Final feliz (Qué asco) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

PÉTALOS SObrE LA CAMA

Victoria

Despierto en una cama que no es la mía, vestida con la ropa de un hombre al que vine a declarar la guerra y con la certeza de que algo ha salido terriblemente mal.

Tardo unos segundos en recordar la tormenta, el árbol, el coche inclinado y la cena. Después recuerdo el sillón.

No recuerdo haber llegado al dormitorio. Me incorporo.

La puerta está entornada. Mis botas esperan junto a la cómoda y una taza humeante descansa sobre la mesilla. Debajo hay un papel doblado.

«Café. Sin pétalos. El generador funciona. La carretera todavía no».

Miro la letra. Es demasiado bonita. Hasta sus notas parecen preparadas para una dedicatoria. Pruebo el café. Está fuerte y no lleva azúcar. Exactamente como lo tomo. Eso me inquieta más que si hubiese entrado con un cuchillo.

Salgo al pasillo y encuentro la cabaña iluminada. La lluvia se ha convertido en un murmullo fino. Víctor no está en el salón, aunque su portátil continúa en el despacho, abierto sobre la mesa.

No voy hacia él. Voy a la ventana. Es una coincidencia que la ventana esté al lado del escritorio.

Levanto el móvil. Una línea de cobertura aparece y desaparece. Tengo cuarenta y dos mensajes de Carmen y un audio de Inés titulado «Por favor, dime que no lo has matado».

Intento responder. La línea se pierde. Dejo el teléfono y mi mirada cae sobre la pantalla.

El documento está abierto en una escena. No debería leerla. Ya he leído bastante de Víctor Blackwood para saber que sus personajes sienten más cosas antes del desayuno que yo en un año completo. Me inclino únicamente para cerrar la tapa y ahorrar batería.

Entonces veo la palabra pétalos. No es culpa mía. El texto se ofrece.

«Daniel había esparcido pétalos de rosa sobre la cama porque no quería que María recordara aquella noche por el hotel, el vestido o la ciudad, sino por la certeza de que alguien había pensado en cada pequeño detalle antes de que ella cruzara la puerta».

Resoplo. Sigo leyendo. Daniel ha cocinado. Por supuesto. Ha escrito una carta. Evidentemente. Ha preparado una lista de canciones que empiezan con la primera melodía que bailaron juntos.

—«No he llenado la habitación de flores para impresionarte» —leo en voz alta—. «Lo he hecho porque sé que nunca nadie preparó algo solo para ti».

—Esa frase funciona mejor si no la lees como un villano de dibujos animados.

Me giro. Víctor está en la puerta trasera con una caja de herramientas. Lleva un jersey oscuro, el pelo revuelto y una mancha de grasa en la muñeca. Cierro el portátil.

—Estaba buscando cobertura.

—Dentro del manuscrito.

—La pantalla refleja la señal.

—Tecnología nueva.

—Tu texto me ha atacado.

Deja la caja en el suelo.

—¿Por qué página ibas?

—Dos líneas.

—Has llegado hasta la carta.

—Está todo muy junto.

—Son siete páginas.

—Me duele la barriga.

—Son emociones.

—Es una obstrucción intestinal.

Víctor se apoya en el marco y me mira sin molestarse. Eso arruina la mitad de la diversión.

—Sigue —dice.

—¿Por qué?

—Ahora viene la parte que más odias.

—¿Se declaran ante una puesta de sol?

—Peor.

—¿Hay un perro con un lazo en el cuello?

—María entiende por qué Daniel recuerda su champú.

Abro el portátil de nuevo.

—Solo para encontrar fallos.

—Naturalmente.

Leo. El champú no es un detalle sensual, como creía. Es el olor de una tarde en el hospital, cuando María se sentó al lado de Daniel mientras su padre moría. Él no recuerda el perfume. Recuerda que ella se quedó. La broma se me atasca.

Paso a la siguiente página. Daniel no promete salvarla. Le dice que no piensa pedirle que sea menos complicada para quererla mejor. Cierro el ordenador.

—Demasiado largo.

Víctor no sonríe.

—¿Eso es todo?

—Y hay demasiadas flores.

—¿Alguna falta?

—Todavía no.

La palabra se me escapa antes de poder detenerla. Sus hoyuelos aparecen.

—Qué alivio.

—No interpretes esto como un elogio.

—Jamás.

