CAPÍTULO 11
NO ESTABA LEYENDO
Victoria
Un par de horas después, llega la confirmación: la grúa podrá subir mañana a primera hora. La noticia debería alegrarme.
En lugar de eso, siento una presión absurda en el estómago cada vez que pienso en abandonar la cabaña.
No es porque quiera quedarme. Es porque odio dejar asuntos sin resolver.
El seudónimo sigue siendo un problema. La campaña en redes continúa creciendo. Carmen me ha enviado estadísticas que demuestran que la entrevista ha elevado las ventas de mi novela un diecisiete por ciento y las de Víctor un veintidós.
«La gente os adora», ha escrito.
La gente necesita aficiones más sanas. Víctor trabaja en el porche aprovechando un poco de sol. Yo intento avanzar en mi manuscrito, pero el diente del desagüe se niega a decirme qué hace allí. Después de cuarenta minutos, voy a preparar café. Cuando regreso, Víctor duerme sobre el escritorio.
Tiene la cabeza apoyada en un brazo y la otra mano cerca del teclado. El documento continúa abierto.
No voy a leerlo. Coloco la taza junto a él. En la pantalla aparece María. Solo veo su nombre. Luego una frase.
«No temía que Daniel dejara de quererla. Temía descubrir que solo la quería mientras resultara sencillo hacerlo».
Me quedo quieta. La línea debería ser otra muestra de sentimentalismo calculado. Una frase diseñada para que las lectoras la subrayen y la compartan sobre un fondo de atardecer. Sin embargo, no parece escrita para ellas. Parece escrita para mí. Sigo leyendo.
María no le pide a Daniel una promesa. Le explica que no sabe cómo creer en alguien que aún no la ha visto fracasar. Él responde que tampoco sabe qué ocurrirá, pero está dispuesto a quedarse el tiempo suficiente para descubrirlo. No hay flores.
No hay lluvia. No hay una solución perfecta. Hay dos personas asustadas intentando no convertir el miedo en una orden.
—Puedes pasar página con la flecha de la derecha.
Doy un respingo. Víctor ha abierto los ojos.
—No estaba leyendo.
—Claro.
—Te he traído café.
—Y has aprovechado para revisar siete párrafos.
—La pantalla estaba en medio.
—Podías mirar la taza.
—No tiene trama.
Se incorpora y coge el café.
—¿Qué te ha parecido?
—No sé de qué hablas.
—Victoria.
—Hay una frase demasiado larga.
—¿Cuál?
—La segunda del cuarto párrafo.
—Para no estar leyendo, recuerdas bien la estructura.
Lo miro con severidad. Él espera. No se burla. Eso hace más difícil mentir.
—Escribes aceptablemente bien —digo— para alguien con una obsesión patológica por las flores.
Víctor baja la taza.
—¿Eso era un elogio?
—No te acostumbres.
—Voy a anotarlo con fecha y hora.
—Retiro lo dicho.
—Demasiado tarde.
Me siento frente a él.
—La escena no parece tuya.
—Gracias, supongo.
—Quiero decir que no es…
—¿Moña?
—Iba a decir artificial.
—Las escenas románticas no tienen que ser perfectas.
—Tus cubiertas opinan lo contrario.
—Las cubiertas intentan vender. Los personajes intentan sobrevivir.
—Eso sí parece de terror.
Víctor sonríe.
—Quizá nos parecemos más de lo que te gusta admitir.
—Los dos usamos palabras. Fin de las coincidencias.
—Los dos firmamos V. Blackwood.
—Ese es el problema.
—Y los dos escribimos sobre personas que tienen miedo.
—En mis novelas, el miedo está justificado.
—En las mías también.
No respondo. El móvil vibra sobre la mesa. Carmen confirma que el equipo despejará la pista al amanecer. Después añade una frase:
CARMEN: Helena quiere organizar una reunión conjunta cuando volváis. El vídeo supera el millón de reproducciones.
Le enseño la pantalla.
—Tu editora y la mía planean algo.
—Helena siempre planea algo.
—No pienso convertirme en contenido junto a ti.
