CAPÍTULO 38
CHARLIE
DÍA DE NAVIDAD
—¿Estoy bien? —pregunta Tracey nerviosa mientras se observa en el espejo con ojo crítico.
—Estás para comerte —digo mientras le rodeo la cintura con los brazos y le rozo el cuello con la nariz.
—¡Charlie! —su voz suena a advertencia mientras resopla—. No me despeines. Me ha costado siglos darle algo de vida.
La beso suavemente en la mejilla y susurro:
—Deja de preocuparte. Estás increíble. Siempre lo estás.
El rubor de sus mejillas me hace sonreír mientras susurra:
—Quiero que estés orgulloso de mí.
—Siempre lo estoy.
Miro el reloj y digo con un suspiro:
—Vamos. Max y Summer estarán esperando en el coche. No podemos llegar tarde o mamá montará un escándalo.
—Vale.
Respira hondo y suspira.
—Espero que no les importe que vaya.
—¿Por qué iba a importarles? Eres mi novia y la familia lo es todo.
—¿Sigues dispuesto a venir a casa de mis padres el día de San Esteban? —me mira con una sonrisa vacilante y asiento—. Por supuesto. Me encantan tus padres.
—Lo sé —pone los ojos en blanco—. No sé cómo lo haces, Charlie, pero te quieren más a ti que a mí. Nunca los había visto esforzarse tanto.
—¿Qué quieres que te diga? Soy un pícaro encantador.
—En eso tienes razón.
Le paso el abrigo y digo con un suspiro:
—Vamos, cariño. Estás preciosa, así que por favor, ¿podemos irnos ya?
—Estoy lista, creo.
Echa otro vistazo al espejo y le cojo la mano para apartarla sin contemplaciones mientras le suelto:
—Te cargo al hombro si hace falta.
—No te atreverías —replica, y con una sonrisa maliciosa, le rodeo la cintura con el brazo y me la echo al hombro como un saco de carbón.
—Charlie, por el amor de Dios, el pelo —chilla mientras patalea en el aire.
Le doy una palmada en el culo, lo que hace que grite:
—¡Joder! Bájame ahora mismo.
La ignoro por completo y la llevo de la habitación al ascensor sin dejarla escapar, y ella se ríe junto a mi oído y suelta entre carcajadas:
—¿Qué van a pensar? Bájame, imbécil.
—¿A quién le importa? Tienes que aprender a no hacerme esperar.
—Que te jodan, Charlie.
—Luego, cariño. Preferiblemente después de cenar, en mi cuarto de cuando era pequeño.
—Ni hablar.
Su jadeo escandalizado me hace reír por dentro y, cuando se abren las puertas del ascensor, salgo y me encuentro a Summer y Max observándonos divertidos.
—Perdón por el retraso —finjo estar enfadado—. Esta tardaba demasiado.
—Bájame —sisea mortificada, y sonriendo a mi familia, la dejo en el suelo, encantado de ver sus mejillas sonrojadas, aunque sus ojos brillan de felicidad.
—Feliz Navidad —añade Summer con picardía, y Tracey sonríe—. Sí que lo es.
Salimos en el Range Rover de Max para hacer el corto trayecto que solo debería llevar treinta minutos.
Las carreteras están bastante tranquilas y escucho a Tracey y Summer charlando tonterías en la parte de atrás, y me encanta la risa suave que oigo a mis espaldas.
Es bueno saber que es feliz, y tengo todo lo que necesito a poca distancia.
Ahora entiendo por qué Max luchó tanto por Summer.
Cuando hay sentimientos de por medio, nada más importa, y yo movería montañas solo para mantener esa sonrisa en la cara de Tracey.
Como siempre, es bueno estar en casa, y en cuanto entramos, mamá aparece con una copa en la mano y un brillo en los ojos.
—Aquí están, y justo a tiempo —sonríe mientras papá aparece y pone los ojos en blanco—. Gracias a Dios. Ahora a lo mejor puedo tener un puto minuto para mí. Me ha tenido con la mano metida en el culo de un pavo toda la mañana y estoy planteándome una carrera como cirujano.
—No le hagas caso —mamá guiña un ojo.
—Ahora, antes de que desaparezcáis todos, tengo una regla que no quiero que se rompa hoy.
Fulmina con la mirada a papá y luego a Max, hasta que su ceño fruncido se posa finalmente en mí.
