CAPÍTULO 19
INVESTIGACIÓN DE CAMPO
Victoria
El Sanatorio parece un antiguo hospital abandonado incluso desde el aparcamiento.
Víctor ha pasado todo el trayecto asegurando que no le asusta. Lo ha repetido cuatro veces, una cantidad que en cualquier interrogatorio equivaldría a una confesión.
—No tengo miedo —dice al bajar del coche.
—Nadie ha preguntado.
—Lo aclaro para la cámara.
—La cámara todavía está apagada.
Mira al operador, que confirma con la cabeza.
—Era un ensayo.
Carmen me entrega un micrófono. Helena le da a Víctor una pequeña cámara que puede llevar en el pecho.
—¿Hace falta grabar su punto de vista? —pregunto.
—Marketing quiere reacciones reales —responde Helena.
—Entonces apunta al suelo. Será donde termine.
Víctor se ajusta el arnés.
—Mis lectoras saben que soy valiente.
—Tus lectoras saben que lloras escribiendo.
—Las dos cosas no son incompatibles.
Un actor disfrazado atraviesa el aparcamiento detrás de él. Víctor se vuelve con tanta rapidez que casi golpea al cámara.
—Era personal del recinto —dice.
—Por supuesto.
Antes de entrar, firmamos una exención de responsabilidad. Víctor lee todas las cláusulas.
—¿Buscas una sobre pétalos? —pregunto.
—Busco si pueden tocarnos.
—¿Preocupado?
—Informado.
—Eso digo yo cuando reviso armarios.
Me mira y acepta el golpe con una sonrisa.
—Bien jugado.
Por primera vez, una referencia a mis manías no me hace sentir observada. Solo comprendida.
La enfermera ensangrentada abre la puerta. Víctor contempla la fachada abandonada del antiguo complejo industrial y después me mira.
—Esto no estaba en el acuerdo.
—El acuerdo dice «una experiencia relacionada con el género».
—Pensaba en una librería oscura.
—Qué poco compromiso artístico.
El cámara empieza a grabar. Carmen y Helena se quedan detrás con el equipo. Una actriz vestida de enfermera ensangrentada nos entrega las instrucciones.
—No se puede correr, tocar a los actores ni abandonar al compañero.
—La última regla parece escrita para ti —digo.
Víctor ajusta el micrófono de solapa.
—Yo no fui quien dejó la cabaña durante una tormenta.
Entramos. La primera sala está casi a oscuras. Se oyen respiraciones, ruedas metálicas y un llanto lejano. Víctor camina a mi lado con una dignidad admirable durante exactamente cuarenta segundos. Una figura aparece detrás de una cortina. Él da un salto.
—Era una enfermera —digo.
—No llevaba cara.
—La llevaba en la mano.
—Eso no ayuda.
La cámara recoge mi risa. En la siguiente habitación, una camilla se mueve sola. Víctor se coloca delante de mí de manera automática, aunque es él quien mira hacia atrás cada tres pasos.
—¿No escribes sobre esto? —pregunto.
—Escribo sobre personas que hablan.
—Las de aquí también. A veces gritan.
Un actor golpea una puerta. Víctor me agarra de la mano.
—No abandones al compañero —dice.
—Claro. La norma.
—Exacto.
No le suelto. Llegamos a un pasillo estrecho donde las luces parpadean. Sé que alguien aparecerá por detrás. Forma parte del recorrido. Aun así, cuando una mano toca mi hombro, el cuerpo reacciona antes que la cabeza. Me giro con el puño levantado. Víctor me rodea la cintura y me aparta.
—Es un actor —dice cerca de mi oído.
La enfermera sin cara retrocede, probablemente reconsiderando sus condiciones laborales.
—Lo sabía.
—Ibas a golpearlo.
—Era parte de mi actuación.
—Muy inmersiva.
—Húmeda no.
Víctor empieza a reír y, a partir de ese momento, el terror se desarma. Terminamos el recorrido agarrados, discutiendo y riendo cada vez que uno se sobresalta. Al salir, el cámara está encantado.
—Ha quedado genial. Ahora, la experiencia de Víctor.
Él no explica adónde vamos. El coche nos deja frente a una librería pequeña del centro. Está cerrada al público. Dentro, las luces son cálidas y hay una mesa preparada entre las estanterías.
—No —digo.
—Todavía no has visto nada.
—Hay flores.
—En jarrones.
—Siguen siendo sospechosas.
No hay un equipo de cámaras dentro. Solo una cámara fija en un rincón. Helena comprueba el encuadre en una tableta y enciende la luz roja antes de irse con el equipo a cenar.
—¿Esto también es marketing? —pregunto.
—La lectura sí. La cena puede quedarse fuera del montaje.
Sobre la mesa hay dos libros: uno suyo y uno mío. También comida sencilla, vino y una lista de canciones tan discreta que casi no la percibo.
—No hay pétalos —dice.
—La noche es joven.
Sus ojos cambian.
—La experiencia romántica empieza con una lectura —dice Víctor, mirando un instante a la cámara.
—Pensaba burlarme.
