Final feliz (Qué asco) CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

—Como si ese hombre hubiera elegido el nombre para fastidiarte.

—Publicó antes que yo por seis meses.

—Ocho.

—No ayuda que conozcas todos los datos.

—Forma parte de mi trabajo.

—El mío consiste en vender libros. Algo difícil cuando la gente compra el de otro escritor y cree que es mío.

Carmen suspira.

—A él le ocurre lo mismo.

—Sus lectoras compran mis novelas y descubren nuevas formas de conservar miembros humanos. Sale ganando.

—Tus lectores compran las suyas y quizá aprenden a comunicar sus sentimientos.

—Yo salgo perdiendo.

El coche de la editorial espera junto a la acera. El conductor baja para abrirnos, pero le indico que no es necesario y entro por mi cuenta. Carmen se sienta a mi lado.

—Tenemos que encontrar una solución —digo.

—Llevamos años intentando diferenciar las cubiertas, las fichas de autor y las campañas.

—No funciona.

—Lo de hoy ha sido una negligencia del programa.

—La semana pasada una librería me incluyó en una mesa redonda sobre «Nuevas voces masculinas del romance».

Carmen tose para disimular una risa.

—Y hace dos meses enviaron a Víctor una invitación para hablar de la violencia doméstica en tus novelas.

—Podría haber ido.

—No ha leído tus libros.

—Entonces está en igualdad de condiciones con algunos críticos.

El coche se incorpora al tráfico. Abro el buscador y escribo su nombre. Víctor Blackwood escritor. Aparecen fotografías. No sé por qué esperaba que fuese rubio.

Quizá porque en mi cabeza todos los hombres que escriben novelas sobre segundas oportunidades son rubios, llevan jerséis claros y adoptan perros con problemas emocionales.

Víctor tiene el pelo oscuro, algo largo en la parte superior, barba corta y una sonrisa tranquila que me irrita de inmediato.

En una de las fotografías sostiene un ejemplar de Siempre serás tú .

En otra está firmando libros rodeado de lectoras.

En una tercera aparece en una cafetería, con una taza entre las manos y la expresión satisfecha de quien jamás ha tenido que explicar por qué una mujer guarda una cabeza en un congelador.

Pincho en su página de autor. Víctor Blackwood es uno de los autores de novela romántica más leídos del panorama nacional…

—¿Qué haces? —pregunta Carmen.

—Investigación.

—Eso es lo que dicen tus protagonistas antes de entrar en una casa y encontrar un cadáver.

—No voy a matarlo.

Carmen me observa.

—Voy a hablar con él.

—No.

—¿No qué?

—No vas a contactar directamente con Víctor.

—¿Por qué?

—Porque para eso están las editoriales y los agentes.

—Las editoriales llevan años poniendo parches.

—Victoria.

—Solo quiero que cambie su firma.

—Publicó antes.

—Por ocho meses, sí. Ya me lo has dicho.

—Y ha construido una marca.

—Yo también.

—Por eso ninguno de los dos puede exigirle al otro que desaparezca.

Bloqueo el teléfono.

—No quiero que desaparezca. Puede conservar los libros, las flores y hasta la lluvia. Solo tiene que cambiar una letra.

—¿Cuál?

—Cualquiera.

—Su nombre es Víctor Blackwood.

—El mío es Victoria Blackwood.

—Ninguno está utilizando su nombre real completo.

—El mío se parece más.

—¿En qué sentido?

—En todos.

Carmen deja caer la cabeza contra el reposacabezas.

—No pienso facilitarte su teléfono.

—No te lo he pedido.

—Ni su correo.

—Tampoco.

—Ni voy a ponerme en contacto con su editora para concertar una reunión mientras estés así.

—¿Así cómo?

—Como si fueras a entrar con un hacha.

—No uso hachas.

—En tu segunda novela…

—Era una azada.

Carmen se queda en silencio. Vuelvo a mirar el móvil. No necesito su ayuda. La página de su editorial incluye un número de contacto. Marco antes de que pueda detenerme.

—Victoria —advierte.

Levanto un dedo para pedirle silencio. Una mujer responde al tercer tono.

—Editorial Lumenia, buenos días.

—Quiero hablar con Víctor Blackwood.

—¿De parte de quién?

Miro la fotografía de su sonrisa en la pantalla.

—Victoria Blackwood.

Hay una pausa.

—¿La escritora?

—La de los cadáveres.

Carmen se tapa la cara.

—Un momento, por favor.

Suena una melodía instrumental tan dulce que probablemente pertenece a una de sus listas para escribir besos.

Al cabo de unos segundos, otra mujer toma la llamada.

—Victoria, soy Helena, la editora de Víctor. He visto la entrevista.

—Entonces sabrás por qué llamo.

—Imagino que no es para felicitarlo por los pétalos.

—Necesito hablar con él.

—Ahora mismo no está disponible.

—¿Cuándo lo estará?

—No lo sé exactamente. Está en un retiro de escritura.

—¿Un retiro?

—Se encierra cuando empieza una novela. Sin redes, entrevistas ni llamadas.

Por supuesto. El escritor romántico se retira del mundo para ponerse en contacto con sus sentimientos.

—¿Dónde?

—Victoria…

—La confusión de los nombres ya está perjudicando a los dos. Necesitamos resolverlo.

—Podemos organizar una reunión cuando vuelva.

—¿Cuándo vuelve?

—En diez días.

Miro las notificaciones que siguen apareciendo en la pantalla. Alguien acaba de subir un vídeo con mi cara y una lluvia de pétalos animados. Diez días son demasiados.

—¿Dónde está?

Helena duda. Yo espero. Sé esperar. En mis novelas, la persona que espera suele ser la que lleva el cuchillo.

—En una cabaña cerca de Rascafría —dice al fin—. Pero no recibe visitas.

—Yo tampoco recibo novelas románticas y no parece importarle a nadie.

—Victoria, preferiría que…

—Solo quiero hablar.

Carmen emite un ruido que suena sospechosamente parecido a una carcajada. Helena suspira y me da el nombre del alojamiento, aunque insiste tres veces en que no debería presentarme sin avisar. Anoto la dirección. Cuelgo. Carmen me mira como si acabara de confesar un crimen.

—No vas a ir.

—Claro que voy a ir.

—Está en una cabaña perdida.

—Mejor. Así no habrá periodistas.

—Está trabajando.

—Yo también estaba trabajando esta mañana hasta que me preguntaron por su perspectiva masculina.

—Es probable que llueva.

Miro por la ventanilla. Las primeras gotas golpean el cristal. Sonrío.

—Perfecto.

—¿Qué tiene de perfecto?

Guardo el móvil en el bolso.

—En las novelas de terror, nadie toma buenas decisiones cuando empieza una tormenta.

—Eso no me tranquiliza.

—No pretendía hacerlo.

Dentro de unas horas conoceré a Víctor Blackwood. Le explicaré la situación con calma. Le haré comprender que uno de los dos debe cambiar de nombre. Y, cuando terminemos, volveré a Madrid y jamás tendré que pensar en él, en sus lectoras ni en sus malditos pétalos. Un plan sencillo.

Los planes sencillos siempre funcionan. Al menos, hasta que alguien abre la puerta equivocada.