Final feliz (Qué asco) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

UN BESO Y TRES CADÁVERES

Víctor

Mi escena de terror empieza con una mujer despertando dentro de una casa desconocida. Victoria escucha con los brazos cruzados.

—La puerta estaba cerrada por fuera —leo—. Clara golpeó la madera, pero al otro lado solo respondió el silencio.

—Correcto.

—Gracias.

—No era un elogio. Era lo mínimo.

Continúo. Clara encuentra sangre en el pasillo, sigue unas huellas y descubre a un hombre herido en la cocina. Cuando él levanta la cabeza, ella repara en que tiene los ojos verdes.

—No —dice Victoria.

—¿Qué?

—Ya estás describiendo sus ojos.

—Necesita saber si está consciente.

—Has dicho que son verdes.

—Es información visual.

—Es atracción.

—Puede ser un asesino con ojos verdes.

—Los asesinos también pueden ser feos.

—No tengo nada contra ellos.

Sigo leyendo. Clara ayuda al desconocido. Él le explica que hay alguien más en la casa. Ella encuentra una llave, escucha pasos y descubre que el hombre herido quizá sea quien la encerró. Victoria deja de interrumpir. Llego al final.

—«Si vas a matarme, hazlo ahora», dijo Clara. Él apretó la mano contra la herida y sonrió. «No antes de saber por qué has vuelto».

Cierro el documento. Victoria me mira.

—Eso no es terror.

—Hay sangre.

—Hay tensión sexual.

—Puede haber ambas cosas.

—El supuesto asesino sonríe.

—La gente peligrosa también tiene labios.

—Y le has hecho pedir permiso para acercarse.

—Estaba herido.

—Tu monstruo tiene responsabilidad afectiva.

—El tuyo besa y golpea.

—El mío es más realista.

—Eso diría una psicópata.

Nos miramos un segundo y los dos empezamos a reír.

No es una risa educada. Es la clase de risa que crece porque el otro no consigue detenerse. Victoria intenta decir algo sobre mis asesinos emocionalmente disponibles, pero se le rompe la voz. Yo recuerdo la lámpara y empeoro.

Cuando por fin recuperamos el aire, estamos sentados demasiado cerca.

Cuando dejamos de reír, intercambiamos los portátiles. Es idea de Victoria, aunque lo presenta como una medida de control de daños.

—Cinco minutos —dice—. Solo puedes tocar una frase.

—¿Y tú?

—Yo voy a salvar tu género entero.

Lee mi escena en silencio. Yo abro la suya y elimino el párrafo donde la protagonista explica tres veces que no confía en el hombre. Dejo una nota: «Ya lo sabemos por el cuchillo». Victoria lo ve.

—Has cortado una frase mía.

—Tres.

—Era ritmo.

—Era repetición.

—Devuélvemelas.

—La norma permite una corrección.

—Eso es una amputación.

—Tú deberías respetar el procedimiento.

Ella intenta mantener el enfado, pero relee el fragmento y no recupera las frases. En mi texto cambia «sus ojos verdes» por «el hombre no apartó la mano de la herida». La escena mejora de inmediato: deja de parecer atractiva porque yo lo digo y empieza a ser peligrosa por lo que hace.

—Odio esto —murmuro.

—¿Que tenga razón?

—Que la tengas en mi documento.

—Te acostumbrarás.

—No cuentes con ello.

Guardamos las versiones con cambios. Ninguno admite que conservará la corrección del otro. Tampoco hace falta. La pantalla ya lo demuestra.

Por primera vez no veo a Victoria como la otra V. Blackwood, sino como una escritora capaz de encontrar el punto débil de una escena en menos de un minuto. La admiración resulta más peligrosa que la atracción porque no puedo culpar a la tormenta. Su rodilla toca la mía.

Victoria aún sonríe. Tiene una pequeña arruga entre las cejas, como si incluso la alegría tuviera que pedirle permiso.

—No ha sido horrible —dice.

—¿Mi escena?

—La experiencia.

—Otro elogio histórico.

—No lo estropees.

—Podríamos intercambiar escenas. Yo arreglo tu beso y tú matas a mi protagonista.

—No necesito mucho tiempo.

