CAPÍTULO 21
EL HOMbrE DE MI NOVELA
Victoria
Han pasado dos días desde la discusión por la carpeta.
Hemos intercambiado mensajes profesionales y uno personal: anoche preguntó si había comido.
Respondí que sí. Era mentira. No insistió.
La distancia me irrita, aunque fui yo quien salió de su casa.
Mi protagonista lleva tres capítulos pareciéndose a Víctor.
No físicamente. No tiene barba, no cocina y jamás colocaría pétalos sobre una cama porque vive en una casa donde alguien ha emparedado a su esposa.
Pero escucha. Espera. No utiliza el miedo de la protagonista para tomar decisiones por ella.
Eso sí se parece a él. Llevo una hora intentando volverlo sospechoso cuando Carmen me llama para recordarme la entrevista de la tarde.
—Es la última antes del festival —dice—. Después tendrás dos días sin promoción.
—Los utilizaré para borrar un personaje.
—¿El que se parece a Víctor?
Me quedo quieta.
—¿Cómo sabes eso?
—Me enviaste veinte páginas anoche.
—No se parece a Víctor.
—Cocina tortilla.
—Millones de hombres cocinan tortilla.
—Le dice a la protagonista que no tiene que explicar por qué comprueba los armarios.
—Es una frase lógica.
—Y tiene hoyuelos.
Abro el documento. Tiene hoyuelos. Los elimino.
—Ya no.
Carmen ríe.
—Te recogeré a las cuatro.
La entrevista se graba en un teatro pequeño. Durante el trayecto, Carmen repasa las preguntas previsibles. Campaña, seudónimos, géneros, nuevos proyectos. No debería surgir nada personal porque la organización ha aceptado las condiciones.
—Las condiciones no impiden que pregunten —dice Carmen—. Solo que insistamos si no queréis responder.
—No queremos.
—Habla por ti.
—También hablo por él.
—Ese es exactamente uno de vuestros problemas.
Miro por la ventanilla.
—No tenemos problemas.
—Tienes un cepillo en su casa.
—¿Cómo sabes eso?
—Helena mencionó que Víctor había comprado otro vaso para el baño.
—Nuestras editoras necesitan vidas propias.
—Las tenemos. Por eso nos divierte tanto la vuestra.
El móvil vibra. Un mensaje de Víctor.
VÍCTOR: Estoy saliendo. ¿Quieres que lleve café?
Escribo que no. Lo borro.
YO: Sí. Sin azúcar.
VÍCTOR: Ya lo sé.
La frase me calienta y me irrita a la vez. Saber cosas sobre alguien es íntimo. También es el primer paso para que pueda utilizarlas. Me odio por pensar así después de todo lo que Víctor ha hecho para demostrar lo contrario. Carmen mira mi pantalla.
—Podrías sonreír sin que te cobraran.
—No estaba sonriendo.
—Por supuesto.
Al llegar, Víctor me espera junto a la entrada con dos vasos. Me entrega el mío y no intenta besarme delante del equipo.
—Gracias.
—Logística.
—Esa broma empieza a estar agotada.
—Puedo escribir otra.
—No utilices la palabra escribir.
Se queda quieto. La carpeta vuelve entre nosotros sin que ninguno la nombre.
—No he hecho nada con esa idea —dice en voz baja.
—No estamos hablando de eso.
—Tú sí.
—Tenemos una entrevista.
—Después hablamos.
No respondo. En el camerino, una maquilladora intenta ponerme colorete. Le explico que mi cara funciona sin él. Víctor ríe desde la silla contigua.
—No sé cómo te soportan —digo.
—Soy encantador.
—Tus lectoras están bajo una influencia narrativa.
—Tú también eres lectora.
—Cuarenta y siete páginas.
—Cuatro libros.
La maquilladora nos mira por el espejo, fascinada.
—¿Siempre discutís así? —pregunta.
—No estamos juntos —respondo.
Víctor guarda silencio. La ausencia de su broma pesa más que cualquier respuesta. Cuando salimos hacia el escenario, intento tocarle la mano. Él está ajustándose la chaqueta y el gesto no llega a ocurrir. Me digo que es mejor. Hay cámaras. La periodista nos recibe con una sonrisa.
La periodista dedica la primera mitad a la campaña. Después nos pregunta por los nuevos manuscritos.
