CAPÍTULO 7
EL HOMbrE QUE SABE COCINAR
Victoria
Víctor cocina una tortilla como si estuviera participando en una prueba televisiva.
Pesa las patatas, controla la temperatura del aceite y utiliza un plato del tamaño exacto para darle la vuelta.
—Eso va a caerse —digo.
—Gracias por la confianza.
—No es falta de confianza. Es física.
—Tú escribes sobre personas que sobreviven después de perder dos litros de sangre.
—Porque me documento.
—Entonces sabrás que una tortilla puede girar ciento ochenta grados.
—No con tanta cebolla.
—La cebolla es necesaria.
—Por fin una opinión sensata.
La tortilla cae entera en la sartén. Lo odio un poco.
—Has practicado.
—Mi madre consideraba que un adulto incapaz de cocinar debía devolver el carné de identidad.
—La mía considera que llamar a domicilio es una habilidad doméstica.
—¿Y tú?
—Sé preparar café.
—Eso no es cocinar.
—También sé abrir vino.
—Me retracto. Eres autosuficiente.
Me entrega un cuchillo y una cebolla.
—Córtala.
—Ya has puesto cebolla.
—Para la ensalada.
—No necesitamos ensalada.
—Llevamos dos días comiendo hidratos.
—Yo llevo dos días secuestrada.
—Entraste sola.
—La tormenta es tu cómplice.
Empiezo a cortar. Víctor me observa.
—¿Qué?
—Nada.
—No es nada.
—Sujetaría el cuchillo de otra manera.
—He escrito nueve asesinatos con cuchillo.
—Eso no te convierte en cocinera.
—Sé por dónde entra mejor.
—Esa frase no ayuda.
Se coloca detrás de mí. Una mano cubre la mía y corrige la posición de mis dedos. La otra sujeta la cebolla.
—Así —dice cerca de mi oído—. Los nudillos guían la hoja.
Su pecho roza mi espalda. El cuchillo se detiene.
—Estás demasiado cerca.
—No quiero que te cortes.
—Puedo hacerlo sola.
—Lo sé.
No se aparta de inmediato. Tampoco aprieta. Está ahí, esperando a que sea yo quien decida.
La conciencia de su cuerpo se instala en lugares donde no debería existir durante la preparación de una ensalada.
—Ya lo tengo —digo.
Víctor retrocede. El aire frío ocupa el espacio que deja. Corto la cebolla demasiado rápido y una lámina sale disparada al suelo.
—Perfecto —murmura.
—No digas nada.
—Nunca.
Comemos junto a la ventana. La lluvia ha parado, pero el camino continúa cubierto por ramas y barro. Un vehículo de mantenimiento ha llegado hasta el árbol, aunque el operario asegura que primero deben asegurar el talud. Otra noche. No debería importarme.
—¿Cuánto tardas en escribir una novela? —pregunta Víctor.
—Depende.
—Respuesta de escritora.
—Entre cuatro y seis meses.
—Yo entre cinco y siete.
—Pensaba que las escenas de besos salían solas.
—Pensaba que esconder un cadáver era cuestión de cavar.
—Cavar bien requiere técnica.
—¿Ves? Los dos respetamos el oficio.
Pruebo la tortilla. Está perfecta. No pienso decírselo.
—¿Qué es más difícil? —pregunto—. ¿El primer beso o la ruptura absurda del último tercio?
—No todas mis novelas tienen una ruptura absurda.
—Dos personajes adultos dejan de hablar durante ochenta páginas porque uno oye media conversación detrás de una puerta.
—Has leído más de cuarenta y siete páginas.
Mastico.
—Era una reseña.
—Las reseñas no suelen precisar que el enfado dure ochenta páginas.
—Esa era muy completa.
Víctor sonríe.
—Has terminado el libro.
—Quería comprobar hasta dónde podía empeorar.
—¿Y?
—El final es tolerable.
—Victoria Blackwood ha leído una novela romántica y ha sobrevivido.
—No exageres. Tu protagonista casi no lo hace.
—Pero lo hace.
