CAPÍTULO 27
V. BLACKWOOD Y V. BLACKWOOD
Victoria
Dos días después, comparecer ante la prensa es idea mía. Carmen intenta convencerme de que no hace falta. La agencia ya ha publicado el comunicado, el periodista ha rectificado y Víctor terminó la agenda del festival sin mí. Precisamente por eso quiero hacerlo.
No quiero que la última imagen pública sea la de él defendiendo solo una historia que también me afectaba mientras yo huía por una salida lateral.
Las dos editoriales preparan una breve comparecencia en una sala de actos. Nada de preguntas sobre nuestra intimidad, según el acuerdo. Nada de vender la reconciliación. Solo aclarar la filtración y cerrar la campaña.
—¿Estás segura? —pregunta Víctor detrás del escenario.
—No.
—Podemos irnos.
—No.
—Entonces estoy contigo.
—Eso es muy moñas.
—Voy calentando.
Lleva un traje oscuro sin corbata. Yo un vestido negro sencillo. Carmen nos mira y anuncia que parecemos acudir a una boda gótica.
—No des ideas —digo.
—No he mencionado pétalos.
Víctor sonríe. Subimos al escenario. La sala está llena. Los flashes empiezan antes de que nos sentemos. El moderador resume los hechos: acceso no autorizado, notas privadas, responsabilidad asumida por la agencia.
Víctor explica que no existe un manuscrito ni contrato. Yo confirmo que no autoricé la información y que acepto la rectificación. Un periodista levanta la mano.
—Después de todo esto, ¿cuál de los dos cambiará finalmente de seudónimo?
Miro a Víctor.
—Él —respondo.
El público ríe. Víctor toma el micrófono.
—Ella.
—Publicaste ocho meses antes. Ya lo sabemos.
—Me alegra que por fin reconozcas un dato objetivo.
—No lo confundas con rendición.
El moderador sonríe.
—Entonces ¿ninguno?
—Ninguno —decimos a la vez.
La pantalla muestra las nuevas identidades visuales. Mi nombre aparecerá siempre acompañado por una pequeña marca de tinta roja y la frase «Terror psicológico». El suyo, por una línea dorada y «Novela romántica». Las fichas se separarán con fotografías claras, nombres completos y enlaces distintos.
—¿La campaña ha cambiado vuestra opinión sobre el género del otro? —pregunta otra periodista.
Podría responder con una broma. Respiro.
—Sí —digo—. La novela romántica no promete que el amor arregle todo. Al menos la buena no. Habla de personas que se equivocan, sufren y aun así eligen intentarlo. Eso puede ser tan honesto como una historia que termina mal.
El público guarda un silencio sorprendido. Víctor me mira.
—También sigue habiendo demasiados pétalos —añado.
Las risas regresan.
—El terror de Victoria nunca ha tratado solo de la muerte —dice él—. Trata de lo que hacemos para no quedarnos solos, de las cosas que ocultamos y de quién vuelve a buscarte cuando todos los demás corren. A veces da más miedo reconocer eso que cualquier cadáver.
No habíamos preparado esas palabras. Me rozan en un lugar demasiado íntimo para un escenario. Otro periodista pregunta:
—¿Y vuestra relación? ¿Era real o parte de la campaña?
Carmen se tensa en primera fila. Víctor me deja responder.
—La campaña era profesional —digo—. La relación es nuestra.
—¿Eso confirma que estáis juntos?
Miro a Víctor. Podría negar, esquivar o hacer una broma.
Él no me pide nada con la mirada. Lo beso.
No es un beso largo ni una escena preparada.
Basta para que la sala estalle en aplausos y los flashes conviertan el escenario en una tormenta de luz.
Cuando me separo, Víctor parece sinceramente sorprendido.
—Estrategia de marketing —digo al micrófono.
Nadie me cree. Al bajar, Carmen me abraza.
—Eso sí que no estaba aprobado.
—Demándame.
Helena abraza a Víctor y después me señala.
—Has hecho subir las reservas mientras estabas besándolo.
—El dinero confundido también cuenta.