—Me preocupa lo rápido que lo has dicho.

El silencio aparece despacio. No es incómodo.

Es más peligroso que eso. Victoria baja la mirada hacia mi boca y vuelve a mis ojos con una velocidad que no basta para ocultarlo.

Yo podría inclinarme. No estamos en una de mis novelas.

No tengo que encontrar la frase adecuada. Solo comprobar si ella se aparta.

Me acerco unos centímetros. Victoria no se mueve. Un golpe seco suena en el exterior. Ella se pone en pie de inmediato.

—¿Qué ha sido eso?

—Una rama.

—No sonaba a rama.

—¿A qué sonaba?

—A alguien dejando caer algo contra la pared.

—Estamos solos.

—Eso no lo sabes.

Coge la linterna.

—No salgas.

—¿Ahora me das tú la orden?

—En tus novelas siempre hay una mujer que sale a investigar.

—Y en las tuyas alguien tiene que acompañarla.

Me levanto. Damos la vuelta a la cabaña. El aire huele a tierra mojada. El cielo empieza a abrirse entre las nubes y el bosque gotea en la oscuridad. El ruido ha sido una maceta caída junto al porche. Victoria la observa con recelo.

—El viento —digo.

—No hay viento.

—Lo había hace un minuto.

—Conveniente.

—Podemos interrogar a la maceta.

—Tú solo conseguirías que confesara sus sentimientos.

La coloco de nuevo. Cuando me incorporo, Victoria mira hacia los árboles.

—¿De verdad te asusta? —pregunto.

—No.

—Has traído la linterna como arma.

—Pesa.

—Y yo escribo solo una escena con pétalos.

—No temo a los monstruos.

—¿A qué temes?

La pregunta sale sin intención de profundizar, pero su expresión cambia.

—A la gente que parece otra cosa —dice.

No tengo tiempo para preguntar. Victoria vuelve a entrar.

La sigo. El momento del sofá ha desaparecido, aunque la conciencia de lo que casi ocurre permanece entre nosotros.

Preparamos algo ligero para cenar. Victoria insiste en cortar el pan para demostrar que ha aprendido. Lo hace bien y parece decepcionada porque no pueda corregirla.

Al terminar, compruebo el sofá. Una gotera nueva ha empapado uno de los extremos y la humedad ha alcanzado la manta que utilicé la noche anterior.

—No puedes dormir ahí —dice Victoria.

—No pensaba hacerlo. Dormiré en el suelo.

—No.

—¿Por qué puedes decidir tú que duermes en la cama y yo no que duerma en el suelo?

—Porque es tu casa.

—Alquilada.

—Tu alquiler.

Victoria mira hacia el dormitorio. La cama es ancha, suficiente para dos personas que no se toquen.

—Ya veremos —dice.

—Eso suena amenazante.

—Primero quiero comprobar las ventanas.

Antes de decidir dónde va a dormir cada uno, Victoria insiste en comprobar todas las ventanas de la cabaña. La sigo con una vela mientras ella presiona pestillos y observa el exterior.

—El camino está despejado por un lado —digo—. Nadie subiría hasta aquí a pie con este barro.

—Eso es lo que esperaría que pensaras.

—¿Quién?

—La persona que sube.

—¿Tiene una motivación?

—No necesito escribirle una biografía para cerrar una ventana.

Llegamos a la cocina. Victoria se agacha junto a la puerta trasera y comprueba el cerrojo dos veces.

—¿Siempre haces esto? —pregunto.

—Cuando duermo en un lugar nuevo.

—Ayer miraste debajo de la cama.

—Y no había nadie. El sistema funciona.

—Lógica impecable.

Se incorpora demasiado deprisa y choca con mi pecho. La vela queda entre nosotros. La aparto para que no le queme el pelo.

—Cuidado.

—No estabas ahí antes.

—Te seguía.

—Eso también lo diría un asesino.

—Uno muy paciente. He cocinado dos días antes de atacar.

—Generas confianza.

—¿La he generado?

La pregunta deja de ser broma. Victoria mira el cerrojo.

—La suficiente para dormir en la misma casa.

—Eso ya lo hiciste ayer.

—No tenía opciones.

