Final feliz (Qué asco) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

VICTORIA BLACKWOOD OCUPA MI CAMA

Víctor

Victoria come la pasta como si me estuviera haciendo un favor. No deja nada en el plato.

—No está mal —concede.

La observo desde el otro lado de la mesa. Las velas proyectan sombras sobre su rostro. Lleva mi sudadera, el pelo aún húmedo y las mangas dobladas hasta los codos. La frase EL AMOR SIEMPRE ENCUENTRA EL CAMINO queda medio escondida bajo el borde de la mesa.

Nunca había visto a nadie vestir una declaración optimista con tanta hostilidad.

—Gracias —digo.

—He dicho que no está mal.

—En tu idioma equivale a una estrella Michelin.

—No te emociones.

—Intentaré contenerme.

Levanta el vaso de agua.

—¿Siempre cocinas así cuando estás escribiendo?

—¿Así cómo?

—Como si fueras a fotografiar el plato para una revista.

Miro los dos platos blancos, la sartén aún sobre los fogones y el trozo de pan que he cortado directamente sobre una tabla.

—He mezclado pasta, tomate y queso.

—Has puesto albahaca encima.

—Estaba en la nevera.

—La has colocado con unas pinzas.

—Era más fácil que utilizar los dedos.

—Eres un moñas.

La palabra parece salirle sin pensarlo. Apoyo el tenedor.

—¿Un qué?

—Un moñas.

—Lo he oído. Quería darte la oportunidad de corregirte.

—No hace falta.

—Cocino, limpio y utilizo pinzas. Una combinación devastadora para mi masculinidad.

—También escribes escenas con pétalos.

—Una escena.

—Es suficiente.

—Tú has cosido una nota debajo de la piel de un cadáver.

—Ficción.

—Los pétalos también.

—Los míos tienen una función narrativa.

—Los míos también.

—Crear una infección urinaria no es una función narrativa.

Me quedo mirándola. Victoria bebe agua con expresión seria.

—¿Por qué provocarían una infección?

—Los pétalos sueltan restos.

—Están sobre la colcha.

—La gente se mueve.

—No con el protagonista de esa escena. Ha tardado seis capítulos en besarla. Puede permanecer quieto dos minutos más.

Victoria deja el vaso.

—Seis capítulos.

—¿Qué?

—Sabes exactamente cuánto tarda.

—Lo he escrito.

—Tu protagonista recuerda el champú durante casi cincuenta páginas y luego espera otros seis capítulos.

—La tensión necesita tiempo.

—La tensión necesita que ocurra algo.

—En tus libros siempre ocurre algo.

—Por eso la gente los termina.

—Los míos también los terminan.

—Quizá esperan que alguien limpie la cama.

Se me escapa una risa. Victoria intenta mantener el gesto serio, aunque acaba inclinando la cabeza para ocultar una sonrisa. Hay algo desconcertante en verla así.

En televisión parece una mujer inaccesible.

En las entrevistas escritas, sus respuestas suelen ser cortas, inteligentes y lo bastante afiladas para disuadir al siguiente periodista de preguntar algo personal.

Incluso sus fotografías transmiten la sensación de que acercarse demasiado puede terminar mal.

Aquí, con mi ropa y una gota de salsa junto al pulgar, parece distinta. No menos fuerte. Más real. Se da cuenta de que la observo.

—¿Qué?

—Tienes tomate.

Se limpia la mejilla.

—En el otro lado.

Lo intenta de nuevo.

—Más abajo.

—¿Dónde?

Señalo mi propia cara. Victoria se frota junto a la boca. La mancha sigue ahí. Me levanto, cojo una servilleta y se la ofrezco. Ella la toma antes de que me acerque.

—Puedo hacerlo sola.

—No lo dudaba.

Se limpia.

—¿Ya?

—Sí.

Me siento. La luz del fuego llena el silencio que queda entre nosotros.

La lluvia no ha aflojado. El viento sacude de vez en cuando las contraventanas, aunque la cabaña soporta bien la tormenta.

Llevo viniendo cuatro años. El primer invierno aprendí qué ruidos son normales, qué goteras aparecen con el viento del norte y cuántos troncos necesito para mantener la casa caliente toda la noche.

Victoria aún gira la cabeza cada vez que algo golpea el tejado. No pienso señalarlo. Todavía.

—Necesitamos encontrar una solución —dice.

—Creía que habíamos acordado que ninguno cambiaría de nombre.

—Tú lo has decidido. Yo no he acordado nada.

—Entonces seguimos en el mismo punto.

—Podrías firmar como Víctor V. Blackwood.

—Mi segundo nombre no empieza por V.

—No tiene por qué ser real.

