Final feliz (Qué asco) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

LA MUJER QUE GOLPEA MI PUERTA

Víctor

María lleva tres páginas esperando a que Daniel la bese. No porque él dude. Daniel no es un hombre que dude cuando tiene claro lo que desea. El problema es que llevo veinte minutos intentando decidir si debería tocarle primero la mejilla o sujetarla por la cintura. La mejilla resulta más íntima.

La cintura tiene más tensión.

También podría apartarle un mechón de la cara, aunque ya lo he utilizado en el capítulo siete y Helena, mi editora, mantiene una cruzada personal contra los mechones rebeldes.

Según ella, las mujeres adultas saben recogerse el pelo y los hombres de mis novelas parecen obsesionados con colocárselo detrás de la oreja.

Tiene razón. No se lo he reconocido. Apoyo las manos en el teclado y releo el párrafo.

Daniel se detuvo frente a ella. Había imaginado aquel momento tantas veces que ninguna de sus versiones se parecía a la realidad. María no sonreía. Tampoco se apartaba. Lo miraba como si todavía no hubiera decidido si abrirle la puerta o cerrársela para siempre. No está mal. Le falta algo.

Fuera, la lluvia golpea el tejado con más fuerza.

Lleva toda la mañana amenazando con una tormenta que, según la aplicación del tiempo, no debería llegar hasta la noche.

La montaña tiene una relación complicada con las previsiones meteorológicas.

Las escucha, se ríe y hace lo que le da la gana. Vuelvo al párrafo.

Daniel podría decir algo. No una declaración. Ya habrá tiempo para eso. Algo pequeño. Honesto. Una frase que le deje claro a María que no ha ido para convencerla, sino para darle la oportunidad de decidir. Escribo:

—No voy a pedirte que olvides lo que ocurrió.

Me detengo. Demasiado solemne. Lo borro.

—No he venido a pedirte nada.

Mejor. La puerta de la cabaña tiembla bajo tres golpes secos. Miro hacia el pasillo. No espero a nadie.

El propietario sabe que no debe venir mientras estoy escribiendo, Helena tiene prohibido localizarme salvo incendio editorial y el hombre que trae la compra dejó suficientes provisiones anteayer para que pueda sobrevivir a una guerra o a un bloqueo creativo.

Los golpes se repiten. Esta vez son cinco.

Quien está al otro lado no quiere entrar. Quiere derribar la puerta. Guardo el documento, cierro el portátil y me levanto.

La madera cruje bajo mis pies. El salón está en penumbra pese a que apenas son las cuatro. Las nubes han cubierto el cielo y la luz que entra por las ventanas tiene ese tono gris azulado que convierte cualquier casa del bosque en el escenario de una novela de terror.

Quizá Helena me ha enviado documentación sobre el género equivocado. Abro. La mujer que espera en el porche lleva un abrigo negro, botas oscuras y una expresión que habría hecho retroceder a Daniel, a María y a cualquiera de mis protagonistas. La reconozco de inmediato.

No por su fotografía de autor. En ella aparece de perfil, con el rostro medio escondido entre sombras y una seriedad estudiada que combina con las cubiertas de sus novelas.

La reconozco por el vídeo que he visto hace menos de una hora.

—Victoria Blackwood.

Ella parpadea. Parece molesta porque sepa quién es.

—Víctor Blackwood.

—Eso depende de si vienes a felicitarme por mis cadáveres.

—Vengo a pedirte que te cambies el nombre.

La lluvia empieza a caer detrás de ella con una precisión casi teatral. Miro el cielo. Luego vuelvo a mirarla.

—Hola también.

—No pretendo quedarme.

—Eso imaginaba.

—Necesito cinco minutos.

Una ráfaga de viento lanza varias gotas bajo el porche. Victoria se aparta el pelo húmedo de la cara y observa el interior de la cabaña como si esperara encontrar una docena de mujeres encadenadas a la pared.

—Puedes pasar —digo.

—No hace falta.

—Está lloviendo.

—Lo había notado.

—No lo parecía.

Sus ojos se estrechan. Son oscuros. No negros, como parecen en las fotografías, sino marrones, con unas motas más claras que solo se ven cuando la luz de la entrada le alcanza el rostro. No debería estar fijándome. Me aparto para dejarle espacio.

—Cinco minutos.

Victoria entra sin darme las gracias. Trae consigo olor a lluvia, aire frío y una energía capaz de desordenar una habitación sin tocar nada. Cierro la puerta. Ella examina el salón.

La chimenea está apagada. Hay una taza de café sobre la mesa baja, dos libros en el sofá y una vela de cedro encendida junto a la ventana. Por suerte, no es de vainilla. El vídeo de esta mañana ya me ha convertido en un hombre que cubre camas con pétalos. No necesito contribuir a la caricatura.

