Final feliz (Qué asco) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

EL MONSTRUO DEBAJO DE LA CAMA

Victoria

Mi piso está demasiado silencioso. No porque falte ruido. Los vecinos discuten, un camión descarga cajas en la calle y el radiador golpea cada veinte minutos como si alguien estuviera atrapado dentro. Falta una voz.

Una que habría dicho que el radiador necesita purgarse, que llevo dos cafés y ninguna comida, que la protagonista no puede desconfiar de todo el mundo hasta la última página sin que el lector se canse. Llevo cuatro días sin hablar con Víctor.

El comunicado de la agencia demostró que no filtró las notas. También demostró que existían. Mi cabeza se aferra a la segunda parte porque es más fácil que aceptar la primera. Abro el manuscrito.

El hombre al que quité los hoyuelos espera en un pasillo. La protagonista ha encontrado una salida. Él le dice que se marche mientras todavía puede.

Escribo que ella se va. Borro. Escribo que él la traiciona. Borro. Escribo que la puerta se cierra sola. Borro. Lanzo el portátil hacia el otro extremo del sofá. No cae al suelo por centímetros. El móvil vibra. No es Víctor. Es Inés.

INÉS: Abre.

No pregunta si estoy en casa. Cinco segundos después golpea la puerta con una bolsa de comida y mi chaqueta vaquera puesta.

—Esa es mía.

—Llevas siete años diciéndolo.

Entra, deja la bolsa sobre la mesa y me mira.

—Tienes cara de cadáver secundario.

—Gracias.

—Mamá dice que has roto con el escritor guapo.

—Mamá no sabe nada.

—Mamá tiene internet y demasiado tiempo.

Saca recipientes de comida china.

—No he roto con nadie.

—Entonces ¿por qué el vídeo de él leyendo en el festival parece el final triste de una película?

—No éramos una relación pública.

—No te he preguntado si era pública.

Me siento a la mesa. Inés reparte arroz.

—Filtraron notas sobre mí —digo.

—Sobre vosotros.

—Es lo mismo.

—No.

—Él las escribió.

—Y otra persona las robó.

—No debería haberlas guardado.

—Tú tienes una carpeta con frases que oyes en el metro.

—No son personas que confían en mí.

—Una vez escribiste una discusión de mamá y papá casi palabra por palabra.

—La cambié.

—Porque eres escritora. Guardas cosas.

—No lo defiendas.

—No lo conozco. Te conozco a ti.

La frase me hace alzar la vista. Inés aparta la comida y apoya los codos.

—Cuando papá rompió aquella puerta, tú volviste a buscarme —dice—. Después empezaste a comprobar todos los armarios, debajo de todas las camas y las salidas de todos los restaurantes.

—No compruebo las salidas.

—Siempre te sientas mirando hacia ellas.

—Es práctico.

—Es miedo.

—No necesito una sesión de terapia entre rollitos de primavera.

—Necesitas que alguien te diga que llevas años escribiendo la misma novela.

Me quedo inmóvil. Inés señala el portátil.

—Una mujer descubre que la persona cercana es un monstruo. Ella lo ve antes que nadie, huye o lo mata y sobrevive sola. Cambias la casa, el cadáver y el parentesco. El final es el mismo.

—Eso no es verdad.

—En una sobrevive con la hermana.

—Gracias.

—Porque esa hermana soy yo y ni siquiera tú te atreviste a matarme.

—No te acostumbres.

Inés sonríe, pero no abandona el tema.

—¿Qué hizo Víctor cuando apareció la noticia?

—Dijo que no había sido él.

—¿Y después?

—Rechazó el proyecto. Borró la carpeta.

—¿Te pidió que volvieras?

—No.

—¿Te persiguió? ¿Publicó una declaración? ¿Te dedicó veinte mensajes explicando que estabas equivocada?

—No.

—Entonces hizo exactamente lo que siempre dices que nadie hace. Respetó tu decisión aunque le doliera.

Miro la caja de arroz.

—Eso no demuestra que nunca vaya a utilizarme.

—Nada demuestra ese «nunca». De eso va la confianza.

—No quiero confiar a ciegas.

—No sería a ciegas. Lo has visto durante semanas.

—También vi cosas buenas en el otro.

—Y cuando aparecieron las malas, las justificaste durante años. Con Víctor has hecho lo contrario: has utilizado una duda para borrar todo lo bueno en diez minutos.

La verdad duele más cuando la pronuncia alguien que sabe dónde escondes las armas.

—Me asusté —digo.

—Ya.

—No podía volver a pasar por lo mismo.

