Final feliz (Qué asco) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

ERA NECESARIO DESCRIBIR EL SONIDO

Víctor

Victoria escribe como si alguien la persiguiera.

No se detiene para mirar por la ventana ni consulta el teléfono. Sus dedos golpean el teclado con precisión y, cada cierto tiempo, borra un párrafo entero sin hacer una mueca.

Yo llevo veinte minutos intentando que Daniel salga de la habitación sin parecer un cobarde. El problema no es Daniel. El problema está sentado a mi izquierda, mordiendo el interior de la mejilla mientras decide qué hacer con un diente encontrado en una tubería.

—¿Es humano? —pregunto.

Victoria no levanta la vista.

—¿Qué?

—El diente.

Sus manos se detienen.

—Has leído mi pantalla.

—La letra es grande.

—No tanto.

—Tú has leído siete páginas.

—Buscaba faltas.

—Yo busco caries.

Cierra el portátil a medias.

—No puedes leer un borrador.

—No he leído. He visto una frase.

—Es lo mismo.

—En ese caso, tenemos una deuda pendiente.

Me levanto y voy hasta la estantería. Sé que traje una de sus novelas. La compré hace meses, después de que una librería publicara una fotografía colocando mi firma junto a la suya. Quería saber con quién compartía identidad digital. Saco Bajo la piel . Victoria la reconoce y se queda inmóvil.

—¿Tienes un libro mío?

—Me documentaba sobre el perjuicio que causas a mi marca.

—No utilices mis argumentos.

—Son buenos.

—Devuélvemelo.

—Lo compré.

—Entonces quémalo.

—Quiero leer el fragmento de la aguja.

—No sabes dónde está.

Abro por un pósit rojo.

—Página doscientos ocho.

Victoria mira la marca.

—Lo has leído.

—Entero.

—¿Por qué?

—Porque estaba bien.

La sinceridad la desconcierta. Aprovecho para empezar. La escena ocurre en un baño de azulejos blancos. La protagonista encuentra a su hermana muerta dentro de la bañera. Una nota está cosida debajo de la piel del antebrazo. Leo dos párrafos y noto que el desayuno se arrepiente de existir.

—¿Era necesario describir el sonido?

Victoria recupera la compostura.

—Sí.

—No, Victoria. No lo era.

—Era inmersivo.

—Era húmedo.

—Eso significa que funcionó.

—Significa que voy a oírlo cada vez que alguien cosa un botón.

Ella sonríe de verdad. No la pequeña contracción que intenta esconder, sino una sonrisa amplia que transforma su cara. Vuelvo al texto.

—No sigas —dice.

—Ahora viene la parte buena.

—No hay parte buena.

—La hay.

La protagonista intenta retirar la nota, pero se detiene porque comprende que hacerlo destruiría el último mensaje de su hermana. No puede salvarla, pero todavía puede escucharla.

Termino el capítulo y cierro el libro. Victoria ya no sonríe.

—No es una escena sobre un cadáver —digo.

—Hay uno en la bañera.

—Es sobre no haber respondido a una llamada.

Sus dedos se cierran sobre el borde del portátil.

—La culpa es un recurso útil.

—No lo digo como crítico.

—¿Entonces?

—Como lector.

Mira la cubierta del libro. Es negra, con una línea roja atravesando una silueta femenina.

—La mayoría habla de la aguja.

—La aguja es difícil de olvidar.

—Los análisis se quedan ahí.

—Porque la sangre es más fácil de comentar que la culpa.

Victoria baja la mirada. Durante unos segundos, el silencio cambia. Ya no es el de dos personas trabajando, sino el de alguien que ha abierto una puerta y no sabe si quiere cerrarla.

—¿De dónde salió la escena? —pregunto.

—De mi cabeza.

—Claro.

—¿Qué esperabas? ¿Una confesión traumática acompañada de música triste?

—No esperaba nada.

—Los escritores románticos siempre esperan que la gente explique sus heridas.

—Los escritores de terror siempre esconden las suyas bajo un cadáver.

Sus ojos vuelven a mí. He ido demasiado lejos.

—Perdona —digo.

Victoria parece más sorprendida por la disculpa que por la frase.

—No hacía falta.

—Sí.

—No me has ofendido.

—Eso no convierte la frase en menos invasiva.

Se queda callada. Dejo el libro en la mesa.

—Me gusta cómo escribes.

—No tienes que compensar nada.

—No lo hago.

—Entonces tienes un gusto cuestionable.

