CAPÍTULO 29
CHARLIE
Me cruzo con Max cuando viene hacia mi apartamento; los dos llevamos el ceño fruncido.
—¿Dónde diablos están? —dice con irritación, y me encojo de hombros.
—En el club, supongo, o han decidido ir a ver a la competencia.
Max niega con la cabeza.
—El teléfono de Summer sigue ahí. Deben de estar abajo.
—Entonces, ¿a qué esperamos?
Con un suspiro, vuelvo sobre mis pasos y, al atravesar las puertas, me golpean el ruido y el olor a alcohol y sudor.
Max se acerca a Derek, que le dice algo que le devuelve la sonrisa y señala hacia la pista de baile. Veo a Tracey riendo con Summer y no puedo evitar sonreír. Por un segundo, disfruto de la vista.
Mi chica.
Todavía no me creo que tenga una, y menos una como ella. Es preciosa, por dentro y por fuera, y me encanta absolutamente todo de ella.
Ignoro las miradas de asombro mientras me abro paso entre la multitud con mi hermano a mi lado.
Es una escena que rara vez se presencia en Honeys y que normalmente significa problemas para quien va dirigida.
Pero esta noche no. Esta noche solo buscamos pasarlo bien, y cuando llegamos al borde de la pista, mi mirada se cruza con la de Tracey y me encanta el brillo en sus ojos al verme.
Max se dirige hacia Summer como un misil teledirigido y yo hago lo mismo: alcanzo a Tracey, la atraigo entre mis brazos, le acaricio el pelo y le susurro:
—Eres una chica mala por venir aquí sin mí.
—¿Ah, sí? —susurra mientras frota su cuerpo seductoramente contra el mío y bailamos en nuestra propia burbuja.
—Estás preciosa —le susurro, y ella se acerca más y dice con voz ronca:
—Mira la mesa número cinco.
Miro hacia allí y ella susurra:
—Matty Bloomfield anda haciendo de las suyas otra vez.
La irritación me crece cuando veo al desgraciado observándonos con una sonrisa perezosa, y me tenso cuando levanta la copa en mi dirección.
—¿Con quién está? —le digo al oído, y ella responde en voz alta por encima de la música:
—Julie. Mi amiga del banco.
La rabia me hierve por dentro porque Mickey me lo prometió, joder. Solo puede haber una razón para que Matty esté sentado con la amiga de Tracey. Metro Bank sigue siendo uno de sus objetivos.
Se me esfuma el buen humor y abrazo a Tracey un poco más fuerte al pensar en lo que esto podría significar para ella.
Si está cerca del lugar cuando se ejecute el plan de Mickey, podría acabar siendo una víctima colateral.
Saber cómo funciona este mundo me alarma de inmediato porque, a pesar de haber aceptado la oferta de Mickey, está claro que mis condiciones le importan una mierda.
Observo cómo Matty le susurra algo al oído a Julie.
Ella mira hacia la zona VIP, se levantan y se dirigen a la escalera acordonada que sube hasta allí.
Alzo la vista hacia la zona y se me cae el alma a los pies cuando veo la figura asomada al borde, observándonos.
Incluso desde esta distancia capto el brillo en los ojos de Mickey mientras me mira, y solo cuando Matty y Julie llegan arriba se da la vuelta y se aleja.
No me da tiempo a reaccionar porque Max se acerca con cara de pocos amigos y dice con dureza:
—¿Qué coño está pasando, Charlie? ¿Acabas de ver eso?
Me trago la bilis y digo con aspereza:
—Lo arreglaré.
Max me mira con expresión dura y sé que está a un puñetazo de iniciar una guerra, así que le sostengo la mirada con la misma dureza y gruño:
—Lo digo en serio, Max. Me encargaré de Mickey, confía en mí.
Asiente, pero conozco a mi hermano y no está contento. Le susurro a Tracey:
—Escucha, cariño, tengo que ocuparme de un asunto, y me quedaría mucho más tranquilo si me esperaras en el apartamento.
