EPÍLOGO
EL GÉNERO EQUIVOCADO
Victoria
Un año después, hay pétalos sobre mi cama. No sobre la colcha. Sobre mi lado exacto, formando un corazón torcido que parece dibujado por alguien con problemas de percepción espacial. Me quedo en la puerta del dormitorio.
—Víctor.
Desde la cocina llega el ruido de un armario.
—¿Sí?
—Ven aquí.
—Estoy preparando la cena.
—Ahora.
Aparece con un paño sobre el hombro y harina en la camiseta. Mira la cama. Después me mira a mí.
—Sorpresa.
—Voy a vomitar.
—Puedo quitarlos.
—Como toques uno, te mato.
Sus hoyuelos aparecen.
—No entiendo las reglas.
—No tienes que entenderlas. Solo obedecer.
—Muy sano.
—Es nuestro aniversario.
—Precisamente.
—Pensaba que odiabas los grandes gestos.
—Odio los que esperan algo a cambio.
Víctor se acerca.
—Yo espero que no asesines a nadie antes de cenar.
—Eso no estaba en el acuerdo.
Me besa. Después recoge un pétalo que se ha pegado a mi manga.
—No hay fotógrafo —dice—. No hay campaña. Y he puesto una sábana vieja debajo para que no ensucien.
Miro la esquina de tela que sobresale bajo los pétalos.
—Has aprendido.
—Soy un hombre romántico, no un salvaje.
—Moñas.
—Psicópata.
La cocina huele a salsa de tomate y pan recién hecho.
Vivimos juntos desde hace seis meses, aunque yo sigo conservando mi piso «por logística».
Víctor ya no discute la definición. Solo paga la mitad de una casa donde mis libros han ocupado tres estanterías y su vajilla comparte armario con mi taza negra.
La cabaña se convirtió en nuestro lugar de trabajo. Regresamos cada dos meses. No siempre escribimos. Una vez pasamos cuatro días discutiendo sobre el título de una novela conjunta que juramos no estar planeando. Hoy la presentamos.
Amor hasta la muerte es una antología benéfica con seis relatos. Tres empiezan como historias románticas y terminan en terror. Los otros tres hacen el camino contrario. En la cubierta aparecen dos firmas completas:
VICTORIA BLACKWOOD
VÍCTOR BLACKWOOD
Por primera vez, nadie puede confundirnos.
—Tenemos que irnos en veinte minutos —digo.
—La cena está lista.
—¿Has cocinado antes de una presentación?
—No pienso dejar que sobrevivas con café y amenazas.
—He sobrevivido muchos años.
—No cuenta si estabas de mal humor.
Comemos de pie en la cocina. Víctor me recuerda que no debo responder a preguntas sobre una segunda parte. Yo le recuerdo que él no debe contar que escribí la escena del balcón.
—Es la mejor escena romántica —dice.
—La mujer está pensando en empujarlo.
—Pero no lo hace.
—Desarrollo de personaje.
La presentación se celebra en la misma librería de nuestra primera firma conjunta. El cartel dice:
V. BLACKWOOD Y V. BLACKWOOD
AHORA SÍ, EL MISMO LIbrO
Carmen está orgullosa del eslogan. Helena ha llevado flores. Le obligo a mantenerlas lejos de la mesa.
La sala se llena. Entre el público están Inés, mis padres, el padre de Víctor y varias lectoras que nos acompañaron durante la campaña. La mujer de la firma ha traído a su hija Clara, que estudia primero de criminología y asegura que no fue culpa mía.
Durante la conversación, la periodista nos pregunta cómo repartimos el trabajo.
—Yo aporté estructura, emoción y personajes —dice Víctor.
—Él hizo café —aclaro.
—Victoria aportó los cadáveres.
—Y arreglé sus finales.
—Mataste a una pareja en el segundo relato.
—Estaban estancados.
El público ríe.
—¿Quién escribió las escenas románticas? —pregunta la periodista.
—Yo casi todas —responde Víctor.
—Eso es falso.
—Victoria escribió el beso del balcón.
La sala reacciona con un murmullo encantado.
—Fue un error de edición —digo.
—También escribió la carta del último relato.
—Voy a matarte.
—Lo ves. Así trabajamos.
La periodista abre el libro.
—La carta dice: «No te quiero porque hayas salvado ninguna parte de mí. Te quiero porque nunca intentaste apropiarte de las que aprendí a salvar sola».
La frase suena diferente en otra voz. Víctor me mira. No me arrepiento de haberla escrito. Solo de que ahora medio centenar de personas sepan que soy capaz.
—¿Eso también fue un error? —pregunta la periodista.
