Final feliz (Qué asco) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

MI ENEMIGO TIENE LECTORAS

Victoria

La fila da dos vueltas alrededor de la librería. No todas las personas vienen a vernos a los dos. Algunas sostienen cubiertas negras. Otras, colores pastel. Muchas llevan una de cada, como si estuvieran participando en un experimento social. El cartel sobre la mesa dice:

V. BLACKWOOD + V. BLACKWOOD

AMOR Y MUERTE

Debajo han añadido una frase con rotulador: «No, no son la misma persona».

—Esto es humillante —digo.

Víctor coloca dos bolígrafos frente a él.

—Es informativo.

—Parece un espectáculo de feria.

—Tú eres la mujer de los cadáveres y yo el señor de los pétalos. Podría ser peor.

—No les des ideas.

La librera abre las puertas. Durante la primera hora apenas tenemos tiempo para hablar. Firmo ejemplares, escucho teorías sobre mis finales y respondo la misma pregunta siete veces: no, no tengo previsto escribir romántica. Una chica de dieciséis años se acerca con Bajo la piel pegado al pecho.

—Mi hermana y yo lo leímos juntas —dice—. Nos hizo hablar de cosas que nunca habíamos hablado.

La frase me obliga a detenerme.

—Gracias por contármelo.

—¿Puedes poner «Para Lucía y Emma, que siempre respondan a la llamada»?

Es la frase central de la novela. Firmo despacio. Cuando levanto la vista, Víctor me observa desde el asiento de al lado. No sonríe ni convierte el momento en algo público. Solo asiente una vez. La siguiente lectora trae tres libros suyos.

—El primero me acompañó durante el divorcio —le dice—. Sé que suena tonto, pero me ayudó a pensar que no se había terminado todo.

—No suena tonto —responde Víctor—. Gracias por dejarme estar allí.

No utiliza una frase preparada. Le pregunta cómo está ahora, escucha la respuesta y recuerda haberla visto en una presentación anterior. Luego llega un hombre con una novela mía.

—Mi mujer me obligó a leerla —dice—. No está mal.

—Me tranquiliza contar con su aprobación.

Él no detecta el tono.

—Yo leo cosas más serias, novela histórica, ensayo… Esto del terror y la romántica son entretenimientos.

Mira a Víctor.

—Sobre todo lo tuyo. No sé cómo aguantas escribir para amas de casa.

El aire cambia. Víctor deja el bolígrafo.

—No tengo que aguantar nada —dice—. Escribo para quien quiera leerme.

—Ya, hombre. No te ofendas. Solo digo que no es literatura de verdad.

—¿Ha leído alguno? —pregunto.

El hombre se vuelve hacia mí.

—No hace falta. Se sabe cómo son.

—Entonces no está opinando sobre libros. Está opinando sobre mujeres.

—No he dicho eso.

—Ha llamado «amas de casa» a cientos de lectoras como si fuese un insulto y ha decidido que lo que les emociona no puede ser literatura. Es una postura bastante cómoda para alguien que no se ha molestado en leer una página.

La fila se queda en silencio. El hombre se pone rojo.

—Solo era una broma.

—Las bromas suelen tener una parte divertida.

—Victoria —murmura Carmen desde detrás.

—¿Qué? Estoy siendo amable.

El hombre recoge su libro sin esperar la firma y se marcha. La chica siguiente intenta ocultar una sonrisa.

—Yo soy ama de casa —dice—. Y leo muchísimo.

—Entonces sabe más de libros que él —respondo.

La fila aplaude. Carmen se lleva una mano a la frente. Víctor me mira como si acabara de hacer algo incomprensible.

—Firma —le digo.

Obedece. Dos horas después, la librería cierra. Nos quedamos rodeados de vasos vacíos, papeles y pilas de ejemplares. Me duelen los dedos.

La librera nos deja diez minutos sin lectoras mientras el equipo recoge. Víctor flexiona la mano derecha y hace una mueca que intenta ocultar.

—Te duele.

—He firmado cuatrocientos libros.

—Trescientos setenta y dos.

—¿Los has contado?

—Carmen lleva una hoja. La he visto.

Busco en mi bolso y saco una pequeña bolsa de frío instantáneo que llevo para las migrañas. La activo y se la tiendo.

—No necesito que me cuides —dice.