—En tu caso, Victoria, quienes han leído avances dicen que hay un personaje masculino diferente —comenta—. ¿Está inspirado en Víctor?
El público murmura. Víctor no se mueve. La respuesta correcta sería sencilla: la ficción mezcla influencias, aún estoy escribiendo, no hablaré de un borrador.
En cambio, recuerdo la carpeta. La autora de terror y el escritor romántico. La historia que él podría contar mejor que yo. La posibilidad de que todo esto termine convertido en un libro con su nombre.
—No —respondo—. Jamás utilizaría a un escritor de romántica como modelo para un personaje serio.
El público ríe. Víctor sonríe. Solo yo veo que la sonrisa no le llega a los ojos. La periodista continúa. Yo respondo preguntas, hago bromas y me digo que forma parte de nuestra dinámica pública. Al terminar, Víctor me espera detrás del escenario.
—¿Podemos hablar?
—Claro.
—Aquí no.
Entramos en un camerino vacío. Cierra la puerta, pero se queda junto a ella.
—No tienes que decir que estamos juntos —empieza—. Ni admitir que un personaje se parece a mí.
—No se parece.
—Tiene hoyuelos.
—Ya no.
—Eso no es lo importante.
—Entonces ¿qué?
—Que me ridiculices cada vez que alguien se acerca demasiado a la verdad.
—Era una broma.
—Una broma que funciona porque el remate es que mi trabajo no es serio.
—Tú sabes que no pienso eso.
—¿Lo sé?
—Te defendí en la firma.
—Y hoy me has utilizado para conseguir una risa fácil.
—No exageres.
—No me digas cómo tengo que sentirme.
La frase me frena. Víctor no levanta la voz. Eso hace imposible esconderme detrás de la pelea.
—No quería hacerte daño —digo.
—Lo sé. Querías protegerte.
—No analices todo.
—No te analizo. Llevo semanas viendo cómo te acercas cuando estamos solos y me apartas en cuanto alguien mira.
—La campaña se basa en que nos peleamos.
—La campaña no exige que desprecies lo que hago. Y yo tampoco he sido justo. Llevo dos días contestándote con monosílabos porque esperaba que adivinaras que seguía dolido.
La admisión me desconcierta más que cualquier reproche.
—Podías habérmelo dicho.
—Sí. En vez de decírtelo, decidí que, si te importaba, lo notarías. Es la versión educada de castigarte con silencio.
—Muy romántico.
—Bastante cobarde, en realidad.
No sé qué hacer con un hombre que puede señalar mi crueldad y, en la misma conversación, reconocer la suya. Me deja sin un culpable limpio al que atacar.
—No lo desprecio.
—Entonces deja de actuar como si enamorarte de un hombre que escribe romántica fuese la parte más humillante de tu vida.
La palabra me deja inmóvil. Enamorarte. No la niego porque el cuerpo se me ha quedado demasiado quieto.
—No he dicho que esté enamorada —consigo responder.
Víctor asiente despacio.
—Eso es lo único que has oído.
—Has puesto palabras en mi boca.
—No. He dicho cómo me haces sentir.
—Quieres hablar de sentimientos todo el tiempo.
—Y tú utilizas el sarcasmo para evitar hacerte responsable de ellos.
—No soy uno de tus personajes. No tienes que llevarme hasta una revelación.
—Tienes razón.
Abre la puerta.
—¿Adónde vas?
—A mi casa.
—Tenemos una cena con el equipo.
—La he cancelado.
—No puedes marcharte en medio de una discusión.
Víctor se vuelve.
—Tú te marchaste de la mía.
—Necesitaba espacio.
—Yo también.
Sale. Me quedo en el camerino, mirando la puerta cerrada. No estoy acostumbrada a que se vaya primero. No estoy acostumbrada a querer detener a alguien y no saber qué ofrecer para que se quede. Carmen aparece cinco minutos después.
—¿Qué ha pasado?
—Nada.
Me mira.
—Esa voz otra vez.
—No empieces.
—¿Lo has herido?
—Él también ha dicho cosas.
—No te he preguntado eso.
Me siento frente al espejo. Las luces dibujan un rostro perfectamente compuesto. Nadie diría que acabo de ver alejarse al único hombre capaz de desordenarme sin tocar nada.
—He hecho una broma —digo.
—¿Sobre su trabajo?