—Una dinámica estable.
Lee un fragmento corto de su nueva novela. No es el de los pétalos. Daniel y María están en una cocina, discutiendo mientras preparan una tortilla. Él intenta enseñarle a usar un cuchillo y ella lo amenaza. Lo miro.
—Me has utilizado.
—Te pregunté en la cabaña si podía conservar una frase.
—No preguntaste por la tortilla.
—La escena ya existía. He cambiado la cebolla.
—Esto parece mucho a nosotros.
Víctor cierra el libro.
—Puedo eliminarla.
No se defiende. No dice que la ficción transforma. Espera.
—Déjala —respondo—. Pero la tortilla debería llevar más cebolla.
—Anotado.
Comemos. La librería vacía nos rodea como un refugio. Nadie entra, nadie pregunta quién es el verdadero V. Blackwood y no hay una pantalla convirtiendo cada gesto en contenido.
—¿Cuál sería tu experiencia romántica ideal? —pregunta Víctor.
—Que nadie me la prepare.
—Eso no cuenta.
—Una noche sin expectativas.
—¿Como esta?
—Aún no lo sé.
—¿Qué falta?
Lo observo.
—Que dejes de preguntar.
Me levanto y voy hasta él. Esta vez no hay miedo suficiente para frenarme. Lo beso entre las estanterías. Víctor responde despacio, como si todavía me diera espacio para cambiar de idea. Le rodeo el cuello y acerco su cuerpo al mío.
—No voy a parar —digo.
—Necesito que me digas si quieres continuar.
—Quiero continuar.
La sonrisa aparece contra mi boca.
—Perfecto.
No hay una cama cubierta de flores. En la planta superior solo hay una sala de descanso, con un sofá ancho, una lámpara de lectura y una manta doblada sobre el respaldo. Subimos entre besos, chocando con una caja de novedades que Víctor consigue sujetar antes de que se desplome.
—Esto habría sido una muerte indigna —murmura.
—Habría declarado que fue un accidente editorial.
La risa se me queda atrapada cuando vuelve a besarme. Aquí arriba no llega la música de la librería y tampoco hay una cámara esperando una reacción. Solo escucho nuestra respiración, el roce de su barba contra mi piel y el pequeño golpe de mi espalda al encontrar la pared. Víctor se detiene.
—¿Estás bien?
—Como vuelvas a preguntar cada seis segundos, voy a empujarte por la escalera.
—Eso no es un no.
—Quiero que sigas.
Lo digo mirándolo. No como una provocación ni como una forma de demostrar que no me asusta. Lo quiero. La certeza me deja más expuesta que quitarme la ropa.
Él me toca la cintura por debajo de la camisa y espera apenas un instante, el necesario para que pueda apartarme. No lo hago. Le saco la camiseta y descubro que debajo del escritor sentimental no hay nada delicado salvo la manera en que me mira.
—No pongas esa cara —digo.
—¿Cuál?
—La de estar sintiendo cosas.
—Llegas un poco tarde para prohibírmelo.
Le muerdo el labio para que deje de hablar.
Víctor responde acercándome más, y el deseo pierde la paciencia que él ha conservado durante semanas.
Sus manos recorren mi espalda, mis costados, el borde del sujetador.
Cuando me lo quita, se queda quieto el tiempo suficiente para que vuelva a irritarme.
—Víctor.
—Estoy intentando recordar que no debo escribir ninguna frase en mi cabeza.
—Pues deja de pensar.
—Esa es una instrucción difícil para un escritor.
Le guío la mano hasta mi pecho. La broma desaparece de su expresión.
Me besa el cuello, despacio al principio, y luego con una intensidad que me obliga a aferrarme a sus hombros.
No hay coreografía perfecta: mi rodilla choca con el sofá, él pisa una manga y los dos tenemos que contener la risa para no alertar al librero del local contiguo.
La torpeza no rompe el momento. Lo vuelve nuestro.
Víctor me sienta en el borde del sofá. Se arrodilla para quitarme las botas y alza una ceja al encontrar el abrecartas dentro de una.
—¿Has venido armada a una experiencia romántica?
—Venía contigo.
—Qué tranquilizador.
Deja la pequeña daga sobre una mesa y vuelve a mí. Esta vez no sonríe. Me abre las piernas con las manos y me besa como si llevara días conteniéndose, que probablemente es exactamente lo que ha hecho. Yo también. El cuerpo reconoce la verdad antes de que consiga discutirla.
Le paso los dedos por el pelo, tiro de él y pronuncio su nombre. No «moñas», no «Blackwood». Víctor. La forma en que levanta la cabeza al oírlo me provoca una sacudida difícil de esconder.
—Otra vez —dice.
—No abuses.
—Victoria.
Lo repito contra su boca. Después ya no hablamos demasiado. Cuando busca el preservativo en la cartera, me río.
—¿Eso formaba parte de la logística?
—Tengo treinta y cinco años y una editora que organiza cenas en librerías. Prefiero estar preparado.
—Eso es casi decepcionantemente sensato.
—Puedo poner música y fingir que fue el destino.
