CAPÍTULO 10
LA REINA DEL TERROR TIENE MIEDO
Víctor
Despierto con un brazo de Victoria sobre el pecho y una de sus piernas enredada con la mía. La frontera de almohadas ha desaparecido. Una está en el suelo. Otra, atrapada debajo de su espalda. La tercera parece haber emigrado hasta mis pies.
Victoria duerme con la cara junto a mi hombro y la mano cerrada sobre la tela de mi camiseta. No debería gustarme. Me gusta. No hago nada. Ni siquiera respiro demasiado hondo por si se despierta y decide acusarme de invasión territorial. Abre los ojos.
Tarda medio segundo en comprender la situación. Luego se aparta con tanta rapidez que casi cae de la cama.
—Has cruzado.
—Buenos días.
—La frontera.
—La frontera está debajo de ti.
Mira las almohadas.
—Las has movido.
—Dormido soy muy estratégico.
—Estás en mi lado.
—Este era mi lado.
—No puedes demostrarlo.
—La mesilla está aquí.
Victoria se incorpora, observa la habitación y, al darse cuenta de que tengo razón, cambia de ataque.
—Roncas.
—Eso sí te lo advertí.
—Como un animal enfermo.
—Tú hablas dormida.
Su expresión se queda inmóvil.
—¿Qué he dicho?
—Que no tocara tu ordenador.
—Eso ya lo dije despierta.
—Y que Inés tenía tu chaqueta.
La tensión disminuye.
—Mi hermana roba ropa.
—También dijiste «no abras».
Victoria se levanta de la cama.
—La gente sueña cosas.
—Lo sé.
—No significa nada.
—También lo sé.
Recoge la almohada del suelo y la coloca con demasiada precisión. No menciono la mano de anoche. Ella tampoco.
Mientras preparamos café, llega un mensaje del propietario: el equipo de mantenimiento ha despejado parte del camino, pero la grúa no podrá subir hasta el mediodía. Podemos caminar hasta la zona del árbol para comprobar el acceso. Victoria acepta antes de que termine de explicarlo. Necesita salir.
El bosque huele a humedad y pino. El cielo está despejado por partes, aunque nubes bajas se enredan entre las montañas. Caminamos por la pista, esquivando ramas y charcos.
Victoria lleva su ropa, ya seca, y mi chaqueta encima. Sus botas se hunden ligeramente en el barro.
—No hacía falta que vinieras —dice.
—Quiero comprobar el estado del coche.
—Mi coche.
—El que está atrapado a cinco minutos de la cabaña que alquilo.
—No es responsabilidad tuya.
—No todo lo que hago responde a una responsabilidad.
—Eso suena peligrosamente sentimental.
—Puedo regresar.
—No he dicho que me moleste.
La miro.
—No pongas esa cara —añade.
—¿Cuál?
—La de haber ganado algo.
—Solo camino.
—Con hoyuelos.
Seguimos en silencio. A mitad del camino encontramos una pequeña caseta de madera utilizada por los guardas. La puerta está abierta y dentro hay herramientas, sacos y una mesa. Victoria se asoma.
—No entres —digo.
—¿Por qué?
—Porque acabas de explicarme que todo lugar aislado contiene un asesino potencial.
—Precisamente por eso hay que comprobarlo.
—No creo que esa sea la conclusión correcta.
Entra. Yo la sigo. La caseta está vacía. En una pared hay fotografías antiguas de la zona, mapas y avisos sobre incendios. Victoria estudia una imagen en blanco y negro de la cabaña, tomada cuando aún pertenecía a una familia.
—Tiene una ventana más —dice.
—La cerraron durante una reforma.
—¿Por qué?
—Humedad, supongo.
—O había algo detrás.
—Una pared.
—Eso es lo que hay detrás de casi todas las cosas emparedadas.
Encuentra un libro de registro. Lo abre y recorre nombres, fechas y observaciones.
—No deberías leer eso.
—Está abierto.
—Esa lógica explica muchas de tus decisiones.
—Mira. Hace siete años, alguien escribió que oyó golpes por la noche.
Me muestra la anotación.
«Rama junto al tejado. Podar».