—A mí me preocupa más que te den acceso a un micrófono en directo.
—Me fue muy bien.
—Amenazaste con comerte decoración floral.
—La audiencia respondió.
Víctor cierra el portátil.
—Entonces mañana volvemos.
La frase pesa más de lo necesario.
—Sí.
Se levanta y empieza a recoger papeles. Yo lo ayudo sin que lo pida. Guardamos cables, libros, notas adhesivas y la caja de herramientas.
La cabaña empieza a recuperar el aspecto de un lugar temporal.
Para no mirar las bolsas, volvemos a trabajar. Víctor me pide opinión sobre la reconciliación de Daniel y María; yo le enseño por fin el capítulo del diente, aunque solo porque necesito saber si la pista aparece demasiado pronto.
Nos sentamos uno al lado del otro. Él lee despacio, con una concentración que me obliga a dejar de vigilar cada movimiento de sus ojos.
—El diente funciona —dice—. Lo que no funciona es que la protagonista sepa inmediatamente a quién pertenece.
—No lo sabe. Lo sospecha.
—Lo afirmas en la siguiente línea.
Me inclino sobre la pantalla. Tiene razón. Borro la frase.
—No pongas esa cara.
—¿Cuál?
—La de haber mejorado una novela de terror.
—Estoy intentando controlar la euforia.
Le devuelvo el favor en su manuscrito. Daniel explica durante un párrafo entero por qué tomó una decisión por María.
—Corta esto.
—Necesita justificarlo.
—Necesita asumirlo. La justificación puede aparecer después, cuando ella decida escucharlo.
Víctor relee y elimina cuatro líneas.
—Es mejor —admite.
—Naturalmente.
Trabajamos hasta que la luz cambia sobre el suelo. No es una escena espectacular, pero quizá sea la más íntima de la cabaña: permitir que otro entre en un texto todavía frágil y no utilizar el acceso para demostrar que escribe peor que tú.
Cuando cerramos los portátiles, las maletas siguen junto a la puerta.
Ahora parecen una amenaza mucho más concreta que cualquier ruido del bosque.
No me gusta. Para dejarlo todo preparado para la mañana siguiente, terminamos de hacer el equipaje.
Doblo la sudadera de Víctor y la meto en mi bolsa sin pedir permiso.
—Pensaba que era ofensiva —dice.
—Lo es.
—Entonces ¿por qué te la llevas?
—Prueba del daño emocional.
—Puedo firmarla.
—Eso reduciría su valor.
—Mis firmas suelen aumentarlo.
—No en una escena del crimen.
Encuentro uno de sus cuadernos bajo la cama. Se ha abierto por una página llena de posibles títulos.
—¿Qué es «El lugar donde vuelves»?
—Una idea antigua.
—Suena a libro de autoayuda.
—Gracias.
—«Antes de que te marches» está mejor.
—¿Acabas de opinar sobre un título romántico?
—He impedido un delito editorial.
Víctor me quita el cuaderno antes de que siga leyendo.
—¿Tú guardas todos tus títulos?
—Tengo un archivo con ciento treinta.
—¿Ciento treinta?
—La mayoría son malos.
—Quiero verlo.
—Nunca.
—Me has leído un borrador.
—No por voluntad propia.
—Y yo he leído tres novelas tuyas —dice.
—Cuatro —corrijo.
—¿Cómo sabes que…? —pregunta.
—Ayer dijiste que habías traído otra.
—Eso no demuestra que la terminara.
—La terminaste. Doblas la esquina de la última página.
Víctor mira el ejemplar sobre la mesa. Tengo razón.
—Eso es vandalismo —dice para cambiar de tema.
—Es mío.
—Sigue siendo vandalismo.
Me siento en el borde de la cama. Mientras Víctor guarda uno de los libros, recuerdo lo que me contó la noche anterior sobre su madre.
—¿Conservas los libros que leía tu madre? —pregunto.
—Todos. Algunos están con mi padre y otros en casa. Los que tengo conservan sus notas en los márgenes.
—¿No te cuesta leerlos?
—A veces. Otras es lo más parecido a escucharla.
Miro el suelo.
