Final feliz (Qué asco) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

ALGO PARECIDO A UNA RELACIÓN

Víctor

Han pasado tres semanas desde la noche de la librería y Victoria tiene un cepillo de dientes en mi casa.

La primera vez que lo veo, pregunto si piensa dejarlo. Ella responde que los cepillos no piensan y cambia de tema. Dos días después aparece una crema facial junto a mi jabón. Luego un paquete de café que solo bebe ella. No digo nada.

Yo también empiezo a ocupar su piso: una camisa en el respaldo de una silla, un cargador, dos libros y unas zapatillas que Victoria guarda dentro de un armario porque, según dice, «la gente decente no deja calzado invadiendo el pasillo».

La relación se construye a través de objetos que ninguno reconoce como decisiones.

Un martes, escribimos en una cafetería. Dos lectoras se acercan y nos preguntan si pueden hacerse una foto. Victoria acepta con naturalidad, pero cuando una menciona que hacemos buena pareja, responde:

—Somos una campaña con piernas.

Las chicas ríen. Yo también, aunque la frase me acompaña después. Esa noche, en su casa, Victoria encuentra que he cocinado.

—No tenías que hacerlo.

—Tenía hambre.

—Has preparado mi plato favorito.

—También es el mío desde hace tres semanas.

—Eso suena manipulador.

—El arroz no tiene intención.

Cenamos frente al televisor. Victoria elige una película de terror y se enfada porque adivino al asesino antes que ella.

—Has visto esta película.

—No.

—Entonces has leído una reseña.

—El marido amable siempre es sospechoso en las historias que eliges.

—No siempre.

—A veces es la hermana.

—Cállate.

Cuando termina, permanece apoyada en mi hombro. No se aparta al aparecer los créditos.

—¿Qué somos? —pregunto.

Victoria se tensa.

—Personas cansadas en un sofá.

—Me refiero…

—Ya sé a qué te refieres.

—No tienes que responder ahora.

—Entonces ¿por qué preguntas?

—Porque yo necesito saberlo alguna vez.

Se incorpora.

—¿No podemos estar bien sin ponerle nombre?

—Podemos. Pero no quiero descubrir que para ti esto era una pausa entre dos huidas.

—No estoy huyendo.

—No ahora.

Victoria se levanta para llevar los platos a la cocina. No discute más. Esa noche me besa antes de dormir y deja una mano sobre mi pecho como si el gesto fuera la respuesta que aún no puede pronunciar.

Durante las semanas siguientes, seguimos moviéndonos entre eventos, casas y manuscritos. Ella se vuelve más cariñosa cuando nadie mira. Yo aprendo a no confundir paciencia con silencio eterno. Y el cepillo continúa en mi baño.

No lo reconoce como suyo. Dice que es «un objeto de higiene colocado por razones logísticas» y que puede llevárselo en cualquier momento.

También ha dejado una camiseta negra, dos novelas, un cargador y una taza que dice ODIO A TODO EL MUNDO ANTES DEL CAFÉ.

La taza apareció junto a las mías hace una semana. Cuando pregunté, respondió que mi vajilla necesitaba criterio. No la llamamos relación.

Nos vemos entre eventos. A veces duerme en mi casa. Otras, yo en la suya, donde todas las puertas tienen una cerradura excelente y hay un bate detrás del armario. Escribimos en la misma mesa, discutimos sobre finales y nos enviamos fotos de cubiertas confundidas.

Es algo. No sé qué nombre darle sin que Victoria salga corriendo.

—Tu protagonista tiene que pedir perdón antes —dice, leyendo sobre mi hombro.

—Ya ha pedido perdón.

—Ha explicado sus motivos.

—También ha reconocido el daño.

—Dos páginas después.

—Está procesando.

—Está justificándose.

—No todos reaccionan como tú.

—¿Qué significa eso?

Me vuelvo en la silla. Victoria está sentada sobre la mesa, con una pierna balanceándose. Lleva mi camiseta y unas gafas que solo utiliza para trabajar.

—Que tú atacas antes de que la otra persona termine la frase.

—Ahorra tiempo.

—No siempre.

—¿Estamos hablando del libro?

—Sí.

—Tu cara no.

Sonrío.

—Mi cara no es una declaración. Ya lo hemos establecido.

Victoria me da un beso rápido y vuelve a su portátil.

Esos gestos son los que más me confunden. Puede besarme sin pensar y, cinco minutos después, tensarse si le pregunto qué hará el fin de semana.

He decidido no empujar. Una semana después, mi paciencia demuestra que no es una virtud infinita, sino una costumbre mal utilizada.

