Final feliz (Qué asco) CAPÍTULO 1
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Final feliz (Qué asco)

Final feliz (Qué asco)

Por Maria Bloom

© inepub.com

CAPÍTULO 1

YO NO ESCRIBO BESOS BAJO LA LLUVIA

Victoria

—¿Qué significa para ti escribir el amor desde una perspectiva masculina?

La pregunta me llega cuando estoy levantando la taza de café. Me detengo a medio camino y miro a la mujer sentada frente a mí. Sonríe.

No es una sonrisa nerviosa ni la expresión de quien acaba de equivocarse y espera que nadie lo haya notado. Es una sonrisa amplia, profesional, perfectamente ensayada para televisión. La clase de sonrisa que promete que todo marcha exactamente como debería.

Detrás de ella, una pantalla de dos metros muestra mi fotografía junto a la portada de un libro que no he escrito.

Un atardecer naranja. Una pareja abrazada bajo la lluvia.

Un título en letras doradas. Siempre serás tú .

V. Blackwood. Cierro los ojos un segundo.

Quizá, al abrirlos, el cadáver aparezca.

No uno real. Tampoco estoy pidiendo tanto. Me conformaría con la cubierta de La última mentira , mi nueva novela, en la que una mujer descubre que su marido lleva siete años ocultando cuerpos en el sótano de su segunda residencia. No hay atardeceres. No hay lluvia romántica.

La única pareja que aparece abrazada termina enterrada bajo una capa de cemento. Abro los ojos. El beso continúa detrás de la presentadora.

—No tengo una perspectiva masculina sobre el amor —respondo.

Ella asiente con entusiasmo, como si acabara de decir algo profundo.

—Claro. Porque, en realidad, las emociones no entienden de géneros.

—No. Porque no he escrito ese libro.

La sonrisa parpadea. Es un movimiento mínimo. Apenas una grieta en el esmalte blanco de sus dientes.

—Perdona.

Se inclina para consultar las tarjetas que tiene sobre las rodillas. Yo miro a un lado del plató.

Mi editora está detrás de una cámara, junto a uno de los técnicos. Tiene la mano pegada a la boca y los ojos muy abiertos. La muy cobarde evita mirarme.

—Esta es Siempre serás tú —continúo, señalando la pantalla—. Una novela romántica escrita por Víctor Blackwood.

La presentadora baja la vista hacia sus notas y después vuelve a mirar la portada.

—V. Blackwood.

—Sí.

—Como tú.

—Yo también firmo como V. Blackwood.

—Entonces sois…

—Dos personas distintas.

—Claro.

La sonrisa reaparece, aunque ahora tiene un ligero temblor.

El programa se llama Entre páginas. Se emite en directo un jueves por la mañana y, por lo que me explicó Carmen antes de entrar, lo ven cerca de medio millón de personas.

Una cifra modesta para televisión, pero suficiente para garantizar que mi humillación será recortada, subtitulada y compartida en internet antes de que termine la entrevista.

—Qué coincidencia tan curiosa —dice la presentadora.

—Llevamos años encontrándola fascinante.

Mi editora cierra los ojos. La mujer se ríe con prudencia.

—Entonces tú eres la autora de…

Alguien le susurra algo por el auricular.

— La última mentira —añade con alivio.

Por fin la pantalla cambia. Aparece mi portada: negra, sobria, con la silueta de una casa y una única ventana iluminada.

El contraste con el festival de tonos melocotón de hace un momento resulta casi ofensivo.

—Exacto.

—Una novela bastante alejada de… —Mira de reojo la pantalla anterior, que ya ha desaparecido—. De las historias románticas.

—En mi libro también hay un matrimonio.

—Ah.

—Él guarda cadáveres en el sótano.

La presentadora se ríe. Yo no. Eso hace que su risa se vaya apagando poco a poco.

—Bueno, hay muchos tipos de amor —improvisa.

—Y de órdenes de alejamiento.

Esta vez alguien se ríe detrás de una cámara. Carmen se lleva ambas manos a la cara.

Yo dejo la taza sobre la mesa. El café está frío. Por supuesto. Llevo cuarenta minutos esperando mientras entrevistaban a un cocinero que ha publicado un libro sobre recetas con legumbres. Él, al menos, ha conseguido hablar de sus garbanzos sin que le atribuyan los platos de otro hombre.

—Aprovechando la confusión —dice la presentadora, visiblemente decidida a salvar la entrevista—, ¿has leído alguna novela de Víctor Blackwood?

—No.

Es mentira. He leído cuarenta y siete páginas de Siempre serás tú .

No de forma voluntaria. Una librera me entregó un ejemplar durante una firma convencida de que era la edición especial de mi novela anterior. Cuando llegué al hotel y descubrí el error, abrí el libro para comprobar hasta qué punto podía perjudicarme aquella asociación.

Cuarenta y siete páginas después, el protagonista seguía recordando el olor del champú de su novia del instituto.

Cerré el libro antes de que empezara a olerlo yo también.

—¿Nunca has sentido curiosidad? —pregunta.

—Sé que escribe novela romántica.

—Una novela romántica muy emocional, según los lectores.

—También sé eso.

—De hecho, hay una escena que se ha hecho bastante popular en redes.

Vuelve a mirar sus tarjetas. Una alarma se activa en algún lugar de mi cerebro.

—El protagonista cubre la cama de pétalos antes de declararse a la mujer que ama —explica—. ¿Qué opinas de ese tipo de gesto?