—Grave.
—¿Entonces la romántica ya no te da asco?
Miro a Víctor.
—Me da muchísimo asco.
—Gracias —dice él.
—Pero he aprendido a convivir con los síntomas.
Después de la presentación, no regresamos directamente a casa. Carmen ha reservado una sala privada en un restaurante cercano para celebrar la publicación. Hay lectores, familia, periodistas amigos y una tarta decorada con rosas negras de azúcar.
—Esto sí puede comerse —dice Víctor.
—Lo comprobaré.
Mi madre abraza a Víctor durante tanto tiempo que él acaba mirándome por encima de su hombro en busca de ayuda.
—Cuídala —le dice ella.
—Mamá.
—Ella también me cuida —responde Víctor.
La frase evita que discuta. Mi padre le estrecha la mano y le pregunta si de verdad los pétalos atascan la aspiradora. Víctor promete hacer un estudio. Inés aparece con la planta de romero que le dejé el día de la reconciliación.
—Es vuestro regalo de aniversario —anuncia.
—Era mía —digo.
—La abandonaste.
—Estaba en tránsito.
—Como tu relación.
Víctor coge la maceta.
—La pondremos en la cocina.
—No la animes.
El padre de Víctor me entrega una caja. Dentro hay una de las novelas románticas favoritas de su madre. Los márgenes están llenos de notas.
—Él dice que eres la única persona a la que dejaría tocarlo —explica.
Miro a Víctor. Parece tan sorprendido como yo.
—No puedo aceptar esto.
—No es para que te lo quedes. Es para que leas la página doscientos once.
La abro. Junto a una declaración especialmente cursi, su madre escribió: «Demasiadas flores, pero funciona». Me río.
—Me habría caído bien.
—Mucho —dice Víctor.
La caja vuelve con su padre, pero fotografío la nota.
Durante la cena, varias personas piden que contemos cómo surgió la antología. Víctor empieza con la versión oficial: una campaña, dos géneros, el interés de los lectores.
—La verdad —interrumpe Inés— es que mi hermana se quedó atrapada y descubrió que el escritor estaba bueno.
—Voy a matarte.
—Eso confirma mi parte.
Víctor ríe. Mi madre pregunta por la frontera de almohadas. Carmen levanta ambas manos y afirma que no fue ella quien lo contó. Helena mira al techo.
—No pienso responder —digo.
—La frontera perdió —dice Víctor.
Toda la mesa aplaude.
—Duermes en el sofá —le advierto.
—Entonces tendrás que dormir con los pétalos.
—Los retiraré yo —decido.
—Hace unas horas has dicho que me matarías si tocaba uno —me recuerda.
—Puedo cambiar de opinión.
—Desarrollo de personaje.
La celebración termina pasada la medianoche. Caminamos hasta casa solos. Ya no hay periodistas, solo calles húmedas y el ruido distante de Madrid.
—¿Estás contenta? —pregunta Víctor.
—La pregunta es sospechosa.
—No tiene trampa.
Pienso antes de responder.
—Sí.
La palabra no provoca ninguna catástrofe.
—Yo también.
—No hacía falta que lo dijeras.
—A mí sí.
Le aprieto la mano. Al llegar a casa, Víctor abre la puerta del dormitorio y se aparta para dejarme pasar. Me duelen los dedos y la cara de sonreír más de lo que pienso reconocer. Los pétalos continúan en la cama. Víctor se apoya en el marco.
—¿Los retiro?
Me quito los zapatos.
—No.
—¿Seguro?
—Has puesto una sábana debajo.
—Siempre pienso en todo.
—No exageres.
Me acerco a la cama y toco uno de los pétalos. Es suave, absurdo y completamente innecesario.
Como muchas de las cosas que terminan importando.
—¿Sabes qué es lo peor? —digo.
—¿Que tenía razón?
—No la tenías.
—Entonces ¿qué?
—Que el corazón está torcido.
Víctor lo observa.
—Es intencionado. Simboliza que el amor no es perfecto.
—Se te cayó la mitad de la bolsa.
—También.
Me abraza por detrás y apoya la barbilla en mi hombro.
—Feliz aniversario, Victoria Blackwood.
—Feliz aniversario, Víctor Blackwood.
—Nunca pensé que acabaría compartiendo nombre, casa y libros con una mujer que quería obligarme a cambiar de seudónimo.
—Todavía estás a tiempo.
—No.
—Podríamos decidirlo según las ventas.
—No creo que te convenga.
Me giro entre sus brazos.
—Sigues siendo insoportable.
—Y tú sigues leyendo romántica a escondidas.