—Como pongas una balada, me visto.
Víctor no pone música. Se coloca entre mis piernas y vuelve a preguntarme con los ojos, sin convertir la prudencia en una ceremonia. Asiento y lo atraigo de la nuca.
El primer movimiento me obliga a cerrar los ojos. Él se queda quieto hasta que vuelvo a abrirlos.
—No pares.
Esta vez obedece.
No hay delicadeza impostada, pero tampoco una lucha por decidir quién domina.
Hay deseo, calor, el sofá crujiendo de manera poco digna y su mano entrelazada con la mía cuando todo se vuelve demasiado intenso para seguir fingiendo que controlo algo.
Lo muerdo en el hombro para no hacer ruido.
Víctor ahoga una risa contra mi cuello y después deja de reír.
Cuando llego al límite, no me aparto ni escondo la cara. Lo miro. Esa es la parte que más miedo me da: permitir que vea exactamente lo que me provoca y no encontrar en su expresión ni triunfo ni derecho adquirido. Solo deseo y una ternura que no intenta cobrar nada.
Él termina poco después, con la frente apoyada en la mía y mi nombre roto en la boca.
Nos quedamos inmóviles, respirando como si hubiéramos corrido por la casa del terror en vez de subir una escalera. La risa vuelve primero a mí.
—El sofá ha sobrevivido por poco.
—El mobiliario romántico es resistente.
—No había flores.
—No quería arriesgarme a la obstrucción intestinal.
Le doy un golpe suave en el pecho. Víctor me envuelve con la manta y yo permito que me acomode contra él. No huyo al baño ni busco la ropa de inmediato. Escucho el latido bajo mi oído mientras el mío decide imitarlo.
—Esto no sale en el vídeo —digo.
—He desconectado la cámara antes de subir.
Levanto la cabeza.
—¿Cuándo?
—Cuando fuiste por el vino.
—Podrías haberme avisado.
—Pensaba hacerlo si intentabas seducirme delante de ella.
—Yo no seduzco.
—Has cruzado una librería como si fueras a asesinarme con la boca.
—Eso es iniciativa.
Víctor me besa la frente. No me aparto.
—No empieces con gestos moñas —murmuro.
—Es demasiado tarde.
—Podría matarte.
—¿En el próximo libro?
—En el siguiente párrafo.
—Entonces dame un buen final antes.
Lo beso otra vez. Por una noche, dejo de pensar en cómo termina.
A la mañana siguiente despertamos en el sofá demasiado estrecho. Víctor tiene un brazo dormido y yo una marca del cojín en la mejilla.
—Muy romántico —digo.
—Podría escribirlo mejor.
—No lo escribas.
—No pensaba.
La respuesta llega sin esfuerzo. Confío en ella lo suficiente para no pedir una promesa adicional.
Bajamos a la librería. La cámara sigue apagada. Víctor prepara café en una máquina pequeña mientras yo reviso que no hay nadie del equipo esperando detrás de una estantería.
—Puedes comprobarlo —dice—. Se fueron anoche.
—Lo sé.
—Pero quieres verlo.
—Sí.
No me ridiculiza. En la mesa queda una flor caída de uno de los jarrones. La recojo.
—No la pongas en la cama —advierte.
—No hay cama.
—Contigo nunca se sabe.
Guardo la flor dentro de su novela, entre dos páginas. Víctor lo ve.
—¿Eso no estropea el libro?
—Es mío.
—Sigue siendo vandalismo.
—No te acostumbres.
Cuando llega el equipo, grabamos la conclusión del vídeo. Carmen pregunta qué hemos aprendido del género contrario.
—Que el terror puede ser divertido cuando Victoria grita primero —dice Víctor.
—No grité.
—La cámara del pecho discrepa.
—Y yo he aprendido que una experiencia romántica puede funcionar sin secuestrar a nadie emocionalmente.
Carmen parpadea.
—Eso ha sido sorprendentemente bonito.
—Editadlo.
Víctor sonríe. Más tarde, en el coche, su mano encuentra la mía entre los asientos. Esta vez no la suelto cuando Carmen mira por el retrovisor.
La flor que guardé dentro del libro se aplasta entre las páginas. Días después, cuando la encuentro seca, no la tiro. La pego en mi cuaderno junto a una nota:
«No todos los pétalos están sobre una cama».
No pienso enseñársela a Víctor. Tampoco pienso negar que sonrío al escribirla.
Esa tarde, cuando el vídeo se publica, el momento más repetido no es ninguno de los sustos.
Es el instante en que Víctor me aparta del actor y yo me quedo agarrada a su camisa.
Los comentarios hablan de protección, química y miradas.
Yo veo otra cosa: se detuvo en cuanto entendió que no había peligro. No utilizó mi reacción para hacerme parecer débil. Le envío el clip.
YO: Pareces asustado.
VÍCTOR: Estaba protegiendo al actor.
YO: De mí.
VÍCTOR: Exacto.
Sonrío frente al teléfono. La investigación de campo ha producido un resultado inquietante: empiezo a sentirme más segura con él que sin él.