Miro a Carmen. Esta vez sí me devuelve la mirada. Niega con la cabeza muy despacio. No sé si me está pidiendo que no responda o que no mate a nadie en directo.

—Creo que limpiar los pétalos de las sábanas debe de ser una pesadilla.

La presentadora se ríe.

—No seas tan práctica.

—Alguien tiene que aspirarlos.

—La escena es muy bonita.

—La cama queda llena de restos vegetales.

—Es romántico.

—Es una alergia esperando a suceder.

La mujer mira a cámara, encantada de haber encontrado un tono que cree divertido.

—Entonces, ¿Victoria Blackwood nunca prepararía una sorpresa así?

—Preferiría tragarme los pétalos.

El técnico de sonido suelta una carcajada tan fuerte que se oye incluso con los focos zumbando sobre nuestras cabezas. La presentadora se tapa la boca, pero también se ríe. Y yo comprendo que acabo de regalarle a internet una frase que me perseguirá durante el resto de mi carrera. Perfecto.

Al menos han pronunciado bien mi nombre.

◆

—Podría haber sido peor —dice Carmen.

Las puertas del ascensor se cierran y me dejan a solas con ella. Pulso el botón de la planta baja con más fuerza de la necesaria.

—¿Cómo?

—Podrías haber dicho que preferías tragarte al escritor.

Giro la cabeza.

—No des ideas a los titulares.

Carmen aprieta los labios, aunque no consigue ocultar la sonrisa.

Lleva diez años siendo mi editora y siete asegurando que mi carácter acabará provocándole una úlcera. Yo llevo los mismos siete años recordándole que una úlcera no se produce por convivir con personas desagradables, sino por una bacteria. No parece consolarla.

—Ha sido un error de documentación —dice—. El equipo del programa ha pedido disculpas.

—Han proyectado su portada detrás de mi cabeza durante cinco minutos.

—Dos minutos y cuarenta segundos.

—Me alegra que lo hayas cronometrado.

—Sabía que me lo preguntarías.

El ascensor baja con una lentitud homicida. Saco el móvil del bolso. Tengo treinta y nueve notificaciones. Treinta y nueve en menos de diez minutos. Abro la primera. Mi hermana me ha enviado una captura de pantalla del programa.

INÉS: No sabía que ahora escribías sobre señores sensibles.

Debajo aparece otra.

MAMÁ: A mí los pétalos me parecen preciosos. Tu padre nunca ha hecho algo así.

Y otra.

MAMÁ: No se lo digas.

MAMÁ: Aunque puedes decírselo.

Cierro la conversación. Las menciones en redes empiezan a multiplicarse.

«Victoria Blackwood preferiría comerse una rosa antes que escribir romántica».

«Necesito que V. Blackwood y V. Blackwood se conozcan».

«¿Alguien más pensaba que eran la misma persona?»

«Pues yo compré La última mentira creyendo que era la nueva de Víctor y ahora no puedo bajar al sótano».

Le enseño la última a Carmen.

—Mira. Una lectora traumatizada.

—Una lectora nueva.

—No es nuestro público.

—Ha comprado el libro.

—Por error.

—El dinero confundido también cuenta.

Las puertas se abren. Salimos al vestíbulo del edificio. Hay un pequeño grupo de personas esperando junto a la entrada, algunas con libros bajo el brazo. Dos empleados de seguridad intentan mantener despejada la zona, pero cuando me ven, una mujer de unos cincuenta años se acerca con una sonrisa.

—Victoria, ¿me firmas uno?

Carmen vuelve a ponerse en modo editora encantadora.

—Claro. Solo un momento, que llevamos un poco de prisa.

La mujer abre el bolso y saca un libro de cubierta rosa. Lo reconozco antes incluso de leer el título. Siempre serás tú . La pareja continúa besándose bajo la lluvia.

—Es para mi hija —explica—. Le encantó la parte de las flores.

Miro el ejemplar. Después a la mujer. Luego a Carmen. Carmen me da un pequeño golpe en el costado.

—No es mío —digo.

—Ya, ya sé que los escritores no os quedáis los libros —responde ella—. Lo he traído yo.

—Quiero decir que no lo he escrito.

La mujer parpadea.

—¿No eres V. Blackwood?

—Soy una de ellos.

—¿Hay más?

—Por desgracia.

Carmen interviene antes de que la frase empeore.

—Víctor Blackwood es el autor de ese libro. Victoria escribe terror.

La lectora mira la cubierta, después mi ropa negra y, por último, vuelve a observar el libro.

—Pues en la foto de internet salía una persona con el pelo oscuro.

—Los dos tenemos pelo —respondo.

Carmen me pisa. La mujer se disculpa y guarda el ejemplar. Parece tan avergonzada que durante un segundo me siento mal. Solo uno.

—Mi hija va a llevarse un disgusto —murmura.

—Puede mandárselo a su editorial —dice Carmen—. Seguro que consiguen que se lo firme.

—O puedo firmárselo yo y escribir que el protagonista muere en la segunda parte.

Carmen me agarra del brazo y me arrastra hacia la salida.

—Ha sido un placer —dice por encima del hombro.

—Igualmente —responde la mujer, aunque no parece convencida.

Atravesamos las puertas automáticas y salimos a la calle.

Madrid está gris. No llueve, pero el cielo parece estar planteándoselo.

Hay coches detenidos en doble fila, motocicletas sorteando peatones y un repartidor discutiendo con un taxista.

Mucho mejor. La realidad tiene el buen gusto de no lanzar pétalos sobre nadie.

—No puedes seguir reaccionando así —dice Carmen.

—¿Así cómo?