CAPÍTULO 3
LA PRIMERA REGLA DEL TERROR
Victoria
La primera regla del terror es sencilla: cuando un desconocido te advierte que no conduzcas por una carretera durante una tormenta, no debes hacerle caso. El desconocido puede ser el asesino. También puede ser el dueño de una cabaña donde nadie oirá tus gritos.
Y, si escribe novelas románticas, existe la posibilidad de que intente retenerte para obligarte a escuchar una lista de reproducción acústica mientras te habla de sus sentimientos. Prefiero arriesgarme con la curva.
Los limpiaparabrisas apenas consiguen apartar el agua.
Las ruedas avanzan sobre un camino que hace menos de veinte minutos estaba cubierto de grava y ahora se ha convertido en una lengua de barro.
Los árboles se inclinan sobre la carretera como si quisieran cerrarla detrás de mí. Sujeto el volante con ambas manos.
No estoy nerviosa. Estoy enfadada. Es distinto.
Estoy enfadada con Víctor por negarse a comprender una solución evidente.
Con su editora por darme la dirección de una cabaña en mitad de ninguna parte.
Con Carmen por enviarme cuatro mensajes seguidos y terminar cada uno con la palabra VUELVE en mayúsculas.
Y, sobre todo, estoy enfadada conmigo por haber leído cuarenta y siete páginas de su novela y permitir que lo descubra. Podría haberlo negado mejor. No suelo quedarme sin respuestas. Mucho menos delante de un hombre que enciende velas para escribir.
El móvil, colocado en el soporte del salpicadero, pierde la última línea de cobertura.
Perfecto. La señal de madera aparece a la izquierda, deformada por el agua.
Víctor ha dicho que tome el desvío de la derecha.
Giro a la derecha. No porque él me lo haya recomendado.
Porque ya conocía el camino. Más o menos.
La carretera baja entre los árboles. El agua corre por los laterales y cruza el asfalto en algunos puntos. Reduzco la velocidad. Las luces iluminan algo tumbado delante. Freno. El coche patina unos centímetros antes de detenerse. Un árbol bloquea la carretera. No una rama. Un árbol entero.
El tronco cruza de lado a lado y las raíces sobresalen del talud como dedos cubiertos de tierra. Una de las ramas aún se mueve bajo el viento. Me quedo mirando.
—Claro.
El universo tiene una inclinación irritante por las metáforas.
Pongo la marcha atrás. El coche empieza a retroceder.
Giro con cuidado, buscando un espacio donde dar la vuelta.
La rueda trasera derecha se hunde en el borde del camino.
Acelero un poco. El motor responde. La rueda gira. El vehículo no se mueve.
—No.
Vuelvo a intentarlo. Barro. Más aceleración. Más barro. El coche se inclina ligeramente hacia un lado.
—Ni se te ocurra.
Apago el motor. Durante unos segundos solo escucho la lluvia golpeando el techo. Cojo el móvil. Sin cobertura. Miro por el retrovisor. No se ve la cabaña. Tampoco otra casa, una luz ni ningún indicio de que la civilización exista. Tengo dos opciones.
Permanecer dentro del coche hasta que pase la tormenta y esperar que el terreno no siga cediendo. O volver caminando a casa de Víctor. La segunda opción implica verlo abrir la puerta. Imaginar su cara me hace valorar seriamente la primera. Un relámpago ilumina el bosque.
En la oscuridad posterior, algo se mueve entre los árboles. Me inclino hacia el parabrisas. No distingo nada. Podría ser una rama. En mis novelas siempre es una rama antes de que deje de serlo. Abro la puerta.
El agua me golpea de inmediato. En menos de diez segundos tengo el pelo pegado a la cara, las botas hundidas en el barro y el abrigo completamente mojado.
Saco el bolso, cierro el coche y comienzo a caminar. La subida resulta más larga de lo que recordaba. El viento empuja la lluvia contra mi rostro y el camino se vuelve resbaladizo. Estoy a punto de caer dos veces. No hay nada detrás de mí. Miro igualmente. Nada. Sigo andando.
Cuando la cabaña aparece entre los árboles, una luz cálida brilla tras la ventana del salón. La visión es tan acogedora que me resulta ofensiva. Subo los escalones del porche. No tengo que llamar. La puerta se abre.
Víctor lleva una chaqueta oscura sobre una camiseta gris y su expresión pasa del alivio a algo que tiene la prudencia de ocultar antes de que pueda identificarlo. Me mira de arriba abajo. No dice nada.
—Ni una palabra.
Se aparta. Entro.
—No iba a decir nada.
—Tu cara sí.
—Mi cara está preocupada.
—Tu cara está disfrutando.
—Mi cara tiene frío. Estabas dejando entrar toda la tormenta.
Cierra la puerta detrás de mí. El calor de la cabaña me envuelve y hace que empiece a tiritar. No lo había notado hasta ahora.
