CAPÍTULO 24
EL FINAL EQUIVOCADO
Víctor
La sala está llena. Antes de salir, Helena intenta convencerme de que cancele.
—No tienes que demostrar nada —dice.
—No lo hago por demostrar.
—Estás temblando.
Miro mis manos. Tiene razón.
—Se me pasará.
—Víctor, puedes estar enfadado y aun así no subir a un escenario.
—También puedo subir estando enfadado.
—Eso suena a tu madre.
—Era buena en situaciones imposibles.
Helena ajusta el micrófono de mi solapa.
—Victoria verá las pruebas.
—No sé si cambiará algo.
—¿No quieres que lo haga?
Quiero que vuelva. Quiero que abra la puerta de mi casa, me insulte por la corbata y deje otra taza en la cocina. También quiero no tener que convertirme en un acusado cada vez que el pasado de otro hombre aparece en la habitación.
—Quiero que me crea porque me conoce —digo—, no porque una cámara demuestre dónde estaba una asistente.
—A veces las personas necesitan ambas cosas.
Un responsable del festival nos avisa. Salgo. La silla de Victoria permanece vacía a mi izquierda.
El moderador explica que un problema personal le ha impedido asistir. Nadie le cree. Los teléfonos ya muestran fotografías de nuestra discusión en el vestíbulo y titulares sobre una ruptura que nunca habíamos confirmado. Podría marcharme. No lo hago.
La filtración no es culpa de los lectores que esperan ni de las librerías que han organizado el festival. Me siento, abro mi ejemplar y respondo preguntas durante cuarenta minutos.
No hablo de Victoria. Cuando alguien menciona el supuesto libro inspirado en nuestra relación, digo la verdad:
—No existe ningún proyecto contratado ni un manuscrito. Había notas privadas que se han obtenido sin mi permiso. No se publicarán.
—¿Niega que esté escribiendo esa novela? —insiste un periodista.
—No la estoy escribiendo.
—¿Porque Victoria se opone?
—Porque una experiencia compartida no me pertenece por completo.
La sala guarda silencio. El moderador cambia de tema. Después, Helena me lleva a una oficina pequeña y cierra la puerta.
—Ya sabemos cómo ocurrió.
Me entrega una tableta. Las cámaras del estudio de la sesión fotográfica muestran a una asistente externa acercándose a mi mesa mientras el equipo cambiaba el decorado. Mi portátil estaba abierto. Fotografía la pantalla con su teléfono.
En otra grabación, durante la preparación del podcast, vuelve a hacerlo cuando he dejado el equipo en una sala común.
La asistente trabajaba para la agencia de comunicación. Vendió la información a un periodista y añadió detalles escuchados en conversaciones del equipo.
—La han despedido —dice Helena—. La agencia asumirá responsabilidades y publicaremos un comunicado.
—Quiero que quede claro que Victoria no autorizó nada.
—Por supuesto.
—Y que yo tampoco.
—Sí.
Helena se sienta frente a mí.
—La editorial sigue interesada en la idea.
La miro.
—No digo ahora —añade rápido—. En el futuro, si ambos estuvierais de acuerdo. El interés es enorme.
—No.
—Piénsalo.
La oferta no me deja indiferente, y eso me enfurece todavía más. La premisa es buena. Sé cómo empezaría, dónde estaría el punto medio y qué frase cerraría el primer capítulo. También sé que podría vender más que cualquier novela que haya escrito.
Durante unos segundos imagino el contrato, la campaña y la posibilidad de recuperar el control de una historia que ahora circula en manos ajenas. La tentación existe. Negarla solo me permitiría fingir que soy mejor de lo que soy.
—Lo estoy pensando —admito.
Helena no dice nada.
—No en publicarla. En que una parte de mí quiere hacerlo porque sería un éxito y porque estoy enfadado. Eso es exactamente por lo que no debo tocarla.
—Podrías esperar.
—No quiero conservarla como una puerta que pueda abrir la próxima vez que me sienta traicionado.
Miro las grabaciones otra vez. Dejé el portátil abierto en un estudio lleno de personal externo. Dos veces. No provoqué el robo, pero fui descuidado con notas que no eran solo mías.
—Victoria se equivocó al acusarme —digo—. Yo me equivoqué al tratar una historia compartida como si bastara con que prometiera no publicarla. Tendría que haber protegido el archivo o haberle preguntado si quería que siguiera guardando esos detalles.
—Eso no justifica lo que te dijo.
—No. Y reconocer mi parte no borra la suya.