—Esta noche puedes usar la cama. Yo dormiré en el suelo.

—Has mencionado tu espalda cuatro veces.

—Dos.

—Las he contado.

—Cuarenta y siete páginas, cuatro menciones. Tienes una memoria muy selectiva.

Victoria toma la vela de mi mano.

—Compartiremos la cama.

No sé si he oído bien.

—¿Qué?

—Es ancha. No hace falta que representes el sacrificio masculino sobre un sofá.

—No estaba representando nada.

—Entonces acepta.

—¿Estás segura?

—No hagas que cambie de idea.

—No pensaba…

—Ya estás hablando demasiado.

Victoria empieza a recoger almohadas.

—Habrá una frontera.

—¿Una qué?

Coloca tres almohadas en mitad del colchón.

—No puedes cruzarla.

—¿Hay control aduanero?

—Hay consecuencias.

—¿Atizador?

—Peor.

—¿Me lees mi propia novela en voz alta?

—Con voz de villano.

Me llevo una mano al pecho.

—Eso sí sería cruel.

Ella me lanza otra almohada.

—Y nada de hablar dormido.

—No sé si hablo dormido.

—Nada de roncar.

—Te advertí de que ronco.

—Entonces contén la respiración.

—¿De forma normal o romántica?

Victoria me mira un segundo.

—Como respires de forma romántica, te mato.

—¿Cómo se respira así?

—Tú sabrás. Es tu género.

Victoria va al baño y regresa con la tirita de dinosaurio todavía en el pulgar. Antes de meterse en la cama, coloca su teléfono, una linterna y el abrecartas sobre la mesilla.

—¿Todo eso es necesario?

—Sí.

—¿Dónde pongo mi vaso?

—En tu lado.

—Mi mesilla no tiene espacio. Hay tres libros tuyos.

—Muévelos.

—¿Y arriesgarme a alterar una escena del crimen?

—Empiezas a aprender.

Retiro los libros y veo que uno es Siempre serás tú .

—¿Ese también te lo dieron por error?

Victoria lo coge con rapidez.

—Estaba en el coche.

—Y lo has traído al dormitorio.

—No había otro sitio.

—Hay una estantería en el salón.

—Quería comprobar una cosa.

—¿Qué?

—Si el protagonista mejora después del capítulo nueve.

—¿Y?

—Ligeramente.

—Has llegado más lejos.

—Duérmete.

—Todavía no hemos apagado la luz.

—Entonces cierra los ojos.

Guarda el libro debajo de su almohada, quizá para que deje de verlo. La cubierta rosa asoma por un lado.

No me burlo. Saber que lo está leyendo porque quiere resulta más íntimo de lo que debería. Apaga la luz de la mesilla y se mete en la cama de espaldas a mí. Yo me quedo mirando la frontera de almohadas. Hace dos días estaba solo, concentrado en una novela que empezaba a complicarse.

Ahora comparto cama con la mujer que quería quitarme el nombre. La vida tiene un sentido del humor extraño. Y una imaginación bastante mejor que la mía. Durante la noche, Victoria se levanta dos veces: la primera para comprobar el cerrojo; la segunda, para beber agua.

—No puedo dormir si sigues vigilando la casa —digo.

—No estoy vigilando.

—Has contado las ventanas.

—Hay cinco.

—Gracias por demostrar mi punto.

Vuelve a la cama y recoloca una almohada que se ha desplazado dos centímetros.

—¿Qué haces cuando no puedes dormir? —pregunta.

—Leo.

—¿Romántica?

—A veces.

—Eso es como trabajar durante el descanso.

—También leo terror.

—¿Para no dormir definitivamente?

—Para entender por qué mis lectoras compran libros tuyos por error y vuelven hablando de sótanos.

—¿Y lo entiendes?

—Sí. Les prometes una respuesta al miedo.

—No siempre la doy.

—Pero prometes que hay algo que descubrir.

Victoria se queda quieta.

—Tú prometes que hay algo que sentir —dice.

—Eso es casi una definición amable.

—No lo repitas.

La frontera sigue entre nosotros, pero ya no parece una muralla. Solo una línea que ambos hemos decidido no cruzar todavía.