Carmen se ríe. La firma aplazada del festival es distinta a la primera. Las personas ya saben quién es quién. Aun así, algunos traen libros cruzados para que los firmemos ambos. Una mujer me entrega Siempre serás tú .
—Mi hija era la que se llevó un disgusto el día de la entrevista —explica—. Al final leyó también el tuyo. Ahora quiere estudiar criminología.
—No sé si felicitarla o pedir disculpas.
—Firma los dos —dice Víctor.
Escribo en su novela: «Para Clara. Los pétalos se limpian. Los cadáveres, peor».
Víctor firma la mía: «Para Clara. Nunca abras el sótano sin alguien que te espere arriba».
La mujer se marcha encantada. Al terminar, caminamos hasta el coche de la mano. No ocultos, tampoco exhibidos. Simplemente juntos.
En el coche, mi teléfono empieza a llenarse de titulares. Algunos celebran el beso. Otros aseguran que todo ha sido una campaña desde el principio. Uno afirma que he utilizado una acusación falsa para vender libros.
Mi pulgar se queda sobre la pantalla. El impulso de responder es inmediato: explicar, corregir, demostrar cada paso. Víctor no me quita el móvil ni me dice que ignore los comentarios.
—¿Quieres contestar? —pregunta.
—Quiero escribir una novela de quinientas páginas donde todos mueren.
—Eso sí está dentro de tu marca.
—También quiero explicarles que no tienen ni idea.
—No la tienen.
—Y van a seguir hablando.
—Sí.
La respuesta no intenta arreglarlo. Bloqueo el teléfono.
—La declaración ya dice lo que ocurrió. Lo demás no les pertenece.
—¿Estás segura?
—No. Pero voy a practicar.
Víctor abre la mano entre los asientos. La tomo. No para que me calme ni para demostrar nada a las cámaras, que ya no están. Lo hago porque quiero que la decisión pública tenga una continuación privada y menos espectacular.
—Has dicho que la relación es nuestra —comenta Víctor.
—Lo es.
—Y me has besado delante de quinientas personas.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
—Podría dejarte aquí.
—Tú no conduces. Ha venido Carmen.
—Podría pedirle que te deje.
Víctor abre la puerta para mí.
—Tengo una propuesta.
—Suena peligroso.
—Volver a la cabaña el fin de semana siguiente. Los dos. A escribir.
—¿La novela conjunta?
—No todavía. Cada uno la suya.
—¿Una habitación?
—Solo una útil.
—¿Frontera de almohadas?
—Negociable.
Entro en el coche.
—Acepto con condiciones.
—Las escucharé todas.
—Nada de vainilla. Nada de baladas antes del café. Nada de utilizarme como inspiración sin permiso.
—De acuerdo.
—Una cama.
—Eso ya lo habías dicho.
—Sin frontera.
Los hoyuelos aparecen.
—Eso ha sonado romántico.
—Te mataré en el próximo libro.
—¿Con dedicatoria?
—Con prólogo.
Víctor entra a mi lado. Carmen arranca y nos mira por el espejo.
—¿Podéis estar cinco minutos sin discutir?
—No —respondemos a la vez.
Esta vez, compartir una respuesta no me parece una confusión.
Esa noche cenamos con Carmen y Helena. La conversación empieza profesional y termina con ambas discutiendo sobre cuál de las dos supo antes que estábamos enamorados.
—Yo desde la tormenta —dice Helena.
—Yo desde que Victoria llamó a la editorial —responde Carmen.
—Entonces aún no me había visto —protesto.
—Precisamente —dice Carmen—. Nunca conduces dos horas por alguien que te resulta indiferente. Para eso están los correos amenazantes.
Víctor levanta su copa.
—Por los correos que no llegaron.
—No brindes por eso —digo.
—¿Por la cuneta?
—Tampoco.
Helena nos entrega una carpeta con las cifras finales de la campaña. Las ventas han aumentado, las fichas ya están separadas y la mayoría de librerías utiliza nuestros nombres completos.
—Ha funcionado —dice.
—A pesar del marketing —respondo.
—Gracias al marketing —corrige Carmen.
—Gracias a que nos encerró una tormenta —dice Víctor.
—El tiempo no cobrará comisión —señala Helena.