Víctor baja la vista hacia el agua que cae de mi ropa y forma un charco sobre la madera.
—¿Qué ha ocurrido?
—Un árbol.
—¿En la curva?
—Después del desvío.
—¿El coche?
—Atascado.
Se pasa una mano por la barba. No sonríe. No me recuerda que tenía razón. No dice «te lo advertí». Resulta insoportable.
—Puedes hacerlo —digo.
—¿El qué?
—Decirlo.
—No hace falta.
—Sé que lo estás pensando.
—También estoy pensando que deberías quitarte esa ropa antes de enfermar.
—No voy a desnudarme delante de ti.
—Eso no estaba entre mis expectativas para esta tarde.
—Escribes romántica. Seguro que esperas que una mujer empapada aparezca en tu puerta cada vez que llueve.
—Normalmente llaman antes.
Se dirige hacia el pasillo.
—Voy a buscarte algo seco.
—No necesito…
—Victoria, estás temblando.
Miro mis manos. Traidoras.
—Es rabia.
—Póntela encima de una camiseta seca.
Desaparece por el pasillo. Me quito el abrigo. Pesa el doble que antes. Lo dejo sobre una silla y examino la cabaña de nuevo.
La chimenea está encendida. Hay un fuego moderado, nada exagerado. Sobre la mesa baja han aparecido una botella de agua, una linterna y una caja de herramientas. Supongo que ha estado preparándose para un posible corte de luz.
Eso no encaja con el hombre ingenuo y algo inútil que había decidido encontrar. Tampoco encaja su negativa a aprovechar mi regreso para burlarse. No me gusta cuando las personas contradicen la imagen que me he formado de ellas. Complica las cosas. Víctor vuelve con una pila de ropa.
—El baño está al fondo. Hay toallas limpias en el armario.
Me entrega un pantalón gris y una sudadera color crema. Leo la frase estampada en el pecho.
EL AMOR SIEMPRE ENCUENTRA EL CAMINO.
Levanto la vista.
—No.
—Es la única limpia.
—Prefiero la hipotermia.
—Tengo una negra, pero pone «Bésame antes del último capítulo».
—¿No posees ropa normal?
—Sí. La llevo puesta.
—Dámela.
—La camiseta puede servirte de vestido. No creo que el pantalón sea necesario.
—El pantalón es necesario.
—Entonces tendrás que soportar el amor encontrando el camino.
Sujeto la sudadera entre dos dedos.
—¿Es mercancía oficial?
—Un regalo de la editorial.
—Deberías demandarlos.
—Tu editorial vende marcapáginas con forma de cuchillo.
—Son elegantes.
—Uno de mis lectores casi lo utilizó para abrir un paquete.
—Eso demuestra su versatilidad.
Señala el pasillo.
—Ve a cambiarte.
Entro en el baño antes de que mis dientes empiecen a castañetear y le concedan otra victoria.
La estancia es pequeña y limpia. Hay una ducha, un lavabo y un espejo sobre un mueble de madera. Nada de productos masculinos ordenados por colores ni frascos con nombres absurdos. Solo un cepillo de dientes, una maquinilla y una botella de gel. Cierro la puerta con pestillo.
Me quito la ropa mojada y me seco. El pantalón de Víctor me queda enorme.
Tengo que doblar la cintura dos veces. La sudadera me llega a medio muslo y las mangas me cubren las manos.
El espejo me devuelve una imagen ridícula.
Pelo húmedo. Cara sin maquillaje. Una declaración optimista atravesándome el pecho.
Parezco una víctima de secuestro integrada en una secta de autoayuda. Recojo mi ropa y regreso al salón. Víctor ha colgado mi abrigo cerca del fuego. Cuando me ve, su mirada desciende hasta la frase de la sudadera y vuelve a mi rostro.
—No digas nada.
—Te queda bien.
—Has decidido morir.
—Solo intentaba ser amable.
—Ese es tu problema.
—Pensaba que eran los pétalos.
Dejo la ropa mojada junto al abrigo.
—Necesito llamar a una grúa.
—No hay cobertura.
—Ya lo sé.
—A veces entra una línea junto a la ventana de la cocina, aunque con este tiempo lo dudo.
Voy hacia allí. Levanto el teléfono. Nada. Me desplazo veinte centímetros. Nada. Subo el brazo.
—¿Funciona mejor si adoptas una postura dramática?
—Estoy buscando señal.
—Pareces la estatua de alguien que acaba de descubrir la factura del teléfono.
Le doy la espalda. Sigo sin cobertura. Un relámpago ilumina la cocina. La luz del techo parpadea. Una vez. Dos. Se apaga. Toda la cabaña queda a oscuras, salvo por el fuego del salón.
—Por supuesto —murmuro.
Víctor enciende una linterna.
—El generador debería arrancar.
Se oye un ruido sordo en el exterior. Luego silencio.
