Final feliz (Qué asco) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

UNA SOLA CAMA, CLARO

Victoria

Compartir cama con Víctor Blackwood no estaba en mi lista de posibilidades para esta semana. Tampoco tenía una lista.

De haberla hecho, habría incluido cosas razonables: terminar el capítulo catorce, discutir una campaña con Carmen, acudir a una firma el sábado y recordar a mi hermana que devolver libros prestados no es una sugerencia.

No habría escrito: dormir al lado de un hombre que redacta besos con flores después de conducir hasta una cabaña para exigirle que cambie de nombre. Y, sin embargo, aquí estoy.

La frontera de almohadas ocupa el centro del colchón.

Víctor se ha tumbado al otro lado, de espaldas, con una camiseta oscura y un pantalón de algodón.

No lleva camisa mojada, no mira por encima del hombro ni adopta ninguna postura diseñada para una cubierta.

Aun así, su presencia llena la habitación.

—Estás respirando —digo.

—Me parecía una buena idea.

—Demasiado alto.

—Puedo intentarlo más lejos.

—No cruces la frontera.

—No pensaba hacerlo.

—Eso diría alguien que sí piensa hacerlo.

—En tus novelas, ¿todo el mundo es culpable hasta que pierde una extremidad?

—Normalmente después también.

El silencio vuelve. La lluvia ya no golpea con violencia, pero cae de manera constante. El tejado cruje. Algo roza la pared exterior. Rama. Solo una rama.

—¿Qué escribías cuando llegué? —pregunto.

Víctor tarda unos segundos en responder.

—Una reconciliación.

—¿Habían discutido por no comunicarse?

—Habían discutido porque él tomó una decisión por ella.

—Al menos tienes claro el crimen.

—Él creía que la protegía.

—Peor.

—Sí.

La facilidad con la que lo admite me obliga a girar la cabeza. En la penumbra distingo el contorno de su hombro.

—¿Y se perdonan?

—Todavía no.

—Pero lo harán.

—Si él entiende por qué se equivocó y ella decide que quiere seguir con él.

—Final feliz.

—Probablemente.

—Qué asco.

—Sabía que acabarías encontrando una frase para la portada.

Sonrío contra la almohada antes de recordar que no debo hacerlo. Antes de que la conversación se vuelva personal, Víctor pregunta por mi trabajo.

—¿Por qué terror?

—Porque me gusta.

—Esa respuesta ya la utilicé yo.

—Entonces sabrás que es válida.

—No del todo.

Me vuelvo hacia la frontera. Solo distingo sus ojos por encima de una almohada.

—Leí mi primera novela de terror con trece años —digo—. La escondí dentro de un libro del colegio porque mi madre decía que después tenía pesadillas.

—¿Las tenías?

—Sí.

—¿Y seguiste leyendo?

—También me daba miedo la oscuridad. No por eso dejé de apagar la luz.

—No es lo mismo.

—Para mí sí. Cuando lees terror, el miedo tiene páginas. Sabes dónde empieza y puedes cerrar el libro cuando quieras.

Víctor no responde de inmediato.

—Control —dice.

—No empieces a analizar.

—No lo hacía.

—Has pronunciado una sola palabra con demasiada intención.

—Me parecía interesante.

—El miedo real no tiene estructura —continúo, antes de arrepentirme—. No avisa del giro ni explica el motivo del monstruo. En una novela, incluso si termina mal, alguien decide el orden.

—Tú.

—Exacto.

—Así que escribes terror porque dentro de una historia mandas tú.

—Escribo porque se me da bien.

—Las dos cosas pueden ser verdad.

Muevo una almohada para no verle la cara.

—Ahora te toca a ti.

—¿A mí?

—¿Por qué romántica?

Víctor se mueve, pero no se vuelve.

—Ya te lo dije. Me gusta.

—Eso no explica por qué empezaste.

—Tú tampoco has explicado por qué empezaste con el terror.

—He preguntado primero.