Al volver a casa, hay periodistas junto al portal. No muchos, pero suficientes para que el primer impulso sea soltar la mano de Víctor. No lo hago. Él tampoco aprieta más. Caminamos juntos. Respondo que no habrá declaraciones y entramos. En el ascensor me miro en el espejo.
—No he soltado tu mano.
—Lo he notado.
—No conviertas eso en algo importante.
—No hace falta. Ya lo es.
—Sigues diciendo frases incorrectas.
—Y tú sigues quedándote.
En casa, sacamos la sudadera de la cabaña del cajón. La frase está descolorida por los lavados.
—Deberíamos tirarla —digo.
—Es patrimonio histórico.
—Es publicidad de un libro antiguo.
—Es la primera ropa mía que robaste.
—Me la diste.
—Detalles.
La guardo otra vez. Antes de dormir, Víctor abre un documento nuevo y escribe un título:
AMOR HASTA LA MUERTE.
—¿Qué es eso?
—La antología que mencionamos.
—No hemos decidido escribirla.
—Ahora tenemos un título.
Me siento a su lado.
—Seis relatos. Tres empiezan como terror y terminan como romántica.
—Y tres al revés.
—En los míos nadie muere.
—No prometo nada.
—Necesitamos reglas.
—Nada de usar nuestra vida.
—Nada sin permiso.
—Y firmamos con los nombres completos.
Víctor me mira.
—¿Para que nadie nos confunda?
—Para que sepan exactamente a quién culpar por cada parte.
Escribimos la primera idea juntos. Una boda en una casa aislada. Él quiere que la novia descubra que ama al padrino. Yo quiero que descubra un cadáver dentro del pastel.
Terminamos combinando ambas cosas. La historia no empieza esa noche. Pero nosotros sí empezamos a escribirla.
La noticia del beso ocupa portales durante dos días. Esta vez no me molesta tanto como esperaba. No porque quiera que todo el mundo opine, sino porque la imagen muestra una decisión que tomé yo.
En una entrevista posterior preguntan a Víctor quién se enamoró primero.
—Yo —responde.
—Mentiroso —digo.
—Tú condujiste hasta la cabaña primero.
—Para amenazarte.
—Cada cual tiene su lenguaje del amor.
El clip se vuelve viral. Por una vez, dejo que la gente se ría sin sentir que me han quitado nada.
La primera noche de trabajo en la cabaña, Víctor insiste en que celebremos la nueva identidad visual. Saca dos ejemplares recién impresos. En el mío, la marca roja aparece junto a VICTORIA BLACKWOOD. En el suyo, una línea dorada acompaña VÍCTOR BLACKWOOD.
—Por fin nadie podrá confundirnos —dice.
Los coloco uno al lado del otro.
—Los apellidos siguen siendo iguales.
—Y los nombres casi.
—Entonces la solución es imperfecta.
—Como todas las buenas.
Firmamos cada uno el libro del otro. Yo escribo: «Para el V. Blackwood equivocado». Víctor tarda más y protege la página para que no lea.
—¿Qué has puesto?
—Una dedicatoria.
—Eso veo.
—Tendrás que abrirlo después.
—Está delante de mí.
—Practica la espera.
Le quito el libro. En la primera página ha escrito: «Para la única mujer capaz de convertir una confusión en el lugar correcto». Cierro de golpe.
—Es repugnante.
—Gracias.
—No pienso firmar algo equivalente.
—Ya lo has hecho.
Miro mi frase. Para el V. Blackwood equivocado.
—No es equivalente.
—No. Es mejor, porque sé lo que significa.
Víctor coloca los libros en la estantería, juntos pero claramente distintos. No hemos resuelto la confusión eliminando a uno de los dos. Hemos aprendido a ocupar el mismo espacio sin pedirle al otro que se haga más pequeño. Esa noche entiendo por qué nunca quise que cambiara de nombre.
Solo necesitaba saber que el suyo no borraría el mío.
No hemos dejado de ser dos autores distintos. Solo hemos descubierto que compartir una página no obliga a ninguno a renunciar a su voz, del mismo modo que compartir una vida no borra todo lo que éramos antes de conocernos.