Final feliz (Qué asco) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

LA NOVELA QUE TODAVÍA NO EXISTE

Victoria

El Festival Letras de Otoño ocupa un antiguo palacio de congresos lleno de lectores, periodistas y escritores que fingen no mirar las filas de los demás.

Víctor y yo tenemos una mesa redonda a las seis. Después habrá firma, fotografías y una cena de cierre.

Llego a las cuatro porque Carmen quiere revisar la agenda.

La mañana ha empezado bien. Demasiado bien. Víctor ha dormido en mi casa, ha preparado café y ha dejado que yo corrigiera una escena de su epílogo sin discutir más de diez minutos. Antes de salir, me ha besado en la cocina y ha preguntado si esta noche volveríamos juntos.

He dicho que sí. Sin «quizá». Sin una broma después. La facilidad me ha asustado, pero no he huido.

Durante el trayecto al festival, recibo una fotografía suya desde el coche de Helena. Lleva una corbata que no me gusta.

YO: Quítatela.

VÍCTOR: Hola a ti también.

YO: Parece la cubierta de una novela de banqueros tristes.

VÍCTOR: Helena la eligió.

YO: Eso explica muchas decisiones de tu carrera.

VÍCTOR: Te veo en veinte minutos, psicópata.

YO: Sin corbata, señor final feliz.

Cuando Carmen me ve sonriendo al móvil, no comenta nada. Ese gesto de respeto dura nueve segundos.

—¿Habéis hablado ya de cuándo anunciaréis la relación?

—No vamos a anunciar nada.

—Acabas de decirle qué ropa llevar.

—Eso es una emergencia estética.

—El público preguntará.

—No responderemos.

—De acuerdo. Pero decididlo juntos, no en mitad de una cámara.

La palabra juntos ya no me provoca la necesidad inmediata de corregirla.

Entramos por el acceso de autores. Hay carteles de nuestra mesa en cada pasillo. En uno, el diseño ha invertido de nuevo las cubiertas. Mi cara aparece junto a la novela de Víctor.

—Después de seis semanas —murmuro.

Carmen fotografía el error.

—Lo solucionarán.

—Podría arrancarlo.

—También podrían detenerte.

—La publicidad sería excelente.

Firmamos unos ejemplares para la organización. Una voluntaria joven me cuenta que ha empezado a leer romántica por culpa de la campaña.

—No se lo digas a Víctor —le pido.

—También he empezado terror.

—Eso sí puedes contarlo.

Me ofrece un marcapáginas con la frase «Mismo nombre, distinto miedo». Lo guardo para enseñárselo.

Todo parece estar encajando. La campaña termina hoy.

Las nuevas fichas de autor ya están activas y la confusión ha disminuido.

Esta noche podría volver con Víctor y hablar de la cabaña, del relato conjunto que bromeamos con escribir, quizá incluso de qué somos sin sentir que una palabra me encierra.

Entonces veo a Helena hablando por teléfono junto al acceso de prensa. Su expresión no me gusta. Víctor aún no ha llegado.

—¿Qué pasa? —pregunto.

Carmen me entrega su móvil. El titular ocupa toda la pantalla:

VÍCTOR BLACKWOOD PREPARA UNA COMEDIA ROMÁNTICA INSPIRADA EN SU RELACIÓN SECRETA CON LA REINA DEL TERROR. Debajo aparece una fotografía borrosa de su portátil. Reconozco la carpeta.

FINAL FELIZ, QUÉ ASCO.

El artículo cita detalles: la tormenta, la cabaña, la autora que exige al escritor cambiar de nombre. Incluso menciona una frontera de almohadas.

El aire deja de entrar. Carmen me quita el teléfono antes de que siga desplazando la pantalla.

—No sabemos si el artículo es cierto.

—La fotografía sí.

—La fotografía demuestra que alguien vio una carpeta.

—La frontera de almohadas no estaba en la primera versión.

—¿Primera versión?

—Vi las notas hace semanas.

—¿Con permiso?

—Sí.

Carmen frunce el ceño.

—Entonces él te enseñó la carpeta.

—Después de que la descubriera.

—Y te dijo que no pensaba escribirla.

—Eso no importa si ha seguido tomando notas.

—Importa bastante.

—No lo defiendas.

