CAPÍTULO 37
CHARLIE
De camino a Kensington, tomé una decisión trascendental, y cuanto más lo pensaba, más convencido estaba de que era la correcta.
Cuando vi a Tracey riendo con sus amigos en el bar, sonreí.
Por un momento, me apoyé contra la pared y la observé como un acosador loco.
Soy ese acosador porque me fascina. Ocupa cada uno de mis pensamientos desde que amanece hasta que anochece, y por las noches sueño con ella.
Nunca he estado tan seguro de nada, y declararle mi amor fue un paso enorme para mí.
No tengo sentimientos. He pasado toda mi vida reprimiéndolos. Me muestro frío e impasible porque es la persona que necesito ser para sobrevivir a esta jodida vida que llevo, y no bromeaba cuando dije que había tomado una decisión. Solo espero que salga bien.
Regresamos al club. Pasamos junto al hombre sin hogar sentado en el portal de una tienda vacía.
Junto a los escaparates relucientes de las mejores tiendas, desesperadas por vender todo para asegurarse de abrir sus puertas el año que viene.
Junto a los que volvían a casa del trabajo a toda prisa, o iban a reunirse con amigos para tomarse una copa navideña.
Londres es una ciudad mágica que nunca decepciona. Ha sido mi hogar toda la vida y no me imagino viviendo en otro lugar.
El gran autobús rojo pasa por debajo de los gloriosos ángeles iluminados que cuelgan en lo alto de Oxford Street.
Los taxis negros se cuelan y escabullen por cualquier hueco en el tráfico, y la acera está abarrotada de gente de todo el mundo, abrigada hasta las orejas para protegerse del frío invernal.
Pasamos junto a puestos en las esquinas que venden recuerdos de Londres y terminamos en Leicester Square, donde un mercado navideño bulle de actividad. El nombre Honey's ilumina el enorme edificio que lo alberga, y contemplo con orgullo el local que llevamos varios años regentando.
Justo a la vuelta de la esquina está Covent Garden, donde el aroma a castañas asadas lleva décadas impregnando el aire.
La magnífica arquitectura invita a los visitantes a entrar mientras se dirigen a los bares y restaurantes antes o después de un espectáculo del West End.
Sí, Londres es mi hogar, y estoy orgulloso de ser británico.
Orgulloso de lo que soy y de lo que representamos.
Pero todo esto pierde importancia cuando sostengo la mano de la mujer que amo.
Lo dejaría todo en un instante si ella me lo pidiera, y por eso tomé mi decisión.
—Hace un frío tremendo ahí fuera —dijo temblando mientras entrábamos en el pasillo donde las escaleras subían al piso.
—Ya te calentaré yo, nena —dije con una sonrisa pícara, y ella se rio a carcajadas—. Cuento con ello.
Ver su bonita cara tan feliz me hizo querer que siguiera así, así que le cogí la mano y tiré de ella hacia mi apartamento, que sin duda necesitaba una reforma.
Mientras nos quitábamos los abrigos, señalé con la cabeza hacia la pequeña cocina.
—¿Te apetece algo caliente?
—Pensé que nunca me lo pedirías —dijo guiñándome un ojo, y en un instante estuve a su lado, la atraje hacia mis brazos y me encantó cómo sus labios encontraron los míos como por instinto.
Nos besamos durante mucho rato, y no de manera sexual.
Era un beso en el que no me saciaba de ella.
El beso prolongado de quien espera que algo más gratificante vendrá después.
Saboreé su dulzura anticipando mayores delicias y disfruté de ese pequeño acto de intimidad cuyo poder nunca antes había comprendido.
—¿Qué es lo que quieres decirme? —me miró con sus grandes ojos conmovedores, cargados de preguntas, y señalé el sofá con la cabeza.
—Siéntate y te lo cuento.
Nos sentamos uno al lado del otro, entrelazamos los dedos y respiré hondo.
—¿Qué te parecería si te pidiera que te vinieras a vivir conmigo?
—Vivir juntos.
Se le abrieron los ojos de par en par y me alegró ver una enorme sonrisa en su cara.
—¿Aquí? —preguntó, y negué con la cabeza.
—No.
—¿Entonces dónde?
—En cualquier sitio menos en el centro de Londres, Tracey.
—No entiendo —negó con la cabeza—. Pero si tú amas Londres, Charlie. Tu negocio está aquí.
—Y seguirá estándolo —tragué saliva con dificultad porque ni yo mismo había asimilado esto del todo, respiré hondo y dije con voz ronca—: Estoy cansado de vivir así, Trace.
Esperando a que aparezca el próximo Mickey Fellows y me arrastre a cosas en las que no quiero verme involucrado.
Cobrándose favores y amenazándonos a mí y a mi familia hasta que ceda.
—Charlie... —hizo ademán de hablar, pero negué firmemente con la cabeza.
—Lo he pensado mucho, Trace, y quiero probar algo diferente, pero necesito consultarlo contigo primero.
—¿Conmigo?
Asentí.