La distinción importa. No quiero convertirme en mártir ni absolverla para que regrese. Tampoco quiero utilizar su error para evitar mirar el mío.
—No hay nada que pensar.
Abro el portátil. Busco la carpeta.
FINAL FELIZ, QUÉ ASCO.
Leo las notas. Algunas son simples frases. Otras describen la cabaña, el reto de géneros, la frontera. No había pensado publicarlas, pero Victoria tenía razón en algo: yo seguí guardando pedazos de ella porque me hacían sentir algo y no quise perderlos.
Eso no me convierte en la persona que filtró el archivo. Pero tampoco significa que su miedo haya nacido de la nada. Selecciono la carpeta y la elimino. Helena observa.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Podrías guardarla en otro sitio.
—No quiero escribirla.
—¿Por ella?
—Por mí. No quiero mirar cada escena y preguntarme si la persona que estaba conmigo habría querido verla publicada.
Vacío la papelera. La decisión no me devuelve a Victoria. Ni debería. No es una prueba que pueda entregarle para exigir confianza. Es un límite mío.
El comunicado sale una hora después. La agencia reconoce el acceso no autorizado y el periódico retira varias afirmaciones. Las capturas continúan circulando, pero la responsabilidad queda clara.
Tengo una última intervención en el festival: una lectura breve antes de la entrega de premios. Podría cancelar. Helena me ofrece hacerlo.
Subo al escenario. No leo el fragmento preparado. Busco el final de mi novela nueva.
—Esta escena trata sobre dos personas que se quieren y, aun así, no saben quedarse —explico—. No porque el amor no sea suficiente, sino porque querer a alguien no da derecho a obligarlo a elegirte.
Leo:
«Daniel dejó la puerta abierta. No para que María regresara, sino para no convertir su marcha en otra batalla. La amaba lo bastante para no perseguirla. También se amaba lo bastante para no vivir de rodillas esperando».
La voz se me rompe apenas en la última frase. Continúo. Al bajar, tengo cuarenta mensajes. Ninguno de Victoria. No esperaba que lo hubiera. Regreso a casa de noche. Su taza sigue en la cocina. Su camiseta está doblada sobre una silla y el cepillo permanece en el baño.
No los guardo. Tampoco los convierto en símbolos. Ceno de pie, abro un documento nuevo y trato de escribir.
No sale nada. Por primera vez en años, un final feliz me parece una promesa que no tengo derecho a hacer.
Cierro el portátil. La puerta queda en silencio. Una parte ridícula de mí espera que alguien la golpee cinco veces. No ocurre. A medianoche recibo un correo del periódico. Ofrecen una entrevista exclusiva para «aclarar mi versión» y aseguran que pagarán por publicar extractos del supuesto proyecto.
Lo elimino. Otro medio propone un artículo sobre cómo convertir la vida real en ficción. Lo elimino también. Helena me llama por tercera vez.
—No leas comentarios —ordena.
—Llegas tarde.
—¿Qué dicen?
—Que la ruptura es una estrategia. Que Victoria me ha dejado porque iba a publicar nuestra vida. Que yo he inventado la filtración. Una persona cree que la asistente no existe.
—Por eso no debes leerlos.
—También hay gente defendiendo a Victoria.
—No necesita que controles eso.
—Lo sé.
—¿Vas a llamarla?
Miro su nombre en la pantalla.
—No.
—¿Por orgullo?
—Porque ha pedido que me mantenga lejos de su historia. Voy a respetarlo.
—Aunque se haya equivocado.
—Sobre mí, sí. Sobre que las notas eran privadas, no. Debí proteger mejor el archivo.
—No puedes culparte de un robo.
—No me culpo. Me hago responsable de lo que sí puedo cambiar.
Después de colgar, busco una copia automática de la carpeta. El sistema ha guardado una versión en la nube. La elimino también y reviso dispositivos, copias y papelera.
Encuentro una fotografía de la sesión: Victoria mirando a cámara y yo mirándola a ella. Estuvo dentro de la carpeta de campaña, no de las notas. No la borro. Es una imagen aprobada, pública, pero ahora parece una vida anterior.
Abro un correo nuevo. PARA: Victoria. Escribo:
«Ya sabemos lo ocurrido. No fui yo. Tampoco espero que esta prueba arregle lo que dijimos. He eliminado las notas y rechazado el proyecto. No para que vuelvas, sino porque es el límite correcto».
