Final feliz (Qué asco) CAPÍTULO 12
45%

CAPÍTULO 12

EL BESO QUE NO ESTABA ESCRITO

Víctor

Esa última noche, Victoria abre una botella de vino como si descorchara una granada.

La decisión de no compartir cama se toma sin hablar. Ella ha dejado sus cosas en el dormitorio y una manta sobre el sofá. Yo finjo que no me importa; Victoria finge no ver que vuelvo a llevarme una mano a la espalda cada vez que me levanto.

Antes de cenar, Victoria aprovecha una franja de cobertura para hablar con su hermana. No escucho toda la conversación, pero oigo mi nombre dos veces y después un «cállate, Inés» que suena prometedor.

—¿Todo bien? —pregunto cuando cuelga.

—Mi hermana cree que eres un asesino.

—Eso parece coherente con tu familia.

—No. Cree que yo te he asesinado y oculto el cuerpo mientras publico desde tu cuenta para fingir que sigues vivo.

—¿Qué has respondido?

—Que jamás usaría tantos corazones.

—Me alegra que hayas defendido mi identidad digital.

Victoria se queda mirando el móvil.

—También ha preguntado si eres guapo.

—¿Y?

—He colgado.

—Respuesta evasiva.

—No te emociones.

—Intentaré contenerme.

Ponemos música mientras cocinamos. Mi lista salta a una balada lenta. Victoria la cambia por una banda sonora de terror.

—Esto parece el ruido de una puerta oxidada —digo.

—Es un violonchelo.

—Está sufriendo.

—Las emociones no siempre son agradables.

—Eso lo llevo diciendo desde que llegaste.

—Tú las decoras.

—Tú las cubres de sangre.

—Métodos distintos.

La canción termina y empieza otra más suave. Ninguno la cambia. Victoria coloca la vela de cedro en medio de la mesa.

—Pensaba que era redundante.

—Lo es. Pero ya está encendida.

—Eso parece una forma de cariño.

—Parece que quieres perder el derecho a dormir bajo techo.

La conversación avanza desde el nombre hasta el regreso y, finalmente, hacia todo lo que ninguno de los dos ha querido decir.

Victoria abre otra vez la botella para servirme la primera copa.

—Apunta lejos —digo.

—Sé abrirla.

—No dudo de ti. Dudo de la lámpara.

El corcho sale y golpea el techo. Victoria mira la pequeña marca.

—Eso estaba antes.

—Claro.

—No puedes demostrar lo contrario.

Sirve dos copas. Hemos preparado la última cena con lo que queda en la nevera: queso, pan, aceitunas y una tortilla fría que Victoria insiste en que sabe mejor porque ella cortó la cebolla.

El fuego está encendido. La lluvia ha desaparecido. No necesitamos velas, pero Victoria prende la de cedro.

—Es redundante —le recuerdo.

—Estoy reuniendo pruebas.

—Te la puedes llevar junto a la sudadera.

—No quiero que parezca que he disfrutado aquí.

—Eso sería terrible para tu marca.

Bebe un poco de vino.

—No te acostumbres a tener razón.

Nos sentamos en el suelo, frente a la chimenea. Hay algo deliberado en no utilizar el sofá. Los dos recordamos lo cerca que estuvimos allí. Victoria gira la copa entre los dedos.

—Mi ex escribía —dice.

No pregunto. Espero.

—O quería escribir. Nunca terminaba nada. Tenía ideas brillantes, según él, pero el mundo estaba organizado para impedir que las desarrollara.

—El mundo suele ser poco colaborador con los borradores.

—Cuando publiqué mi primera novela, dijo que estaba orgulloso. Me llenó el piso de flores.

La palabra no tiene nada de divertida en su boca.

—Después empezó a corregirme sin que se lo pidiera —continúa—. A explicarme qué partes funcionaban gracias a conversaciones que habíamos tenido. Si una reseña era buena, decía que el crítico no había visto los fallos. Si era mala, la imprimía para que yo aprendiera.

Aprieto la copa.

—Victoria…

—No necesito que lo insultes.

—No iba a hacerlo.

—Todo el mundo lo hace cuando lo cuento.

—¿Te ayuda?

—No.

—Entonces no.

Me mira un instante.

—Los gestos venían después de cada cosa —dice—. Flores. Cenas. Cartas. Siempre algo grande. Si yo seguía enfadada, era una desagradecida. Si aceptaba, significaba que estaba perdonado.