Noto que no le hace gracia mi petición, y está claro que Max le está diciendo lo mismo a Summer porque hace un puchero y niega con la cabeza antes de acercarse y agarrar la mano de Tracey.
—Vamos, vámonos.
Le doy un beso suave en los labios a Tracey y susurro:
—Te lo compensaré.
Asiente, pero se va con Summer con el ceño fruncido en su precioso rostro, y tengo el estómago hecho un nudo al imaginarla atrapada en todo esto, una vez más por su relación conmigo.
Es como si la habitación se cerrara sobre mí. La música estridente acompaña la miseria en mi cabeza. Las luces brillantes me impiden ver la vida normal y las carcajadas de la multitud se burlan de mí desde todos los ángulos.
Max tiene esa expresión en la cara que anuncia problemas. Asiente hacia la escalera y nos ponemos en marcha al unísono, como hemos hecho innumerables veces, directos hacia los problemas con P mayúscula.
Parece que el séquito habitual de Mickey ha crecido porque la multitud que lo rodea se ha duplicado. Algunas caras me resultan conocidas, otras no, pero el hombre en el centro de todo me hiela la sangre.
—Max Carter y su hermano Charlie. Ha pasado mucho tiempo, chicos.
Gary Palmer levanta hacia nosotros una mano cargada de anillos y sonríe con suficiencia mientras nos detenemos frente a él. Si pensaba que Mickey era problemático, Gary lo supera con creces. Lo miro con expresión impasible, sabiendo que está registrando cada detalle de mi reacción.
Está bronceado, cubierto de oro y lleva un traje que probablemente cuesta más de mil libras. Hay varios cubos de champán en la mesa y está rodeado de mujeres elegantes. No son el tipo habitual de putas de Mickey. Estas mujeres son guapísimas, rezuman elegancia y parecen aburridas de muerte.
Una de ellas me pilla mirándola y sonríe; no se me escapa el interés en sus profundos ojos azules mientras observa la escena.
He oído que Gary vive como un rey en la Costa del Sol.
Tiene una mansión enorme y su propia playa privada, y por lo visto una mujer no le basta.
Las tiene de todos los colores, formas y tamaños.
Son su harén personal, que lo sigue a todas partes.
Todo pagado gracias a que otros hacen el trabajo sucio mientras él permanece intocable como el cerebro de la organización.
—Tomad asiento. Tenemos que ponernos al día —dice y, como por arte de magia, aparecen dos huecos libres y nos sentamos a su mesa de mala gana bajo varias miradas vigilantes.
Mickey se une al círculo, coge una copa de champán y nos estudia a ambos con un brillo en los ojos. Me pregunto para qué se ha montado este espectáculo, porque está claro que es una trampa.
Max está tenso, pero nadie salvo yo lo notaría. Se reclina con aire despreocupado, el rostro impasible mientras evalúa la situación.
Su equipo de protección rodea la mesa, aislándonos del resto del club, y me pongo en alerta.
—¿Cómo está tu viejo? —pregunta Gary con amabilidad, y Max responde con cautela—: Bien, gracias.
—Nos conocemos de toda la vida —dice Gary con expresión afectuosa—. Dale recuerdos de mi parte.
Sonríe, mostrando una dentadura perfecta de diseño.
—Pero la guardia ha cambiado, y tengo delante la nueva cara del negocio familiar de los Carter. He oído hablar muy bien de vosotros dos y quería transmitiros mis mejores deseos antes de volver a Málaga.
—No te quedas en Navidad —digo como si me importara una mierda lo que haga, y asiente—. Solo he venido a cerrar unos asuntos pendientes y a que mis chicas se peguen una vuelta por Harrods.
Le aprieta la rodilla a la impresionante mujer que tiene al lado, y ella le devuelve una sonrisa seductora.
Me mira con aire indolente.