Lo leo. No lo envío. El comunicado ya contiene los hechos. Mandarle un mensaje personal ahora convertiría mi decisión en argumento. Guardo el borrador y cierro el correo.
En el baño, su cepillo parece más íntimo que cualquier fotografía. Lo coloco dentro de un cajón para no verlo. Cinco minutos después lo saco. Guardarlo se parece demasiado a decidir que no volverá.
Duermo mal. Sueño con la cabaña y una puerta que no deja de abrirse hacia la misma habitación vacía.
A la mañana siguiente, Helena manda el vídeo de la mesa. No lo veo. Mi padre llama y no pregunta por la campaña.
—¿Has comido? —dice.
—Sí.
—Mientes como tu madre.
—Eso es imposible. Ella mentía bien.
—Entonces cocina algo.
Preparo pasta. Sin albahaca, sin pinzas y sin nadie criticando el emplatado. Sabe peor de lo que debería. Abro un documento nuevo. Escribo tres páginas sobre un hombre que pierde a la mujer que ama porque no sabe cómo demostrar una inocencia que no debería tener que demostrar.
Las borro. No todo dolor debe convertirse en una novela. A veces solo hay que vivirlo hasta que deje de escribirte por dentro. Dos días después, las ventas suben. Helena me manda las cifras con cautela, como si pudieran ofenderme.
—No quiero una campaña alrededor de esto —digo.
—No la habrá.
—Ni reediciones con fajas sobre la historia real.
—Ya lo he bloqueado.
—Gracias.
—La editorial del supuesto escándalo acaba de perder dinero voluntariamente. Apúntalo como prueba de amor.
—Apúntalo como ética básica.
—También.
Cuelgo y miro la puerta. No espero que Victoria aparezca. Esperarla sería otra forma de convertir su ausencia en una escena. Aun así, dejo la luz del recibidor encendida esa noche. No para guiarla. Porque todavía no estoy preparado para apagarla.
La mañana en que decido volver a la cabaña, no se lo cuento a nadie. Meto ropa, el portátil y comida en el coche. Necesito un lugar donde no haya recuerdos de Victoria en cada habitación.
Antes de salir, encuentro la sudadera crema en el fondo de un cajón. No es la suya; tengo otra igual de la campaña antigua. La dejo.
En la carretera hacia Rascafría, la radio menciona la rectificación del periódico. Cambio de emisora.
La cabaña está fría cuando llego. Enciendo la chimenea, coloco el ordenador sobre el escritorio y abro un documento. No sale nada. El silencio que antes me ayudaba a escribir ahora tiene la forma de una mujer leyendo mi pantalla y fingiendo que busca errores.
Decido quedarme de todos modos. No todas las habitaciones vacías deben llenarse de inmediato.
Paso el resto del día intentando recuperar la rutina de antes. Preparo café, escribo por bloques y camino al mediodía. Consigo doscientas palabras y borro ciento treinta.
A media tarde, Helena aparece sin avisar con una bolsa de comida.
—Esto es una invasión —digo.
—Tu padre me ha llamado.
—¿Cómo tiene tu número?
—Se lo diste en una presentación.
—Fue un error.
—Dice que no respondes.
—Estoy trabajando.
Mira el documento vacío.
—Se nota.
Prepara café sin pedir permiso y se sienta frente a mí.
—La agencia quiere compensarte —dice—. Han ofrecido cubrir abogados, pérdidas y una nueva campaña.
—No quiero una campaña.
—Lo sé. He dicho que no.
—Gracias.
—También he hablado con Carmen.
Levanto la vista.
—No quiero saber nada que Victoria no me haya dicho.
—No voy a contarte detalles. Solo que está mal.
—Yo también.
—Lo sé.
—Eso no significa que deba llamarla.
Helena sopla el café.
—Nunca te había visto poner un límite a alguien que quieres.
—No sabes si la quiero.
—Escribes romántica. Todos lo sabemos desde el capítulo diez.
—La vida no tiene capítulos.
—La tuya sí. Los narras constantemente.
Miro el bosque por la ventana.
—Si la llamo ahora, utilizaré la prueba para conseguir que vuelva. No quiero eso.
—¿Y si no vuelve?
—Entonces no vuelve.
Pronunciarlo hace que la posibilidad se vuelva real.
Helena no intenta consolarme. Deja comida en la nevera, recoge una taza y se marcha después de abrazarme.
Esa noche consigo escribir una escena. No habla de Victoria. Un hombre limpia una casa después de una tormenta y descubre que la ausencia también deja barro.
No sé si servirá para una novela. La guardo de todos modos.