CAPÍTULO 14
AMOR Y MUERTE
Víctor
Helena deja una carpeta rosa y negra sobre la mesa de reuniones. En la portada se lee AMOR Y MUERTE. Victoria, sentada frente a mí, la mira como si contuviera pruebas de un crimen.
—No —dice.
Aún nadie ha explicado la propuesta. Carmen se masajea la sien.
—Podemos escuchar antes de asesinarla.
—El título ya es culpable.
—A mí me gusta —digo.
Victoria me lanza una mirada.
No nos hemos visto desde la cabaña. Solo hemos intercambiado unos mensajes.
Llegó hace cinco minutos, vestida de negro, con el pelo recogido y la distancia reconstruida a la perfección.
Si no supiera cómo respira después de un beso, podría creer que los últimos días fueron una alucinación provocada por el monóxido de carbono.
Helena abre la carpeta.
—La atención que ha generado la confusión nos permite hacer algo que llevamos años intentando: diferenciar vuestras marcas de forma definitiva.
—¿Vistiéndonos de matrimonio literario? —pregunta Victoria.
—No —responde Carmen—. Organizando una campaña conjunta limitada.
La directora de marketing proyecta una diapositiva. Dos cubiertas aparecen divididas por una línea: a la izquierda, una casa oscura; a la derecha, una pareja bajo luces cálidas. En medio, las dos firmas idénticas.
—Queremos convertir el problema en una explicación clara —dice—. Durante seis semanas, participaríais en entrevistas, una firma conjunta, dos vídeos, un podcast y una mesa redonda en el Festival Letras de Otoño. El lema sería: «Mismo nombre. Historias que no podrían ser más distintas».
—Puedo grabar un vídeo sola explicando que no soy él —dice Victoria.
—Llevas años explicándolo —responde Carmen—. Nadie escucha hasta que os ve juntos.
—Eso parece un problema de la gente.
—Que afecta a tus ventas, tus fichas y tus eventos.
Helena interviene.
—A cambio, las dos editoriales asumirán el coste de nuevas identidades visuales, revisión de metadatos y comunicación directa con las principales plataformas y librerías.
Victoria deja de mover el bolígrafo. Es exactamente lo que quería.
—¿Y qué ganáis vosotros? —pregunta.
—Ventas —dice Helena sin fingir altruismo—. Y la oportunidad de solucionar algo que también nos genera devoluciones y errores.
—No habrá relación falsa —añado.
Todas las miradas van hacia mí.
—No sé qué habéis pensado —continúo—, pero no pienso fingir que Victoria y yo estamos juntos.
Ella arquea una ceja.
—Tranquilo. Sobreviviré a la decepción.
—Lo digo porque las redes ya lo sugieren.
—Las redes también creen que escondo un cadáver en cada ciudad que visito.
—¿No es verdad? —pregunta Carmen.
Victoria la ignora. La directora de marketing pasa a la siguiente diapositiva. Fechas, eventos, objetivos. Todo parece profesional. Nada menciona romances inventados.
—¿Podemos mantener el tono de rivalidad? —pregunta Helena—. Sin agresiones reales.
—No sé hablarle de otra manera —dice Victoria.
—Eso resulta evidente —respondo.
Debajo de la mesa, su zapato golpea el mío. No sé si ha sido intencionado. Decido creer que sí. Firmamos un acuerdo preliminar. Victoria exige derecho de aprobación sobre cualquier frase que utilice su imagen. Yo pido lo mismo. Carmen añade una cláusula que prohíbe sugerir una relación sentimental.
Antes de salir de la sala, Carmen nos hace sentarnos a los dos con una hoja en blanco.
—No son cláusulas legales —explica—. Son límites prácticos. Quiero que escribáis qué no puede utilizar la campaña aunque ocurra delante del equipo.
Victoria toma el bolígrafo primero.
—Nada de dormitorios, hoteles ni la cabaña.
—De acuerdo —digo.
—Nada de mensajes privados.
—De acuerdo.
—Nada de frases que uno diga cuando no sabe que hay alguien grabando.
La directora de marketing protesta desde el otro lado de la mesa.
—Eso elimina la espontaneidad.
—Elimina el espionaje —responde Victoria.
Yo añado debajo: «Nada que haga parecer que Victoria me debe una respuesta sentimental por participar en la campaña». Ella lee la frase dos veces.
—No necesito que me protejas de una pregunta.
—No te protejo. Estoy diciendo qué no quiero que hagan conmigo.
Eso la desarma lo suficiente para que deje el bolígrafo.
—Entonces añade que tampoco usarán mi rechazo como parte de una narrativa en la que tú eres el pobre romántico paciente.
Lo escribo. Carmen observa la lista.
—Esto es lo más adulto que os he visto hacer juntos.
—Llevas viéndonos juntos menos de una hora —digo.
—Precisamente.
Firmamos los dos al pie. No es un contrato sobre lo que sentimos, solo sobre lo que pertenece al público.
