CAPÍTULO 22
NO SOY UNO DE TUS PERSONAJES
Víctor
Termino la novela a las cuatro y diecisiete de la madrugada.
No siento euforia. Tampoco alivio. Escribo FIN, guardo el archivo y me quedo mirando la palabra como si perteneciera a otra persona.
Daniel y María han conseguido hablar. Han pedido perdón.
Han elegido quedarse. Yo llevo tres días sin ver a Victoria.
Helena me llama a las nueve.
—¿Has dormido?
—Algo.
—Mientes fatal.
—He terminado.
Grita tan fuerte que tengo que apartar el teléfono.
Después me felicita, pregunta por el epílogo y propone aprovechar el ruido de la campaña para anunciar la fecha de publicación.
—Podemos añadir una dedicatoria a Victoria —dice—. Algo sutil. Las lectoras se volverían locas.
—No.
—No tiene que confirmar nada.
—Precisamente.
—Era una idea.
—Nuestra relación no es contenido.
Helena guarda silencio.
—Entonces sí hay una relación.
—Buenos días, Helena.
Cuelgo. Me ducho, preparo café y empiezo a revisar el último capítulo. Aún no son las diez. Intento dormir un rato, pero no lo consigo.
Me tumbo en el sofá con la novela terminada en el portátil y pienso en mi madre.
Siempre imaginé que acabar un libro se parecería a entregarle algo.
Con el tiempo entendí que no existe una dirección a la que enviarlo.
Solo quedan los gestos heredados: el café demasiado fuerte, doblar una esquina de las páginas, terminar siempre con una puerta abierta.
Llamo a mi padre.
—He terminado —le digo.
—¿Otro?
—Eso parece.
—Tu madre habría dicho que descansaras una semana.
—Y después habría preguntado por el siguiente.
—A los dos días.
Sonríe al otro lado.
—¿Es el de la escritora que te insulta?
—No escribo sobre ella.
—No he preguntado eso. He preguntado si la has escrito mientras te insultaba.
—En parte.
—Entonces dale las gracias.
—Estamos enfadados.
Mi padre guarda silencio, algo raro en un hombre que comenta hasta el tiempo entre dos frases.
—Tu madre y yo discutimos mucho —dice—. En tus libros parece que quererse es hablar bien. Nosotros tardamos veinte años en aprender.
—No creo que sea solo hablar bien.
—No. Es volver cuando has hablado mal.
La frase se queda conmigo después de colgar. Abro el último capítulo y cambio una línea. Daniel no pide perdón de manera perfecta. Se equivoca, vuelve atrás y lo intenta otra vez.
Helena vuelve a llamar para insistir con la dedicatoria. Después del rechazo, asegura que la campaña necesita algún guiño.
—Puedes dedicarlo al «segundo acto» —propone.
—No.
—A los pétalos.
—No.
—A las personas que odian los finales felices.
—Eso incluye a media crítica literaria.
—Sería amplio.
—Helena.
—Vale. No se utiliza nada personal.
—Gracias.
—¿Vas a arreglarlo con ella?
—No depende solo de mí.
—Estás enamorado.
No respondo.
—Eso era un sí —dice.
—Adiós.
Después de colgar, recojo la taza de Victoria de la mesa. Podría guardarla. No lo hago. La lavo y la coloco de nuevo en su sitio. A las once llaman a la puerta. Victoria está al otro lado. Lleva vaqueros, abrigo negro y una bolsa de papel. No parece haber dormido mucho más que yo.
—He traído comida —dice.
—¿Logística?
—No. Soborno.
Me aparto. Entra y coloca la bolsa en la cocina. Tortilla comprada, pan y café. La ausencia de flores parece deliberada.
—He visto la entrevista —digo.
—Yo también.
—Estabas allí.
—La he visto desde fuera. Es peor.
No respondo. Victoria se quita el abrigo.
—Lo siento.
La frase llega limpia. Sin broma.
—No debería haber dicho eso. Sé que tu trabajo es serio. Lo sé desde antes de la cabaña, aunque me resultara más cómodo fingir lo contrario.
—¿Por qué?
—Porque si tú eres ridículo, lo que siento también puede serlo.