—Sí. Verás, quiero que seamos un equipo en todos los sentidos. Vivir juntos, prometernos y casarnos algún día. Hacer todo en el orden correcto antes de formar una familia, y no quiero hacerlo en un piso cutre encima de un club nocturno.
Se le llenaron los ojos de lágrimas, y nunca había visto una imagen más hermosa en mi vida.
Durante un momento, la contemplé, asimilando cada detalle y felicitándome por haberla conquistado.
—¿Qué me estás proponiendo? —susurró, con una sonrisa tímida en los labios.
—Quiero comprar una casa en las afueras. Reformarla y venderla sacando beneficio. Luego quiero comprar dos, después tres. Llevo tiempo dándole vueltas, y quiero dedicarme a la promoción inmobiliaria. Como diría mi madre, el ladrillo nunca falla, y quiero hacerlo contigo.
—Charlie —se le iluminaron los ojos y asintió enérgicamente—. Me encanta, pero ¿y tu padre? ¿Y este lugar?
—Puedo hacer las dos cosas. Si me necesitan, siempre estaré aquí para ellos, pero necesito algo más. Algo que me mantenga ocupado, alejado de los problemas y de las tentaciones que ofrece este lugar, y no me refiero a las mujeres.
Negué con la cabeza.
—Ofrece una forma fácil de ganar dinero que te cuesta la moral y el alma. Te arrastra y te convierte en alguien que no puede mirarse al espejo. Siempre será parte de mí, Trace. Lo acepto, pero necesito más. Te necesito a ti, así que si me aceptas, seré el hombre más feliz del mundo.
—Claro que sí, Charlie. No podría decirte que no aunque quisiera.
Le acaricio el rostro con la mano y me encanta cómo se apoya en ella.
—Entonces no dirás que no cuando haga esto —bromeo mientras le bajo la cremallera del vestido y mis dedos rozan su suave piel.
—No —susurra, mordiéndose el labio inferior con gesto seductor.
—¿Y qué me dices cuando haga esto? —digo con voz ronca mientras le quito el sujetador y la recuesto sobre los cojines.
—Definitivamente no —susurra con un aleteo de pestañas mientras inclino los labios hacia su pezón y lo acaricio suavemente con la lengua, haciéndola gemir.
Voy dejando un rastro de besos por su piel suave y tersa hasta llegar a sus bragas, que aparto a un lado para lamerle el clítoris, arrancándole un siseo:
—Joder.
Luego introduzco dos dedos en el más dulce de los néctares mientras ella jadea:
—Dios mío.
Me hace reír por lo bajo mientras saboreo su deliciosa humedad y ella gime:
—Joder, Charlie, eso no es justo.
No digo nada y me limito a lamer y chupar hasta que se deshace con un temblor y una oleada de calor húmedo que la hace jadear:
—Dios mío, sí.
Verla deshacerse con el más mínimo roce me produce más placer que a ella. He follado con muchas mujeres; era parte del trabajo, pero nunca había apreciado realmente lo gratificante que podía ser. Quiero anteponer las necesidades de Tracey a las mías, y eso es algo nuevo para mí.
Abre los ojos y me dedica una sonrisa tímida.
—Vaya.
El suave resplandor del orgasmo la hace aún más hermosa, y mientras mi polla palpita con fuerza contra su pierna, susurra:
—Y bien, ¿qué vas a hacer con eso?
Sus ojos brillan de felicidad mientras respondo con voz ronca:
—Esto.
Lentamente, me deslizo dentro de su suave centro, donde el calor húmedo me da la bienvenida.
Es la sensación más intensa mientras me hundo hasta el fondo, sabiendo que estoy dentro de una mujer que me convierte en una mejor versión de mí mismo.
Con Tracey, puedo ser Charlie Carter, el hombre, no el criminal despiadado al que muchos temen y del que todos quieren aprovecharse.
Ella me quiere por lo que soy por dentro, y eso me hace invencible.
Me tomo mi tiempo. Me encanta la sensación de estar dentro de ella.
Podría quedarme así toda la noche sin cansarme jamás.
Es la sensación más deliciosa del mundo: hacer el amor con la mujer con la que quiero pasar el resto de mi vida.
Compartir una vida y crear recuerdos que atesorar juntos.
Ser un equipo contra el mundo y saber que nunca volveré a estar solo, mirando desde fuera y preguntándome qué se sentirá al tener el corazón de otra persona.
Las uñas de Tracey me arañan la espalda mientras me atrae hacia ella, y estoy tan dentro que es como si fuéramos una sola alma.
Mis huevos chocan contra su trasero mientras embisto con más fuerza, sin prisa por terminar lo que tanto he deseado empezar.
Es como si toda mi vida desfilara ante mis ojos mientras las piezas encajan y revelan la imagen más gloriosa de mi futuro. No bromeaba cuando dije que quería casarme y tener hijos con ella. No puedo imaginar que no ocurra. Por fin he llegado a mi destino y no tengo ninguna prisa por marcharme.
Este es el día, el momento, el instante en que Charlie Carter madura y se convierte en un hombre.