—He leído porque tu portátil estaba abierto.

—También había una ventana abierta.

—No cabía dentro.

—Eres más pequeña de lo que aparentas.

Lo miro.

—¿Me has llevado tú a la cama?

El gesto de Víctor cambia apenas.

—Te quedaste dormida.

—Podías haberme despertado.

—Lo intenté.

—No recuerdo nada.

—Me llamaste moñas y me advertiste que tu ordenador contiene formas de ocultar cadáveres.

—Eso suena a mí.

—Después volviste a dormirte.

—No tenías que cogerme.

—Lo sé.

La respuesta desinfla el ataque que estaba preparando.

No dice que lo hizo por mi bien. No convierte el gesto en una deuda. Solo lo reconoce.

—La próxima vez, despiértame —digo.

—Espero que no haya una próxima vez en la que te duermas en mi sillón.

—Yo también.

El viento empuja una rama contra el cristal. Víctor abre la caja de herramientas.

—El generador aguanta. He hablado con el propietario. Hay varios árboles caídos y no despejarán este acceso hasta mañana por la tarde, como mínimo.

—No.

—No es una propuesta.

—Tengo que volver.

—Carmen sabe que estás aquí. Helena la ha llamado.

—¿Has hablado con mi editora?

—He hablado con la mía. Ellas han hecho el resto.

—Sin preguntarme.

—No tenías cobertura y llevas doce horas desaparecida durante una tormenta.

Saco el móvil. Justo entonces entra un mensaje.

CARMEN: SÉ DÓNDE ESTÁS. NO LO MATES. TU REUNIÓN SE HA APLAZADO.

Otro.

CARMEN: Y PONTE SU ROPA SECA. HELENA DICE QUE TIENE.

Miro la sudadera.

—Nuestras editoras hablan demasiado.

—En eso sí estamos de acuerdo.

Me siento frente al portátil.

—Necesito trabajar.

—Puedes usar el escritorio.

—¿Y tú?

—Hay otra mesa.

—No voy a interrumpir tu retiro sentimental.

—Ya lo hiciste ayer al llamar a la puerta.

—Golpeé.

—La puerta aún tiembla.

Recojo mi ordenador del bolso y lo coloco junto al suyo. Los dos V. Blackwood terminamos compartiendo escritorio. Él abre su manuscrito por otra escena. Yo abro el mío por una mujer que acaba de descubrir un diente humano en el desagüe.

A los veinte minutos, Víctor se levanta para añadir leña al fuego. No me pregunta si tengo frío. Simplemente coloca otro tronco y deja una manta sobre el respaldo de mi silla antes de volver a su sitio.

No la uso. Cinco minutos después, me la pongo sobre las piernas.

—No digas nada —advierto.

—No he abierto la boca.

—Tus hoyuelos empiezan antes.

—Será una reacción muscular.

Intento concentrarme. El diente del desagüe pertenece a un hombre desaparecido hace quince años. La protagonista todavía no lo sabe. Yo sí, pero he cambiado tres veces el motivo por el que aparece justo ahora. Víctor se levanta otra vez.

—¿Necesitas moverte cada diez minutos?

—Necesito café.

—Has tomado tres.

—Por eso necesito el cuarto.

—Eres escritor romántico. Pensaba que os alimentabais de emociones.

—Las emociones no mantienen despierto después de dormir en un sofá de metro setenta.

Me mira al decirlo. No con reproche. Solo como un dato.

—Podías haberme dejado en el sillón.

—Podía.

—Y no tenías que llevarme.

—También.

—Entonces no utilices la espalda como argumento.

—No lo hago. Utilizo la cafeína.

Se dirige a la cocina. El generador tose y la luz parpadea. Miro el techo.

—Si se apaga otra vez, es culpa tuya —digo.

—El café no consume tanta electricidad.

—El tuyo parece requerir una ceremonia.

—¿Quieres uno?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

Regresa con dos tazas.

—Te odio.

—Sin azúcar.

Cojo la mía. Trabajamos otro rato. La convivencia empieza a adquirir una rutina ridícula: él escribe, yo escribo, alguno rompe el silencio con un insulto y el otro responde sin levantar los ojos de la pantalla.

A media mañana, mi teléfono consigue enviar varios mensajes. Carmen responde al instante.

CARMEN: ¿Cómo está el escritor?

YO: Vivo.

CARMEN: No era eso.