Apoyo la taza. Victoria continúa antes de perder valor.
—No quiero anunciar nada. Ni explicar mi vida a nadie. Pero tampoco quiero utilizarte para proteger una imagen que ya no me representa.
—No necesito que lo anuncies.
—Ya lo sé.
—Necesito que no me castigues por acercarme.
—Lo sé.
—Y que no conviertas cada error mío en una prueba de que soy igual que él.
Baja la mirada.
—Eso me cuesta más.
—Lo entiendo.
—No quiero que lo entiendas demasiado. Si lo haces, parece que no pasa nada.
—Pasa.
Victoria asiente.
—La carpeta me asustó. No porque hubieras hecho nada, sino porque pude imaginar todo lo que harías. Te juzgué por una versión inventada.
—Eso sí parece de escritora.
La sonrisa aparece apenas.
—No lo estropees.
—Intentaré contenerme.
Se acerca.
—No sé estar en una relación cuando deja de ser provisional.
—¿Esto dejó de serlo?
La pregunta no pretende acorralarla. Aun así, tarda.
—Para mí sí.
Algo se afloja dentro de mi pecho.
—Para mí también —digo—. Hay otra cosa. Durante la discusión también repetí el patrón que te había contado: dije que no pasaba nada y esperé que adivinaras lo contrario.
Victoria arquea una ceja.
—Lo sé. Tú mismo lo reconociste.
—Quiero que dejemos una regla clara: ninguno dirá «no pasa nada» cuando sí pase.
—Esa regla va a reducir mucho nuestras conversaciones.
—Podemos aprender palabras nuevas.
Victoria asiente.
—Y la carpeta se queda cerrada, no borrada por miedo ni convertida en prueba de amor. Si algún día queremos hacer algo con esa idea, lo decidimos juntos.
—Con contrato.
—Y porcentaje igual.
—Aunque yo escriba los besos.
—Precisamente por eso necesitarán una supervisión estricta.
La negociación no resulta romántica en el sentido de mis novelas. Resulta mejor: es concreta, incómoda y nos obliga a dejar de confiar en que el otro adivine.
—No puedo prometerte que no volveré a asustarme.
—No te lo pido.
—¿Qué pides?
—Que cuando te asustes no decidas por mí qué voy a hacer. Pregunta. O vete un rato, si lo necesitas, pero vuelve y habla.
—Hablar está sobrevalorado.
—Victoria.
—Estoy aquí, ¿no?
—Sí.
—Entonces aprendo.
La beso. Es un beso breve. No quiero que la reconciliación se esconda detrás de otra cosa. Victoria apoya la frente en mi pecho.
—He terminado la novela —digo.
Levanta la cabeza.
—¿La de Daniel y María?
—Sí.
—¿Hay ruptura absurda?
—No.
—Una oportunidad perdida.
—¿Quieres leer el final?
Sus ojos se iluminan antes de que pueda ocultarlo.
—Solo para detectar fallos.
—Naturalmente.
Nos sentamos en el sofá. Le entrego el portátil y me voy a la cocina para no mirar cada reacción.
Tarda cuarenta minutos. Cuando regreso, tiene los ojos húmedos.
—¿Estás llorando?
—Alergia narrativa.
—No hay flores.
—El champú.
—Tampoco aparece.
—Entonces será el polvo.
Me siento a su lado.
—¿Te ha gustado?
—El final es tolerable.
—Histórico.
—Daniel sigue hablando demasiado.
—Se parece a mí.
—María debería matarlo en el capítulo veintidós.
—Se parece a ti.
Victoria cierra el portátil.
—Hay una frase —dice—. La de no pedirle que sea menos complicada.
—Sí.
—No la cambies.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
Permanece en silencio.
—Helena quería que te dedicara el libro —digo.
Su cuerpo se tensa.
—Le he dicho que no.
—¿Por qué?
—Porque no pienso utilizarte para vender. Y porque una dedicatoria pública es algo que los dos tendríamos que querer.
Victoria me mira durante varios segundos.
—Podrías poner solo una V.
—¿Quieres?
—Quizá.
—Eso no es sí.
—Pon: «Para V. No cambies de nombre».
Sonrío.
—Es bastante romántico.
