CAPÍTULO 18
LA ESCENA FAVORITA
Víctor
El estudio del podcast parece un salón diseñado por alguien que nunca se sienta. Hay dos sillones estrechos, una mesa demasiado baja y plantas artificiales. Victoria mira una hoja de plástico y murmura que al menos esas flores no ensucian camas. La presentadora, Nuria, nos explica la dinámica.
—Quiero que cada uno lea su fragmento favorito de un libro del otro.
Victoria levanta la mano.
—¿Podemos elegir uno donde no haya besos?
—Puedes elegir el que quieras.
—Entonces sí.
Yo ya tengo el mío marcado. Nuria graba una introducción sobre la campaña, la confusión y el fenómeno en redes. Después empieza con Victoria.
Ella sostiene mi novela La distancia entre nosotros . Esperaba que escogiera una escena cómica o el único accidente del libro para burlarse.
Abre por el capítulo diecinueve. Es la escena del hospital.
La protagonista acaba de perder a su hermana. El hombre que la ama se sienta a su lado y no intenta consolarla. Le lleva café, responde mensajes por ella y permanece en silencio mientras pasan las horas.
Victoria lee sin teatralidad. Su voz pierde la dureza habitual en una frase concreta:
—«No le prometió que dejaría de doler. Solo apoyó la mano junto a la suya, lo bastante cerca para que ella decidiera si quería alcanzarla».
La misma idea de la cabaña. No exactamente. Escribí esa novela años antes de conocerla. Pero al oírla en su voz recuerdo su mano buscando la mía debajo de la frontera de almohadas. Nuria suspira.
—Pensaba que escogerías los pétalos.
—No soy masoquista —responde Victoria—. Esta escena no intenta arreglar a nadie. Por eso funciona.
—Eso ha sonado casi como un elogio.
—Editadlo.
Me toca. Abro Bajo la piel . Victoria observa la página y reconoce el capítulo antes de que empiece.
—No vas a leer la aguja —advierte.
—No.
He elegido una escena anterior. Dos hermanas están encerradas en una casa. Una podría escapar por una ventana, pero decide volver porque la otra sigue dentro. Hay sangre, una puerta rota y alguien recorriendo el pasillo.
Leo hasta el momento en que la mayor apaga la linterna para que el asesino no vea a su hermana pequeña.
—No es una escena sobre valentía —digo cuando termino—. Está aterrada. Es sobre elegir a alguien incluso cuando el miedo te da una razón perfecta para huir.
Victoria ha dejado de mover el pie. Nuria la mira.
—¿Era eso lo que querías contar?
—Los lectores pueden entender lo que quieran.
—Respuesta de autora.
—Es la única que tengo.
La grabación continúa. Nuria abre preguntas enviadas por oyentes. La primera quiere saber qué personaje del otro género salvaríamos de nuestros propios libros.
—Yo salvaría a la hermana de Bajo la piel —digo—. No porque Victoria lo hiciera mal, sino porque me hizo esperar hasta la última página para saber si seguía viva.
—Eso era tensión.
—Era crueldad.
—¿Y tú? —pregunta Nuria a Victoria.
Ella hojea mi novela.
—Salvaría a Marcos, el amigo del protagonista.
—No muere.
—Termina casándose con una mujer que le dice «cari».
—Se quieren.
—A veces la muerte es más compasiva.
Nuria ríe. Otra oyente pregunta si alguna vez hemos llorado escribiendo.
—Sí —respondo.
Victoria gira la cabeza.
—¿En serio?
—Muchas veces.
—¿Con tus propias frases?
—Con lo que ocurre.
—Sabes que no es real.
—Tú miraste detrás de una puerta porque una maceta se cayó.
—Eso era una amenaza física.
—Y lo mío emocional.
Nuria interviene antes de que la discusión se convierta en el programa completo.
—¿Tú nunca has llorado escribiendo, Victoria?
—No.
La respuesta llega demasiado rápida. Yo recuerdo cómo habló de la escena de las hermanas.
—Miente —digo.
—No miento.
—La escena del armario.
Victoria se queda inmóvil. Comprendo que he mencionado algo que no era mío, aunque solo conozca una parte.
—Perdona —digo de inmediato—. No debería haberlo dicho.
Nuria percibe el cambio y pasa a otra pregunta. Victoria responde, pero la rigidez permanece en sus hombros. Durante una pausa técnica me inclino.
—Lo siento.
—No has contado nada.
—He señalado una puerta que quizá no querías abrir.
—No empieces con metáforas.
—No volverá a ocurrir.
Me mira, aún seria.
—Gracias.
La palabra es casi inaudible. El resto del programa transcurre sin incidentes. Al terminar, Nuria nos pide una fotografía sosteniendo los libros del otro. Victoria toma el mío por la esquina como si pudiera contagiarle romanticismo. Yo abrazo el suyo contra el pecho y pongo cara de terror.
—No exageres —dice.
—Hay una aguja.
—Supera la aguja.
—Necesito tiempo.
—Tus personajes también.
La cámara captura el momento. Más tarde será una de las imágenes más compartidas de la campaña. Cuando se apagan los micrófonos, Victoria sale al pasillo sin esperar a Carmen. La sigo.
—¿Estás bien?
—Deja de preguntarlo.
—Puedes decir que no.
—Estoy bien.
—Entonces ¿por qué huyes?
Se detiene junto a una ventana.
—No huyo.
—Has salido en cuanto han apagado los micrófonos.
—Necesitaba aire.
—Vale.
Me apoyo en la pared, a una distancia prudente. Victoria mira la calle.
—La escena está inspirada en Inés —dice—. Cuando alguien conoce el origen, ya no puede leerla sin verme dentro.
No hago ninguna pregunta.
