Final feliz (Qué asco) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

UNA CENA QUE NO ES UNA CITA

Víctor

El restaurante tiene manteles blancos, luz cálida y una rosa en cada mesa. Victoria se detiene al verla.

—No es culpa mía —digo.

—Podías haber investigado.

—La reserva no la hice yo.

—Haz que la quiten.

—Es una flor, no un dispositivo de escucha.

—Así empiezan.

El camarero se acerca y Victoria le pide que retire el jarrón con una educación tan perfecta que resulta más amenazadora que su tono habitual. Nos sentamos.

—Cena profesional —dice.

—Lo has repetido cuatro veces.

—Para que quede claro.

—¿A quién?

—A ti.

—Yo no he utilizado la palabra cita.

—Tu cara sí.

—Mi cara tiene hambre.

—Y una expresión demasiado satisfecha.

Pedimos. Victoria elige carne poco hecha y vino tinto. Yo pescado y agua porque conduzco. Ella mira mi copa vacía.

—Puedes beber una.

—No hace falta.

—No voy a aprovecharme de ti.

—Eso me deja más tranquilo.

—En mis libros, una copa nunca es solo una copa.

—En los míos tampoco, aunque por razones distintas.

Durante los primeros minutos hablamos de la firma. Victoria finge que no le importó la chica de las hermanas. Yo finjo que no la vi emocionarse. Después discutimos sobre las adaptaciones audiovisuales y las cubiertas. Resulta fácil. Demasiado.

—¿Cómo elegiste Blackwood? —pregunto.

—Aparecía en una novela que leí de adolescente.

—¿Terror?

—Un misterio gótico. La casa se llamaba Blackwood Hall.

—Así que robaste un apellido.

—Lo homenajeé.

—Yo lo elegí por mi madre. Su autor favorito firmaba con un apellido parecido.

—Los dos somos poco originales.

—Eso explica la coincidencia.

Llega la comida. Victoria prueba mi pescado sin pedir permiso.

—El tuyo está mejor —dice.

—Puedes pedirlo la próxima vez.

Se queda quieta.

—No habrá próxima vez.

—Me refería a la próxima vez que vengas a este restaurante.

—Claro.

—Aunque también podría haber otra cena profesional.

—No alimentes esperanzas.

—No he dicho que sean mías.

Victoria corta la carne.

—¿Siempre haces eso?

—¿Comer?

—Dejar frases abiertas para que la otra persona tenga que decidir qué significan.

—No. A veces las termino y la otra persona decide ignorarlas.

—No estoy ignorando nada.

—Entonces sabes que me gustó besarte.

El cuchillo se detiene.

—Víctor.

—No intento repetirte la escena. Solo respondo a una pregunta.

—No te he preguntado eso.

—Me has preguntado qué significan mis frases.

—Significan que eres un moñas.

—Eso ya lo sabía.

Victoria bebe vino.

—No quiero una relación —dice.

La sinceridad merece la misma respuesta.

—No te he pedido una.

—Pero quieres algo.

—Quiero conocerte sin que cada conversación termine con una amenaza.

—Eso elimina gran parte de mi personalidad.

—Puedo aceptar algunas.

—Generoso.

—Y quiero volver a besarte.

Sus ojos se clavan en los míos.

—Eso no es conocerme.

—No he dicho que sea lo único.

El camarero se acerca a preguntar si todo está bien. Victoria sonríe con una dulzura falsa que debería asustarlo. Cuando se marcha, deja el tenedor.

—Mi ex también empezó queriendo conocerme —dice.

No necesito preguntarle a qué se refiere.

—Ya te conté que leía lo que escribía y que después utilizaba cada detalle para corregirme o hacerme sentir que le debía parte del libro. Lo que no te conté es que una noche encontré un archivo en su ordenador.

—¿Qué había?

—Una escena que yo le había contado. Algo que nos había ocurrido a Inés y a mí.

—¿La publicó?

—No. Ni siquiera terminó la novela. Pero dijo que las ideas no pertenecen a nadie y que yo se la había regalado al contársela.

Comprendo por qué reacciona cada vez que menciono que observo.

—No utilizaré nada tuyo sin preguntarte.

Victoria se ríe sin humor.

—Él también prometía cosas mirándome a la cara.

La respuesta me duele, pero no puedo exigirle que borre años de desconfianza durante una cena.

—No puedo demostrarte esta noche que soy diferente —digo—. Solo comportarme de otra manera el tiempo suficiente para que decidas si me crees.

Victoria pasa el pulgar por el borde de la copa.

—Y tú ya me contaste que tu calma tampoco siempre es inocente.

—No. A veces digo lo razonable para no admitir lo que quiero.

—¿Y qué quieres ahora?

La pregunta me obliga a dejar de esconderme detrás de una explicación.

—Que no me confundas con él. Y que me dejes conocerte, aunque todavía no sepas qué hacer conmigo.

—Eso parece bastante.

—Lo es.

Ella procesa la respuesta con una seriedad que no esperaba.

—Entonces quizá un día tengas que enfadarte conmigo.

—Es bastante probable.

—No lo hagas con una carta.

—Ni con flores.

—Mucho menos con flores.

Por primera vez la confianza no se presenta como algo que ella debe aprender a darme. También implica que yo deje de esconderme detrás del hombre comprensivo que sé interpretar demasiado bien.

—Eso suena escrito.

—No todo lo que digo lo está.

—Lo pensaré.

Es más de lo que esperaba. Dejamos el beso a un lado. Hablamos de su hermana Inés, que roba ropa y lee sus borradores aunque ella lo niegue. Le cuento que mi padre vive en Valencia y cree que internet es una moda pasajera. Victoria se ríe al saber que todavía imprime mis correos.