—¿Quieres que solucione una confusión inventándome otra identidad?

—Ya utilizas un seudónimo.

—Parte de mi nombre real está en él.

—También en el mío.

—Entonces comprenderás que no quiera cambiarlo.

Victoria deja el tenedor.

—No se trata solo del nombre. Es una marca.

—Exacto.

—Mis lectoras buscan V. Blackwood y encuentran hombres sin camiseta abrazando a mujeres bajo la lluvia.

—En mis portadas no hay hombres sin camiseta.

—En una sí.

—Lleva una camisa blanca mojada.

—Eso es estar sin camiseta con pasos adicionales.

—En las tuyas aparecen casas oscuras, bosques y manchas rojas. Mis lectoras tampoco salen indemnes.

—Pueden descubrir un género mejor.

—Eso dices después de haber leído cuarenta y siete páginas.

—No vuelvas a mencionarlo.

—¿Cuarenta y siete?

—Víctor.

—Es casi una quinta parte del libro.

—Me estaba documentando.

—Puedes terminarlo. Tengo varios ejemplares.

—Preferiría leer las instrucciones del generador.

—También las tengo.

—Perfecto.

Recojo los platos antes de que decida utilizarlos como arma. Victoria se levanta.

—Puedo ayudarte.

La miro.

—¿Sabes fregar?

—No soy inútil.

—Tampoco sabías cocinar.

—Sé cocinar.

—Has preguntado si la pasta se echaba antes o después de que hirviera el agua.

—Quería comprobar tus conocimientos.

—Los he superado por poco.

Lleva los vasos hasta la cocina. La dejo secarlos mientras friego.

Durante unos minutos trabajamos en silencio.

Es una escena doméstica extraña, demasiado normal para dos personas que se han conocido hace unas horas porque una de ellas quería borrar profesionalmente a la otra. Victoria observa la ventana.

—¿Crees que mañana podrán retirar el árbol?

—Depende de los daños en la zona.

—Tengo una reunión a las once.

—Puedes cancelarla.

—No.

—Puedes hacerla por teléfono cuando vuelva la cobertura.

—Es una presentación con una distribuidora.

—Entonces tendrán que entenderlo.

—No me gusta depender de que otros entiendan nada.

La forma en que lo dice no admite bromas. Cierro el grifo.

—En cuanto podamos llamar, avisaremos. No puedes hacer mucho más esta noche.

—Eso es lo que me molesta.

—¿No tener control?

—No tener opciones.

Asiento. Ella me mira, quizá esperando que intente analizarla. No lo hago. Acabo de conocerla y ya me ha enseñado que cualquier intento de acercamiento directo activa todas sus defensas.

—Hay libros en el salón —digo—. Puedes leer.

—¿Tuyos?

—Algunos.

—Entonces prefiero la oscuridad.

—También hay novelas de terror.

—¿Buenas?

—No sé. No las he escrito yo.

Me dedica una expresión casi aprobatoria.

Terminamos de recoger. Le enseño el dormitorio.

La habitación tiene una cama grande, una cómoda y una ventana orientada al bosque.

No hay mucho más. Nunca necesito demasiado cuando vengo.

Victoria entra y comprueba el pestillo de la ventana. Después abre el armario.

—¿Qué buscas?

—A nadie.

—Normalmente la gente no se guarda en armarios.

—En tu género, quizá.

—En el tuyo tampoco deberían. Falta oxígeno.

—Eso no impide que lo intenten.

Se agacha para mirar debajo de la cama. Me apoyo en el marco de la puerta.

—¿Buscas algo en particular?

—Polvo.

—¿Y?

—Deberías limpiar mejor.

—El propietario manda a alguien antes de cada estancia.

—No ha mirado debajo.

—Tú sí.

Se incorpora.

—Es una costumbre.

—¿Comprobar que no haya asesinos?

—Comprobar que no haya nada inesperado.

—Eso parece agotador.

Su expresión se endurece apenas un instante. He tocado algo. No sé qué.

—Hay mantas en la cómoda —digo—. El baño está al lado. Yo dormiré en el sofá.

—No hace falta.

—Ya lo hemos hablado.

—Tu sofá es corto.

—Yo puedo doblarme.

—No quiero que mañana digas que te he dejado inválido.

—No pensaba incluirlo en la campaña contra ti.

—Dormiré yo ahí.

—Victoria.

—No vas a tratarme como a una invitada.

—Eres una invitada.

—He venido a amenazarte.

—Una invitada poco convencional.

—No necesito que seas amable.

—No lo hago porque lo necesites.

—Entonces ¿por qué?

La pregunta suena más desafiante de lo que debería. Me encojo de hombros.

—Porque es mi cama, mi sofá y mi espalda. Puedo decidir dónde duermo.