YO: Se niega a cambiarse el nombre.

CARMEN: Tampoco era eso.

Bloqueo el móvil. Víctor mira de reojo.

—¿Todo bien?

—Mi editora ha perdido el sentido profesional.

—Helena me ha preguntado si sigues armada.

—¿Qué has respondido?

—Que solo con sarcasmo.

—Te equivocas.

Saco del bolso un pequeño abrecartas metálico con forma de daga. Víctor lo contempla.

—¿Eso es uno de los marcapáginas elegantes?

—Edición limitada.

—Me siento más seguro.

—No deberías.

Dejo el abrecartas junto al ordenador. Él coloca a su lado un bolígrafo rosa que lleva «Felices para siempre» grabado.

—¿Qué haces?

—Equilibrio armamentístico.

No puedo evitar reír. Esta vez no la escondo tan rápido. Víctor vuelve a su manuscrito, pero la sonrisa permanece en su cara.

El diente del desagüe encuentra por fin una explicación: no aparece para revelar al asesino, sino para obligar a la protagonista a reconocer que lleva años buscando una prueba de algo que ya sabía.

No sé si la idea ha llegado por el café o por la presencia del hombre sentado a mi lado. Prefiero culpar al café. Durante una hora solo se escuchan las teclas. No resulta incómodo. Eso sí resulta preocupante. La concentración dura hasta que el olor a quemado nos obliga a levantar la cabeza.

Víctor había dejado pan en el horno.

—El hombre que recuerda cada detalle romántico —digo— olvida el temporizador.

—Estaba escribiendo.

—Un incendio habría mejorado la escena.

Abrimos las ventanas. El humo activa un detector que emite un pitido agudo. Víctor sube a una silla para silenciarlo mientras yo le indico que lo está haciendo mal.

—Puedes subir tú.

—La silla parece inestable.

—Has venido a una cabaña durante una tormenta, pero una silla te parece peligrosa.

—El riesgo debe tener propósito.

Consigue quitar la pila. El silencio vuelve. Comemos el pan raspando la parte negra. Víctor afirma que es «tostado intenso». Yo lo llamo evidencia.

—¿Qué haces cuando un capítulo no funciona? —pregunta.

—Lo borro.

—¿Sin guardarlo?

—Tengo copias.

—Entonces no lo borras de verdad.

—Lo saco de la novela.

—Yo conservo escenas durante años.

—Por eso tus libros tienen tantas páginas.

—A veces una escena encuentra su sitio después.

—A veces está muerta y el escritor se niega a enterrarla.

—Tú sabrías cómo hacerlo.

La conversación regresa al trabajo. Le explico el problema del diente. Víctor no propone un giro ni intenta resolverlo. Hace preguntas: quién lo encuentra, qué teme que signifique, qué sería peor que descubrir al asesino. La respuesta aparece mientras hablo.

—Que ya lo supiera —digo.

—Entonces el diente no revela. Confirma.

Lo miro.

—No has hecho nada.

—He escuchado.

—Eso cuenta como muy poco.

—Pero ha funcionado.

Vuelvo al ordenador antes de tener que agradecérselo. Por primera vez, compartir escritorio no parece una interrupción. Parece una herramienta que ninguno sabía que necesitaba. Al anochecer, Carmen consigue llamarme. La comunicación se corta cada pocos segundos.

—¿Estás sola? —pregunta.

Miro a Víctor, que prepara la cena al otro lado del salón.

—No.

—¿Te oye?

—Probablemente.

—Dile que no firme nada.

—No vamos a firmar nada.

—Me refiero a acuerdos sobre el seudónimo. Estáis aislados, cansados y tú llevas su ropa.

—¿Qué tiene que ver la ropa?

—Nada. Solo quería oír cómo reaccionabas.

—Voy a colgar.

—Victoria, no conviertas la necesidad de tener razón en una guerra que no beneficia a nadie.

La línea se corta antes de que responda. Víctor coloca dos platos sobre la mesa.

—¿Tu editora piensa que voy a engañarte para que firmes algo?

—Mi editora piensa que yo voy a engañarte.

—Eso parece más probable.

—No te acostumbres a que sea sincera.

Nos sentamos. La cabaña ya no parece el territorio de él y la invasión mía. Hay dos ordenadores, dos tazas y dos chaquetas junto al fuego.

Una imagen peligrosamente parecida a la convivencia.