Habíamos quedado para cenar el domingo. Victoria llega a mi casa a las seis, deja el portátil sobre la mesa y anuncia que Carmen le ha conseguido una entrevista de última hora a las nueve.

—He dicho que iré —añade—. Podemos cenar antes.

—Claro.

La palabra sale demasiado rápido. Victoria me observa, pero yo ya estoy abriendo la nevera.

—Puedo cancelarla.

—No hace falta.

—¿Seguro?

—Sí.

No estoy seguro. Había rechazado una comida con mi padre para pasar la tarde con ella y llevo dos horas preparando una cena que ahora tendrá que engullir mirando el reloj.

Aun así, no se lo digo. Me convenzo de que pedirle que se quede sería presionarla, y convierto mi decepción en una cortesía impecable.

Cenamos. Respondo cuando pregunta, sonrío en los momentos correctos y retiro los platos antes de que termine el café. Victoria tarda doce minutos en hartarse.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—No uses mi palabra.

—Has preguntado si estaba seguro y te he dicho que sí.

—Y ahora estás castigando a una cebolla.

Miro el cuchillo. He cortado el mismo trozo cuatro veces.

—Me habría gustado que te quedaras.

—Podías haberlo dicho.

—Podías haber preguntado antes de decidir por los dos.

—Te he preguntado si cancelaba.

—Después de aceptarla.

Victoria cruza los brazos. Yo reconozco, con retraso, la trampa que me he tendido solo: he dicho que no pasaba nada y ahora espero que ella descubra que sí.

—No es justo —admito.

—¿Qué parte?

—Que te haya dado permiso y luego me comporte como si debieras haber sabido que no quería darlo.

La irritación de su cara pierde fuerza.

—Eso ha sonado sorprendentemente sensato.

—No te acostumbres.

—Esa es mi frase.

—La he tomado prestada con consentimiento tardío.

Victoria consulta la hora. Todavía podría irse. En vez de hacerlo, llama a Carmen y rechaza la entrevista.

—No tenías que cancelarla.

—Lo sé. Quiero hacerlo. La diferencia importa, ¿no?

Importa. También me incomoda que haya tenido que llegar a este punto para decir algo tan sencillo.

—Mi padre venía a Madrid hoy —confieso—. Le dije que no podía verlo.

—Víctor.

—No te lo cuento para que te sientas culpable. Te lo cuento porque debería habértelo dicho antes de empezar a servir el postre como un mártir doméstico.

—Eso sí parecía una escena tuya.

—Una mala.

—Podemos llamarlo.

—¿A mi padre?

—Sí. Que venga a tomar café.

La propuesta me sorprende. Victoria palidece en cuanto comprende lo que acaba de ofrecer, pero no retrocede.

—No tienes que conocerlo hoy.

—Ya lo sé. Estoy eligiendo una mala decisión por voluntad propia.

Mi padre llega una hora después, encantado de conocer a «la mujer de los cadáveres». Victoria sobrevive al café, a tres anécdotas de mi infancia y a una fotografía donde llevo un disfraz de príncipe con doce años. Cuando se marcha, ella apoya la frente en la puerta.

—Nunca vuelvas a acusarme de no hacer sacrificios.

—Has conquistado a mi padre.

—Tu padre ha preguntado si puede enviarme una idea sobre un asesino en una residencia.

—Eso, en su idioma, es cariño.

Esa noche entiendo algo incómodo: no solo Victoria tiene que aprender a hablar antes de huir. Yo tengo que dejar de esconder mis necesidades detrás de la amabilidad y esperar aplausos por no haberlas pronunciado. Quizá demasiado.

Helena me ha pedido las primeras páginas del nuevo proyecto. Abro una carpeta donde guardo ideas sueltas. Hay una creada durante la cabaña, titulada FINAL FELIZ, QUÉ ASCO. Dentro, apenas diez líneas: una escritora de terror, un autor romántico, una tormenta, dos nombres idénticos.

No pienso escribirla. La idea nació antes de que lo nuestro existiera y ahora ya no me pertenece solo a mí. Cierro la carpeta cuando Victoria entra con café. Demasiado tarde.

—¿Qué era eso?

—Notas.

—He visto mi frase.

—La anoté en la cabaña.

Deja las tazas.

—¿Estás escribiendo sobre nosotros?

—No.

—Había una carpeta.

—Con diez líneas.

—¿Puedo verla?

La petición suena tranquila. Sus hombros dicen otra cosa. Abro el archivo y giro el portátil. Victoria lee. Las notas son generales. No hay nada sobre su pasado, su hermana ni lo que ocurrió entre nosotros. Solo la premisa cómica.

—La mujer es autora de terror —dice.

—Porque la idea nació después de que aporrearas la puerta.

—Y él escribe romántica.