—Es una instrucción legal.
—Por supuesto.
—Y no significa que puedas escribir la idea de la cabaña.
—No la escribiré.
—No quiero que la borres porque te lo ordene.
—No lo haré por eso.
—¿Entonces?
—La historia no es solo mía.
Victoria me besa otra vez. Esta vez no se aparta. La tortilla se enfría en la cocina. El café también.
Cuando terminamos en el dormitorio, su cepillo de dientes continúa en el baño y su taza sigue junto a las mías.
Por primera vez, ninguna de las dos cosas parece provisional.
Pasamos el resto de la mañana revisando el final. Victoria detecta una repetición de «pero», dos gestos innecesarios y una línea que, según ella, parece escrita para una taza.
—Es una declaración —digo.
—Es un delito tipográfico.
—La lectora necesita saber qué siente.
—Ya lo sabe. Acaba de cruzar media ciudad para buscarla.
—A veces las acciones no bastan.
—A veces los discursos estropean las acciones.
La escucho. Corto la frase por la mitad. Funciona mejor.
—No pongas esa cara —dice.
—¿Cuál?
—La de estar orgulloso.
—Acabas de editar romántica.
—He eliminado romanticismo. Es diferente.
Preparamos la comida que trajo. Victoria se niega a admitir que la tortilla comprada está seca, de modo que añadimos cebolla caramelizada y la convertimos en otra cosa.
—Esto no es cocinar —dice.
—Es rescatar.
—No necesito que rescates nada.
—Hablo de la tortilla.
—Acláralo siempre.
Comemos en la cocina. Esta vez, cuando le pregunto qué hará el fin de semana, no se tensa.
—Festival el sábado. El domingo quiero dormir.
—Podrías dormir aquí.
—Eso ha sonado a invitación.
—Lo era.
—Entonces sí.
Una respuesta simple. Sin negociación. Me cuesta no sonreír demasiado.
—No te emociones.
—Imposible.
—Necesitamos reglas —dice.
—¿De relación?
La palabra la hace detenerse, pero no retroceder.
—De convivencia parcial.
—Por supuesto.
—No puedes dejar vasos por toda la casa.
—Tú dejas libros abiertos boca abajo.
—Son míos.
—Sigue siendo vandalismo.
—Nada de usar conversaciones sin permiso.
—De acuerdo.
—Nada de flores como disculpa.
—Nunca las he usado así.
—Lo sé.
Ese «lo sé» vale más que cualquier etiqueta.
—Mi regla —digo—: si algo te molesta, me lo dices antes de decidir lo que significa.
—Lo intentaré.
—Y no vuelves a ridiculizar mi trabajo en público.
—Eso limita mucho la campaña.
—Victoria.
—De acuerdo.
—¿Alguna más?
Piensa.
—No me llames Vicky.
—Jamás se me ocurriría.
—Bien. La relación puede continuar.
—¿Relación?
Se da cuenta tarde.
—No hagas una fiesta.
—Voy a pedir pétalos.
Me lanza una servilleta. Por la tarde, se queda dormida en el sofá mientras yo respondo correos. Esta vez no la llevo a la cama. Cuando despierta, le explico que he respetado sus instrucciones.
—Has aprendido —dice.
—A un coste importante para mi espalda.
Victoria se levanta, me toma de la mano y me conduce al dormitorio.
—No dramatices.
—Es parte de mi género.
—Pues cierra el capítulo.
La relación, convivencia parcial o como quiera llamarla continúa detrás de la puerta.
Al anochecer, salimos a comprar algo para cenar. En la calle nadie nos reconoce. Victoria camina a mi lado sin distancia calculada.
—¿Puedo cogerte la mano? —pregunto.
—Eso es ridículo.
—¿Sí o no?
Mira alrededor.
—Sí.
Entrelazo los dedos con los suyos. No ocurre nada extraordinario. Ningún fotógrafo aparece, nadie aplaude y la ciudad continúa.
—¿Ves? —digo.
—¿Qué?
—El mundo no se ha acabado.
—Dale tiempo.
No suelta mi mano hasta llegar a la tienda. A veces el segundo acto no necesita una declaración. Solo dos personas comprando pan sin fingir que caminan separadas.