—Ya.

—Deja de decir «ya».

—Estoy esperando que llegues a la parte en la que admites que él no hizo nada.

—Escribió notas.

—Y tú escribiste un hombre con hoyuelos.

—Se los quité.

—Eso es peor. Es asesinato literario.

Se me escapa una risa. Inés me empuja un rollito de primavera.

—Come. Después vas a pedir perdón.

—No sé si querrá escucharme.

—Eso también es parte de pedir perdón. No controlas si te perdonan.

La frase podría haberla escrito Víctor. O quizá él no es el único capaz de decir cosas sensatas. Solo es el primero al que he escuchado sin buscar la trampa.

Después de que Inés se marche, abro mis novelas anteriores. No las leo enteras. Solo los finales.

Una mujer sola en una carretera. Otra cerrando una puerta. Otra quemando la casa donde vivió con su marido. Otra mirando el mar después de enterrar a su madre. Todas sobreviven. Ninguna se queda. Abro el manuscrito actual. El hombre está en el pasillo. La protagonista conoce la salida. Escribo:

«No regresó porque dejara de tener miedo. Regresó porque, por primera vez, el miedo no era la única voz a la que pensaba obedecer».

No está mal. Suena un poco romántico. Qué asco. Carmen me llama al anochecer.

—La agencia ha enviado el informe completo —dice—. Víctor no solo rechazó la novela. Exigió que cualquier acuerdo incluyera por escrito que tú conservabas el control sobre todo lo relacionado con tu imagen y tus palabras.

—¿Cuándo?

—Antes del comunicado.

—No me lo dijo.

—No quería utilizarlo para convencerte.

Cierro los ojos. Por supuesto.

—¿Dónde está?

—Helena dice que ha vuelto a la cabaña.

—¿A escribir?

—A intentarlo.

Miro la sudadera doblada sobre una silla. El amor siempre encuentra el camino.

—Necesito una cosa —digo.

—¿Una dirección? Ya la tienes.

—Necesito imprimir algo.

—¿Qué?

—Un relato.

Carmen guarda silencio.

—¿Romántico?

—No exageres.

—Victoria Blackwood va a escribir romántica.

—Como se lo cuentes a alguien, te entierro bajo la distribuidora.

—Entendido.

Trabajo toda la noche. La primera versión termina con un cadáver. La borro. La segunda incluye una casa en llamas. La guardo para otra cosa.

En la tercera, una mujer llega a una puerta.

No sabe si el hombre que está dentro seguirá queriéndola.

No sabe si merece otra oportunidad. No sabe cómo se escriben las escenas donde nadie muere.

Solo sabe llamar. A las seis de la mañana escribo FIN.

No es una gran historia. Es honesta. Por ahora tendrá que bastar.

Antes de conducir a la cabaña, hago dos cosas que no pueden convertirse en una escena privada entre nosotros.

La primera es llamar a la organización del festival y pedir que me permitan grabar una declaración.

No hablo de nuestra relación. Digo que acusé a Víctor sin pruebas, que la filtración no procedió de él y que su trabajo y su conducta no deben quedar bajo sospecha por mi reacción.

Carmen me pregunta tres veces si estoy segura de publicarlo sin esperar a que la agencia prepare un texto más cómodo.

—Si lo suavizamos, parecerá que la culpa fue de la confusión —respondo—. La culpa fue mía.

Después envío el informe completo a Helena y a las dos editoriales. Pido que retiren cualquier pieza que insinúe que Víctor preparaba ese libro y dejo por escrito que no participaré en ninguna campaña basada en la filtración.

La segunda es escribir a Víctor. No para pedirle que me perdone ni para anunciar que voy a buscarlo. Le envío la prueba completa de la filtración y una frase: «Tenías razón. No eras tú quien tenía que demostrar nada». No responde.

Por primera vez, no convierto su silencio en un castigo ni en una puerta cerrada. Puede estar trabajando, enfadado o simplemente no querer hablar conmigo. Las tres opciones le pertenecen.

Después cojo el coche. A las siete y media salgo de Madrid.

No llevo flores. Me detengo delante de una floristería abierta y paso cinco minutos dentro, rodeada de rosas, margaritas y una dependienta que espera una decisión.

—¿Busca algo romántico? —pregunta.

—No.

—¿Disculpas?

—Tampoco.

—¿Una celebración?

—Quizá un funeral.

La mujer retrocede medio paso. Termino comprando una pequeña planta de romero porque sirve para cocinar y no parece esperar una declaración. Después recuerdo que Víctor ya tiene romero en la cabaña y la dejo en casa de Inés durante el camino.