—Charlie, Mickey me dice que has sido un buen amigo suyo. Eso me gusta. La lealtad no se puede comprar, y sé que los Carter entendéis su valor mejor que nadie.
Me limito a asentir porque cualquier palabra podría meterme en un lío. Gary mira a Mickey y sonríe.
—Me cae bien, Mickey. Haréis buen equipo.
Max se tensa a mi lado. Veo a Mickey estudiando su reacción y sé que todo esto se ha montado para averiguar si Max sabe algo. Hay que reconocer que no muestra ninguna emoción, aunque imagino que lo está pasando fatal.
Mickey interviene:
—Charlie, necesito hablar contigo a solas si tienes un momento.
Gary nos observa con un brillo duro en los ojos. Asiento.
—Por supuesto. Si me disculpas, Gary.
Me levanto y sigo a Mickey de mala gana. El círculo se abre a nuestro paso y se cierra de nuevo casi al instante.
Gary Palmer transmite una energía completamente distinta a la de Mickey Fellows. Opresiva, amenazante, pero envuelta en respetabilidad. Inocente en apariencia, pero que apesta a crimen y malas decisiones.
Sigo a Mickey hacia la salida, rumbo a su sala privada de siempre. Cuando entramos, uno de sus hombres se queda montando guardia fuera.
Mickey va directo a la botella de whisky que hay sobre la mesa y nos sirve dos vasos. Al pasarme uno, sacude la cabeza.
—¿Por qué siempre me siento como una cucaracha cuando Gary me mira? —dice con un suspiro. Oculto mi sorpresa al verlo casi humano por una vez.
—Pensaba que erais amigos.
No doy mi opinión sobre Gary ni sobre nadie, porque eso solo trae problemas. Mickey suspira y se deja caer en la silla de al lado.
—No te voy a mentir, me alegraré cuando el avión de ese cabrón despegue.
Lo miro sorprendido y él sonríe con pesar.
—¿Alguna vez te has preguntado por qué Gary se rodea de tantas mujeres, Charlie?
—La verdad es que no.
Me encojo de hombros, aparentando despreocupación, pero esta faceta de Mickey es nueva para mí y no bajo la guardia.
—Porque no quiere mostrar ningún signo de debilidad.
—No sé adónde quieres llegar con esto, Mickey.
Levanto la vista y se encoge de hombros.
—Yo soy igual. Tengo muchas mujeres por una razón. Nadie puede usarlas para controlarme.
No me gusta el brillo malévolo en sus ojos mientras me clava la mirada.
—Gary me ha enseñado muchas cosas, pero esa es probablemente la más importante. Si muestras la menor debilidad, la explotan. Da la casualidad de que sé que Gary tiene una mujer en particular por la que mataría, y ni siquiera está en este club.
—¿Cómo lo sabes?
Me pica un poco la curiosidad. Se ríe por lo bajo.
—Porque lleva con él más tiempo que la mayoría, rara vez se la ve en público y vive recluida en su mansión.
—Eso no significa que sea su punto débil —digo con cautela. Sacude la cabeza y se ríe.
—Lo que no ves es lo que cuenta. Cuando estuve en prisión, aprendí mucho sobre Gary Palmer.
Hay muchos tíos allí que tienen cuentas pendientes con él, y hace poco me enteré de algo interesante.
Gary ha hecho una fortuna explotando las debilidades ajenas sin mostrar ninguna propia.
Pero el tipo con el que compartí celda lo conoce mejor que la mayoría y me contó que Karina es el amor de la vida de Gary.
Fueron juntos al colegio, crecieron en el mismo barrio, y es tan ferozmente protector con ella que hace lo que sea para mantenerla a salvo.
—Me suena a controlador, pobre mujer.
Mickey asiente.
—Vive bien, pero está tan presa como el resto de nosotros por culpa de ese cabrón loco.