—Nada de pub. Nada de salidas repentinas y nada de discusiones. ¿Entendido?
Todos asentimos, sin conseguir disimular las sonrisas de nuestras caras mientras mamá nos recuerda quién manda aquí de verdad.
Seguimos a papá a la sala de billar para echar unas bolas y las chicas se van a la cocina con mamá. Me preocupa un poco dejar a Tracey, pero ella me sonríe animándome mientras me voy con los demás.
Una vez en la sala de billar, papá va a la pequeña barra que mandó hacer en un extremo de la habitación y nos sirve a todos una copa de brandy.
Mientras nos va dando una a cada uno, levanta la copa y sonríe.
—Por otro buen año; que este sea mejor que los demás.
Asiento, y mientras el líquido suave me abre un rastro de fuego hasta las entrañas, me siento increíblemente bien con el futuro.
Nos dejamos caer en los sillones que papá tiene repartidos por la sala, y él niega con la cabeza.
—Anoche me llamó Grant.
Nos erguimos, atentos, mientras él vuelve a negar con la cabeza.
—Parece que Martin cumplió con su parte y la amenaza ya no existe.
Max suelta una risita. —O sea que adiós a Gary y adiós a Mickey.
—¿Dónde está ahora? —Me preocupa mi amigo, y papá se encoge de hombros—. En un jet camino a España, si no me equivoco. Va para allá con algunos de los hombres de Billy a traer a su hermana. Espero que sea lo que ella quiere.
—¿Y Gary?
—Ahora mismo está esparcido por varios puntos de Wimbledon Common. Usaron un antiguo concesionario de coches para la entrega. Martin ya había colocado los explosivos cerca de la caldera, y en cuanto le confirmaron que Gary estaba allí, los detonó y lo vio arder.
—¿Y el dinero? —pregunto por curiosidad, y papá se encoge de hombros.
—Hizo volar el sitio antes de que llegara ninguna de las furgonetas, así que quien fuera que estuviera con ellas se llevó un regalo de Navidad adelantado.
—Espero que tengas razón sobre Mickey —gruñe Max, mirándome preocupado.
—¿Estás bien, Charl?
—No podría estar mejor —sonrío y me estiro satisfecho—. Mickey siempre ha ido a lo suyo y eso no va a cambiar, así que ahora me toca a mí hacer lo mismo.
—¿De qué estás hablando? —suelta papá, y yo me revuelvo un poco en el asiento antes de responder con un suspiro—: Quiero montar un negocio inmobiliario, de compraventa.
—Vale —dice Max despacio, lanzando una mirada hacia papá.
—¿Qué estás diciendo, Charlie? —La voz de papá es comedida, pero le brillan los ojos mientras respondo con tono desenfadado—: Estoy harto de la mierda que nos cae encima y quiero empezar de cero con Tracey.
Comprar una casa, sentar cabeza, ya sabes, esas cosas, y no quiero hacer nada que la ponga en peligro.
Seguiré trabajando en el club, pero durante el día llevaré las reformas y empezaré algo que podamos hacer juntos.
Me recibe un silencio y cejas enarcadas, hasta que Max dice en voz baja: —Me parece una idea genial. Me alegro por ti.
Me vuelvo hacia Joey, que nos mira a uno y a otro antes de asentir despacio.
—Yo también. Está bien tener algo normal en la vida, y entiendo perfectamente por qué lo necesitas.
Tracey es una chica estupenda que encaja en nuestra familia, y esto te dará un rumbo y un objetivo. Estoy orgulloso de ti, hijo.
Se me hace un nudo en la garganta porque son palabras que rara vez oigo. Joey se levanta, se acerca, se inclina y me abraza con fuerza mientras me susurra: —Si necesitas algo, solo tienes que pedirlo.
Max asiente. —Lo mismo digo. Somos una familia, Charlie, y permanecemos unidos pase lo que pase.
Joey señala la mesa de billar con un gesto. —¿Te apetece echar unas bolas antes de comer?
Mientras cogemos los tacos, Joey comenta como quien no quiere la cosa: —Hace unos días me llamó Benny Goldbloom. Necesita nuestra ayuda.
Miro a Max, que pone los ojos en blanco, y no sé por qué me da la risa. Joder, aquí vamos otra vez.