—Qué sorpresa.

Espero. No sé por qué me interesa. Quizá porque un hombre que escribe declaraciones y lleva una vida aparentemente ordenada tiene que esconder alguna grieta. Todo el mundo la tiene. Las personas que aseguran no tenerla solo han aprendido a colocar un mueble delante.

—Mi madre leía romántica —dice al fin—. Muchísima. Histórica, contemporánea, paranormal… Le daba igual mientras el final no la dejara peor que el principio.

—Eso limita bastante el terror.

—Nunca le gustó. Decía que la vida ya tenía suficientes sustos.

Hay algo en su voz. No tristeza exactamente. Una forma de cuidado, como si pronunciara cada palabra sin querer romperla.

—Enfermó cuando yo tenía veintitrés años —continúa—. Al principio podía leer. Después se cansaba demasiado y empecé a hacerlo yo. Cuando ya no conseguía concentrarse, inventaba historias.

Me giro hacia él. Víctor sigue mirando la ventana.

—¿Tú las inventabas?

—Eran horribles. Todos se conocían en cafeterías, nadie tenía un trabajo estable y yo resolvía los conflictos en dos frases porque ella se dormía.

—Eso sigue describiendo bastantes novelas.

—Seguro. Mi madre fingía que le gustaban. A veces me hacía repetir una parte al día siguiente para comprobar si recordaba lo que había inventado.

—¿Y lo recordabas?

—Nunca. Ella sí.

No hago ninguna broma.

—Mi primera novela salió de una de esas historias —dice—. La escribí después de que muriera.

La habitación parece quedarse más quieta.

—¿La llegó a leer?

—No.

La respuesta no pide compasión. No hay un intento de convertir el momento en una escena. Solo un hecho que todavía pesa.

—Lo siento —digo.

—Gracias.

—Entonces no escribes finales felices porque creas que la vida los da.

Víctor se gira. La frontera de almohadas queda entre nuestros rostros.

—Los escribo porque a veces alguien necesita llegar hasta uno aunque sea durante trescientas páginas.

No sé qué responder. Me resulta más cómodo pensar que la romántica es una mentira para gente que no soporta la realidad. Mucho menos cómodo asumir que un hombre puede conocer el dolor y elegir escribir esperanza sin ser ingenuo.

—Sigue habiendo demasiados pétalos —murmuro.

—No esperaba una conversión completa en una noche.

—No habrá conversión.

—Dormirás con la sudadera.

Miro la frase que aún llevo sobre el pecho.

—Esto es coacción textil.

—Mañana estará seca tu ropa.

Un trueno lejano vibra entre las montañas.

Cierro los ojos. La imagen llega sin aviso: un pasillo oscuro, una puerta entreabierta, la voz de alguien diciendo que exagero.

No pertenece a ninguna novela. Es un recuerdo al que llevo años cambiándole los muebles para que parezca ficción. Me incorporo de golpe.

—¿Qué pasa? —pregunta Víctor.

—Nada.

La respiración se me atasca. Odio que el cuerpo recuerde cosas que la cabeza ha decidido archivar.

—Victoria.

—He dicho que nada.

No enciende la luz. No pregunta qué he soñado ni intenta tocarme. Solo extiende la mano por debajo de la frontera. La deja sobre el colchón, abierta.

—No voy a cruzar —dice—. Está ahí por si la quieres.

Miro su mano. Es absurdo. También es una salida que puedo aceptar sin explicar nada. Coloco la mía encima. Víctor cierra los dedos con suavidad. No me pide que hable ni me promete que todo estará bien; se limita a quedarse. La lluvia sigue cayendo mientras mi respiración recupera el ritmo.

Cuando vuelvo a tumbarme, nuestras manos continúan unidas debajo de las almohadas.

—No significa nada —digo.

—Claro.

—Y no puedes utilizarlo en una novela.

—Ni siquiera sé qué ha pasado.

—Mejor.

—Duerme.

—No me des órdenes.