Victoria repara en la vela. Por supuesto.

—¿Es necesaria?

—No. Me gusta.

—Huele a bosque.

—Estamos en uno.

—Entonces es redundante.

Me cruzo de brazos.

—¿Has conducido hasta aquí para criticar mi vela?

—He conducido hasta aquí porque esta mañana me han entrevistado sobre tu novela.

—Lo he visto.

—¿Ya?

—Internet funciona rápido cuando alguien anuncia que prefiere comerse una flor.

No parece avergonzada. Solo más enfadada.

—También han vuelto a colocar nuestros libros juntos en varias librerías. Una mujer me ha pedido que le firmara el tuyo.

—La semana pasada un lector quiso saber cuánto tiempo mantengo consciente a una víctima después de abrirle el abdomen.

Victoria no reacciona.

—¿Qué le dijiste?

—Que no era una conversación adecuada para una firma infantil.

Un extremo de su boca se mueve. No llega a ser una sonrisa. Probablemente sea un espasmo.

—Esto nos perjudica a los dos —dice.

—Estamos de acuerdo.

—Bien. Entonces cambia tu seudónimo.

La observo unos segundos.

—No.

Ella parece sorprendida. No mucho. Victoria Blackwood no debe de permitir que el mundo la sorprenda con frecuencia. Aun así, esperaba que la discusión fuera más sencilla.

—Has entendido lo que he dicho.

—Perfectamente.

—Entonces también entenderás que no es una petición.

—Eso también ha quedado claro.

Da un paso hacia mí. No es especialmente alta, aunque las botas añaden unos centímetros. La forma en que ocupa el espacio hace que parezca mayor. Levanta la barbilla, mantiene los hombros rectos y habla como si llevara toda la vida acostumbrada a que los demás retrocedan.

—Yo he construido mi carrera como V. Blackwood.

—Yo también.

—Mi nombre es Victoria.

—El mío es Víctor.

—Mi apellido es Blackwood.

—Te va a sorprender lo que pone en mis libros.

—Podrías añadir una inicial.

—Tú también.

—Podrías firmar con tu nombre completo.

—Tú también.

—Tus lectoras saben que eres un hombre.

—Tus lectores saben que eres una mujer.

—Por eso la gente nos confunde.

—No creo que el problema sea nuestro sexo. Creo que es la letra que ocultamos delante del apellido idéntico.

Sus labios se comprimen. Me divierte más de lo que debería.

—Tú publicaste primero —dice—, aunque apenas por unos meses.

—Ocho.

—No presumas. No es una carrera.

—Has venido a exigirme que abandone el nombre que uso desde hace nueve años. La fecha parece relevante.

—Yo llevo ocho.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Claro.

Victoria me mira con recelo.

—¿Has investigado sobre mí?

—Compartimos ficha de autor en varias plataformas. Es difícil no conocer algunos datos.

—No compartimos ficha. Las plataformas se equivocan.

—Deberías explicárselo al algoritmo. Parece muy comprometido con nuestra relación.

La palabra provoca un cambio mínimo en su expresión.

—No tenemos ninguna relación.

—Aparte de esta conversación tan agradable.

—No va a durar mucho.

—Tus cinco minutos terminaron hace dos.

Mira el reloj que hay sobre la chimenea. Después me mira a mí.

—No pienso irme hasta que acordemos una solución.

—Hace un momento no pretendías quedarte.

—No te pongas literal.

—Soy escritor. Nos pagan por eso.

Victoria resopla y se dirige hacia la mesa. Deja el bolso sobre una silla sin preguntar y saca el teléfono. La pantalla muestra una sucesión de notificaciones.

—Mira esto.

Me enseña una publicación. Una captura de su entrevista aparece acompañada por dos portadas, la suya y la mía. Alguien ha añadido una encuesta:

¿CUÁL ES EL VERDADERO V. BLACKWOOD?

Las respuestas están casi empatadas. Desliza el dedo. Otra publicación muestra su cara rodeada de pétalos digitales. Otra utiliza una fotografía mía junto a la frase: «Él escribe el amor. Ella amenaza con comérselo». Tengo que apretar los labios.

—No te rías.

—No me estoy riendo.

—Tienes hoyuelos. Es evidente.

No sabía que tenía hoyuelos. Mucho menos que pudieran delatarme.

—Reconozco que la situación se está descontrolando.

—Por fin.

—Eso no significa que vaya a cambiarme el nombre.

—Podríamos decidirlo según las ventas.

—No creo que te convenga.

Silencio. Victoria baja el teléfono.

—¿Perdona?

—Has dicho que no es una carrera.

—No lo es.

—Entonces no hace falta comparar cifras.