—No defiendo a nadie. Intento que no tomes una decisión con un titular como única prueba.

El teléfono de Carmen vibra. Helena. Responde y se aparta unos pasos.

Yo miro alrededor. El festival continúa como si nada. Lectores cargados de bolsas, autores posando, voluntarios corriendo con acreditaciones. En una pantalla se reproduce el vídeo de la casa del terror. Víctor me agarra de la mano mientras yo me río. La mujer de la pantalla confía en él.

La que sostiene el marcapáginas ahora no sabe cómo hacerlo. Carmen vuelve.

—Víctor está llegando. Helena dice que no ha hablado con ese medio y que la editorial no conoce el proyecto.

—Podría haberlo enviado a otro sitio.

—También podría no haber hecho nada.

—Los detalles han salido de su ordenador.

—Eso no significa que los haya dado él.

—Siempre hay una explicación hasta que deja de haberla.

—Victoria, escucha lo que estás diciendo.

—Lo escucho perfectamente.

—No. Estás escuchando a tu ex.

Carmen abre el correo del artículo y busca los metadatos de la fotografía.

—Dame cinco minutos —dice—. Puedo llamar a la agencia y comprobar quién tuvo acceso al estudio.

Cinco minutos. Es una cantidad ridícula frente a semanas de confianza y, aun así, mi cuerpo la interpreta como un riesgo. Si espero, quizá Víctor llegue y encuentre una explicación capaz de hacerme dudar. Si actúo ahora, recupero el control antes de que alguien pueda quitármelo.

—No necesito una investigación para saber que las notas eran suyas.

—Necesitas una investigación para saber quién las filtró.

—Siguió escribiendo sobre nosotros sin decírmelo.

—Eso puedes discutirlo con él. No es lo mismo que venderlo a un periódico.

Lo sé. La diferencia existe, pero en ese momento el miedo la vuelve demasiado borrosa para sostenerla.

—Llámales —digo al fin—. Pero yo voy a hablar con él ahora.

—Victoria, espera a tener los hechos.

—Ya tengo suficientes.

Sé que no es suficiente, pero no consigo sostener la duda. La comparación con mi ex me enfurece porque se acerca demasiado.

—No vuelvas a compararlos.

—Eres tú quien los está comparando.

El teléfono de Carmen vuelve a vibrar. Atiende la llamada.

—Víctor asegura que no ha hablado con nadie —dice después de escuchar.

—¿Dónde está?

—Está entrando ahora mismo.

Leo el artículo otra vez. «Fuentes cercanas a la campaña confirman que el autor ha tomado notas durante su relación y estudia convertirlas en su próxima novela». Notas. Durante su relación.

La sala se convierte en otro lugar: el piso de mi ex, su ordenador abierto, una escena de Inés dentro de un archivo que no me pertenecía. Su voz diciéndome que las historias no son de nadie. Que debería sentirme halagada.

—Victoria —dice Carmen—. Respira.

—Tenía más notas.

—No lo sabemos.

—La frontera no estaba en las diez líneas que vi.

Carmen revisa el artículo.

—¿Estás segura?

—Sí.

La puerta del recinto se abre y Víctor aparece con Helena. Busca mi rostro de inmediato. Camino hacia él.

—¿Cuánto has escrito?

—Nada.

—La frontera de almohadas.

—¿Qué?

Le enseño el teléfono. Lee. Su cara pierde el color.

—Yo no he dado esto.

—La carpeta estaba en tu ordenador.

—Sí, pero no esa información.

—Entonces había más.

—Anoté frases después. No para publicarlas. Para no olvidarlas.

La confesión me atraviesa.

—¿Qué frases?

—Victoria, no aquí.

—¿Qué frases?

—La frontera. Lo de respirar de forma romántica. Cosas que me hicieron gracia.

—Material.

—Recuerdos.

—Para ti no hay diferencia.

—Sí la hay.

—¿Quién tenía acceso?

—No lo sé.

—Conveniente.

Víctor aprieta la mandíbula.

—Te dije que no escribiría esa novela.

—Y aun así seguiste tomando notas.

—Porque soy escritor. Anoto cosas. Eso no significa que vaya a utilizarlas.

—Eso decía él.

La herida aparece en su expresión.

—No soy él.

—Ahora mismo no veo la diferencia.