—Eso lo sabía desde que empecé a leerte.

Su boca se curva otra vez.

—¿Cuántas has leído?

—Tres.

—¿Tres novelas mías?

—Cuatro si termino la que traje para el viaje.

—¿Y finges náuseas por una aguja?

—No finjo.

—Eres delicado.

—Soy capaz de sentir asco y admiración a la vez.

—Eso también suena a una de tus novelas.

—Te sorprendería la cantidad de emociones que caben en una misma persona.

—No empieces.

—No he empezado nada.

—Se te ha puesto voz de autor romántico.

—Es mi voz normal.

Victoria vuelve a abrir el portátil.

—Entonces deberías revisarla.

Yo regreso a Daniel y María, aunque ahora el párrafo se resuelve de una manera distinta. Daniel sale de la habitación, sí, pero deja la puerta abierta.

La conversación debería terminar ahí. En lugar de volver al trabajo, Victoria abre el libro por otra de las marcas.

—¿Qué pusiste aquí?

—No recuerdo el número de página.

—Ciento cuarenta y tres.

—La escena del supermercado.

—¿Qué tiene?

—Nada sangriento.

—Entonces ¿por qué la marcaste?

Me inclino para leer mi letra. «La protagonista compra comida para dos aunque lleva seis meses viviendo sola».

—Porque es una forma muy sencilla de contar que todavía espera a su hermana.

Victoria pasa el dedo por la nota.

—Nadie ha mencionado esa escena en ninguna entrevista.

—Quizá no te han preguntado por la adecuada.

—Los periodistas siempre quieren saber de dónde saco los asesinatos.

—Es más llamativo que preguntar por una bolsa de pasta.

—La pasta era importante.

—Lo sé.

Se queda mirándome como si la respuesta contuviera una trampa. Después toma el libro y se sienta en el sofá.

—Lee una de tus escenas favoritas —dice.

—¿Mía?

—No voy a leerla yo en voz alta. Bastante sufrimiento.

—Pensaba que odiabas mis libros.

—Estoy reuniendo pruebas para el juicio.

Busco un ejemplar de La distancia entre nosotros y abro por un capítulo que casi nunca selecciono en presentaciones.

No contiene beso ni declaración. La protagonista ha perdido el trabajo y no sabe cómo decírselo a su pareja.

Él llega a casa, comprende que algo ocurre y, en vez de obligarla a hablar, prepara dos bocadillos y se sienta en el suelo con ella.

Leo unos párrafos. Victoria escucha con las piernas recogidas. No interrumpe hasta que termino.

—Él debería preguntarle —dice.

—Ella no está preparada.

—Puede ayudar.

—A veces preguntar es otra forma de exigir.

—A veces esperar es cobardía.

—También.

—Entonces ¿cómo sabes la diferencia?

—No siempre la sabes. Por eso los personajes se equivocan.

Victoria mira la página.

—En mis novelas, si alguien se sienta en silencio, normalmente oculta un arma.

—Eso vuelve más complicada la convivencia.

—Evita sorpresas.

—No parece que las evite. Solo hace que esperes la peor.

Su expresión se cierra.

—No vuelvas a analizarme.

—Estábamos hablando de personajes.

—Tu cara no.

Cierro el libro.

—De acuerdo.

Victoria parece preparada para una discusión. Mi aceptación la deja sin ella.

—Puedes decir lo que pensabas —murmura.

—No si no quieres oírlo.

—No he dicho eso.

—Has dicho que no te analice.

—No es lo mismo.

—Para alguien que vive de las palabras, haces diferencias muy específicas cuando te conviene.

—Y tú las haces demasiado grandes.

—Eso nos mantiene empleados.

Ella resopla y se levanta.

—Voy a comprobar el café.

—No se comprueba. Se prepara.

—Eres insoportable.

—Pero leo bien tus escenas de supermercado.

Victoria se detiene en la cocina.

—La pasta era para su hermana —dice sin volverse—. No porque esperara que regresara. Porque no conseguía aceptar que ya no tenía que comprarla.

—Eso es aún mejor.

No contesta. Sé que ha escuchado. A media tarde, el generador vuelve a fallar. Esta vez no llueve lo suficiente para culpar al agua. Bajo a revisarlo y descubro que una pieza está floja. Victoria aparece en la puerta con mi chaqueta puesta.

—¿Necesitas ayuda?

—¿Sabes arreglar generadores?

—Sé sujetar una linterna.