—Cuando éramos pequeñas, mis padres discutían mucho. Una noche mi padre rompió una puerta. No iba a hacernos daño, pero yo no lo sabía. Inés estaba escondida en el armario y volví a buscarla.
La imagen me golpea.
—¿Cuántos años tenías?
—Once. Ella siete.
—Victoria…
—No fue tan dramático como en el libro. Mi padre se marchó. Mi madre arregló la puerta. A la mañana siguiente todos fingieron que no había pasado.
—Tú no.
—Yo empecé a comprobar armarios.
Comprendo la costumbre. Debajo de camas, detrás de puertas, cualquier lugar donde lo inesperado pueda esperar.
—No tenías que contármelo.
—Ya lo habías visto.
—Vi la emoción. No la historia.
—¿No es lo mismo para un escritor?
—No.
La respuesta sale inmediata.
—La historia es tuya —añado—. Puedo reconocer lo que hace sentir sin tener derecho a usarla.
Victoria me mira. La desconfianza sigue ahí, pero también algo más frágil.
—Dices las cosas correctas —murmura.
—A veces.
—Eso me pone nerviosa.
—Puedo decir una incorrecta.
—No lo estropees.
—Intentaré contenerme.
Me acerco despacio. No la toco hasta que ella inclina el rostro. El beso es suave. Muy distinto a los anteriores. No busca demostrar nada. Apenas dura unos segundos. Cuando me aparto, Victoria mantiene los ojos cerrados.
—No conviertas esto en algo bonito —dice.
—No tengo que convertirlo. Ya lo es.
Abre los ojos.
—Esa era la frase incorrecta.
—He fallado.
—Moñas.
—Psicópata.
Carmen aparece al final del pasillo y se detiene.
—No he visto nada —dice.
Victoria se separa de mí.
—No había nada que ver.
Carmen mira nuestras caras.
—Por supuesto.
—Era investigación de campo —añado.
Victoria me da un codazo.
—No ayudes.
Carmen sonríe mientras consulta su agenda.
—Hablando de investigación de campo, marketing ha aprobado el siguiente vídeo. Cada uno llevará al otro a una experiencia relacionada con su género.
Victoria se vuelve hacia mí. La sonrisa que aparece en su cara no es tranquilizadora.
—Tengo el sitio perfecto.
Por primera vez desde que la conozco, desearía escribir terror. Al menos sabría reconocer cuándo el peligro sonríe antes de atacar. Carmen nos envía esa tarde el programa de la «investigación de campo». Victoria responde con un emoji de cuchillo. Helena pregunta si debe preocuparse.
VÍCTOR: Sí.
VICTORIA: Confía en mí.
VÍCTOR: Esa frase aparece antes de cuatro asesinatos en tus novelas.
VICTORIA: Cinco.
VÍCTOR: Mucho mejor.
No me dice adónde iremos. Yo preparo mi parte con ayuda de la librera que organizó nuestra primera firma. Cerrará el local una noche y nos dejará utilizar la sala superior. Cuando pregunto por flores, me ofrece rosas.
—Sin pétalos sueltos —aclaro.
—¿Alergia?
—Trauma narrativo.
Elijo dos jarrones pequeños, comida y una lista de música sin baladas obvias. No intento construir la escena perfecta. Intento crear un lugar donde Victoria pueda marcharse en cualquier momento sin que el gesto se derrumbe. Antes de dormir, recibo otro mensaje.
VICTORIA: Lleva zapatos cómodos.
VÍCTOR: ¿Voy a correr?
VICTORIA: No está permitido.
VÍCTOR: Esa respuesta no tranquiliza.
VICTORIA: Buenas noches, moñas.
VÍCTOR: Buenas noches, psicópata.
Apago la luz pensando que quizá el terror y la romántica comparten algo fundamental: ambos funcionan porque el lector sabe que algo va a ocurrir y aun así decide entrar.
Esa noche pruebo a escribir terror siguiendo algunas reglas de Victoria. Elimino la descripción física del hombre herido, reduzco la tensión romántica y dejo que la protagonista cierre la puerta en vez de entrar.
El capítulo muere. Le envío las páginas. VÍCTOR: Diagnóstico.
VICTORIA: Cobardía narrativa.
VÍCTOR: Me dijiste que no abriera.
VICTORIA: El personaje debe abrir. El autor debe hacer que tenga una buena razón.
VÍCTOR: ¿Cuál?
VICTORIA: Quiere salvar a alguien.
VÍCTOR: Eso suena romántico. Tarda un minuto.
VICTORIA: El amor también sirve para que la gente tome decisiones estúpidas.
VÍCTOR: Voy a enmarcarlo.
VICTORIA: Voy a bloquearte.
Reescribo la escena. Esta vez Clara entra porque oye la voz de su hermana. Funciona.
Victoria no solo entiende el miedo. Entiende que, sin algo que perder, el miedo es ruido.
Yo empiezo a entender que sus novelas siempre han estado llenas de amor. Solo que ella lo llama supervivencia.
La mañana de la grabación, Carmen me envía la ubicación y por fin descubro adónde vamos: una casa del terror llamada El Sanatorio. Victoria ha conseguido mantener el secreto hasta el último momento. Un minuto después, me envía un documento con reglas:
1. No tocar actores.
2. No abandonar el recorrido. 3. No gritar más alto que ella. 4. No utilizar nada en una novela. Añado una quinta:
5. No soltar la mano del compañero.
VICTORIA: Esa regla no existe.
VÍCTOR: Ahora sí.
VICTORIA: Moñas.
VÍCTOR: Psicópata.
Cuando llegamos al aparcamiento, ya he decidido que cumpliré la quinta aunque tenga que fingir que es por miedo.