CAPÍTULO 17
NO HABÍA PÉTALOS
Victoria
La migraña empieza durante la tercera entrevista.
A la quinta, la luz del estudio se ha convertido en una herramienta de tortura y el periodista lleva ocho minutos preguntándonos si la tensión entre nuestros géneros representa «la dicotomía esencial entre Eros y Tánatos».
—Representa que él necesita doscientas páginas para besar y yo veinte para matar —respondo.
Víctor me mira.
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
—Has cerrado un ojo.
—Estoy evaluando la dicotomía.
El periodista se ríe, convencido de que formamos parte de su programa. Cuando termina, Carmen me conduce hacia el coche.
—Hotel —dice—. Te cancelaré la cena.
—No hace falta.
—Llevas diez minutos presionándote la sien.
—Puedo ir.
—Puedes ir a vomitar al baño del restaurante y dar titulares nuevos.
—Eso al menos sería contenido original.
Víctor sale detrás de nosotros. Se ha quitado la chaqueta y lleva las mangas de la camisa dobladas. Me ofrece unas gafas de sol.
—Estamos en un aparcamiento subterráneo —digo.
—Por la luz del hotel.
—No necesito…
—Lo sé.
Me las pone en la mano y se marcha con Helena antes de que pueda devolvérselas. El gesto me acompaña hasta la habitación.
Duermo una hora. Cuando despierto, el dolor ha disminuido, pero tengo hambre. Sobre una mesa hay una bandeja que no estaba al llegar: sopa, pan, una botella de agua, un analgésico todavía dentro del envase y un papel.
«No es romanticismo. Es logística. Come».
No hay flores. No hay velas. No hay una declaración escondida. Solo la comida que siempre pido cuando me duele la cabeza y el medicamento que comenté de pasada con Carmen. La llamo.
—¿Le has dicho a Víctor qué tomo?
—Buenas noches para ti también.
—Carmen.
—Me preguntó si había algo que pudiera ayudarte. Le dije la marca porque eres insoportable cuando te duele la cabeza.
—No tenía que hacerlo.
—Ya. Es un monstruo.
Cuelgo. Como la mitad de la sopa. El analgésico empieza a hacer efecto mientras reviso los mensajes del día.
Hay uno de Víctor enviado veinte minutos después de que Carmen me dejara en el hotel.
VÍCTOR: No hace falta que respondas. Duerme.
Cinco minutos después:
VÍCTOR: La sopa llegará en diez. No contiene flores.
Y otro:
VÍCTOR: Tampoco he escrito una carta. Estoy mejorando.
No respondo. Tampoco borro la conversación. Sobre la bandeja hay una pequeña bolsa con galletas saladas. Reconozco la marca que compró en la cabaña. No pudo pedirla al hotel por casualidad. Ha tenido que llamar, preguntar y explicar qué quería.
Eso es precisamente lo que debería molestarme: la atención, la preparación, el riesgo de que un gesto esconda una expectativa.
Pero Víctor no ha subido. No ha utilizado la comida como excusa para entrar ni ha esperado un agradecimiento. Ni siquiera sabe si la he recibido.
Llaman a la puerta. Mi cuerpo se tensa antes de que recuerde que estoy en un hotel.
—Servicio de habitaciones —dice una voz.
Abro. El camarero trae una segunda botella de agua y un antifaz negro.
—El señor de la habitación doscientos doce pidió que la subieran —explica—. También pidió que no llamáramos ni golpeáramos de nuevo salvo que usted lo solicitara.
Miro el antifaz sobre la bandeja.
—Eso es todo —añade.
El camarero se marcha. Cierro la puerta. Esto ya no es logística. O quizá lo es en la forma más peligrosa: alguien ha escuchado una necesidad y la ha resuelto sin convertirla en espectáculo. Saco del bolso sus gafas de sol. Debí devolvérselas antes. Las dejo junto a la nota.
Me ducho y paso diez minutos caminando por la habitación como una persona que no está tomando una decisión absurda.
Víctor está dos plantas más abajo. No sé su número de habitación. Lo averiguo llamando a recepción con la excusa de devolverle unas gafas.
Cuando golpeo la puerta, abre descalzo y con una camiseta gris. Parece sorprendido.