—Mi abuela escribía recetas. Inés y yo encontramos una libreta después de que muriera. Ninguna sabía cocinar, pero guardamos turnos para tenerla.
—¿Quién la tiene ahora?
—Inés. La robó.
—Como tus chaquetas.
—Exacto.
—Podrías copiarla.
—No sería lo mismo.
Nos miramos. Acabo de reconocer en voz alta el valor de unas palabras conservadas y me doy cuenta de la contradicción al mismo tiempo.
—No compares una receta con tus flores —advierto.
—No se me ocurriría.
Cerramos las bolsas. Al mediodía llega un vehículo de mantenimiento. El operario confirma que el camino será transitable a primera hora. Lo acompaño hasta la entrada y le hago tantas preguntas sobre el talud, la grúa y la previsión que el hombre termina dibujándome un esquema.
—Ya está —digo cuando volvemos—. Mañana a las ocho.
—Eso te alegra.
—Sí.
La rapidez de la respuesta no coincide con su cara.
—Puedes quedarte un día más si quieres terminar trabajo.
—Tengo vida en Madrid.
—No lo dudaba.
—Una agenda, una casa y personas que no perfuman habitaciones.
—La vela es de cedro.
—No mejora la acusación.
Recogemos la mesa. Encuentro el pósit que escribí sobre su libro y que Víctor guardó dentro del cuaderno.
—¿Por qué tienes esto?
—Lo dejaste.
—Lo había tirado.
—Lo guardaste en el bolsillo.
—¿Me vigilabas?
—Estabas a dos metros.
Lee su propia frase y parece avergonzada.
—No significa nada.
—Nunca he dicho que lo hiciera.
—Podría utilizarse mal.
—No pienso usarlo.
—Entonces ¿por qué guardarlo?
Víctor tarda en responder. Por su expresión, sospecho que la respuesta verdadera tiene más que ver con lo que escribí que con el papel donde lo hice.
—Porque me pareció bueno —dice.
Doblo la nota otra vez y la coloco dentro del cuaderno.
—Puedes conservarla.
—Gracias.
—No es un regalo.
—Naturalmente.
A media tarde, salimos al porche con dos tazas. El cielo se ha vuelto violeta sobre las montañas. La humedad hace brillar las hojas.
—¿Vienes siempre solo? —pregunto.
—Sí.
—¿Nunca has traído a una mujer?
—¿Es una pregunta profesional?
—Curiosidad sobre la escena del crimen.
—No. Nunca —responde.
—Qué poco romántico.
—Escribo aquí. No utilizo la cabaña para recrear mis libros.
—Entonces los pétalos eran documentación teórica.
—Exacto.
—No sabes si funcionan.
—Puedo vivir con la duda.
La mirada de Víctor desciende hasta mi boca. El aire cambia. Yo también lo siento, pero finjo que el bosque me interesa de pronto. Mañana nos iremos. Volveré a Madrid, a mi piso, a las entrevistas y al manuscrito. Él regresará a sus lectoras, sus flores y su novela.
No hay ninguna razón para complicar las últimas horas.
—¿Qué habrías hecho si no hubiera llegado la tormenta? —pregunta.
—Me habría ido.
—¿Y con el seudónimo?
—Habría encontrado otra forma de obligarte.
—Eso sí parece tuyo.
—Tú habrías seguido escribiendo esa reconciliación.
—Probablemente.
—¿Y ahora?
Víctor me mira.
—Ahora sé que la mujer que entra en la escena no debería pedirle nada.
—¿Por qué?
—Porque ha venido a decirle cómo van a ser las cosas.
Reconozco mi frase del primer día.
—¿Me has utilizado?
—Te he observado.
—Eso no mejora la acusación.
—Puedo borrarlo.
Lo dice sin resistencia, sin defender que todo sirve para escribir.
—No hace falta —respondo—. Siempre que ella tenga mejor criterio que yo.
—Eso será difícil.
—Moñas.
—Psicópata.
El cielo se oscurece. Nos quedamos en el porche hasta que el frío nos obliga a entrar.
Ninguno menciona que será nuestra última noche.