CAPÍTULO 26
SIN FLORES
Víctor
Llevo tres horas mirando una página en blanco cuando alguien golpea la puerta cinco veces. No me muevo al principio. El sonido puede pertenecer al propietario, a Helena o a una alucinación causada por demasiado café. Ninguna opción justifica la velocidad con la que termino levantándome.
Abro. Victoria está en el porche con la sudadera crema, una mochila y una carpeta bajo el brazo. No llueve. Ha elegido un día despejado para regresar al lugar donde empezó el desastre, y esa precaución se parece tanto a ella que casi sonrío.
—Hola —dice.
Es la primera vez que empieza así.
—Hola.
—¿Puedo pasar?
Me aparto. Entra con menos seguridad que la primera vez. Mira la cabaña, el sofá, la vela de cedro y el escritorio como si comprobara que nada se ha movido durante su ausencia.
—No hay tormenta —digo.
—He comprobado la previsión tres veces.
—¿Y el camino?
—No pienso conducir hacia una cuneta para recrear la escena.
—Me alegra.
Se queda en mitad del salón. Yo cierro la puerta, pero no me acerco.
He imaginado este momento demasiadas veces durante los últimos días.
En algunas versiones la abrazo de inmediato.
En otras, digo algo perfecto que la obliga a comprender todo el daño de golpe.
Ninguna sirve ahora que la tengo delante.
Victoria sujeta la carpeta con más fuerza.
—He venido a pedir perdón.
—Te escucho.
La respuesta parece desconcertarla. Tal vez esperaba que se lo pusiera fácil. Tal vez temía que no la dejara hablar.
—Te acusé de algo que no hiciste. Utilicé lo que me pasó con otro hombre para decidir quién eras tú y, cuando me pediste que preguntara antes de condenarte, hice exactamente lo contrario. No comprobé nada. No te escuché. Elegí la versión que más miedo me daba y la convertí en la única posible.
No interrumpo. Victoria traga antes de continuar.
—Tenías derecho a tomar notas. También yo lo hago. Podía pedirte límites, decirte qué partes de nuestra vida no quería que usaras o enfadarme por no haber hablado de ello antes. Lo que no podía era llamarte ladrón sin darte la oportunidad de responder.
—No.
—Lo sé. —La voz se le quiebra apenas, pero no intenta disimularlo con una broma—. Siento haberte hecho daño. No hay una explicación que lo vuelva aceptable. Solo lo siento.
Me obligo a respirar antes de responder.
—Gracias por decirlo.
Victoria espera. Yo también. La disculpa importa, pero no hace desaparecer el instante en que me miró como si todos los gestos, las conversaciones y las noches compartidas no hubieran servido para conocerme.
—He publicado una declaración —añade—. Con mi nombre. Sin mencionarte como si fueras una víctima a la que tengo que salvar. He dicho que la información se filtró sin tu permiso, que te acusé sin pruebas y que la historia no te pertenece más que a mí porque nunca existió un proyecto contratado.
—La he visto.
—No sabía si la habías leído.
—Tres veces.
—No la publiqué para que me perdonaras.
—Lo sé. Por eso importa.
Victoria deja la mochila junto al sofá, pero continúa de pie.
—También he hablado con Helena y con mi editorial. Les he enviado las pruebas. No voy a participar en ninguna campaña que utilice la filtración y he pedido que retiren cualquier pieza que insinúe que tú preparabas ese libro.
—Eso puede costarte dinero.
—Ya he ganado suficiente gracias a una confusión de nombres.
—No toda.
—La parte que importa, sí.
Hay una versión de mí que quiere besarla por haber venido, por decirlo sin convertir su culpa en una excusa y por aceptar consecuencias que no puede controlar. Otra recuerda que hace pocos días se marchó sin creer una sola palabra mía.
—No puedo perdonarte solo porque hayas conducido hasta aquí con una carpeta —digo.
Victoria asiente despacio.
