CAPÍTULO 13
NO PIENSO VOLVER A BESARLO
Victoria
La grúa llega a las ocho y cuarto de la mañana.
El conductor se llama Julián, tiene una barba gris que le cubre media cara y reconoce a Víctor antes de bajar del vehículo.
—Mi mujer lee todos tus libros —dice, estrechándole la mano—. Yo también alguno, no te voy a engañar.
—Gracias.
—El de la pastelería me dejó hecho polvo.
Víctor sonríe.
—A mí también mientras lo escribía.
Julián me mira.
—¿Y tú eres…?
—La otra.
Su expresión se ilumina.
—¡La de los cadáveres!
—Eso parece.
—Mi hija no duerme desde que leyó la del sótano.
—Me alegra haber contribuido a su descanso.
Víctor se tapa la boca para ocultar una sonrisa. Hace menos de diez horas esa boca estaba sobre la mía. No pienso volver a besarlo.
No porque no haya sido bueno. Ese es precisamente el problema. Un beso mediocre se archiva sin esfuerzo. Uno capaz de hacerte olvidar que detestas al hombre que tienes delante requiere medidas de contención.
Julián empieza a dar instrucciones sobre el coche. El camino ya está despejado y el terreno se ha asentado lo suficiente para tirar del vehículo sin arrastrarlo hacia la cuneta.
Víctor lleva mi maleta pequeña. Yo llevo el bolso, el portátil y la sudadera doblada dentro de una bolsa.
No he robado la sudadera. Víctor me vio meterla en la bolsa y no intentó impedirlo. Además, constituye una prueba del secuestro.
El cielo está despejado y la luz rebota en los charcos. Entrecierro los ojos. Víctor me tiende sus gafas de sol.
—Las tuyas siguen en el coche.
Las guardo en el bolso porque discutir delante de Julián sería darle demasiada información.
—¿Seguro que no quieres que conduzca yo hasta la carretera principal? —pregunta.
—Seguro.
—El volante podría estar desalineado.
—Julián acaba de revisarlo.
—Solo intento ayudar.
—Ya has ayudado.
La frase sale más brusca de lo necesario. Víctor asiente y no insiste. Eso me molesta de un modo distinto. Julián consigue sacar el coche. Cuando el motor arranca, siento alivio. También una punzada absurda, como si la puerta de la cabaña se cerrara antes de que yo haya decidido salir.
—Bueno —dice Víctor—. Supongo que ahora sí puedes volver a tu vida.
—Nunca salí de ella.
—Claro.
—Lo de anoche…
Sus ojos se clavan en los míos.
—No hace falta hablarlo delante de Julián.
El conductor está a diez metros, recogiendo una cadena y tarareando.
—No iba a hablarlo.
—Perfecto.
—Solo iba a decir que no cambia nada.
—También perfecto.
Odio la calma con la que responde.
—Seguimos teniendo un problema.
—El nombre.
—Exacto.
—Pensaba que te referías a la tortilla.
—No vuelvas a hacer bromas sobre esto.
—¿Sobre el nombre o sobre la tortilla?
—Sobre anoche.
Su expresión pierde el humor.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
—Pero tampoco voy a aceptar que lo trates como si me hubieras confundido con una pared.
—No he dicho eso.
—No hace falta. Llevas toda la mañana intentando convencerte de que no estabas allí.
—Tú no sabes lo que intento.
—No. Solo veo lo que haces.
Julián cierra el compartimento de la grúa.
—Cuando quieras, puedes salir detrás de mí —me dice—. Hay barro, pero despacio no tendrás problema.
—Gracias.
Abro la puerta del coche. Víctor me entrega la maleta.
—Conduce con cuidado.
—Sé conducir.
—Eso dijiste antes de la cuneta.
Lo miro. Él sonríe apenas.
—Adiós, Victoria.
—Nos veremos en la reunión.
—Eso parece.
Entro en el coche y cierro. Mientras sigo a la grúa, no miro por el retrovisor hasta la primera curva.
Víctor continúa en mitad del camino, con las manos en los bolsillos.
Desaparece detrás de los árboles. El móvil recupera cobertura de golpe y empieza a vibrar como si intentara abandonar el salpicadero.
Cuarenta y nueve mensajes. Doce llamadas perdidas. Una cantidad obscena de menciones. Marco a Carmen. Responde antes del primer tono completo.
—¿Estás viva?
—Por desgracia para algunos.
—¿Él?
—También.
—Gracias a Dios. Helena lleva varios días preguntándome si debería avisar a la policía.
—Su confianza en mí resulta ofensiva.
—¿Qué ha pasado?
—Una tormenta.
