Ferozmente británico CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

TRACEY

Estoy preocupada por Charlie. Aparte del mensaje diciéndome que llegaba tarde, no he sabido nada de él. No paré de inventar excusas para ir a mi taquilla a mirar el móvil, pero nada.

Cuando el banco cierra, estoy impaciente por salir de aquí, pero Julie me detiene con el ceño fruncido, preocupada.

—Tracey, no he sabido nada de Martin en todo el día y quedamos para comer esta tarde. ¿Crees que le ha pasado algo?

Me resulta familiar, pero me guardo mis preocupaciones y niego con la cabeza.

—Seguro que está bien. Los hombres no son los seres más fiables del mundo, al menos en mi escasa experiencia.

—Supongo, pero es que me han decepcionado tantas veces que ya he perdido la cuenta, y pensé que Martin era diferente.

Parece tan preocupada que me da lástima y le digo con una sonrisa tranquilizadora:

—¿Por qué no vamos a Savilles? Quizás esté allí, y desde luego nos vendría bien una copa después del día que hemos tenido.

—Me has leído el pensamiento.

Su rostro se ilumina un poco y, aunque lo que quiero es irme a casa, darme un buen baño caliente y tomarme mil tazas de té, no soy de las que abandonan a una amiga cuando lo necesita.

Caminamos por las iluminadas calles de Kensington High Street hacia nuestro local de siempre y Julie dice con un suspiro:

—Ojalá me equivoque y me esté preocupando por nada, porque Martin es lo mejor que me ha pasado en la vida.

Se ríe suavemente.

—Le intereso mucho como persona, se toma su tiempo para hablar de mi trabajo, mis aficiones y mi familia. Quiere saberlo todo, y cada detalle de mi día parece encantarle. Y luego está el sexo.

—Finge desmayarse—.

Nunca me había ido tan bien.

Suelta una risita.

—Es un poco morboso, pero me gusta.

—¿Morboso?

Sonríe.

—Le encanta atarme y vendarme los ojos, y tengo que reconocer que nunca imaginé que pudiera ser tan bueno.

—Suena, eh, interesante.

Me río con ella y de verdad espero que Martin no resulte ser quien Charlie cree que es. Nadie se tomaría tantas molestias si no le gustara la otra persona. Julie está loca por él y se merece un poco de felicidad, para variar.

Como siempre, el bar está a tope, pero Sophia y Mark han conseguido nuestra mesa de siempre. Ocupamos nuestros sitios y Sophia sirve dos copas.

—Por fin. Ya empezábamos a pensar que éramos los únicos.

—¿Dónde están todos?

—pregunto, recorriendo la sala con la mirada en busca de caras conocidas. Sophia se encoge de hombros—.

Kenny anda embobado con una chica nueva que empezó la semana pasada.

—Mira a Julie con gesto de disculpa—.

Siento que lo vuestro no funcionara.

Mark interviene:

—En realidad, te hizo un favor. Quien la hace una vez, la hace siempre, esa es mi opinión.

Sophia le sonríe con cariño, y se me encoge el corazón de ternura.

Mark es de los buenos. Se nota por cómo la trata.

Trabajan juntos y aun así parecen encantados de estar el uno con el otro.

Desde que conocí a Charlie, sé muy bien lo que es eso, y siento una necesidad imperiosa de estar con él ahora mismo.

Una vez más, miro el móvil. Nada. Suspiro. ¿Dónde estará?

Julie se inclina hacia mí y susurra, preocupada:

—Sigo sin ver a Martin.

Echo un vistazo a su sitio habitual, donde hay un desconocido sentado.

—Quizás esté trabajando.

—Supongo. Ojalá llamara para decirme que está bien.

Odio verla así de disgustada, pero algo me dice que no va a volver a ver a Martin. Tengo un presentimiento, y desearía que él entrara por esa puerta y la hiciera sentir como una reina, que es lo que se merece.

De repente, dos manos me tapan los ojos y una voz ronca me susurra al oído:

—Te encontré.

El corazón me late desbocado cuando esa voz familiar me acaricia el alma, y digo con suavidad:

—Llegas tarde.

Se inclina, me besa en la mejilla y me susurra al oído:

—Pero ya estoy aquí.

Retira las manos y me pone de pie. A plena vista de todo el bar, me inclina hacia atrás y me besa larga, lenta y profundamente. Oigo los silbidos y las bromas a nuestro alrededor, pero me da igual. Estoy exactamente donde quiero estar, con el hombre al que amo.

Me incorpora y me toma el rostro entre las manos, mirándome a los ojos:

—Siento lo de antes, pero necesitaba decirte que te quiero, Tracey Hill.

—¿A qué viene esto?

Los ojos me brillan de lágrimas de felicidad y él me besa suavemente en los labios y susurra:

—Porque he tomado una decisión.

—¿Ah, sí?

Soy vagamente consciente de varias miradas curiosas observando la escena, y un silencio inusual se ha instalado en la mesa mientras Charlie asiente:

—Tenemos que hablar.

Mira a su alrededor y sonríe:

—Lo siento, chicos, me la llevo. Feliz Navidad y eso.

Me toma de la mano y le guiña un ojo a Julie. Tras una despedida apresurada, lo sigo hacia las calles iluminadas.

Mientras me rodea con el brazo, dice con voz ronca:

—Siento lo de antes. Te lo explicaré cuando lleguemos a casa.

—¿A casa?

—Niego con la cabeza—.

Pensaba ir a mi casa esta noche. Estoy cansada y...

Me tapa la boca con la mano y gruñe:

—Tu casa está conmigo, Trace. Te necesito conmigo todas las noches y cuando me despierte. No pienso compartir tu tiempo, y no hay nada que puedas hacer para evitarlo.

—¿Ah, sí?

Me preparo para enumerar todas las razones por las que sí puedo hacer algo, pero no me da tiempo a responder: me silencia con un beso tan feroz que me deja sin aliento.

Cuando se aparta, susurra: —Te quiero, Tracey, y lo siento.

—¿Por qué lo sientes? —Lo miro rebosante de felicidad mientras dice todo lo que siempre había soñado escuchar, y él me guiña un ojo con picardía—. Porque soy un cabrón exigente que espera el cien por cien de tu tiempo. Te querré con locura y te agobiaré con tanto amor.

—Eso no suena tan mal. —Mis ojos brillan mientras contemplo, de pie frente a mí en las frías calles de Londres, todo lo que siempre he deseado.

Veo a un hombre que ha luchado toda su vida y que por fin se rinde a lo que su corazón anhela.

Veo al hombre al que quiero y con el que deseo pasar el resto de mi vida, y veo todos los deseos navideños que he pedido, mirándome con tanto amor en los ojos que me deja sin aliento.

Así que me limito a asentir y, cogiéndole la mano, susurro: —Vamos a casa.