—Eso sería muy de tus novelas.
—En mis novelas pedir perdón tampoco garantiza nada.
—Lo sé. He leído cuatro.
La miro.
—¿Cuatro?
—No es el tema.
—Dijiste que habías leído cuarenta y siete páginas.
—Mentí.
—¿Desde cuándo?
—Desde el principio.
—Victoria Blackwood lee romántica.
—Como sigas, retiro la disculpa.
No puedo evitar sonreír. Ella exhala, como si mis hoyuelos fueran la primera señal de que la puerta no está cerrada del todo.
—He traído algo —dice.
Me entrega la carpeta. En la portada se lee: «FINAL FELIZ (QUÉ ASCO). Relato de Victoria Blackwood».
—¿Has escrito romántica?
—No te emociones.
—Esto merece pétalos.
—Como aparezca uno, vuelvo a Madrid.
Me siento en el sofá y abro la carpeta. Victoria camina hasta la ventana, vuelve, toca la vela y la coloca exactamente donde estaba. Finge que no me observa, pero noto sus ojos cada vez que paso una página.
La protagonista es una escritora que solo sabe construir puertas cerradas. El hombre escribe finales felices, aunque no intenta rescatarla. Cuando ella huye, él no la persigue; deja una luz encendida para que sepa dónde encontrarlo si decide regresar.
No es una historia perfecta. Hay demasiadas frases cortas al principio, un cadáver que aparece en una comparación innecesaria y una discusión que podría resolverse dos páginas antes. También es lo más honesto que Victoria me ha dado.
El final dice: «Ella comprendió que un final feliz no prometía que nunca volvería a tener miedo. Solo significaba que había elegido a quién contárselo cuando ocurriera».
Cierro la carpeta. Victoria se ha quedado inmóvil.
—La protagonista habla poco —digo.
—No abuses.
—Y el hombre es demasiado perfecto.
—Está inspirado en un personaje ficticio.
—Claro.
—Puedes decir que es horrible.
—No lo es.
—¿Tolerable?
—Mucho más que eso.
Sus ojos brillan.
—No llores —advierte.
—Alergia narrativa.
—No hay champú.
—Entonces será el polvo.
Dejo la carpeta sobre la mesa y me levanto, aunque mantengo la distancia.
—¿Por qué has venido, Victoria?
—A pedir perdón.
—Ya lo has hecho.
—A decirte que no quiero que esto termine. Y a aceptar que quizá tú sí quieras que termine.
La última parte le cuesta. Precisamente por eso la creo.
—No quiero que termine —respondo—. Pero tampoco quiero volver al punto exacto donde estábamos como si una disculpa pudiera borrar el golpe. Necesito tiempo para no comprobar cada frase tuya buscando una salida.
—Te lo daré.
—Y necesito que no desaparezcas si ese tiempo te incomoda.
—Puedo quedarme incómoda.
—Eso sí es una declaración romántica.
—No se lo cuentes a nadie.
—Hay otra cosa. Yo también dije que no pasaba nada cuando sí pasaba. Ya lo hablamos, pero no quiero volver a hacerlo.
Victoria frunce el ceño.
—Entonces dime ahora qué necesitas.
—No quiero que me escondas como algo humillante. No quiero que desprecies mi trabajo para protegerte. Y no quiero aceptar cualquier cosa por miedo a perderte.
Victoria tarda en responder.
—Puedo trabajar con eso.
—Yo puedo trabajar con tus armarios, tus huidas temporales y tu hostilidad hacia las flores.
—No prometas demasiado.
—No prometo que siempre sea fácil.
—Yo tampoco puedo prometer que no volveré a asustarme. Sí puedo prometer que la próxima vez no convertiré el miedo en una sentencia. Te preguntaré. Y, si necesito irme, te diré que voy a volver a hablar cuando pueda.
—Parece un plan.
—No un final feliz.
—Todavía estamos en el capítulo difícil.