Aun así, cuando Victoria guarda una copia en su bolso, entiendo que la confianza con ella no se construirá mediante declaraciones.
Se construirá con acuerdos que pueda comprobar sin deberme nada.
—Gracias, Carmen —dice Victoria.
—No lo hago por ti —responde Carmen—. Lo hago porque no quiero gestionar la demanda cuando decidas que una mirada en un cartel constituye difamación.
La primera acción será una sesión fotográfica esa misma tarde.
—¿Hoy? —pregunta Victoria.
—Ya están preparando el estudio —dice Helena.
—Llevo cuatro noches durmiendo en una cabaña.
—No se nota —digo.
Ella me mira.
—No era un cumplido —añado.
—Qué alivio.
En el estudio, nos colocan frente a un fondo gris. Victoria sostiene su novela. Yo, la mía. El fotógrafo prueba varias posiciones y termina frustrado.
—Demasiado separados —dice—. Acercaos.
Victoria da medio paso.
—Más.
Otro medio.
—Víctor, gira el cuerpo hacia ella.
Obedezco.
—Victoria, míralo.
—Preferiría mirar a cámara.
—Necesito algunas con interacción.
Ella levanta los ojos hacia mí. El estudio desaparece durante un instante. Recuerdo el fuego, su mano en mi nuca y la forma en que intentó negar el beso antes de dejar de temblar. La cámara dispara varias veces.
—Eso —dice el fotógrafo—. No os mováis.
Victoria baja la voz.
—Deja de mirarme así.
—Me han dado instrucciones.
—Pareces estar pensando.
—Es un riesgo profesional.
—Piensa en tu novela.
—Lo estoy haciendo.
La cámara vuelve a disparar.
—Perfecto —dice el fotógrafo—. Ahora acerca la mano a su cintura, Víctor.
Victoria se tensa. No la toco.
—¿Puedo? —pregunto.
Sus ojos cambian. Solo un instante.
—Sí.
Coloco la mano sin apretar. Ella apoya la suya sobre mi pecho, siguiendo otra indicación. La postura es artificial, pero el calor bajo mis dedos no.
Al terminar, una periodista invitada para grabar contenido rápido nos espera junto al decorado.
—Solo dos preguntas —dice—. La primera: ¿qué es lo peor del género del otro?
Victoria responde antes.
—La falsa promesa de que todo se arregla con un beso.
—En mis libros nunca se arregla solo con un beso —digo.
—Hay muchos.
—Ayudan.
La periodista ríe.
—¿Y para ti, Víctor?
—Que Victoria describe sonidos que nadie necesitaba imaginar.
—Eran necesarios.
—Eran húmedos.
La periodista vuelve a reír.
—Segunda. ¿Podríais enamoraros de alguien que escribiera el género contrario?
Victoria ni parpadea.
—Prefiero un final abierto.
La periodista me mira. Podría responder con una broma neutra. En cambio, miro a Victoria.
—Yo todavía estoy escribiendo el segundo acto.
El silencio dura apenas un segundo antes de que el equipo reaccione con murmullos y risas. Victoria continúa sonriendo a cámara. Solo yo veo la advertencia en sus ojos. Cuando termina la grabación, me arrastra hasta un rincón.
—¿Qué ha sido eso?
—Una respuesta.
—Una respuesta que parece una declaración.
—No he declarado nada.
—Has mirado directamente hacia mí.
—Estabas delante.
—Víctor.
—Victoria.
—Acordamos no alimentar los rumores.
—He hablado de un segundo acto. Puede ser literario.
—Nadie va a interpretarlo así.
—Tú sí.
Se queda quieta.
—No juegues conmigo.
La frase no suena enfadada. Suena asustada.
—No lo hago —respondo—. Precisamente por eso te pregunté antes de tocarte.
Victoria mira alrededor. El estudio está lleno de gente, pero por primera vez parece que estamos solos.
—Esto es una campaña —dice.
—Sí.
—Lo de la cabaña terminó.
—Si necesitas que termine, dilo.
Abre la boca. No dice nada. Carmen la llama desde la puerta. Victoria se marcha sin responder. A los diez minutos, el fragmento de la entrevista ya está publicado. La frase del segundo acto empieza a compartirse. Helena me enseña el teléfono.
—Las redes se han vuelto locas.
—Lo imaginaba.
—¿Ha sido intencionado?
Miro a Victoria al otro lado del estudio. Está revisando fotografías con Carmen y evita mirarme.
—No del todo.
Helena suspira.
—Eso suele ser peor.
Tiene razón. Después de la sesión, el equipo nos lleva a una sala donde han preparado comida. Victoria se sienta en el extremo opuesto de la mesa. Durante diez minutos atiende llamadas, revisa fotografías y evita cualquier conversación que no pueda archivarse como profesional.
La directora de marketing proyecta los primeros resultados.
—El clip del segundo acto tiene cuatrocientas mil reproducciones en media hora.
Victoria deja el tenedor.
—Quiero aprobar los textos antes de que se publiquen.
