando la espalda de su padre con todas sus fuerzas.

El dolor insondable que le había sobrecogido cuando este lo había lanzado al suelo y le había partido la pierna.

Edith sacando el puñal que llevaba escondido en el interior de su chaleco y hundiéndolo en el cuello de su padre.

Su padre gritando como un animal salvaje y arrancándose el cuchillo de la carne.

La mirada horrorizada de Edith al ver cómo su propio padre volvía el mismo puñal hacia ella.

En ese momento, el recuerdo cobró de nuevo una claridad arrolladora.

El cuchillo había atravesado el abdomen de Edith.

Su hermana se había caído al suelo, aferrándose el vientre con ambas manos, con la sangre deslizándosele entre los dedos.

La reacción de August fue instintiva. Salvaje, incluso.

Se abalanzó sobre su padre, derribándolo contra su escritorio y haciendo que una vela encendida cayese al suelo con el impacto.