—¿Debería? —pregunto.
—Esa era la idea.
—¿Y la realidad?
—Voy a comprobarlo.
Coge la chaqueta.
—No salgas.
—No tenía intención.
—Lo digo porque en tus novelas siempre hay alguien que escucha un ruido y decide investigar.
—Mis personajes toman malas decisiones para que exista una trama.
—Me tranquiliza que seas consciente.
Sale por la puerta trasera. Yo me quedo junto al fuego. La cabaña cruje bajo el viento. Una rama roza la ventana. No es inquietante. Sé exactamente qué es. Otra rama golpea el tejado. Normal. La puerta del pasillo se mueve unos centímetros. La observo. Debe de ser una corriente.
No hay ninguna razón para pensar que alguien más está en la casa.
También es lo que pensaría alguien justo antes de descubrir a una persona escondida detrás de la puerta.
Cojo el atizador de la chimenea. Solo para apartar un tronco.
La puerta trasera se abre. Me giro con el hierro levantado. Víctor entra y se detiene.
El agua resbala por su pelo. Lleva la linterna entre los dientes y una caja pequeña bajo el brazo. Mira el atizador. Después me mira a mí.
—¿El fuego se ha puesto agresivo?
Lo bajo.
—He oído un ruido.
—Estamos en una casa de madera durante una tormenta.
—Gracias por el informe.
Deja la caja sobre la mesa.
—El generador tiene agua en una conexión. No voy a tocarlo hasta que deje de llover.
—¿Cuánto tiempo estaremos sin luz?
—No lo sé.
—¿Y cuánto tardarán en retirar el árbol?
—Probablemente hasta mañana. Quizá más si hay varios caminos afectados.
—No pienso pasar varios días aquí.
—No veo cómo vas a impedirlo.
El tono no es burlón. Es práctico. Lo odio todavía más.
—Dormiré en el coche cuando deje de llover.
—Tu coche está inclinado sobre una cuneta y hace frío.
—No necesito que tomes decisiones por mí.
—No lo hago. Te informo de que sería una estupidez.
Me vuelvo hacia él.
—¿Acabas de llamarme estúpida?
—He llamado estúpida a la decisión. Las personas inteligentes también las toman. Tú has venido hasta una cabaña durante una alerta de tormenta para exigirle a un desconocido que cambie su nombre.
—No había alerta cuando salí de Madrid.
—La había cuando llegaste.
—No pensé quedarme.
—Eso ha quedado claro.
El fuego crepita entre nosotros. Víctor se quita la chaqueta y la cuelga junto a mi abrigo. La camiseta se le pega a los hombros por la lluvia. Aparto la vista antes de que note que he mirado.
—Voy a preparar algo de cenar —dice.
—No tengo hambre.
Mi estómago decide intervenir. Víctor arquea una ceja.
—Es una protesta.
—Muy articulada.
Se dirige a la cocina.
—Puedes utilizar el dormitorio.
—No.
—¿No quieres dormir?
—No voy a echarte de tu cama.
—Dormiré en el sofá.
Miro el sofá. Es amplio, aunque no lo suficiente para él.
—Puedo dormir ahí.
—La habitación tiene pestillo.
—¿Crees que me preocupa que entres?
—Has recibido mi regreso con un atizador.
—Creía que eras otra persona.
—Eso no mejora la situación.
Abre un armario y empieza a sacar ingredientes.
—Usa la cama. Mañana veremos cómo sacar el coche.
—No necesito que me rescates.
—Tampoco sé si sabría hacerlo. Necesitaremos una grúa.
—Entonces ¿por qué hablas como si fueras a solucionarlo?
Se vuelve.
—Porque estás atrapada en mi casa, sin luz, mojada y enfadada. Alguien tiene que ocuparse de las cosas que sí podemos resolver.
La respuesta me deja sin una réplica inmediata. Eso me molesta. Me siento frente al fuego y estiro las manos hacia el calor. La sudadera huele a detergente y a algo que podría ser suyo. Cedro, quizá. O la vela redundante.
Víctor se mueve por la cocina iluminado por una segunda linterna. Abre cajones, enciende los fogones de gas y coloca una sartén sobre el fuego con la naturalidad de quien sabe exactamente qué está haciendo.
—¿Qué preparas?
—Pasta.
—¿Con pétalos?
—Solo si sigues provocándome.
La frase me arranca una risa breve. La ahogo enseguida.
Víctor no se vuelve, aunque veo cómo se le mueve el hombro.
Fuera, la tormenta continúa golpeando la cabaña.
Dentro, el fuego calienta la habitación, la cena empieza a oler demasiado bien y llevo puesta la ropa del hombre al que he venido a amenazar.
No se parece a ninguno de mis planes. La primera regla del terror debería ser otra: cuando todo empieza a resultar extrañamente acogedor, es porque el peligro ya ha entrado en la casa.