—Un misterio resuelto —digo.
—Demasiado fácil.
Victoria cierra el cuaderno, pero sonríe. Antes de salir, repara en un pequeño botiquín y comprueba que esté completo.
—¿También haces eso siempre?
—¿Qué?
—Buscar salidas, botiquines, cosas que puedan utilizarse como arma.
—Información útil.
—No lo niego.
—No necesito que entiendas mis manías.
—Solo intento saber cuáles son para no sorprenderte.
La frase la deja seria.
—No puedes organizar el mundo para que nada me sorprenda.
—No. Pero puedo avisarte antes de tocarte, no cerrar una puerta sin decirlo y dejar una luz encendida si la necesitas.
—Eso es excesivo.
—Tú acabas de leer un registro de guardabosques por si contenía un crimen.
—Cada uno tiene sus métodos.
Salimos de la caseta. El terreno está más resbaladizo tras la lluvia nocturna.
Al llegar al tramo más inclinado, Victoria resbala. La sujeto por la cintura antes de que caiga. Su cuerpo choca contra el mío.
—Estoy bien —dice.
No se aparta. Yo tampoco. Tengo una mano en su espalda y la otra alrededor de su brazo. El barro ha manchado la punta de su bota. Un mechón oscuro se ha soltado y le cruza la mejilla. No lo aparto. Helena estaría orgullosa. Victoria me mira la boca.
Esta vez no hay sofá, risa ni excusa literaria. Solo el bosque, el olor a tierra y la sensación de que besarla sería una idea pésima.
Me inclino. Un crujido suena entre los árboles. Victoria se gira.
—¿Has oído eso?
—Sí.
—Hay alguien.
—Puede ser un animal.
—O alguien que quiere que pensemos que es un animal.
—¿Eso ocurre mucho?
—Lo suficiente.
Se aparta de mí y recoge una rama gruesa del suelo.
—¿Qué haces?
—Prepararme.
—¿Contra un ciervo?
—No sabemos qué es.
Otro ruido. Hojas moviéndose. Victoria levanta la rama. Un pequeño corzo aparece entre los pinos. Nos mira, inmóvil, y después cruza la pista con dos saltos. Victoria baja el arma improvisada.
El corzo desaparece, pero la sensación de su cuerpo contra el mío no. Victoria conserva la rama durante varios metros antes de darse cuenta y dejarla junto al camino.
—No te estabas riendo cuando lo oímos —dice.
—No.
—Ibas a besarme.
La franqueza me sorprende.
—Sí.
—Podías negarlo.
—También podía fingir que te sujetaba durante tres minutos por motivos de seguridad.
Victoria se limpia barro de la manga. El gesto le da tiempo, no una salida.
—No habría sido buena idea.
—Probablemente no.
—Seguimos teniendo el mismo nombre.
—Los besos no cambian metadatos.
—Y mañana nos iremos.
—Tampoco he dicho que fuera una promesa.
Ella levanta la vista, irritada por una respuesta que no puede clasificar como presión ni como retirada.
—Entonces ¿qué era?
—Ganas de besarte.
Victoria guarda silencio. Yo también. Haberlo dicho no resuelve nada, pero deja de permitirnos tratar el deseo como un accidente provocado por un sofá o una caída. No digo nada. Ella me señala.
—Ni se te ocurra.
—No he abierto la boca.
—Tu cara sí.
—Mi cara está fascinada.
—Podía ser otra cosa.
—La reina del terror acaba de intentar defenderse de Bambi con un palo.
—Bambi no sobrevivió por confiar en el bosque.
—Eso es inquietantemente cierto.
Seguimos hasta el coche. Está menos inclinado de lo que temía. La rueda ha quedado hundida, pero no hay daños visibles. El árbol continúa bloqueando el paso, aunque han cortado varias ramas. Victoria se apoya en el capó.
—No me asustan los monstruos —dice.
—No he dicho eso.
—Lo estabas pensando.
—Pensaba que tu imaginación trabaja incluso fuera del horario laboral.
—Es útil.
—También parece agotadora.
Su mirada se endurece igual que la noche anterior.