La frase imita la mía con tanta exactitud que considero recuperarla.

—No estoy construyendo una deuda. Estoy evitando que mañana firmes como un niño de cinco años.

Víctor acepta la bolsa.

—Empiezas a parecerte a uno de mis personajes.

—Tus personajes habrían bordado su nombre en la funda.

—Eso ocurre en histórica.

—No conozco tus subgéneros.

—Has leído cuatro libros.

—Eran pruebas periciales.

Se apoya contra la mesa, más cansado de lo que ha dejado ver delante de las lectoras.

—Lo de ese hombre me molesta menos que antes —dice—. Lo que me sigue molestando es que a veces yo mismo intento demostrar que la romántica merece respeto hablando como si tuviera que pedir permiso por escribirla.

—Hoy no lo has hecho.

—Porque no me has dejado tiempo.

—Eficiencia editorial.

—Gracias, Victoria.

Esta vez no esquivo el agradecimiento.

—De nada.

El silencio posterior no necesita una broma inmediata. Eso también es nuevo. Víctor me alcanza una botella de agua.

—Gracias.

—No ha sido nada.

—Me refería a lo de antes.

—También nada.

—Lo defendiste mejor que yo.

—Defendí el género.

—El género que te provoca una obstrucción intestinal.

—Una cosa es que yo te llame moñas y otra que lo haga alguien que no ha leído ni la contraportada.

Sonríe, y esta vez no consigo considerar el gesto una provocación.

—Qué romántico.

—Retíralo.

—Has protegido mi honor.

—He protegido a las lectoras.

—Y mi honor.

—No tienes.

—Entonces has protegido un concepto abstracto. Es incluso más bonito.

Le doy un golpe con la botella en el brazo. Víctor la atrapa antes de que caiga. Quedamos muy cerca. La librería está casi vacía. Carmen habla con la encargada al fondo. Helena responde mensajes junto a la puerta.

—No vuelvas a mirarme así —digo.

—¿Cómo?

—Como si hubiera hecho algo especial.

—Lo has hecho.

—Le habría respondido aunque tú no estuvieras.

—Te creo.

—Entonces deja de sonreír.

—No puedo controlar los hoyuelos.

La botella sigue entre nuestras manos.

—Lo de la cabaña no se repite —digo.

Víctor suelta el plástico.

—Bien.

La rapidez de la respuesta me irrita.

—¿Bien?

—Me has pedido que no juegue contigo. No lo haré.

—No te estoy pidiendo que…

—¿Que qué?

No tengo una respuesta que no resulte ridícula. Carmen se acerca.

—La cena de prensa se ha cancelado. Los periodistas han tenido que marcharse antes de tiempo.

—Perfecto —digo.

—No tanto. Hay una mesa reservada y la factura está pagada. Podéis ir vosotros.

—No.

Víctor me mira.

—Tengo hambre.

—Come en tu casa.

—Está a cuarenta minutos y el restaurante a dos calles.

—No es una cita —dice Carmen.

La miro.

—Nadie ha dicho que lo fuera.

—Tu cara sí.

Víctor suelta una risa.

—No empieces —le advierto.

—Solo camino hacia el restaurante.

—No he aceptado.

—La cena está pagada.

—Eso no me obliga.

Mi estómago interviene con una falta de lealtad recurrente. Víctor arquea una ceja.

—Es una protesta —digo.

—Muy articulada.

La frase de la cabaña nos devuelve a ambos al mismo recuerdo.

Carmen sonríe y se aleja antes de que pueda asesinarla.

Me pongo el abrigo. Víctor guarda los últimos bolígrafos y ayuda a una empleada a mover una caja sin que nadie se lo pida.

Una lectora rezagada aparece corriendo con un ejemplar de mi novela y uno suyo.

—Perdón, el metro se paró —dice, sin aliento—. Solo quería daros las gracias. Mi novio y yo leemos juntos. Él empezó por Victoria y yo por Víctor. Ahora discutimos sobre quién escribe mejor.

—Tú tienes razón —le digo.

—No sabes a quién ha elegido —señala Víctor.

—Es evidente.

La chica ríe.

—No hemos elegido. Nos gustan los dos por cosas distintas.

Firmamos ambos ejemplares. Cuando se marcha, Víctor me mira.

—Por cosas distintas.