—¿Estás mejor?
—Has intentado seducirme con caldo.
—Es la primera vez que me acusan de eso.
Entro sin que me invite. La habitación es idéntica a la mía. En la cama hay un portátil, varios folios y mi última novela abierta boca abajo.
—Eso estropea el lomo —digo.
Víctor la recoge. Está llena de notas adhesivas.
—¿Qué has hecho?
—Leer.
—Parece una autopsia.
—He marcado escenas.
—¿Para qué?
—Mañana nos preguntarán por el trabajo del otro en el podcast.
—Podías leer una reseña.
—Prefería tener una opinión.
Paso el pulgar por uno de los pósits. Hay una frase escrita: «Aquí no da miedo la casa. Da miedo que ella quiera quedarse».
Otro: «La hermana miente para protegerla». Otro: «Esto es amor, aunque Victoria se niegue». Levanto la vista.
—Has llenado mi libro de sentimientos.
—Ya estaban ahí.
—No pongas esa voz.
—¿Qué voz?
—La que hace que todo parezca importante.
—Has venido a mi habitación después de recibir una sopa.
—He venido a acusarte.
—Lo estás haciendo muy cerca.
Estamos a menos de un paso. El dolor de cabeza ha desaparecido. O ha cambiado de sitio.
—No había pétalos —digo.
—Pensé que te daban náuseas.
—No he dicho que todos.
Víctor tarda un segundo en comprender.
—Victoria…
—No conviertas esto en una conversación.
—Necesito saber qué es «esto».
—Una decisión mía.
Le sujeto la camiseta y lo beso. Esta vez no es un desafío. No hay vino ni tormenta. Sé exactamente dónde estoy y por qué he venido.
Víctor responde, pero no me arrincona ni toma el control. Sus manos se quedan en mi cintura hasta que yo las guío hacia mi espalda.
El beso se vuelve más profundo. Retrocedemos hasta la pared. Su boca baja a mi cuello y cierro los ojos.
—Dime que pare —murmura.
—No.
—No es una respuesta clara.
Le muerdo el labio.
—No pares.
Los hoyuelos aparecen incluso así.
—Eso sí.
Me levanta apenas, lo justo para que mis pies abandonen el suelo, y un vértigo distinto me atraviesa. Mis manos buscan su nuca. Su respiración se acelera junto a mi oído.
Por un momento quiero dejar que la escena continúe hasta el final. Quiero demostrarme que puedo elegirlo y no perder nada.
Entonces veo el libro sobre la cama, lleno de notas. Pienso en la carpeta de un hombre anterior. En frases mías convertidas en material. En lo rápido que una decisión puede sentirse como una trampa cuando ya estás dentro. Me tenso. Víctor se detiene de inmediato.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Victoria.
—No puedo.
Me baja al suelo. No pregunta por qué.
—Vale.
—No quiero que te enfades.
—No estoy enfadado.
—Tu cara…
—Mi cara está preocupada.
—No necesito que lo esté.
—Entonces solo está aquí.
Se aparta para darme espacio. Yo arreglo mi camiseta y odio que me tiemblen las manos.
—Lo siento.
—No tienes que disculparte por parar.
—He venido yo.
—También puedes irte tú.
No hay reproche. No hay una expectativa cobrada en la puerta. Ese respeto me afecta más que cualquier beso. Miro otra vez mi novela.
—¿De verdad la has leído entera?
—Sí.
—¿Te gustó?
—Mucho.
—La parte del pozo es floja.
—La parte del pozo casi me mata.
—Exagerado.
—Había uñas en la piedra.
—Eran necesarias.
—Eran húmedas.
Me río a pesar de todo. Víctor también. La tensión se afloja, aunque no desaparece.
Víctor no se aleja del todo. Se sienta en el borde de la cama y deja un espacio suficiente para que yo decida si quiero ocuparlo.
—No sé qué ha pasado —dice—. No necesito saberlo ahora. Pero no quiero que salgas de aquí pensando que me has estropeado la noche.
—La he estropeado.
—La noche incluía leer, trabajar y dormir. Las tres cosas siguen disponibles.
—Eres desesperante.
—Eso también sigue disponible.