—No sabes nada de mí.
—No. Por eso no afirmo nada.
—Entonces deja de mirarme como si estuvieras intentando entenderme.
—Soy escritor. Observo.
—Pues observa un árbol.
—Tiene menos diálogo.
Victoria abre el coche para recuperar una bolsa. Dentro hay un ejemplar de mi novela en el asiento trasero.
Lo veo. Ella también. Cierra la puerta con rapidez.
—Era el que me dieron por error.
—Naturalmente.
—No vuelvas a empezar.
—No he dicho nada.
—Los hoyuelos.
Antes de regresar, conseguimos abrir el maletero. Victoria recupera una bolsa con ropa, un cargador y dos ejemplares de sus novelas. Debajo hay un cuaderno negro.
—¿Ese es el archivo de títulos? —pregunto.
—No.
—Lo has protegido antes que la ropa.
—Es un cuaderno de trabajo.
—Entonces sí.
Intenta guardarlo, pero una hoja suelta cae al suelo. La recojo. Contiene una lista:
La casa que nunca duerme. La mujer de la ventana cerrada. No mires debajo.
—No mires debajo es bueno —digo.
Victoria me quita el papel.
—No tienes permiso.
—Se ha caído.
—Eso no convierte la lectura en legal.
—Tú leíste mi pantalla.
—Y ya hemos establecido que fue un ataque.
—¿Para qué novela son?
—Para ninguna todavía.
—¿Guardas ideas que quizá no uses?
—Claro.
—Igual que yo.
—No es lo mismo —dice.
—No. Las tuyas tienen mejores títulos.
Eso la desarma. Guarda el cuaderno y cierra el maletero.
—No vuelvas a leer nada sin preguntar.
—De acuerdo.
—¿Así de fácil?
—Sí.
Victoria me mira como si esperara una negociación.
—También puedes pedirme ver algo —añado—. Puedo decir que no.
—No me interesa.
—Naturalmente.
Regresamos a la cabaña. A mitad de camino, empieza a llover de nuevo, una lluvia fina que nos obliga a acelerar.
Victoria resbala otra vez, pero esta vez me agarra de la mano antes de caer.
No la suelta cuando recupera el equilibrio. Tampoco yo. Caminamos así hasta el porche. Al llegar, parece darse cuenta y retira los dedos.
—Era por el barro.
—Claro.
—No significa nada.
—Empieza a ser nuestra frase más repetida.
—Podría convertirla en amenaza.
—Eso sí significaría algo.
Victoria entra primero. Yo me quedo un instante bajo el porche, observándola sacudirse la lluvia del pelo.
La reina del terror tiene miedo. No del bosque. No de los ruidos. De que alguien vea dónde termina la armadura. Y empiezo a temer que quiera ser yo quien lo descubra. En la cabaña preparo chocolate caliente. Victoria se burla hasta que prueba el suyo.
—No está mal.
—Otra estrella Michelin.
—No abuses.
Nos sentamos a trabajar, pero ninguno escribe demasiado. El casi beso sigue caminando por la habitación como una tercera persona.
—El ciervo nos interrumpió —digo sin mirar la pantalla.
—No iba a ocurrir nada.
—Claro.
—Me sujetabas porque resbalé.
—Y tú mirabas mi boca por seguridad.
—Comprobaba si tenías barro.
—¿Y?
—No.
—Una inspección exhaustiva.
Victoria me lanza un cojín. Lo atrapo y lo coloco detrás de la espalda.
—Gracias. La necesito después del sofá.
—Eres imposible.
—No tanto. Llevas varios días consiguiendo que haga lo que quieres.
La frase la deja pensativa. Yo me niego a cambiar de nombre, a aceptar que ridiculice mi trabajo o a fingir que entre nosotros no ocurre nada.
En lo demás, procuro cederle espacio sin borrarme, aunque empiezo a sospechar que esa paciencia también puede convertirse en una manera cómoda de no decir qué quiero.
Victoria vuelve a la pantalla. No sé en qué categoría intenta colocarme, pero empiezo a entender que yo tampoco puedo seguir comportándome como si ser paciente bastara para que todo resulte sencillo.