Victoria se acerca hasta quedar frente a mí.
—¿Qué quieres de mí? —pregunto.
—Mi final feliz. Qué asco.
Me rodea el cuello, pero no permito que el alivio convierta el beso en una solución automática. Apoyo las manos en su cintura y me detengo a unos centímetros de su boca.
—No hemos terminado de hablar.
—Lo sé.
—Y no puedes utilizar el sexo para evitar una conversación.
—Pensaba utilizarlo para evitar cocinar.
—Tampoco.
—Tus límites se multiplican.
—Estoy aprendiendo a decirlos.
Victoria me besa una vez, breve y cuidadosa. Después se aparta por su cuenta.
—Entonces cenamos.
La invito a quedarse, no como reconciliación completa, sino como la primera hora que decidimos atravesar sin fingir que el daño no existe. Cocinamos pasta. Discutimos por la cantidad de sal y ella abre el armario de los cuchillos con una familiaridad que debería preocuparme más.
Después de cenar reviso su relato con un lápiz. Marco una repetición.
—¿Qué corriges? —pregunta.
—Has usado «miedo» cuatro veces en un párrafo.
—Es un recurso.
—Es pereza.
Intenta quitarme la carpeta y terminamos forcejeando en el sofá. La risa se apaga cuando la rodeo por la cintura. Esta vez no supongo.
—¿Puedo?
Victoria asiente. El beso es más lento que los anteriores. No celebra un final; comprueba que seguimos aquí. Ella me acaricia la nuca y yo dejo que el alivio exista sin convertirlo en una promesa.
—¿Has borrado tu carpeta? —pregunta cuando nos separamos.
—Sí.
—No tenías que hacerlo.
—Lo sé. La borré porque no quería escribir esa historia solo. No para demostrarte nada.
—Quizá algún día podamos reconstruirla juntos.
—¿Tú escribiendo besos?
—Yo pondría los cadáveres.
—Trato hecho.
Esa noche preparo la habitación, pero no doy por hecho que compartiremos cama. Victoria deja la mochila en el suelo, mira el colchón y luego me mira a mí.
—Quiero quedarme aquí.
—Puedes.
—Contigo.
—¿Segura?
—No. Pero estoy decidiéndolo.
Nos acostamos sin frontera de almohadas. Antes de apagar la luz, le pregunto si puedo cerrar la puerta y la ventana. Ella dice que sí. No necesita una lámpara encendida.
—Gracias por preguntar —murmura.
—Gracias por responder.
A mitad de la noche, una rama golpea el tejado. Victoria se tensa junto a mí.
—¿Quieres que mire?
Escucha otro golpe y niega.
—No. Puede esperar hasta la mañana.
Es un cambio pequeño. Nadie lo aplaude y no suena música. Me limito a besarle el pelo y vuelvo a cerrar los ojos.
A la mañana siguiente escribimos en el mismo escritorio. Victoria trabaja en su novela mientras yo abro un documento en blanco. Cada cierto tiempo nuestras rodillas se rozan debajo de la mesa.
—¿Te distraigo? —pregunta.
—Mucho.
—Puedo irme al salón.
—No he dicho que quiera solucionarlo.
Sonríe y sigue escribiendo. No estamos reparados por completo. Estamos reparando, que es una cosa distinta y bastante menos elegante.
Antes de marcharnos, Victoria deja su relato sobre el escritorio.
—Te lo olvidas.
—No. Quiero que se quede aquí.
—¿Por qué?
—Porque aquí empezó el problema.
—También el beso.
—Aquí empezó la historia, entonces.
Guardo la carpeta en un cajón. Victoria no se queda la llave ni convierte el gesto en una prueba de control. La deja sobre el escritorio, a la vista de los dos.
—No la publiques —dice.
—Nunca sin ti.
—Y no corrijas la repetición de «miedo».
—Eso será difícil.
—Aprende a convivir con ella.
—Estoy aprendiendo.