—No tienes ni idea de cuánto vendo.

—Tú tampoco sabes cuánto vendo yo.

—Escribes historias sobre personas que se besan en aeropuertos.

—Y tú sobre gente que guarda partes humanas en recipientes herméticos. Ambos hemos encontrado nuestro público.

Se acerca un poco más.

—No menosprecies mi género.

—Tú acabas de resumir el mío como personas besándose en aeropuertos.

—Eso ocurre en tu tercera novela.

La miro. Victoria se queda quieta.

—¿Cómo lo sabes?

—Está en la sinopsis.

—No aparece en la sinopsis.

—En una reseña.

—Has leído mis reseñas.

—He investigado el perjuicio que causas a mi marca.

—Cuarenta y siete páginas.

Su expresión cambia de inmediato.

—¿Qué?

—Has leído cuarenta y siete páginas de Siempre serás tú .

—No sé de qué hablas.

—Esta mañana dijiste que nunca habías leído una novela mía. Cinco minutos después te quejaste de que el protagonista recuerda el champú de su novia durante demasiado tiempo.

—Eso estaba en…

—Tampoco está en la sinopsis.

Victoria abre la boca. La cierra. Me apoyo contra la mesa, disfrutando demasiado.

—No tienes por qué avergonzarte.

—No me avergüenzo.

—Mucha gente lee romántica.

—Yo no.

—Cuarenta y siete páginas son una cantidad extraña para alguien que no lee romántica.

—Conté las páginas porque quería saber cuánto tiempo perdía.

—¿Y por qué te detuviste?

—Porque me cansé del champú.

—Vuelve a aparecer en el capítulo nueve.

—Gracias por la advertencia.

El trueno llega tan cerca que hace vibrar los cristales. Victoria gira la cabeza hacia la ventana. La lluvia cae ahora en cortinas densas. El bosque apenas se distingue más allá del porche. El cielo ha oscurecido hasta parecer de noche y las ramas de los árboles se agitan bajo el viento.

—Deberías esperar a que pase lo peor —digo.

—No.

—La carretera no es buena con lluvia.

—He llegado por ella.

—Cuando apenas llovía.

—Sé conducir.

—No he dicho lo contrario.

—Lo has insinuado.

—He dicho que la carretera no es buena. No que tú seas mala conductora.

—Puedo bajar sola.

—También puedes quedarte media hora y evitar descubrir si el barro opina lo mismo.

Coge el bolso.

—No necesito que me protejas.

—No te protejo. No quiero tener que salir a buscarte.

—No tendrás que hacerlo.

—Eso dicen todos los personajes de tus novelas antes de desaparecer.

Me dedica una mirada que contiene al menos tres métodos para matarme.

—Hablaré con mi editorial.

—Perfecto.

—Y con la tuya.

—También perfecto.

—Esto no ha terminado.

—Lo imaginaba.

Camina hacia la puerta. La abro antes de que pueda hacerlo ella. Una ráfaga de agua entra en el recibidor. Victoria se abrocha el abrigo.

—La tormenta está empeorando.

—Gracias, señor pétalos.

—Eso no es un insulto.

—Lo será cuando termine contigo.

Sale al porche.

—Victoria.

Se vuelve.

—No bajes por el camino junto al arroyo. Hay una curva cerrada y se inunda rápido. Toma el desvío de la derecha al llegar a la señal de madera.

—He venido por ahí.

—Entonces ya lo conoces.

—No necesito indicaciones.

—Eso también lo imaginaba.

Baja los escalones y corre hasta su coche. Me quedo en la entrada mientras arranca. Los faros iluminan la lluvia y desaparecen entre los árboles. Cierro la puerta.

La cabaña recupera el silencio, aunque ya no parece el mismo.

Queda algo de ella en el salón: una gota sobre el suelo, el olor húmedo de su abrigo y una tensión extraña que no estaba antes de que golpeara mi puerta.

Vuelvo al despacho. Abro el portátil. Daniel continúa frente a María, esperando una frase.

Apoyo los dedos en el teclado. No he venido a pedirte nada. La oración me parece ahora demasiado correcta. Demasiado tranquila.

Pienso en Victoria entrando en mi casa para anunciarme que debo cambiarme el nombre. En la forma en que ha defendido sus libros, en cómo ha intentado negar que ha leído el mío y en esa fracción de sonrisa que se le ha escapado cuando he mencionado al lector del abdomen. Escribo:

—No he venido a pedirte nada —dijo ella—. He venido a decirte cómo van a ser las cosas.

Me río solo. Entonces otro trueno sacude la casa. Miro hacia la ventana. La lluvia ha borrado el camino. Y, por primera vez desde que Victoria se ha marchado, me pregunto si debería haber hecho algo más que advertirle.