Me siento a su lado. Durante un rato miramos el libro lleno de notas adhesivas. La habitación ha perdido la tensión física, pero no la intimidad, que resulta más difícil de manejar.
—Puedes quitar las notas que no quieras que conserve —dice.
—El libro es tuyo.
—Las notas hablan de cómo he leído algo tuyo. Si alguna invade un lugar que no quieres compartir, la quito.
Cojo el ejemplar. Leo una tras otra. Algunas son técnicas: «ritmo», «pista demasiado visible», «esto vuelve en el final». Otras me irritan por lo bien que me ha entendido.
En una ha escrito: «Aquí la protagonista no está sola porque sea fuerte. Está sola porque cree que pedir ayuda permitiría que la traicionaran».
Arranco el pósit. Víctor no protesta. Lo doblo y me lo guardo en el bolsillo.
—Pensaba que querías eliminarlo.
—Quiero decidir dónde está.
—Entendido.
Sigo revisando. No retiro ninguno más.
—¿Estás decepcionado? —pregunto al final.
—Sí.
La respuesta me sorprende.
—Podías haber dicho que no.
—Puedo respetar que pares y estar decepcionado porque quería seguir. Las dos cosas no se anulan.
—Eso es incómodamente razonable.
—No quiero fingir que no siento nada para que tú no tengas que sentirte culpable. Tampoco quiero que mi decepción se convierta en presión.
Lo miro. Por primera vez veo el esfuerzo detrás de su calma. No nace de que todo le resulte fácil. Nace de escoger qué hacer con lo que siente.
—Gracias por decir la verdad —murmuro.
—¿Ves? Podemos hablar sin que nadie muera.
—La noche no ha terminado.
Víctor se ríe y el peligro retrocede un poco más. Nos quedamos leyendo en la cama, vestidos y separados por medio metro. A los diez minutos, mi pie toca el suyo. Ninguno lo aparta.
—Vete a dormir —dice—. Mañana tenemos el podcast.
—No me des órdenes.
—Te sugiero que te vayas a dormir.
—Peor.
Camino hasta la puerta. Antes de salir, me vuelvo.
—La sopa estaba bien.
—En tu idioma, una estrella Michelin.
—No te emociones.
—Intentaré contenerme.
Regreso a mi habitación con sus gafas aún en el bolso. No hemos terminado. No sé si la idea me aterra o me alivia.
En mi habitación, dejo las gafas sobre la mesa y abro la novela de Víctor.
Busco la escena que señaló en el podcast y termino leyendo otra distinta: una mujer entra en el dormitorio de un hombre, inicia un beso y se detiene.
Él no se enfada. Le pregunta si necesita espacio y después habla de cualquier otra cosa.
Cierro el libro. No sé si Víctor ha aprendido a reaccionar así escribiendo o si escribe así porque ya sabía hacerlo. La diferencia no importa tanto como pensaba. Le envío un mensaje.
YO: Gracias por la sopa.
VÍCTOR: Era logística.
YO: Y por parar.
Tarda más en responder.
VÍCTOR: Siempre.
Una sola palabra. Ninguna declaración. Me tumbo. Por primera vez, la idea de que un hombre pueda conocer mis límites no se parece a entregarle un mapa para dañarme. Se parece a no tener que vigilar cada puerta sola. Antes de dormir, miro el libro lleno de pósits.
Mañana tendremos que leer fragmentos delante de un micrófono. Ya sé cuál escogeré. No será el de los pétalos. Aunque he vuelto a leerlo dos veces.
Duermo con la novela abierta sobre el pecho y sueño con una habitación llena de flores. En el sueño no hay nadie esperando una respuesta ni una factura escondida. Solo una puerta abierta. Me despierto antes de cruzarla.
A la mañana siguiente, llevo las gafas de Víctor al podcast. Cuando se las entrego, las guarda sin preguntar por qué tardé.
—Te quedan mejor —dice.
—Lo sé.
—Puedes usarlas cuando quieras.
—No voy a necesitar tus cosas.
—Ya tienes una sudadera.
—Prueba judicial.
—Naturalmente.
El intercambio parece el de siempre. Debajo, algo ha cambiado: ya no son objetos suyos invadiendo mi vida. Son pequeños permisos para regresar.