—Sí.
Carmen suspira.
—Una cosa es que tú lo llames moñas…
—No termines la frase.
—Entonces ya sabes qué has hecho.
Abro el móvil. La entrevista se emite en directo con retraso de diez minutos. El fragmento acaba de publicarse. Los comentarios ríen.
«Victoria lo destruye».
«Pobre Víctor».
«Ella jamás admitiría que le gusta».
Cierro la pantalla. En mi novela, el hombre que se parece a él entra en una habitación aunque sabe que puede encontrar un cadáver.
En mi vida, Víctor acaba de salir porque yo llevo semanas tratándolo como si quererlo fuera un crimen.
Carmen me lleva a casa después de cancelar la cena. Durante el trayecto no intenta convencerme de nada. Eso resulta peor que cualquier sermón.
—Puedes decirlo —murmuro.
—¿Qué?
—Que soy idiota.
—No creo que seas idiota.
—Has puesto esa cara.
—Creo que tienes miedo y, cuando lo tienes, te vuelves cruel con la persona que puede verlo.
—Mucho mejor.
—Me has pedido que lo diga.
Al llegar, encuentro la taza de Víctor en el fregadero. La dejó la última vez que estuvo aquí. La lavo, la seco y la guardo en un armario como si esconder un objeto pudiera devolvernos a un momento anterior a la entrevista.
Abro el vídeo. Me obligo a escuchar mi respuesta.
El público ríe. Víctor sonríe. Yo sé lo que existe detrás de la sonrisa porque he visto su cara cuando está alegre de verdad. En esta, los hoyuelos aparecen tarde y desaparecen demasiado pronto.
Retrocedo. Vuelvo a verlo. A la tercera vez cierro la aplicación. Le escribo un mensaje.
YO: No pretendía decir que tu trabajo no fuera serio.
No lo envío. Es una explicación, no una disculpa. Escribo otro.
YO: Lo siento.
Tampoco lo envío. Dos palabras parecen pequeñas frente a una humillación pública. Un párrafo largo sonaría a una de sus novelas y me permitiría esconderme detrás de la prosa.
Abro Siempre serás tú . El ejemplar que aseguré haber leído por accidente lleva semanas en mi mesilla.
Busco la escena de la puerta azul. La protagonista oye media conversación, interpreta que el hombre va a dejarla y se marcha.
Ochenta páginas después descubre que se equivocó. La odié cuando lo leí por primera vez.
Ahora entiendo que no me irritaba su estupidez. Me irritaba reconocerla. En el margen hay una frase que subrayé sin recordarlo: «No puedes castigarme por una decisión que solo he tomado dentro de tu miedo». Cierro el libro.
La carpeta de Víctor existe. La pregunta no es si tengo derecho a sentirme inquieta. Lo tengo. La pregunta es por qué, en vez de preguntarle qué pensaba hacer, he utilizado un escenario futuro para herirlo en el presente. Inés llama.
—Mamá ha visto la entrevista —dice.
—¿También ella va a analizarme?
—No. Dice que el chico parecía triste y que deberías invitarlo a comer.
—Mamá resuelve todo con comida.
—Funciona mejor que con cadáveres.
—Buenas noches, Inés.
—¿Vas a pedir perdón?
—No sé cómo.
—Empieza por no explicar por qué lo hiciste.
Cuelga. Me quedo mirando el mensaje sin enviar.
Lo borro. No quiero disculparme por teléfono.
Tampoco quiero aparecer en su casa en mitad de la noche y convertir mi culpa en una urgencia que él deba atender.
Mañana. Iré mañana. Por primera vez, esperar no es una forma de huir. Es darme tiempo para llegar sin armas.
Antes de acostarme, envío a Carmen las nuevas páginas del manuscrito. El personaje ya no tiene hoyuelos, pero sigue esperando delante de una puerta.
CARMEN: No puedes borrarlo quitándole dos rasgos físicos.
YO: No es él.
CARMEN: Entonces deja de castigarlo por parecerse.
No respondo. Abro el capítulo y cambio una frase. El hombre ya no dice «me quedaré». Dice «no puedo quedarme donde no me quieres». La honestidad me duele. Víctor no es un héroe escrito para soportar todo hasta que yo aprenda. Es una persona que puede marcharse.
Ese descubrimiento da más miedo que cualquier monstruo que haya creado.