—Buenas noches, Victoria.

—Buenas noches, moñas.

Permanecemos en silencio un rato. La mano de Víctor sigue bajo la mía.

—¿Tu madre sabía que utilizabas un seudónimo? —pregunto.

—Lo elegimos juntos.

—¿Blackwood?

—Ella quería uno que sonara a escritor extranjero porque pensaba que vendería más.

—Era una mujer práctica.

—Mucho. Yo propuse «Blake» y dijo que ya había demasiados.

—Casi te llamas Víctor Blake.

—Sí.

—Nos habría ahorrado todo esto.

—También la tormenta.

—Y el sofá.

—Y tú no llevarías mi sudadera.

Miro la frase sobre mi pecho en la oscuridad.

—Podría vivir con ello.

—Claro.

—¿Por qué ocultas Víctor y firmas solo con la inicial?

—Al principio la editorial pensó que muchas lectoras se acercarían sin prejuicios si no sabían que era un hombre. Cuando empezaron las entrevistas, ya era la marca.

—Eso es deprimente.

—Funcionó.

—No debería haber sido necesario.

Víctor tarda un momento antes de continuar.

—La primera entrevista que me hicieron después de publicar fue en una radio local. El periodista pasó diez minutos intentando descubrir qué mujer escribía realmente mis libros.

—¿Pensaba que eras una tapadera?

—Pensaba que un hombre podía firmar romántica, pero no sentirla. Me preguntó si mi madre, una novia o una editora me corregían las emociones.

—Qué original.

—Me reí. Luego llegué a casa y estuve a punto de cambiar de género en la siguiente novela.

La confesión no encaja con la imagen de un hombre que parece no pedir permiso por nada de lo que escribe.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Porque mi madre habría vuelto para insultarme. Y porque comprendí que, si ocultaba el género para que otros hombres me respetaran, estaría aceptando que tenían razón.

Miro la oscuridad sobre la frontera de almohadas.

—No pienso volver a decir que tus libros no son serios —murmuro.

—Has dicho que son tolerables.

—No abuses de un momento de debilidad.

—Lo guardaré como material histórico.

—Sin permiso, no.

—Nunca sin permiso.

Su respuesta llega sin bromas y la guardo aunque no quiera.

—¿Te arrepientes de haber ocultado el nombre?

—No. Me permitió entrar. Después pude decir quién era sin pedir disculpas.

Aprieto un poco su mano.

—A mí un crítico me llamó «brutalmente masculino» antes de saber que V. Blackwood era una mujer. Cuando lo descubrió, escribió que mi violencia parecía una provocación calculada.

—La misma escena.

—La misma sangre. Solo cambió la persona que imaginaba detrás.

—Por eso la inicial.

—Por eso la inicial. Quería que el libro entrara primero en la habitación.

Víctor aprieta mis dedos debajo de las almohadas, apenas un gesto.

—Los dos nos escondimos para poder aparecer.

—No te pongas poético.

—Ha salido solo.

—Eso es peor.

La conversación me deja una incomodidad distinta. Hasta esta noche, había pensado que su género lo protegía: lectoras fieles, cubiertas luminosas, entrevistas amables. No había contado con la clase de desprecio que se disfraza de sorpresa cuando un hombre escribe para mujeres sin burlarse de ellas.

—No pienso cambiarlo —digo.

—Yo tampoco.

—Seguimos siendo enemigos.

—Dormidos podemos tomarnos una tregua.

—Solo hasta el amanecer.

—Acepto.

No recuerdo cuándo me quedo dormida. Solo sé que, por primera vez en mucho tiempo, no tengo que comprobar debajo de la cama antes de hacerlo.

Cuando el sueño me alcanza, tengo una última idea absurda: quizá la mano de Víctor no me calma porque sea especial, sino porque no intenta sujetarme. Está ahí y me deja decidir.

Esa diferencia es tan pequeña que podría pasar inadvertida en una novela. En la vida, ocupa toda la cama.