—Eso no era romanticismo —digo—. Yo tampoco he sido siempre el hombre que pregunta antes de actuar.

Victoria me mira por encima de la copa.

—Eso sí es una revelación.

—Mi última relación terminó porque yo convertía cada discusión en una conversación correcta. Escuchaba, asentía, encontraba la frase razonable y nunca decía que estaba enfadado hasta que ya quería marcharme.

—Pareces describir una habilidad.

—Era una forma de control. Si yo mantenía la calma, la otra persona parecía irracional. Y además no tenía que arriesgarme a pedir algo que pudiera negarme.

Victoria deja de girar la copa.

—¿Qué te pidió?

—Que dejara de comportarme como si comprenderla fuera lo mismo que mostrarme. Yo sabía hablar de sus emociones. De las mías escribía novelas.

—¿La querías?

—Sí. No lo suficiente para aprender a tiempo a discutir de verdad.

—Eso no suena a final feliz.

—No todas las historias de amor son novelas románticas.

El fuego cruje. He contado esa versión pocas veces porque no me deja en un lugar especialmente atractivo. Victoria no intenta consolarme.

—Entonces tu paciencia puede ser una trampa —dice.

—Sí. Puedo ceder tanto espacio que después culpe a la otra persona por no haber descubierto dónde estaba yo.

—Qué poco práctico.

—Mucho.

—Avísame si empiezas a hacerlo.

—Avísame tú si empiezo a hablar como un terapeuta.

—Eso será cada ocho minutos.

—Un sistema eficiente.

La confesión cambia algo en su forma de mirarme. Ya no soy el hombre que ha entendido todos los límites antes de conocerla. Soy alguien que ha aprendido algunos tarde y todavía puede equivocarse. Parece tranquilizarla más que cualquier perfección.

—Ya.

—Era una forma de evitar consecuencias.

—Ya.

—No tienes que convencerte ahora.

Victoria bebe.

—Por eso tus escenas me provocan urticaria.

—Mis pobres pétalos pagan delitos ajenos.

—No son inocentes.

—No. Ensucian la cama.

La sonrisa aparece y se va.

—Un gesto solo es romántico si la otra persona puede decir que no sin pagar por ello —digo.

—Eso no cabe bien en una frase de taza.

—Puedo intentarlo.

—Por favor, no.

El fuego lanza una chispa. Victoria me observa por encima de la copa.

—¿Cómo escribirías un beso entre nosotros?

La pregunta llega con aparente ligereza, pero sus dedos se tensan.

—No lo escribiría.

—Qué decepción.

—Esperaría a saber si quieres que ocurra.

—Eso es una respuesta de manual.

—Es mi respuesta.

—¿Y si te dijera que no?

—No ocurriría.

—¿Y si no lo supiera?

—Tampoco.

—Muy responsable.

—Me han educado bien.

Victoria deja la copa en el suelo y se inclina hacia mí.

—¿Y si solo quisiera demostrar que no me intimidas?

—Sería una razón bastante mala.

—No te he pedido una crítica.

—Tú preguntaste cómo lo escribiría.

—Quizá no quiero que lo escribas.

—Entonces no lo haré.

Me besa. No hay aviso ni espacio para una frase. Su boca toca la mía con la precisión de un desafío.

Durante un segundo no respondo. No porque no quiera. Porque necesito darle la posibilidad de retirarse. Victoria se separa apenas.

—¿Eso es todo?

La provocación termina conmigo. Le sujeto la cara y vuelvo a besarla.

El vino, el fuego y todas las conversaciones de los últimos días desaparecen. Victoria abre la boca y sus dedos se cierran sobre mi jersey. No hay nada suave en ella al principio. Besa como discute: ocupando el espacio, negándose a ceder.

Yo no intento ganarle. La dejo marcar el ritmo hasta que deja de ser una batalla.

Su mano sube hasta mi nuca. La mía desciende a su cintura. Victoria se acerca más, de rodillas sobre la alfombra, y el sonido que hace cuando le rozo el labio con los dientes me borra cualquier pensamiento coherente.

El beso cambia. Se vuelve lento. Peligroso de otra manera. Cuando nos separamos, apoya la frente contra la mía. Respira deprisa.

—No había pétalos —murmuro.

Victoria abre los ojos. La armadura vuelve con tanta rapidez que casi puedo verla encajar.