—Eso ya es más de lo que esperaba después del atizador.

—Sigo pudiendo utilizarlo.

Se agacha a mi lado y enfoca la conexión. El espacio es estrecho. Su hombro roza el mío.

—Un poco más arriba —digo.

—No me des órdenes.

—La luz, Victoria.

—Acláralo.

La miro. Ella intenta mantener el gesto serio. Me río.

—Eres imposible.

—Y tú demasiado fácil.

La pieza encaja. El generador arranca y la bombilla exterior se enciende. Victoria alza el puño como si hubiésemos derrotado a un enemigo.

—Lo hemos hecho.

—He apretado un tornillo.

—Yo he iluminado el tornillo.

—Un equipo perfecto.

La frase sale antes de que pueda filtrarla.

Ella baja la mano. Estamos muy cerca. Puedo ver la pequeña marca junto a su ceja, el brillo de humedad en el pelo y el instante exacto en que deja de pensar en una respuesta.

Entonces el generador tose y nos salpica una gota de aceite. Victoria mira la mancha en mi mejilla.

—Te queda bien.

—¿Dónde?

Señala su cara.

—Más abajo.

Repito su gesto de la noche anterior y fallo a propósito.

—En el otro lado —dice.

—¿Aquí?

—Eres idiota.

Me limpia con el pulgar antes de darse cuenta de lo que hace. Su mano queda un segundo sobre mi cara. Después la retira.

—Ya está.

—Gracias.

—No significa nada.

—Era aceite. Me preocupaba que significara algo.

Se levanta.

—Voy a escribir un asesinato.

—Avísame si necesita consentimiento.

—Eso solo en tus monstruos.

La veo entrar en la cabaña. Sonrío sin querer. No debería gustarme tanto irritarla. Mucho menos cuando empieza a gustarme lo que aparece debajo de la irritación.

Esa noche, Victoria deja Bajo la piel sobre mi mesa con un pósit nuevo en la cubierta.

«La aguja sigue siendo excesiva».

Debajo ha dibujado una cara vomitando.

—¿Esto es una dedicatoria? —pregunto.

—Una evaluación.

—La guardaré.

—No seas ridículo.

—Es la primera nota personal de Victoria Blackwood.

—Te he insultado varias veces.

—Verbalmente. Esto tiene valor documental.

Me quita el libro y arranca el pósit. Lo guarda en el bolsillo antes de tirarlo.

—¿Por qué no lo has echado a la basura? —pregunto.

—No hay papelera cerca.

—Está a tu lado.

Victoria la mira y cambia de dirección.

—Necesito agua.

Mientras está en la cocina, encuentro otro pósit dentro del libro, en la escena del supermercado.

«No se queda sola porque nadie la quiera. Se queda sola porque no sabe qué hacer cuando alguien lo hace».

No sé si habla del personaje. No pregunto.

Doblo la nota y la guardo dentro de mi cuaderno, en una página en blanco.

No para utilizarla en una novela. Para recordar que la mujer que se burla de todas las emociones acaba de escribir una frase que podría romper a cualquier lector. Cuando vuelve, cierro el cuaderno.

—¿Qué escondes?

—Nada.

—Esa es mi respuesta.

—Estoy aprendiendo de ti.

Victoria me entrega el agua y se sienta frente al fuego.

—Lee otra escena —dice.

—¿Mía?

—Una corta.

Elijo una donde dos personajes hacen las paces preparando café. No hay beso. Al terminar, Victoria mira la taza que sostiene.

—No está mal.

—En tu idioma…

—Como termines, te la tiro.

Sonrío. A veces el respeto no llega en una declaración. Llega en una mujer que pide una página más y amenaza con negarlo. Cuando apagamos las luces, Victoria deja mi novela sobre la mesilla del dormitorio.

—Pensaba que preferías la británica de terror.

—La he terminado.

—Hay más en la estantería.

—Quiero comprobar si el champú vuelve a aparecer.

—Capítulo nueve.

—Eso dijiste.

—También en el diecisiete.

Me lanza una almohada desde la puerta.

—Buenas noches.

—Buenas noches, Victoria.

—No pongas esa voz.

—Es mi voz normal.

Cierra la puerta. Una hora después, oigo pasar páginas. No debería importarme que lea mi novela. Importa. Un libro es la forma más segura que conozco de dejar que alguien entre sin poder controlar qué parte encontrará primero. Con Victoria, hasta una lectura parece una proximidad forzada distinta.