—Ya sé lo de la tormenta. Quiero saber qué ha pasado entre vosotros.
—Nada.
El silencio de Carmen dura demasiado.
—¿Qué?
—Has dicho «nada» con voz de «he cometido un error que no pienso reconocer».
—No tengo una voz para eso.
—La conozco desde tu segundo contrato.
—No ha pasado nada.
—¿Le has convencido para cambiarse el nombre?
—No.
—¿Él a ti?
—Ni de broma.
—Entonces sí ha pasado algo. De lo contrario estarías insultándolo.
—Es un moñas.
—Demasiado rápido. Estás improvisando.
—Carmen.
—Vale. Lo aparcamos. Tenemos un problema más urgente.
—¿Cuál?
—Vuestro vídeo supera los tres millones de reproducciones.
—¿Qué vídeo?
—El de la entrevista. Alguien lo ha unido con una grabación tuya entrando en la editorial de Lumenia. Luego apareció una foto de tu coche junto a la cabaña y otra de vosotros cuando salíais.
Reduzco la velocidad.
—¿Quién hizo esa foto?
—Un chico que trabaja en una finca cercana. No sabía quién eras; publicó que los dos V. Blackwood estaban juntos durante la tormenta. Ahora las redes creen que lleváis meses fingiendo una rivalidad para ocultar una relación.
—Eso es absurdo.
—Sí. También vende.
—No quiero que venda.
—Las reservas de tus libros han subido un treinta y uno por ciento desde ayer.
—Por una mentira.
—Por curiosidad. La mentira podemos corregirla.
—Hazlo.
—Después de la reunión.
—¿Qué reunión?
—Esta tarde, a las cinco. Tu editorial, la de él, Helena, yo, dos personas de marketing y posiblemente alguien de prensa.
—No.
—Victoria.
—Acabo de pasar cuatro noches encerrada con ese hombre.
—Y, por tu tono, el encierro no fue el verdadero problema.
—No voy a convertirlo en promoción.
—Nadie ha dicho eso.
—Lo estás pensando.
—Estoy pensando que la confusión lleva años perjudicándoos y ahora, por primera vez, tenemos la atención suficiente para arreglarla.
—Sin explotarnos.
—Sin explotarte. Lo prometo.
Confío en Carmen. No siempre me gusta cómo piensa, pero nunca ha convertido mi vida en una campaña sin mi permiso.
—Antes de aceptar —digo—, quiero las condiciones por escrito.
—Las tendrás.
—Nada sobre la cabaña.
—De acuerdo.
—Nada sobre relaciones.
—De acuerdo.
—Nada de utilizar el beso.
Silencio. Cierro los ojos.
—¿Qué beso? —pregunta Carmen con una voz demasiado inocente.
—He dicho «nada de utilizar el bulo».
—No has dicho eso.
—La cobertura se corta.
—Estás entrando en Madrid.
—Carmen.
—Vale. No voy a preguntar por teléfono.
—No vas a preguntar nunca.
—A las cinco.
—A las cinco —cedo.
—A las cinco. Dúchate, duerme un poco y no publiques nada.
—No soy una adolescente.
—Hace unos días condujiste hasta una cabaña durante una tormenta para pelearte con un escritor.
—Tenía una razón profesional.
—Y ahora hay una fotografía de vosotros saliendo juntos.
—No salíamos juntos. Yo salía y él estaba allí.
—Una definición demasiado precisa siempre es mala señal.
Cuelgo antes de que continúe. En el primer semáforo de Madrid, abro una red social.
El montaje aparece en la parte superior. Mi frase sobre los pétalos. Víctor sonriendo en una entrevista antigua.
La imagen de la cabaña. Un texto: «Ella escribe muerte. Él escribe amor. ¿Qué estaban haciendo juntos durante la tormenta?» Los comentarios se multiplican.
«Enemies to lovers real».
«Necesito que escriban un libro juntos».
«Ella va a matarlo o besarlo».
Cierro la aplicación. Mi boca recuerda el beso antes que yo. Aprieto el volante. No pienso volver a besarlo. El problema es que, por primera vez, no estoy completamente segura de querer cumplir una amenaza.
Cuando llego a casa, Inés está sentada en el rellano con una bolsa de cruasanes y mi llave de emergencia.
—¿Por qué no has entrado?
—Porque quería ver tu cara antes de que pudieras prepararla.
—Dame la llave.
—¿Has dormido con él?
—Dame la llave.
—Eso no es un no.
Abro mi puerta con la mía. Inés me sigue hasta la cocina y deja los cruasanes sobre la encimera.
—Mamá cree que os habéis refugiado de la tormenta juntos —dice.