—No he intentado ocultar la inspiración.

—Entonces sí es sobre nosotros.

—Es una idea. No un proyecto.

—¿Por qué la guardaste?

—Porque guardo todas.

—Podrías escribirla cuando esto termine.

La frase me golpea por dos lugares distintos.

—¿Estás esperando que termine?

—Todo termina.

—No es una respuesta.

—No conviertas la carpeta en una conversación sobre la relación.

—No la he convertido. Tú has dicho «cuando esto termine».

Victoria se cruza de brazos.

—No sabemos qué es esto.

—Podríamos decidirlo.

—¿Por qué hace falta?

—Porque yo no quiero comportarme como tu pareja cuando tú lo consideras una situación provisional.

—No he dicho provisional.

—Tampoco has dicho lo contrario.

El silencio se tensa. No quiero pelear. Pero llevo semanas adaptándome a límites que cambian sin saber cuáles son los míos.

—La carpeta no se va a convertir en una novela —digo—. La borraré si quieres.

—No quiero obligarte a borrar nada.

—Entonces no la usaré. Punto.

—Las ideas siempre vuelven.

—Victoria, mírame.

Lo hace.

—No voy a utilizar tu historia, tus palabras ni lo que me has contado sin permiso.

—Eso decís todos.

La frase sale antes de que pueda detenerla. Duele. Ella lo ve.

—No quería decir…

—Sí querías. Solo que quizá no querías ver cómo sonaba.

Cierro el portátil.

—No soy él.

—Ya lo sé.

—Entonces deja de colocarme en el mismo juicio cada vez que algo te asusta.

Victoria baja la mirada.

—Necesito irme.

—Claro.

—No lo digo para castigarte.

—Lo sé.

Recoge su bolso. El cepillo, la camiseta y la taza se quedan. Antes de salir, se detiene.

—No quiero que esto termine.

La frase es tan baja que casi no la oigo.

—Yo tampoco.

—Pero no sé prometerte nada.

—No te he pedido una promesa. Te he pedido que no me trates como culpable de algo que aún no he hecho.

Asiente. Se marcha. Miro la carpeta. Podría borrarla ahora. Sería fácil. Un clic, una papelera, un gesto que quizá le demostrara algo. No lo hago. No porque quiera conservar la historia.

Porque no quiero que nuestra relación se construya sobre pruebas que ella no ha pedido y sacrificios que después puedan convertirse en deuda.

Creo un documento nuevo y escribo una sola frase:

«El amor no consiste en adivinar hasta dónde puede huir alguien, sino en saber cuándo dejar de perseguirlo».

Después la borro. Demasiado sentenciosa. Helena estaría de acuerdo.

Después de que Victoria se marche, recojo las dos tazas. La suya conserva una marca de pintalabios en el borde. La limpio y me arrepiento de haberlo hecho, un pensamiento absurdo que demuestra hasta qué punto me estoy complicando. Abro la carpeta de nuevo.

Las diez líneas no contienen nada íntimo. Aun así, comprendo lo que ella vio: una puerta a una historia que podría crecer sin que controlara qué partes de sí terminaban dentro. Escribo un correo.

VÍCTOR: No usaré la idea. No necesito que me creas hoy. Solo quería dejarlo claro.

Lo envío. La respuesta llega una hora después.

VICTORIA: Lo he leído.

Nada más. No es perdón ni confianza. Tampoco una ruptura.

Esa noche ceno solo. Intento avanzar en la novela y descubro que he escrito a Daniel pidiendo disculpas siete veces en el mismo capítulo. Borro seis.

Mi problema no es no saber comunicarme. Es utilizar las palabras para evitar pedir lo que necesito de manera simple.

Quiero que Victoria me elija. No quiero convencerla de que lo haga. Son cosas distintas.

Guardo el manuscrito y dejo el teléfono lejos. Si vuelve, hablaremos. Si no vuelve, tendré que aceptar que respetar un límite no garantiza el final que deseas. La romántica también debería contar eso. A medianoche, Victoria responde de nuevo.

VICTORIA: No sé cómo creerlo sin pedirte que lo demuestres todo el tiempo.

Leo la frase varias veces.

VÍCTOR: No tienes que creerlo de golpe. Pero yo tampoco puedo vivir examinándome cada día.

VICTORIA: Lo sé.

VÍCTOR: Hablamos cuando quieras.

VICTORIA: No hoy.

VÍCTOR: De acuerdo.

Dejo el teléfono. Aceptar su espacio no elimina lo que necesito. Mañana, si vuelve, tendré que decirlo. La paciencia sin límites no es amor; es miedo disfrazado de bondad. Esa idea sí la guardo para la novela.