—¿Por qué me traes una planta a las ocho de la mañana? —pregunta por el telefonillo.

—No hagas preguntas.

—¿Vas a ver al moñas?

—No lo llames así.

Silencio.

—Estás muy mal —dictamina.

Continúo hacia la montaña. El trayecto se parece al primero, pero el cielo está despejado y esta vez no llevo una lista de exigencias. Llevo una disculpa impresa, ropa para dos días y la certeza de que Víctor puede pedirme que me marche.

No he preparado una respuesta para eso. Durante el camino, repaso lo que no voy a decir.

No voy a explicar que reaccioné así porque estaba herida, como si estar herida borrara a quién herí. No voy a enumerar las pruebas que ahora demuestran su inocencia. No voy a contarle que Inés, Carmen y medio internet creen que soy idiota.

Tampoco voy a pedirle que me perdone. Una disculpa no es una negociación.

En una gasolinera compro café y veo la retransmisión de su lectura en una pantalla pequeña junto a la caja. La empleada reconoce el vídeo.

—Este escritor es el de la chica del terror —dice.

—Es Víctor Blackwood.

—Ya, el romántico. Qué pena lo de la ruptura.

—No sabe si han roto.

—Lo dice internet.

—Internet no estuvo allí.

La mujer me mira mejor. Se da cuenta de quién soy cuando ya he pagado.

—Ay.

—Exacto.

Salgo antes de que pida una fotografía. En el coche escucho otra vez la lectura. «También se amaba lo bastante para no vivir de rodillas esperando».

No quiero que me espere de rodillas. No quiero que me espere de ninguna manera. Quiero que me elija de pie, sabiendo que puedo equivocarme y que él puede decir basta.

Me detengo en un mirador antes de llegar. Desde allí se ve el valle cubierto de pinos y, a lo lejos, algunas casas. Saco la carpeta y leo el final. La mujer llama. El hombre abre. Ella dice que quiere su final feliz. Demasiado fácil. Añado a mano:

«Él no respondió enseguida. Ella tuvo que permanecer allí sin saber si la puerta se abriría del todo».

Mejor. El miedo intenta convencerme de que regrese a Madrid antes de descubrir la respuesta. Lo reconozco. No desaparece por nombrarlo, pero pierde autoridad. Enciendo el coche.

Al llegar al desvío, reduzco la velocidad. El árbol ya no está, pero la marca en el talud continúa. Recuerdo la lluvia, el barro y mi certeza de que pedir ayuda era perder. Esta vez conduzco despacio.

Otro vehículo baja por la pista y tengo que detenerme en un lateral. El conductor me reconoce y levanta la mano. Es Julián, el hombre de la grúa.

—Esta vez hace buen tiempo —dice por la ventanilla.

—He aprendido.

—¿Va a buscar al escritor?

—Sí.

—Mi mujer dice que acabaréis juntos.

—Su mujer lee demasiada romántica.

—También leyó la tuya. Ahora revisa el sótano cada noche.

—Una mujer prudente.

Julián ríe y continúa. El encuentro parece una señal demasiado evidente. Odio las señales. También sigo conduciendo.

La cabaña aparece entre los árboles. Hay humo en la chimenea y un coche junto al porche.

Podría girar. No lo hago. Antes de bajar, leo el relato una última vez.

Detecto tres repeticiones, una metáfora horrible y un diálogo que Víctor intentará alargar.

No corrijo nada. Si espero a que sea perfecto, nunca llamaré.

Mi vida entera se ha construido alrededor de revisar las salidas antes de entrar. Esta vez ya conozco la salida. Está detrás de mí, al final del camino. Aun así, cojo la carpeta y cierro el coche.

Una luz está encendida en el despacho. Víctor se mueve detrás de la ventana. Durante un segundo puedo observarlo sin que él sepa que estoy allí: despeinado, concentrado, con una taza junto al ordenador. La escena me duele porque podría continuar sin mí. Eso es bueno.

Quiero entrar en una vida que ya existe, no convertirme en la única razón por la que alguien la vive.

Subo los escalones. Antes de golpear, apoyo la frente en la madera. No pido una señal ni ensayo la primera frase. El corazón late demasiado rápido y, por una vez, no intento convertirlo en amenaza.

He escrito asesinos capaces de esperar horas detrás de una puerta. Nunca había entendido que el valor no siempre consiste en abrirla. A veces consiste en quedarse delante después de haber llamado, sabiendo que la otra persona puede decidir no hacerlo. Llamo cinco veces.