—Porque le regalas un final feliz.
—No se lo regalo. Lo construye.
—La vida no funciona así.
—Las novelas tampoco son la vida.
—Las mías no prometen que todo saldrá bien.
—Las mías tampoco.
Lo miro.
—Acaban juntos.
—Después de perder, equivocarse, pedir perdón y elegir. Un final feliz no borra lo anterior.
—Lo envuelve en una cubierta bonita.
—El terror también tiene convenciones. El peligro revela algo. El superviviente cambia. El monstruo recibe un nombre.
—A veces gana.
—Y a veces el amor no basta. Eso no significa que no merezca la pena escribir cuando sí.
La respuesta queda entre nosotros. No está intentando convencerme. Habla de sus libros con la misma seriedad con la que yo defiendo los míos.
La conversación queda suspendida cuando Víctor recoge los platos. Yo intento ayudar y termino rompiendo una copa al golpearla contra el grifo. El cristal se parte dentro del fregadero.
—No te muevas —dice.
—Solo es una copa.
—Y tienes la mano encima.
—No me he cortado.
Víctor me toma la muñeca y la gira. Una línea roja aparece en la base del pulgar.
—Es superficial.
—Si estuviera en una de tus novelas, ya habría una infección.
—Si estuviera en una de las tuyas, me besarías para distraerme.
Sus ojos suben hasta los míos.
—No todas mis escenas funcionan así.
—Las que he leído, sí.
—Has leído más de una.
—No cambies de tema.
Me conduce hasta una silla, busca un botiquín y limpia la herida. Sus dedos son firmes, cuidadosos. No dramatiza ni convierte el corte en una emergencia. Aun así, la cercanía me incomoda.
—Puedo hacerlo yo.
—Ya casi está.
—No necesito que me cuides.
—No estoy construyendo una deuda. Estoy poniendo una tirita.
La precisión de la frase me obliga a callar. Víctor la pega y su pulgar roza mi palma.
—Listo.
—La tirita tiene corazones.
—La compró Helena.
—Tu editora te conoce demasiado.
—También hay unas con dinosaurios.
—Habría preferido un tiranosaurio.
—Puedo cambiarla.
—No hace falta.
Se queda de pie entre mis rodillas. La distancia es mínima. Podría apoyar la mano en su cintura. Podría levantar la cara. No hago ninguna de las dos cosas.
—Te has quedado mirando —dice.
—Estoy evaluando si los corazones aumentan el riesgo de infección.
—Naturalmente.
Víctor se aparta y recoge los cristales. La ausencia de su cuerpo deja una especie de corriente fría.
—¿Sabes qué demuestra esto? —pregunta.
—Que compras copas débiles.
—Que no podrías sobrevivir en una comedia romántica doméstica.
—He sobrevivido a cosas peores.
—Demuéstralo. Tú escribes una escena romántica y yo una de terror.
—¿Una escena romántica?
—Sin cadáveres.
—Eso no estaba en la discusión.
—Ahora sí.
El desafío aparece en el momento exacto para permitirnos fingir que no acaba de ocurrir nada junto al fregadero.
—Una hora —digo.
—Mil palabras.
—Sin revisar.
—Sin cambiar después de leer la del otro.
—El perdedor cocina mañana.
—Eso no cambia nada. Ya cocino yo.
—El perdedor limpia el generador.
Víctor hace una mueca.
—Acepto.
Antes de empezar, Víctor abre una hoja y escribe las reglas como si estuviéramos negociando un contrato internacional.
—Una sola escena. Mil palabras. Sin buscar documentación.
—Eso te perjudica más a ti.
—Sin matar a ninguno de los protagonistas.
—Eso no estaba acordado.
—Es romántica.
—La gente puede enamorarse y morir en la misma página.
—En la mía, no.
Le quito el bolígrafo y añado: «El personaje de terror no puede resultar atractivo».
—Eso es discriminación estética —protesta.
—Es prevención. En cuanto describes una mandíbula, conviertes al asesino en interés romántico.
—Tú has puesto un cuchillo debajo del cojín antes de escribir la segunda frase.