Antes de que traigan el postre, Victoria retoma una conversación de la cabaña.

—Me dijiste que entregaste tu primera novela seis meses después de que muriera tu madre. ¿La aceptaron enseguida?

—La rechazaron siete veces.

Parece sorprendida.

—Pensaba que habías publicado enseguida.

—La historia oficial suele saltarse las cartas de rechazo.

—¿Cambiaste mucho?

—Todo menos el final.

—Por supuesto.

—Era la única parte que le había prometido.

Victoria deja la cuchara sobre el plato.

—¿Le prometiste a tu madre que acabaría bien?

—La historia que le contaba, sí. No sabía si llegaría a escribirla. Ella me preguntaba cada noche si los protagonistas seguían juntos. Yo decía que sí aunque el día anterior los hubiese separado.

—Hacías trampas.

—Era un narrador poco fiable.

—Eso sí me gusta.

—Cuando terminé el borrador, me di cuenta de que el final no podía ser triste. No porque ella no soportara uno triste. Porque yo necesitaba darle la versión que no pude darle a nosotros.

Victoria baja la mirada.

—Eso no es ingenuidad.

—Nunca he dicho que lo fuera.

—Yo sí.

—Lo sé.

—No vas a hacerme sentir culpable.

—No lo intento.

—Eso a veces lo empeora.

Sonrío.

—¿Y la tuya? Ya me dijiste que él la leyó mientras la escribías.

—La escribí durante una época en la que dormía mal. Él leía cada capítulo y sugería cambios. La protagonista iba a sobrevivir con otra persona, pero me convenció de que el final era más potente si se quedaba sola.

—¿Estabas de acuerdo?

—Entonces sí. Ahora no lo sé.

—Puedes cambiar de opinión sin invalidar el libro.

—No necesito permiso.

—Esa frase vuelve mucho.

Victoria juega con la servilleta.

—Cuando terminé con él, escribí una novela en la que la protagonista quemaba la casa.

—Catártico.

—Las ventas fueron excelentes.

—El dinero enfadado también cuenta.

Se ríe.

—No confundido. Enfadado.

—Nueva categoría editorial.

El camarero trae dos cafés. Victoria prueba el mío porque ha olvidado cuál pidió y decide que prefiere ese. Intercambiamos las tazas.

—Esto sí es íntimo —digo.

—Es cafeína.

—Has bebido donde he bebido yo.

—Te besé en la cabaña.

La frase sale antes de que la controle. Nos quedamos quietos.

—Lo recuerdo.

—No significa que…

—No empieces.

Victoria cierra la boca.

—Tienes razón —dice después—. Ha ocurrido.

Es un avance pequeño. Lo trato como tal.

—Ha ocurrido.

Terminamos los cafés. Al salir, llueve. No una tormenta. Una lluvia fina que convierte las aceras en espejos. Nos quedamos bajo el toldo.

—Esto es demasiado evidente —dice.

—¿Qué cosa?

—La lluvia. Un restaurante. Nosotros.

—Podemos esperar.

—En tus novelas ya estarían besándose.

—En mis novelas él sabría si ella quiere.

Victoria me observa. Durante un segundo creo que va a acercarse. No lo hace. Yo tampoco. Pido un coche para ella. Cuando llega, abro la puerta.

—Gracias por la cena profesional —dice.

—Gracias por no matar a nadie.

—La noche no ha terminado.

Entra. Antes de cerrar, me inclino.

—No te he besado porque no quería que pensaras que estaba siguiendo una escena.

Victoria me mira desde el asiento.

—¿Y si quería que la siguieras?

La puerta se cierra antes de que responda. El coche arranca. Me quedo bajo la lluvia, riéndome solo. Victoria Blackwood lleva días huyendo de todo lo que siente.

Acaba de dejar una puerta abierta. Y esta vez pienso cruzarla únicamente cuando ella me invite.

El coche de Victoria desaparece y yo sigo bajo el toldo hasta que la lluvia moja los hombros de mi chaqueta. En casa encuentro un mensaje.

VICTORIA: Has olvidado las gafas.

VÍCTOR: Te las presté.

VICTORIA: Entonces las devolveré.

VÍCTOR: Puedes quedártelas.

VICTORIA: No colecciono objetos tuyos.

Pienso en la sudadera.

VÍCTOR: Claro.

No responde durante cinco minutos.

VICTORIA: La sudadera es una prueba.

VÍCTOR: Y las gafas, logística.

VICTORIA: Exacto.

VÍCTOR: Me alegra que nos entendamos.

VICTORIA: No exageres.

Dejo el móvil y abro el manuscrito. Daniel y María están bajo la lluvia. En la versión anterior se besaban. Ahora escribo que él le pide un coche y la deja marcharse porque sabe que convertir el momento en una escena perfecta sería otra forma de no verla.

La página funciona mejor. A veces escribir romántica consiste en saber cuándo no besar. Eso no significa que resulte fácil. Al día siguiente, encuentro una fotografía de la cena en redes. No estamos besándonos ni tocándonos. Solo nos miramos desde lados opuestos de la mesa.

El texto dice: «La tensión es un género propio». Se la envío a Victoria.

VÍCTOR: Al menos no han confundido los libros.

VICTORIA: Dales tiempo.

VÍCTOR: ¿La cena siguió sin ser una cita?

La respuesta tarda.

VICTORIA: Profesionalmente tolerable.

Guardo la frase. No en una carpeta. En la conversación, donde también le pertenece a ella.