El silencio alrededor se vuelve visible. Helena y Carmen se han apartado, pero varios periodistas miran hacia nosotros. Víctor baja la voz.

—Mírame y dime que de verdad crees que he filtrado una historia sobre nosotros para vender un libro.

Quiero decir que no. Quiero recordar la sopa, la cabaña, el modo en que apagó la cámara y rechazó una dedicatoria que no habíamos acordado.

Pero el titular está en mi mano. La frontera está escrita. Una escena privada ya no es privada.

—No sé qué creer.

—Entonces pregunta antes de condenarme.

—Estoy preguntando.

—No. Estás buscando una confesión que encaje con el miedo que ya has elegido.

—No conviertas esto en mi problema de confianza.

—Es nuestro problema. La filtración es real. Pero yo no la hice.

—La historia no existiría si no la hubieras guardado.

—Tampoco existiría si tú no hubieras ido a la cabaña. ¿Ves lo injusto que suena?

Retrocedo.

—No vuelvas a utilizar mi nombre, mis palabras ni nada que haya ocurrido entre nosotros.

—Nunca lo he hecho sin permiso.

—Acabo de leerlo en un periódico.

—No salió de mí.

—No puedo hacer esto.

Víctor me mira como si supiera exactamente qué significa.

—¿La mesa redonda?

—Nosotros.

Carmen pronuncia mi nombre detrás, pero ya he dicho la palabra. Víctor queda inmóvil.

—¿Estás rompiendo conmigo porque alguien ha robado un archivo mío?

—Estoy protegiendo lo que es mío.

—Yo nunca intenté quitártelo.

—No puedo arriesgarme a descubrirlo tarde.

Su cara cambia. El dolor deja paso a algo más firme.

—Entonces no puedes estar conmigo.

La frase debería aliviarme. La ha dicho él. Ya no tengo que seguir. No lo hace.

—No —respondo.

Víctor asiente una vez.

—Bien.

—¿Bien?

—No voy a convencerte. Si después de todo lo que hemos vivido crees que soy capaz de esto, cualquier cosa que diga será otra escena romántica para ti.

—No pongas palabras en mi boca.

—No hace falta. Acabas de ponerme las de otro hombre.

Se vuelve hacia Helena.

—Haré la mesa solo.

—No puedes —dice ella—. El programa…

—Puede cambiar.

Me mira por última vez.

—No voy a usar tu historia, Victoria. Ni aunque me paguen lo que jamás he ganado con un libro. Pero no voy a aceptar que me declares culpable para sentirte segura.

Se marcha hacia la sala de autores. Carmen se acerca.

—Vámonos.

—Tengo una mesa.

—Ya no.

—La campaña…

—Al infierno la campaña.

Me conduce hacia una salida lateral. Los periodistas empiezan a publicar que Victoria Blackwood ha abandonado el festival minutos antes de compartir escenario con Víctor.

No miro los titulares. No miro atrás. Solo cuando el coche arranca comprendo que he conseguido proteger mi historia.

Y que, al hacerlo, quizá acabo de destruir la única parte que quería seguir viviendo.

En el coche, Carmen intenta que beba agua. La botella permanece cerrada entre mis manos.

—No tomes ninguna decisión definitiva hoy —dice.

—Ya la he tomado.

—La has pronunciado. No siempre es lo mismo.

—No puedo volver y decir que me equivoqué solo porque aparezca una prueba.

—No. Puedes volver si comprendes por qué elegiste no creerlo.

Miro por la ventanilla. Las luces del festival se alejan.

—¿Y si la próxima vez sí es él?

—Entonces reaccionarás a lo que haga. No a lo que otro hizo antes.

La botella cruje bajo mis dedos.

—No sé distinguirlo cuando tengo miedo.

—Se aprende preguntando antes de huir.

Apoyo la cabeza en el cristal. El festival desaparece, pero la silla vacía del escenario viaja conmigo.

En el bolsillo encuentro el marcapáginas del festival: «Mismo nombre, distinto miedo». Lo aprieto hasta doblarlo. Nuestro miedo nunca fue distinto. Solo aprendimos a esconderlo en géneros opuestos.

Tal vez por eso nos reconocimos antes de aprender a confiar. Y quizá por eso duele tanto no saber si sabremos regresar.