—Eso ocurrió.
—Carmen cree que has cometido una mala decisión.
—Carmen habla demasiado.
—Internet cree que estáis enamorados.
—Internet también cree que una actriz vive dentro de una secta porque dejó de seguir a su peluquero.
Inés me observa mientras saco la ropa mojada de la bolsa. La sudadera crema cae sobre una silla. Lee la frase.
—El amor siempre encuentra el camino —recita—. Esto es grave.
—Era lo único seco.
—¿También era lo único que podías robar?
—Me la ha dado.
—Peor.
La cojo para llevarla al dormitorio. Inés tira de una manga.
—Huele a él.
—Huele a humo.
—Y a jabón de hombre que escribe besos.
—No existe ese olor.
—Tú lo sabrás mejor.
La suelto sobre la cama.
—No ocurrió nada.
—No he preguntado.
—Llevas diez minutos preguntando.
—He preguntado si dormisteis juntos.
—Compartimos una cama.
Inés abre mucho los ojos.
—Con una frontera de almohadas.
—¿Y sobrevivió?
—Por poco.
—¿Lo besaste?
Me vuelvo hacia el armario.
—Tengo una reunión a las cinco.
—Lo besaste.
—Necesito ducharme.
—Lo besaste y ahora vas a verlo fingiendo que no.
Inés deja de bromear durante unos segundos.
—¿Te gusta?
—No es relevante.
—Eso no es un no.
—Es un hombre al que conocí hace apenas unos días porque quería obligarlo a cambiarse de nombre.
—Y ahora llevas su ropa, has compartido cama y te enfadas porque Carmen llama beso al beso.
—No me enfado por eso.
—Te enfadas porque ha ocurrido algo que no puedes convertir en un error sin mentirte.
Me vuelvo hacia ella.
—¿Desde cuándo hablas como una psicóloga de sobremesa?
—Desde que tú llevas veinte años escribiendo asesinos para no reconocer cuándo tienes miedo.
La frase golpea demasiado cerca. Inés lo ve y baja el tono.
—No te estoy diciendo que confíes en él porque cocina y tiene una cara bonita. Te estoy diciendo que no decidas que es peligroso solo porque te importa lo bastante para poder hacerte daño.
—Esa es una razón bastante buena para tener cuidado.
—Cuidado no es lo mismo que huida.
Miro la sudadera sobre la cama. Todavía conserva el olor a humo y a la cabaña. La doblo otra vez, más despacio.
—No sé qué es —admito.
—Entonces averígualo antes de enterrarlo.
—Esa metáfora es mía.
—Te robo ropa y frases. Somos familia.
—No sabes nada.
—Te conozco desde que nací.
—Yo nací primero.
—Por eso he tenido más tiempo para observar tus errores.
Cierro la puerta del baño en su cara. Durante la ducha, intento pensar en la campaña, en el nombre y en las condiciones que exigiré. En lugar de eso, recuerdo la mano de Víctor sujetando la mía debajo de las almohadas y la forma en que se apartó cuando intenté convertir el beso en un accidente.
Al salir, Inés ya no está. Ha dejado una nota sobre la sudadera.
«Devuélvesela en persona. O no. Creo que te queda mejor que a él».
La meto en un cajón. A las cuatro y media, antes de ir a la reunión, recibo un mensaje de un número que ya he guardado aunque no pienso reconocerlo.
VÍCTOR: ¿Has llegado bien?
Escribo «sí». Lo borro. Escribo «el coche funciona». Lo borro.
YO: Sí. ¿Tu espalda ha sobrevivido?
La respuesta llega enseguida.
VÍCTOR: Necesitará una segunda oportunidad.
YO: Qué conveniente para tu género.
VÍCTOR: Nos vemos a las cinco, psicópata.
Miro la palabra durante demasiado tiempo.
YO: No llegues tarde, moñas.
Guardo el móvil y salgo. La vida real ya ha empezado a llamar a la puerta. No sé si estoy preparada para descubrir qué parte de la cabaña ha salido conmigo.
En el ascensor de la editorial, antes de que se abran las puertas de la reunión, me miro en el espejo y descubro que llevo las gafas de sol de Víctor en el bolso y su sudadera en casa.
Dos objetos no significan nada. Un beso tampoco, si me esfuerzo lo suficiente.
Las puertas se abren. Víctor está al fondo de la sala, hablando con Helena.
Levanta la vista y me encuentra de inmediato.
Durante un segundo, ninguno recuerda que hay más personas.
Después yo alzo la barbilla y él sonríe.
La guerra vuelve a empezar con demasiada facilidad para que alguien sospeche que, debajo, ya se parece a otra cosa.