Cubro la pantalla con el brazo.
—Espionaje.
—Observación profesional.
—No vuelvas a utilizar mis argumentos contra mí.
Víctor recupera el bolígrafo y añade una última norma: «Cada escena debe contener una emoción que el otro género pueda reconocer».
—Eso es impreciso.
—Es el punto.
—El miedo es una emoción.
—Y el deseo también.
Nos miramos por encima de la hoja. La cocina, el corte y el instante junto al fregadero siguen demasiado cerca. Firmo las reglas solo para no hablar de ello.
—El perdedor no limpia el generador —digo—. El perdedor acepta una corrección del otro.
Víctor deja de sonreír.
—Eso sí es peligroso.
—¿Tienes miedo?
—Mucho.
—Perfecto.
Nos damos una hora. Por primera vez desde que llegué, la competición no consiste en expulsarlo de mi nombre, sino en averiguar qué ve cuando mira una página que yo no sabría escribir.
Nos instalamos en extremos opuestos del salón.
Abro un documento en blanco. Una escena romántica. Dos personas. Sin cadáver. Sin arma. Sin casa inquietante. Escribo la primera frase:
«Él la miró».
La borro.
«Cuando él la miró, ella supo que iba a ocurrir algo terrible».
Mejor. A los diez minutos, mi protagonista ha escondido un cuchillo debajo del cojín. No cuenta como arma si aún no lo utiliza. A los veinte, el supuesto héroe tiene una llave que no debería poseer. A los treinta, ella lo besa para distraerlo. A los cuarenta, le rompe una lámpara en la cabeza.
Termino con nueve minutos de sobra. Víctor continúa escribiendo. Frunce el ceño, borra, vuelve a escribir y mira hacia la ventana como si esperara que el bosque le entregue un asesino.
—Se acabó —digo cuando suena la alarma.
—Un minuto.
—Las reglas son las reglas.
—Mi monstruo está explicando su infancia.
—Ya has perdido.
Cierra el portátil.
—Tú primero.
—Ni hablar.
—Has propuesto el reto.
—Tú aceptaste.
—Orden alfabético.
—Víctor va antes que Victoria si ignoramos cuatro letras.
—Eso explica por qué quieres que cambie de nombre.
Terminamos lanzando una moneda. Pierdo. Empiezo a leer. A mitad del segundo párrafo, Víctor se tapa la boca.
—No te rías.
—No lo hago.
—Tienes hoyuelos.
—Son involuntarios.
Cuando llego al golpe con la lámpara, ya se está riendo.
—Era una escena romántica —dice.
—Se besan.
—Ella cree que él va a matarla.
—La tensión es importante.
—Lo deja inconsciente.
—El amor también necesita espacio.
Víctor se seca los ojos. Víctor deja mi texto sobre la mesa.
—La primera página no está mal —dice.
—Toda la escena es perfecta.
—La protagonista podría besar porque quiere, no solo para distraerlo.
—Quiere sobrevivir.
—También le atrae.
—Eso complica su juicio.
—Eso es romántica.
—Entonces el género consiste en tomar malas decisiones por deseo.
—A veces. Igual que el terror consiste en abrir puertas que deberían permanecer cerradas.
—La diferencia es que mis personajes saben que pueden morir.
—Los míos también arriesgan algo.
—El corazón no cuenta como órgano amenazado salvo que haya un cuchillo.
—Díselo a alguien a quien se lo hayan roto.
La frase me hace callar. Víctor no aprovecha el silencio. Recoge mi copa rota, cambia la tirita de corazones por una de dinosaurios y me la entrega.
—Para que tu reputación sobreviva.
Me quito la primera y pego la nueva.
—Mejor.
—¿Preparada para mi monstruo emocionalmente responsable?
—Como pida consentimiento para asustar, pierdes automáticamente.
—No prometo nada.
Me acomodo en el sofá.
—Ahora lee la tuya, moñas.
No sé qué ha escrito. Pero, mientras cambia de sitio para sentarse a mi lado, descubro que tengo ganas de averiguarlo.