—Ha sido el vino.

—Has bebido media copa.

—El encierro.

—También estabas aquí antes de besarme.

—Un error de cálculo.

Me aparto lo suficiente para mirarla.

—Puedes arrepentirte.

—No necesito permiso.

—No. Pero no puedes fingir que no ha ocurrido.

Su expresión se endurece.

—No estoy fingiendo.

—Lo estás reduciendo a cualquier cosa menos a una decisión tuya.

—No conviertas un beso en una conversación de tres capítulos.

—No lo hago.

—Eres escritor romántico. Es un riesgo profesional.

Me pongo de pie.

—Voy a recoger.

Victoria permanece junto al fuego.

—¿Te has enfadado?

—No.

—Tu cara sí.

—Mi cara está intentando no aceptar que me llames error después de besarme como si quisieras incendiar la cabaña.

Se levanta también.

—No he dicho que tú seas un error.

—Has dicho que fue un error de cálculo.

—No es lo mismo.

—Se parece bastante cuando estás al otro lado.

No levanto la voz. No hace falta. Victoria mira las copas.

—No sé qué quieres que diga.

—Nada que no sea verdad.

—La verdad es que mañana nos vamos y esto no resuelve el nombre.

—Nunca he dicho que lo hiciera.

—Entonces estamos de acuerdo.

—Sobre el seudónimo, sí.

—¿Y sobre el resto?

—No lo sé. Pero no necesito inventar una explicación para que resulte menos incómodo.

Victoria recoge su copa.

—Buenas noches, Víctor.

Se marcha al dormitorio. Esta vez no compartimos cama. Ella cierra la puerta y yo me quedo en el sofá.

Mi espalda protesta antes incluso de tumbarme.

No me importa. Llevo dos años escribiendo personajes que deben aprender a decir lo que sienten.

Resulta mucho más fácil cuando los sentimientos pertenecen a otra persona.

Cierro los ojos. Todavía puedo saborear el vino en su boca. Mañana volveremos al mundo real.

Y no sé qué será más difícil: convencerla de que el beso significó algo o convencerme de que no necesito saber cuánto. No duermo. A las dos, oigo a Victoria moverse en el dormitorio. A las dos y cuarto, abre la puerta y camina hasta la cocina. El grifo corre. Después sus pasos se acercan al sofá.

—¿Estás despierto? —pregunta.

—No.

—Respondes dormido.

—Es parte de mi encanto.

Se queda de pie en la oscuridad.

—Podemos compartir la cama —dice.

—No hace falta.

—Tu espalda sí.

—No quiero que pienses que intento repetir el beso.

—No lo pienso.

—¿Estás segura?

—No. Pero puedo convivir con una duda durante unas horas.

Me incorporo. Victoria regresa al dormitorio. La sigo. Reconstruye la frontera de almohadas, aunque esta vez deja un hueco entre dos.

—Fallo estructural —señalo.

—Ventilación.

Nos tumbamos. No hablamos del beso. Tampoco fingimos que no ocurrió. En la oscuridad, nuestras manos quedan a pocos centímetros dentro del hueco.

—Mañana todo será más fácil —dice.

—¿Por qué?

—Habrá carreteras, teléfonos y otras personas.

—Eso no siempre facilita nada.

—A mí sí.

—Porque puedes marcharte.

Victoria no responde. No la toco. Al cabo de un rato, su dedo roza el mío. No llega a agarrarme. Solo permanece allí.

Es suficiente para mantenerme despierto mucho después de que su respiración se vuelva regular.

A las cuatro, la frontera de almohadas vuelve a deshacerse.

Esta vez ninguno comenta quién ha cruzado.

Victoria duerme de espaldas, pero su mano está cerrada alrededor de dos de mis dedos.

No sé si mañana los soltará antes de despertar.

No sé si, cuando haya otras personas, volverá a mirarme como al enemigo.

La quiero cerca de una manera que aún no tiene nombre. No es amor. Sería pronto y, sobre todo, demasiado fácil atribuir una palabra enorme a la intensidad de una tormenta.

Es interés, deseo y una curiosidad que ya no es profesional. Es querer saber cómo toma el café en su casa, si duerme mejor con ruido y qué clase de final escribiría si un día no necesitara matar a nadie.

No convierto nada de eso en promesa. Solo permanezco despierto hasta que amanece.