—Ya estaban aprobados —responde Carmen.
—No esa frase.
—Porque fue espontánea.
—Entonces debería eliminarse.
—No podemos retirar todo lo espontáneo —dice Helena—. Esa es precisamente la parte que funciona.
—¿Funciona para qué?
—Para que la gente vea que sois personas, no dos fichas confundidas.
Victoria me mira.
—Tú estás disfrutando.
—Me gusta que la gente hable de libros.
—Habla de si vas a besarme.
La mesa guarda un silencio absoluto. Carmen bebe agua para ocultar una sonrisa.
—No he dicho que vaya a hacerlo —respondo.
—Has dicho que escribes el segundo acto.
—Puede acabar con un giro de terror.
—Acabará si no aprendes a callarte.
La directora de marketing toma notas.
—Eso último también sería bueno para redes.
—Como lo publiques, te demandaré —dice Victoria.
—No estaba grabando.
—Todo el mundo graba.
Su reacción es más intensa de lo que exige la broma. Recuerdo lo que contó de su ex y el archivo. Bajo el tono.
—No voy a publicar nada privado —digo.
Victoria me estudia un instante y asiente. La reunión continúa con fechas y desplazamientos. Nos asignan un vehículo compartido para dos eventos. Victoria protesta. Carmen explica que no pagarán dos coches para ir al mismo sitio.
—Puedo conducir —dice ella.
—No —respondemos Helena y yo a la vez.
Victoria me señala con el tenedor.
—La cuneta fue culpa del barro.
—Naturalmente.
—Y tú no conduces mi coche.
—No quiero conducir tu coche.
—Bien.
—Prefiero llegar vivo en uno con conductor.
Me lanza una servilleta. El ambiente se relaja. Después del postre, Victoria se queda junto a la ventana mientras Carmen firma unos documentos. Me acerco, pero mantengo distancia.
—No pretendía presionarte con la respuesta —digo.
—Lo hiciste.
—Lo siento.
—No hace falta que pidas perdón por cada cosa.
—Por las que hago, sí.
—No sé qué hacer contigo cuando respondes así.
—Puedes aceptar la disculpa.
—Eso suena demasiado fácil.
—A veces lo es.
Victoria mira su reflejo en el cristal.
—No quiero que lo de la cabaña se convierta en una historia para otros.
—No se convertirá.
—Ya hay una fotografía.
—Una fotografía no sabe qué ocurrió.
—La gente inventará.
—No podemos impedirlo. Podemos decidir qué les damos nosotros.
Se vuelve.
—No les damos nada.
—De acuerdo.
—¿Así de fácil?
—Sí.
Victoria parece enfadarse con la ausencia de pelea.
—Te veré en la firma —dice.
—Allí estaré.
Se marcha con Carmen. Yo recojo mi abrigo. En el bolsillo encuentro un papel doblado. Es una copia de la fotografía en la que mi mano está junto a su cintura. Alguien del equipo la ha impreso como prueba de color. Victoria mira a cámara. Yo la miro a ella. Guardo la foto dentro de la carpeta.
No para publicarla. Porque, aunque no vaya a decirlo todavía, ya sé qué parte del segundo acto estoy escribiendo.
Las mejores frases de mis novelas aparecen cuando el personaje dice algo antes de comprender cuánto significa.
Esa noche, Helena me envía las fotografías seleccionadas. En casi todas discutimos, sonreímos o sostenemos libros. En una, Victoria no mira a cámara. Mira mi mano junto a su cintura. Dudo antes de enviársela.
VÍCTOR: Marketing quiere usar esta.
La respuesta tarda.
VICTORIA: No.
VÍCTOR: De acuerdo.
VICTORIA: La segunda es mejor.
Abro la segunda. Estamos espalda contra espalda, cada uno con su libro. Es divertida, clara y segura.
VÍCTOR: Aprobada.
VICTORIA: ¿Has guardado la otra?
Miro la primera imagen.
VÍCTOR: Está en la carpeta de la sesión.
VICTORIA: No la uses.
VÍCTOR: No lo haré.
Tres minutos después:
VICTORIA: No he dicho que la borres.
Sonrío.
VÍCTOR: Buenas noches, Victoria.
VICTORIA: No pongas esa cara.
VÍCTOR: No puedes verla.
VICTORIA: Sé que tienes hoyuelos.
Guardo el teléfono. La campaña acaba de empezar y ya sé que lo más difícil no será fingir rivalidad.
Será respetar la distancia que pide sin ignorar todas las veces que me pregunta si sigo al otro lado.
Antes de dormir, reviso los comentarios del vídeo. La mayoría son bromas, montajes y frases sobre enemies to lovers. Uno dice: «Él la mira como si ya supiera el final».
Cierro la aplicación. No sé el final. Ni siquiera sé si Victoria permitirá que exista una historia fuera de las cámaras.
Pero sé cómo la miré. A veces el cuerpo escribe una frase antes de que la cabeza decida si quiere publicarla.