—Eso no tiene sentido.

—No pretendo convencerte. Pretendo dormir.

Victoria abre la boca para discutir. Un trueno interrumpe la respuesta. Las luces no vuelven. La única iluminación del dormitorio procede de la linterna que he dejado sobre la cómoda y del resplandor del fuego que llega desde el salón.

—Te traeré otra vela —digo.

—No necesito una vela.

—Para ver.

—Tengo el móvil.

—La batería no es infinita.

—Tampoco mi paciencia.

—Esa parece bastante resistente.

Salgo antes de que encuentre otra objeción. Preparo el sofá. Retiro los libros, coloco una sábana y extiendo una manta. Mido aproximadamente un metro ochenta y seis. El sofá, siendo generoso, llega a uno setenta. Puedo dormir de lado. O con las piernas fuera. O no dormir. No sería la primera noche.

Llevo casi una hora revisando el manuscrito a la luz de una lámpara de batería cuando Victoria aparece en el salón.

Sigue con mi sudadera. Se ha recogido el pelo en un moño desordenado y lleva un libro en la mano. No es mío. La casa de las voces , de una autora británica.

—No podía dormir —dice.

—Aún no has entrado en la cama.

—He probado el colchón.

—¿Y?

—Demasiado blando.

—Puedo pedir que lo cambien antes del desayuno.

—No hace falta que te pongas sarcástico.

—Estoy aprendiendo de ti.

Se sienta en el sillón frente al fuego. Yo vuelvo al portátil. Durante unos minutos solo se oye el paso de las páginas, el crepitar de los troncos y el viento. Victoria lee deprisa.

No como quien disfruta de cada frase, sino como si persiguiera algo. Sus ojos avanzan por el texto y una de sus manos sostiene el borde del libro con fuerza.

—¿Está bien? —pregunto.

—¿Qué?

—El libro.

—Sí.

—No parece que lo estés disfrutando.

—No tengo que sonreír para disfrutar de algo.

—Eso explica tus entrevistas.

Levanta la vista.

—¿Siempre hablas tanto?

—Solo cuando alguien entra en mi casa y critica mi colchón.

—No he criticado tu colchón. He descrito su debilidad estructural.

—¿Quieres cambiarlo de seudónimo también?

Victoria vuelve al libro. A los pocos minutos, sus párpados empiezan a cerrarse. Lo intenta disimular. Lee la misma página durante demasiado tiempo. Después apoya la cabeza contra el respaldo y el libro desciende unos centímetros.

—Deberías acostarte.

—Estoy leyendo.

—Tienes los ojos cerrados.

—Procesamiento interno.

Sonrío y sigo escribiendo. Cuando vuelvo a mirarla, se ha dormido.

El libro descansa abierto sobre su abdomen.

La respiración le sale lenta. La tensión de sus facciones ha desaparecido y, sin ella, parece más joven.

Me levanto despacio. Podría dejarla en el sillón. No estaría incómoda durante unas horas.

También podría despertarla y soportar otra discusión. Cierro el portátil. Le quito el libro con cuidado. Victoria se mueve.

—No toques mi ordenador —murmura.

—No está aquí.

—Hay información…

—¿Sobre cadáveres?

—Sobre cómo ocultarlos.

—Lo tendré en cuenta.

Paso un brazo por debajo de sus rodillas y otro tras su espalda. Pesa menos de lo que esperaba. Su cabeza cae contra mi hombro cuando la levanto. Huele a mi jabón y a lluvia. Abre un ojo.

—¿Qué haces?

—Llevarte a la cama.

—Eso suena a una de tus novelas.

—En las mías la mujer suele estar despierta.

—Moñas.

—Descansa, psicópata.

Camino por el pasillo. Victoria no protesta de nuevo.

Para cuando llego al dormitorio, vuelve a dormir.

La dejo sobre el colchón y tiro de la manta hasta cubrirla.

Se gira de lado, aún con el ceño ligeramente fruncido, como si incluso dormida sospechara que alguien intenta engañarla. Apago la linterna y salgo.

En el salón, el sofá continúa siendo demasiado corto. Me tumbo de lado, doblo las piernas y cierro los ojos. La lluvia golpea el tejado. Mi espalda protesta. Y, desde el dormitorio, oigo a Victoria murmurar algo que no logro entender.

Por primera vez desde que llegué a la cabaña, no pienso en María, en Daniel ni en el beso que llevo toda la tarde intentando escribir.

Pienso en una mujer que amenaza a desconocidos, revisa debajo de las camas y se duerme leyendo novelas de terror con mi ropa puesta. No es una buena idea. Por desgracia, las buenas ideas rara vez empiezan aporreando una puerta.