—Investigación.
—Naturalmente.
Lo beso antes de que mencione las cuarenta y siete páginas.
La mañana siguiente al aniversario encuentro un pétalo dentro de mi portátil. Víctor asegura que no lo ha puesto.
—Se habrá caído —dice.
—Los pétalos no se desplazan solos.
—En tus novelas sí.
Lo utilizo como marcapáginas en su nueva novela. En la página exacta donde un personaje dice que quedarse no es lo mismo que no tener salida.
No se lo cuento. Algunas cosas pueden ser nuestras sin necesidad de convertirlas en secreto.
Una semana después de la presentación, las primeras reseñas aparecen. Víctor las lee todas. Yo digo que no leo ninguna y, cuando se duerme, abro el teléfono debajo de la manta.
Una lectora escribe que el relato más romántico parece escrito por mí y el más oscuro por él. Otra asegura que ya no sabe quién es quién. Después de un año separando nuestras marcas, la confusión vuelve justo cuando hemos decidido compartir un libro.
—Esto es culpa tuya —digo durante el desayuno.
Víctor levanta la vista de la tostada.
—Buenos días.
—Dicen que escribiste el cadáver del pastel.
—Es un gran cadáver.
—La idea fue mía.
—Yo decidí que llevara una alianza en el bolsillo.
—Detalle sentimental innecesario.
—Es la pista que resuelve el caso.
—Podía llevar una llave.
—La alianza habla del matrimonio.
—La llave abre una puerta.
—Victoria, el relato trata de una boda.
—Y de un asesinato.
Discutimos durante diez minutos hasta que comprendemos que estamos defendiendo exactamente lo que el libro pretendía demostrar: ninguna emoción pertenece a un solo género.
—La lectora tiene razón —dice Víctor—. Ya no sabe quién escribió qué.
—Eso es un fracaso de marca.
—O un éxito como pareja creativa.
—No digas «pareja creativa» antes del café.
—Has terminado la taza.
—Entonces tampoco.
Vamos a la cabaña el viernes. El camino está seco y la previsión anuncia sol. Llevo mi portátil, tres libros y el abrecartas con forma de daga. Víctor lleva comida, velas y una bolsa que no me deja revisar.
—¿Pétalos? —pregunto.
—Material de oficina.
—Eso no es una respuesta.
—Estoy aprendiendo de ti.
Al llegar, colocamos los ordenadores en el mismo escritorio. La primera vez compartimos espacio porque no podía marcharme. Ahora tenemos todo un fin de semana y dos coches disponibles.
Escribimos durante la mañana. A mediodía, Víctor lee una frase de su nuevo manuscrito.
—El protagonista aparta un mechón —le digo.
—Solo uno.
—Helena lo eliminará.
—No si no se lo digo.
—Yo se lo diré.
—Traición editorial.
Le enseño mi capítulo. La protagonista ha encontrado una puerta cerrada y, en vez de abrirla sola, llama a otra persona.
Víctor no comenta el cambio. Solo señala una repetición y una coma dudosa.
Agradezco que no convierta cada avance en una celebración. Cambiar no significa dejar de ser yo. Significa que ahora tengo más opciones para mis personajes y para mí.
Por la noche, saca la bolsa misteriosa. No contiene pétalos. Hay dos tazas nuevas. Una dice FINAL FELIZ. La otra, QUÉ ASCO.
—No —digo.
—Son perfectas.
—Son horribles.
—¿Cuál quieres?
Cojo la de QUÉ ASCO.
—Naturalmente —dice.
Bebemos vino frente al fuego. Afuera, una rama golpea el tejado. Víctor me mira.
—¿Quieres que compruebe?
Escucho.
—No. Es una rama.
—¿Y si no?
—Entonces tenemos un atizador, un abrecartas y dos autores con mucha imaginación.
—Un equipo perfecto.
—No abuses.
Apoyo la cabeza en su hombro. La cabaña sigue crujiendo. La noche continúa llena de cosas que no puedo controlar. Nada de eso desaparece porque tenga un final feliz. Solo he dejado de pensar que sentir miedo significa que deba marcharme.
Mi vida no se ha convertido en una de sus novelas. Seguimos discutiendo. Yo sigo comprobando algunas puertas y él sigue dejando tazas con frases ridículas en la cocina. Hay días malos, manuscritos que no funcionan y miedos que no desaparecen porque alguien te quiera.
Un final feliz no es una garantía. Es una elección que se repite cuando nadie está mirando. La mía tiene hoyuelos, cocina demasiado bien y respira de forma romántica. Es insoportable. Por suerte, también es mío.