—No empieces a extraer moralejas.

—Es nuestro argumento entero.

—Nuestro argumento es que tienes que cambiarte el nombre.

—Creía que habíamos avanzado.

—Nunca.

Antes de que Carmen vuelva a mencionar la mesa, una empleada nos entrega una caja con dos ejemplares defectuosos. En uno, mi nombre aparece impreso en la cubierta rosa de Víctor; en el otro, el suyo figura sobre mi casa oscura.

—Esto merece conservarse —dice Víctor.

—Merece una reclamación.

—Podríamos firmarlos y subastarlos para una causa benéfica.

La idea es buena. Lo odio por eso.

—Solo si queda claro que es un error.

—El error es la gracia.

—No todo tiene que convertirse en una historia bonita.

—No. Pero algunas equivocaciones pueden servir para algo.

Guardo los libros en la caja.

—Lo pensaré.

Víctor sonríe como si ya supiera que he aceptado. No le digo que la posibilidad de construir algo juntos empieza a parecerse menos a una amenaza. Carmen vuelve a mencionar la mesa pagada. Mi estómago protesta.

—Una cena —digo—. Profesional.

—Por supuesto.

—No es una cita.

—Nunca.

—Y no habrá flores.

—Pediré que retiren la ensalada.

Camino hacia la salida. Víctor abre la puerta de la librería y me deja pasar.

—Moñas —murmuro.

—Psicópata.

La noche de Madrid está húmeda y fría. No es una cita.

El problema es que mi cuerpo no parece haber recibido el comunicado.

Caminamos las dos calles hasta el restaurante.

Víctor reduce el paso para adaptarse a mis tacones sin comentarlo.

A mitad de camino, dos chicas lo reconocen y piden una fotografía.

—¿Puedes hacérnosla? —me pregunta una.

Me entrega el móvil sin reconocerme.

—Claro.

Víctor posa entre ellas. Las dos sostienen Siempre serás tú y hablan a la vez sobre la escena del aeropuerto. Él escucha, agradece y pregunta sus nombres. Después una de ellas me mira mejor.

—Espera. Tú eres Victoria.

—A veces.

La chica abre la boca.

—¿Estáis juntos?

—No —respondo.

—Vamos a cenar —dice Víctor al mismo tiempo.

Las dos se miran, encantadas con la contradicción.

—Es una cena profesional —aclaro.

—Claro —dice una con una sonrisa que no cree nada.

Me piden otra fotografía, esta vez con los tres. Acepto porque negarme generaría más contenido que posar. Cuando terminamos, Víctor les firma los libros. Una me pide que añada algo.

—No son míos.

—Ya, pero sería divertido.

Escribo bajo su firma: «El aeropuerto habría sido un buen lugar para esconder el cuerpo». La chica lee y ríe.

—Sois perfectos juntos.

—No —digo.

—Gracias —dice Víctor.

Seguimos caminando.

—No tenías que agradecerlo.

—Era un cumplido.

—Era una conclusión errónea.

—Como la entrevista de esta mañana.

—Aquello fue negligencia.

—Esto es observación.

—¿Qué observan? ¿Que caminamos en la misma dirección?

—Que me has defendido, has firmado mi libro y vas a cenar conmigo.

—Todo profesional.

—También llevas mi sudadera en el bolso.

Me detengo.

—¿Cómo lo sabes?

—Sobresale una manga.

Miro. La tela crema asoma por la cremallera porque Inés la metió después de sacarla del cajón.

—Pensaba devolvértela.

—Puedes quedártela.

—No quiero.

—Entonces dámela.

Aprieto el bolso contra el cuerpo.

—Ahora no.

—Naturalmente.

Al llegar al restaurante, Víctor retira el paraguas para que yo pase primero. Su hombro se moja.

—Podías cubrirte —digo.

—Podía.

—No necesito que te mojes por mí.

—No lo he hecho por ti. La puerta es estrecha.

—Mientes fatal.

—Estoy aprendiendo de ti.

Abre la puerta. La luz cálida cae sobre la acera.

—Después de ti.

—Eso también es una maniobra romántica.

—Es una puerta pesada.

—Siempre tienes una explicación.

—Y tú una sospecha.

Entramos discutiendo. El camarero nos conduce a una mesa para dos y enciende una vela. Ninguno pide que la apague.