—No parece que te caiga muy bien —digo, afirmando lo obvio. Mickey se encoge de hombros—. No me cae mal, pero tampoco me fío de él. Este trabajo, sin ir más lejos.
Aguzo el oído. Mickey mira a su alrededor y dice en voz baja:
—Él está detrás de todo. Lo planeó todo y nos colocó a todos para que carguemos con el muerto si sale mal, mientras él vuelve a su pavo de Navidad y a darse un chapuzón en su playa privada.
—Entonces no lo hagas.
Mickey suelta una carcajada.
—No tengo elección. ¿Todavía no te has enterado? Gary me tiene más pillado que el mismísimo diablo y no dudará en usarlo. Si me echo atrás, me espera cadena perpetua, y tú te juegas perder aún más.
—¿Yo? —espeto mientras cierro los puños con rabia.
—Una advertencia, Charlie —Mickey se inclina hacia delante y dice en voz baja—: No le des la oportunidad de hundirte con el resto de nosotros. Protege a tu familia, tu negocio y tu vida siguiéndole el juego, y déjame encontrar la manera de librarnos de ese cabrón.
—¿Tienes un plan?
Sonríe con suficiencia. —Siempre tengo un plan y créeme, Charlie, no pienso fallarle a un buen amigo.
Por alguna razón, Mickey parece más vulnerable que nunca, y eso me descoloca un poco.
—Trabaja conmigo, no contra mí, Charlie, y te respaldaré.
—¿Y si rechazo tu oferta? —pronuncio cada palabra con cuidado, y los ojos de Mickey se estrechan hasta convertirse en rendijas venenosas—. Entonces atente a las consecuencias y no digas que no te lo advertí.
Se recuesta y suspira, con la mirada fija en la raya de coca que siempre tiene a mano.
Me sorprende cuando se levanta y, de un manotazo, esparce el contenido por el suelo mientras gruñe: —No volveré a prisión. Nunca más. Y si Gary Palmer cree que soy su perro faldero, está a punto de descubrir que tengo los dientes muy afilados.
Se vuelve hacia mí con los ojos ardiendo y gruñe: —¿Qué dices, Charlie? ¿Luchas conmigo o contra mí? Tú decides.
Cuando lo miro, veo al amigo con el que solía jugar en las calles. Al niño pequeño con el que crecí, que me hacía reír y era buena compañía. Detrás de esa sonrisa dura y marchita hay un chico que perdió el rumbo en algún momento y lucha contra aquello en lo que se convirtió.
Podría haber seguido el mismo camino que Mickey si no hubiera tenido una familia tan fuerte respaldándome, y casi siento lástima por él por la vida en la que cayó.
Todos caímos en ella, pero algunos supimos gestionarla mejor.
Mickey tuvo mucho tiempo para reflexionar sobre sus errores en prisión, y no me cabe duda de que aprendió unas cuantas lecciones por el camino.
Parece que me equivoqué con él, y hombres como Gary Palmer se han salido con la suya durante demasiado tiempo. Si con esto consigo librar al mundo de al menos uno de ellos, habrá merecido la pena.
—Estoy dentro, Mickey —digo con firme determinación, y el brillo en sus ojos me dice que está aliviado. Entonces gruño—: Con una condición.
—Dime.
—Mantienes a mi familia y a Tracey al margen. Nadie se mete con ellos y vive para contarlo. ¿Me explico?
—Por supuesto —sus ojos brillan con triunfo mientras gruñe—. No puedo decir lo mismo de Gary, pero haré lo que pueda para protegeros a todos, siempre que me seas leal.
Mientras sellamos el trato con un apretón de manos, es como si hubiera hecho un pacto con el diablo, pero lo haría cien veces más si eso significara que mi familia estuviera a salvo.
Mi familia lo es todo para mí, y por lo visto también para Gary Palmer, lo cual es un dato interesante que pienso usar en mi beneficio.
Mickey no es el único con contactos, y puede que Gary acabe deseando no haber vuelto nunca al país.